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01 - Washington

A Escondidas En La Cama De Mi Padrastro 18+ — booknet.com · All chapters

01 - Washington

Barbie

El papel rojo resalta sobre la madera desgastada del escritorio.

Notificación de baja académica definitiva por falta de pago.

Registro la vista en esas seis palabras hasta que los bordes impresos se vuelven borrosos. La hoja pesa un gramo, pero siento que aplasta mi pecho con la fuerza de un bloque de concreto. Cierro los ojos, respiro el olor a humedad de mi pequeño departamento y trato de asimilar el desastre: sin dinero, sin beca y sin posibilidad de continuar mis estudios por mi cuenta. Mis años de esfuerzo y la promesa que me hice a mí misma de no depender de nadie se van por el drenaje.

Mi mano tiembla ligeramente cuando tomo el teléfono móvil sobre la mesa. La pantalla agrietada ilumina mi rostro mientras busco el único contacto que me juré no volver a marcar desde que mi padre me llevó al extranjero.

Victoria West.

Ni siquiera la tengo guardada como «Mamá». Para mí, esa mujer es una etiqueta de diseñador, una botella de champán cara y un recuerdo lejano de discusiones a grito pelado.

Presiono el ícono de llamada.

—Barbie. Qué milagro —responde una voz cargada de una falsa amabilidad que conozco demasiado bien.

—Necesito ayuda, Victoria —suelto sin anestesia—. Me quedé sin fondos. No tengo cómo pagar la universidad aquí.

Se produce un silencio breve al otro lado de la línea, seguido por un suspiro dramático.

—Qué directo. Ni un «¿cómo estás, mamá?». Siempre tan silvestre. Supongo que tu padre no te enseñó buenos modales en el extranjero.

—Mi padre me enseñó a no pedirle nada a personas que no se interesan por mí —escupo—. Sé que te sobra el dinero. Paga mi educación, te lo pagaré cuando trabaje, te lo juro.

—Escúchame con atención, Barbie —su voz se vuelve fría—. Casualmente, tu llamada llega en un momento bastante conveniente. La prensa local ha estado haciendo preguntas estúpidas sobre mi vida familiar. Mis socios en la firma de inversiones quieren ver la imagen de una familia unida y tradicional antes de cerrar la fusión de fin de año. Quieren ver a la hija del primer matrimonio viviendo bajo mi techo, integrada, feliz y educada.

—¿De qué estás hablando?

—Quiero que hagas las maletas hoy mismo. Te vas a mudar a la mansión aquí en Washington. Vas a vivir conmigo, a asistir a los eventos benéficos y a pretender que eres la hija abnegada que nunca fuiste. A cambio, te inscribiré y pagaré completa la carrera en la mejor universidad de Washington. Tu único trabajo será vivir bajo mis reglas.

—¡Estás loca! —exclamo, poniéndome de pie de un brinco—. ¡No voy a dejar mi vida para volverme tu títere de exhibición!

—Entonces olvídate de tener un título profesional —responde con indiferencia—. Y te aviso de una vez: si te niegas a este acuerdo, redactaré una enmienda con mi abogado mañana a primera hora. Quedarás formalmente eliminada de mi testamento. No verás un solo centavo de la herencia West jamás. Te quedarás en la ruina absoluta.

Trato de tragar saliva, pero tengo la boca seca. La manipulación de Victoria es perfecta. Sabe que necesito esa carrera para ser alguien. Sabe que no tengo a nadie más a quien acudir.

—Es un chantaje —susurro.

—Es un contrato, Barbie. La oferta vence esta noche. Si quieres que ordene tu ingreso en la universidad de Washington, quiero ver tus maletas en el vestíbulo de la mansión antes de medianoche.

La llamada se corta con un pitido sordo.

El viaje hasta la zona residencial de la mansión en Washington es un infierno. Para cuando el taxi me deja frente a los portones de hierro forjado, la tormenta se ha desatado con una furia implacable. El agua cae en sábanas densas, oscureciendo el paisaje de pinos gigantescos.

Pago al conductor y me bajo. Sostengo mi única maleta grande mientras camino por el sendero de piedra. La mansión de mi madre se alza frente a mí como un monolito de piedra clara, ventanales enormes y un lujo aplastante que me hace sentir microscópica.

Subo los escalones de mármol del pórtico. Mi cabello castaño está completamente empapado, pegándose a mi cuello. Ajusto el agarre de la maleta, respiro hondo para armarme de valor y presiono el timbre dorado.

Espero que abra la puerta el ama de llaves, o tal vez la misma Victoria con una copa de vino y una sonrisa triunfante por haberme doblado el brazo.

El cerrojo pesado gira con un chasquido metálico.

La enorme puerta de roble oscuro se abre hacia adentro. Pero la persona que está de pie al otro lado no es mi madre. Ni un sirviente.

Es un hombre.

Me quedo helada en el umbral, con el agua goteando de la punta de mi nariz directamente al suelo de mármol.

El sujeto es imponente. Ocupa casi todo el marco de la puerta con la anchura de sus hombros. Lleva pantalones de vestir oscuros y una camisa gris ajustada a un torso atlético y fornido, claramente esculpido por una disciplina física rigurosa. Su cabello negro como la noche está peinado hacia atrás.

Pero lo que me roba el aliento son sus ojos: de un gris helado, tan claros y afilados que parecen de cristal. Su rostro parece tallado en piedra: pómulos marcados, mandíbula firme y sombreada por una barba de un par de días, y unos labios finos apretados en una línea de absoluta desaprobación.

Reconozco esa cara. La vi hace años en una foto arrugada que mi madre me enseñó por compromiso antes de que mi padre me llevara lejos. El novio joven de Victoria. El hombre con el que se casó a mis espaldas.

Nikolai Sweell.

El hombre no dice una sola palabra. Simplemente se queda ahí, bloqueando la entrada, recorriéndome con la mirada de arriba abajo. Su inspección es lenta, pesada, casi insultante. Pasa por mi cabello mojado, mi ropa pegada al cuerpo y mi maleta desgastada.

Siento que la sangre me hierve instantáneamente.

—¿Vas a quedarte ahí parado como un poste o vas a dejarme pasar? —suelto con tono afilado, alzando la barbilla para sostenerle la mirada.

Nikolai no pestañea. La sombra de un desdén absoluto cruza por sus ojos grises. Da un paso lento hacia adelante, sin quitarme la vista de encima, emanando un aura de poder que hace que el aire se vuelva denso.

—Así que tú eres el capricho caro de Victoria —dice finalmente. Su voz es profunda, grave, con un acento ruso rasposo y marcado que me envía un escalofrío involuntario por la columna vertebral.

No hay bienvenida. No hay cortesía. Solo una sentencia cargada de desprecio directo mientras sus ojos grises vuelven a posarse en mis labios.

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