10 - Mi novia
10 - Mi novia
Barbie
El rostro de Tyler se tiñe de un rojo violento por la humillación. A su lado, Dimitri deja escapar una risita baja y sarcástica, recostándose más en el sofá mientras nos observa a todos como si estuviera viendo una obra de teatro cómica.
—Señora, con todo respeto, yo cuido bastante bien de Barbie —responde Tyler con el tono defensivo de quien intenta marcar un terreno que no le pertenece—. De hecho, vine a asegurarme de que esté bien. Esta mudanza repentina fue muy extraña. Ella no necesita ser manipulada por nadie.
—Qué conmovedor —comenta Dimitri desde el fondo, cruzando las piernas elegantes—. Un caballero al rescate. Lástima que llegues un poco tarde para las reglas de esta casa, chico.
—¿Y tú quién eres? —espeta Tyler, encarando a Dimitri con agresividad torpe—. ¿El chofer?
—Dimitri Sweell —responde él con una sonrisa afilada que no augura nada bueno—. Y te sugiero que bajes el tono. Mi hermano no es muy tolerante con los visitantes ruidosos.
En ese preciso instante, el ambiente en el recibidor cambia drásticamente. La temperatura parece descender varios grados.
Unos pasos lentos, pesados y perfectamente calculados resuenan desde la galería superior del segundo piso. El sonido de unos zapatos de vestir sobre la madera de nogal marca un ritmo pausado.
Todos levantamos la vista.
Nikolai desciende por la imponente escalera de caracol. Ya se ha duchado y cambiado. Lleva un pantalón de vestir gris marengo y una camisa negra de manga larga con los primeros botones desabrochados, dejando entrever la base de su cuello fuerte. Su cabello oscuro está peinado con rigor, aunque conserve esa textura densa. Su rostro vuelve a ser una máscara de piedra, pero sus ojos grises, afilados como navajas, traen una carga de violencia contenida que paraliza el aire del vestíbulo.
Sus pupilas no se fijan en Victoria, ni en Dimitri, ni en Tyler. Se clavan directamente en el brazo de Tyler, que sigue envuelto alrededor de mis hombros, apretándome contra su costado.
Siento que la piel se me eriza de inmediato.
Nikolai termina de bajar el último escalón y se detiene a pocos metros de nosotros. Su envergadura es impresionante; al lado de él, Tyler, que en la universidad parecía un chico atlético y alto, se ve repentinamente pequeño, delgado y falto de cualquier tipo de sustancia real.
—¿Quién autorizó la entrada de este sujeto? —pregunta Nikolai. Su voz es profunda, grave, con ese acento ruso rasposo que hace temblar la madera del recibidor. No le habla a nadie en particular, pero el mandato en su tono es aplastante.
—Es el novio de Barbie, querido —informa Victoria con indiferencia, volviendo a concentrarse en sus telas—. Apareció sin avisar.
Tyler traga saliva visiblemente, pero intenta mantener su postura de tipo duro. Se reacomoda la chaqueta de cuero y me aprieta un poco más contra su cuerpo, en un intento desesperado por demostrar que él tiene algún tipo de autoridad sobre mí.
—Soy el novio de Barbie —repite Tyler, intentando sostenerle la mirada a Nikolai, aunque sus ojos parpadean con nerviosismo ante la mole que tiene enfrente—. Vine a ver a mi chica. No sabía que había que pedir permiso para visitar a la persona con la que salgo.
Nikolai no dice nada durante un intervalo de tiempo agonizante. Se limita a mirarlo desde su estampa imponente. Sus ojos grises descienden con una lentitud insultante desde la cara de Tyler, pasando por su chaqueta barata, hasta llegar a su mano posada sobre mi hombro. El desprecio que emana del ruso es abrumador, una ola de frialdad que hace que el propio Tyler se remueva incómodo en su sitio.
—Estás en mi propiedad —dice Nikolai finalmente. Su tono es tan bajo y tranquilo que resulta infinitamente más peligroso que un grito—. Y en esta casa no se reciben visitas no programadas. Mucho menos de niños que no saben cómo comportarse en una residencia privada.
—Oiga, señor, usted no es el padre de Barbie —interviene Tyler, alzando la voz para tapar su propia inseguridad—. No tiene por qué hablarme así. Barbie es mayor de edad y viene conmigo si a ella le da la gana. ¿Verdad, Barbie?
Tyler me sacude levemente del hombro, buscándome como un escudo.
La rabia me quema por dentro. Odio la forma en que mi madre me mira como a un objeto inservible, odio la forma en que Nikolai me trata como a una mocosa caprichosa, pero en este momento, lo que más odio es la forma en que Tyler intenta usarme para inflar su ego aplastado.
—Tyler, ya basta —digo en voz baja, intentando zafarme de su agarre—. No viniste a armar una escena.
—No estoy armando una escena, nena —responde él, volteando a mirarme con un tinte de molestia condescendiente—. Estoy defendiéndote. Este tipo cree que porque tiene dinero puede tratar a todo el mundo como basura. Tú no tienes por qué aguantar esto. Nos vamos a mi auto ahora mismo a hablar.
—Ella no va a ir a ninguna parte —sentencia Nikolai. Su voz no deja lugar a la duda. Da un paso hacia nosotros, acortando la distancia.
—¿Ah, sí? ¿Y quién me lo va a impedir? —desafía Tyler, cometiendo el peor error de su vida al dar un paso al frente para encarar directamente al ruso.
Nikolai ni siquiera se inmuta. Simplemente se detiene frente a él, sacándole más de una cabeza de altura y el doble de masa muscular. La diferencia entre ambos es tan ridícula que Dimitri, al fondo, niega con la cabeza mientras contiene una carcajada.
—Te doy tres minutos para que salgas por esa puerta —dice Nikolai, clavando sus ojos de cristal en los de Tyler—. O haré que la seguridad de la garita te saque a rastras y deje tu auto en la cuneta de la carretera.
—¡Eres un arrogante de mierda! —escupe Tyler, perdiendo el poco control que le quedaba—. ¡Barbie no es tuya ni de tu esposa! ¡Es mi novia!
—Tyler, vete ya —le exijo, poniéndome en medio para evitar que esto termine en una paliza sangrienta. Le pego un empujón en el pecho para moverlo hacia la puerta—. No hagas esto más difícil. Vete.
Tyler me mira con rabia, sintiéndose traicionado porque no me puse de su lado frente a la familia. Sus ojos se llenan de una terquedad infantil y celosa.
—Bien —sisea Tyler, tomándome del brazo con brusquedad para arrastrarme un par de pasos hacia él—. Me voy. Pero tú vienes a acompañarme hasta la salida del pasillo.
No me da tiempo de responder. Me jala del brazo hacia el corredor oscuro que conecta el recibidor principal con la puerta lateral del garaje y los jardines traseros. Camina rápido, respirando agitadamente, arrastrándome a su paso.
—¡Suéltame, me estás lastimando el brazo! —le recrimino, intentando zafar mi muñeca de su agarre de hierro.