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12 - No soy su prisionera

A Escondidas En La Cama De Mi Padrastro 18+ — booknet.com · All chapters

12 - No soy su prisionera

Barbie

El eco de la voz de Nikolai todavía resuena en las paredes del pasillo como una sentencia inapelable, pero la adrenalina que me recorre las venas tras el incidente con Tyler no se ha apagado; muta, se transforma en una chispa de desafío puro que me quema en el pecho.

No voy a dejar que me traten como a una prisionera con privilegios vigilados. Si se supone que debo encajar en esta farsa de alta sociedad y comenzar la universidad en Georgetown el lunes, necesito herramientas. Necesito moverme por la ciudad sin depender de la servidumbre, de los choferes o de las órdenes directas de un hombre que cree que puede dictar cada aspecto de mi existencia.

Al día siguiente, a primera hora de la mañana, el ambiente en la mansión está extrañamente silencioso. Victoria ha salido temprano a una reunión con sus socios de la firma de inversiones y Leo sigue encerrado en su habitación durmiendo hasta tarde. Es el momento perfecto.

Cruzo el recibidor con paso firme, decidida a encontrar al ruso antes de que se encierre en su despacho. Sé que está en el ala este de la planta baja, revisando los informes de seguridad o atendiendo llamadas de negocios. No me importa interrumpirle la rutina; de hecho, parte de mí disfruta la idea de sacarlo de esa fría y calculada compostura que siempre lleva puesta.

Empujo la puerta de madera oscura del estudio privado sin molestarme en tocar.

Nikolai está de pie frente al ventanal que da hacia los jardines nublados de Washington. Lleva una camisa blanca con las mangas arremangadas hasta los codos, dejando al descubierto los antebrazos marcados por venas firmes y la piel bronceada. Sostiene una taza de café humeante en una mano, mientras con la otra desliza la pantalla de su tableta. Al escuchar el crujido de la puerta, no se sobresalta; simplemente gira la cabeza con lentitud, y sus ojos grises se clavan en mí con una severidad helada.

—¿No te enseñaron a tocar antes de entrar, Barbie? —pregunta su voz grave y rasposa, llenando la estancia con una autoridad sorda.

Cierro la puerta a mis espaldas con un golpe seco, dejando claro que las reglas de su manual de urbanidad me importan muy poco. Me cruzo de brazos, obligándome a adoptar una postura altiva, levantando la barbilla para sostenerle la mirada sin parpadear.

—No tengo tiempo para formalidades estúpidas —suelto de entrada, avanzando un par de pasos hacia el centro del despacho—. Necesito hablar contigo sobre el inicio de las clases el lunes.

Nikolai deja la taza de café sobre el escritorio de caoba con un sonido metálico. Da media vuelta, apoyando las caderas contra el borde del mueble y cruzando los brazos sobre su pecho ancho. El movimiento tensa la tela de la camisa blanca sobre sus hombros, recordándome la fuerza brutal con la que lanzó a Tyler por los aires apenas ayer.

—Te escucho —dice con un tono neutro, aunque sus cejas oscuras se juntan ligeramente por la impaciencia—. Las gestiones para tu ingreso a Georgetown están listas. Tienes tu horario, tus libros y la ruta de acceso al campus. ¿Qué otra cosa podría faltar para que dejes de poner esa cara de descontento perpetuo?

—Falta lo más obvio —respondo, soltando una risa corta y sarcástica—. ¿Cómo se supone que voy a llegar a la universidad? ¿En autobús público? ¿Caminando bajo la lluvia de Washington con una mochila cargada de códigos civiles?

—Hay un chofer a disposición de la casa —contesta él con absoluta parsimonia, como si estuviera explicándole algo obvio a una niña pequeña—. Se encargará de llevarte y traerte a las horas estipuladas por tu horario académico.

—¿Un chofer? —exclamo, sintiendo que la sangre me hierve instantáneamente ante su condescendencia—. ¿Estás bromeando? No soy una prisionera ni una niña de secundaria a la que hay que pasear en limusina como si fuera un adorno frágil. No voy a depender de un maldito empleado para moverme. Necesito un auto propio. Un vehículo decente para ir a la facultad.