13 - No tienes el derecho
13 - No tienes el derecho
Barbie
La mandíbula de Nikolai se tensa de inmediato. Un músculo salta en su mejilla, marcando la rigidez de su rostro.
—No vas a tener ningún auto propio, Barbie —sentencia con una frialdad cortante, despegándose del escritorio para dar un paso al frente—. Apenas tienes veinte años, un historial de manejo cuestionable según lo que pude ver en tus registros de Seattle, y una tendencia alarmante a tomar decisiones impulsivas y caprichosas. La respuesta es no.
—¡No te estoy pidiendo permiso, te estoy informando! —le grito, perdiendo la poca paciencia que me quedaba. Avanzo hacia él sin medir la distancia, desafiándolo con todo el peso de mi furia—. ¡Victoria prometió financiar mi educación y mi vida aquí a cambio de que juegue a la familia feliz! Un auto forma parte de lo básico para estudiar en esa universidad. ¿O es que te da miedo que tenga la libertad de escapar de esta maldita mansión cuando me dé la gana?
Nikolai se detiene a escasos centímetros de mí. Su altura es imponente; me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos, pero no retrocedo ni un solo milímetro. El aire entre nosotros se satura de electricidad negativa. Su olor a café negro, perfume y un toque de jabón limpio me golpea de lleno, mareándome por un segundo.
—No me da miedo absolutamente nada de lo que tú puedas hacer, Barbie —dice en un susurro bajo, peligroso y rasposo que vibra contra mi piel—. Lo que sucede es que confundes las reglas del juego. Tu madre paga la matrícula y te da un techo porque necesita una fachada limpia para sus socios. Yo administro la logística, la seguridad y el dinero de esta casa. Y bajo mis condiciones, no voy a financiarte un capricho sobre ruedas para que salgas a correr por las carreteras de Washington a altas horas de la noche.
—¡Eres un maldito dictador! —le escupo a la cara, con la voz temblando de rabia pura—. ¡Te crees el amo y dueño de todo porque te casaste con una mujer mayor que te mantiene con las chequeras de los West! ¡Eres un parásito con corbata de seda que disfruta controlando a los demás!
El error cometido al pronunciar esas palabras es instantáneo.
En el momento en que la palabra "parásito" vuelve a salir de mis labios —la misma ofensa que le lancé la primera noche en el recibidor—, los ojos grises de Nikolai cambian por completo. La frialdad calculadora se esfuma, reemplazada por una oscuridad salvaje, profunda y dominante que me deja sin aliento.
Antes de que pueda procesar su movimiento, Nikolai da una zancada descomunal hacia mí. Me toma de los codos con una fuerza firme, inquebrantable, y me empuja hacia atrás con suavidad pero con una autoridad aplastante hasta que mi espalda choca contra el marco pesado de la puerta del despacho, que aún había quedado entreabierta.
—Cuida tu maldita boca —me advierte Nikolai, inclinando su rostro sobre el mío hasta que su aliento caliente me quema los labios—. Te has cruzado de la raya demasiadas veces, Barbie. Crees que puedes insultarme, gritarme y exigirme lujos como si fueras intocable solo porque sé perfectamente lo que escondes bajo esa fachada de niña rica y malcriada.
—¡Suéltame! —le exijo, intentando forcejear, moviendo mis brazos para liberarme de su agarre, pero sus manos de acero me aprisionan contra la madera sin hacerme daño físico, limitando por completo mis movimientos—. ¡No me toques! ¡No tienes derecho a…