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16 - Los amigos de Victoria

A Escondidas En La Cama De Mi Padrastro 18+ — booknet.com · All chapters

16 - Los amigos de Victoria

Barbie

—Perfecto. Muchas gracias —anuncia el encargado de prensa de mi madre, haciendo un gesto con las manos para dispersar a los medios.

El bombardeo de luces se detiene momentáneamente. Victoria deja escapar un suspiro de satisfacción, reacomodándose el escote frente a un espejo de mano que le alcanza su asistente personal.

—Estuviste pasable, Barbie —comenta mi madre, dándose la vuelta para observar la marea de invitados que llena el gran salón de baile—. Leo, ve a buscar una copa de agua con gas y no te acerques a la barra de licores. Si te veo con una cerveza en la mano, te quito las llaves del departamento.

—Como digas, jefa —refunfuña Leo, alejándose hacia la zona del servicio con las manos metidas en los bolsillos del pantalón.

—Nikolai, querido —continúa Victoria, adoptando ese tono cantarín y manipulador que utiliza cuando quiere conseguir algo—, voy a saludar a los miembros del comité financiero. Por favor, asegúrate de que Barbie no se llene la boca de canapés de grasa antes de las presentaciones oficiales.

Nikolai ni siquiera se molesta en responder con palabras. Solo asiente con la cabeza en un gesto corto, manteniendo las manos dentro de los bolsillos de su pantalón de vestir.

Victoria se aleja a paso firme sobre sus tacones de aguja. Lo que sigue en los siguientes cuarenta minutos es una lección magistral de hipocresía social.

Miro desde una distancia prudente, con una copa de champán entre los dedos que apenas he probado. La fiesta está en su punto máximo: la orquesta de cuerda interpreta una pieza clásica suave, los meseros circulan con bandejas de plata y las risas falsas de los diplomáticos resuenan bajo los techos de cristal.

Y en medio de la pista, Victoria se encarga de dar su propio espectáculo.

Se ha instalado junto a una de las barras privadas en compañía de un hombre joven. No debe tener más de treinta años: cabello rubio peinado con esmero, un traje ajustado de diseñador europeo y una sonrisa confiada que delata su estatus de heredero o inversionista emergente.

Victoria ríe con una soltura que nunca muestra en la mansión. Se inclina hacia él, tocándole el brazo con la yema de sus dedos enjoyados, dejando que su mano permanezca sobre la solapa del muchacho un segundo más de lo socialmente aceptable. El tipo le susurra algo al oído, y mi madre echa la cabeza hacia atrás, dejando al descubierto su cuello, mientras sus dedos rozan el hombro del sujeto con una coquetería descarada y sin filtros.

Es una exhibición humillante. No hay el menor intento de disimulo. Frente a senadores, jueces y socios de la firma, Victoria coquetea con un hombre que bien podría ser su hijo menor.

Siento que la cara me arde de rabia y vergüenza ajena. Busco a Nikolai con la mirada entre la multitud.

Está de pie a unos metros de mí, conversando con un veterano embajador europeo y un par de ejecutivos bancarios. Sostiene una copa de whisky en la mano derecha, escuchando con atención helada, respondiendo con asentimientos breves y precisos.

Pasa la mirada por el salón. Sus ojos grises se posan por un instante en Victoria y el muchacho rubio.

No hay sorpresa en su rostro. Tampoco hay rabia, ni dolor, ni un solo músculo que se contraiga en su mandíbula. Nikolai mira la escena con la misma indiferencia fría con la que observaría una gota de lluvia caer sobre el cristal. Su expresión permanece imperturbable, distante, como si la mujer con la que está casado legalmente fuera una completa desconocida montando un show de varieté en la esquina del salón.

Esa absoluta falta de reacción me revuelve el estómago. Me enfurece más que la propia actitud de mi madre.

¿Cómo puede quedarse ahí parado, luciendo como el dueño del lugar, mientras la mujer a la que le dio su apellido y posición se exhibe como una cualquiera a la vista de todos sus socios?