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17 - El límite

A Escondidas En La Cama De Mi Padrastro 18+ — booknet.com · All chapters

17 - El límite

Barbie

Paso por al lado de un mesero, dejo la copa de champán casi intacta sobre la bandeja y me doy la vuelta, caminando hacia el área posterior del escenario principal, donde la luz se vuelve más tenue y el murmullo de la música disminuye.

Necesito aire. Necesito salir de esta burbuja de mentiras antes de cometer una locura.

El pasillo de servicio tras el escenario es largo, de paredes pintadas en tono crema y moqueta roja. A esta hora está prácticamente vacío, salvo por un par de empleados que trasladan cajas de cristalería a lo lejos. Me detengo cerca de una de las puertas de servicio, apoyando la espalda contra la pared fría, cerrando los ojos para calmar el ritmo de mi corazón.

Escucho unos pasos lentos, pesados y firmes resonar a lo largo del pasillo.

Abro los ojos.

Nikolai camina hacia mí. Ha dejado la copa de whisky en alguna parte. Avanza con las manos en los bolsillos de su esmoquin, con la silueta recortada contra la luz del fondo. Su mirada de cristal está fija en la mía, sin pestañear.

—Te fuiste del salón sin avisar —dice al detenerse a dos pasos de distancia. Su voz profunda retumba en el pasillo silencioso, cargada de esa autoridad áspera que me saca de quicio—. Tu madre está por iniciar el discurso de apertura. Tienes que estar en el escenario.

Una risa corta, amarga y cargada de desprecio se me escapa del pecho.

—¿Mi madre? —escupo, cruzándome de brazos para evitar que note el temblor de mis manos—. ¿Te refieres a la mujer que está casi encima de un rubio de treinta años en la barra principal frente a todos tus amigos poderosos?

Nikolai no parpadea. Su rostro sigue siendo una lámina de mármol.

—Victoria está atendiendo a los inversionistas clave del fondo de desarrollo —responde con absoluta serenidad—. El sujeto es el hijo menor del senador Baker. Un contacto útil.

—¡Es una vergüenza! —exclamo, dando un paso hacia él, alzando la barbilla para encararlo—. ¡Está coqueteando descaradamente con él! ¡Tocarlo así, reírse así... frente a los fotógrafos, frente a los socios, frente a mí! ¿Y tú no haces nada?

—No hay nada que hacer, Barbie —contesta él en un tono neutro que me incendia las venas.

—¡Eres su esposo, Nikolai! —le grito en un susurro furioso, dando otro paso hasta quedar a escasos centímetros de su esmoquin—. ¡Todo el mundo en ese salón lo está viendo! ¿Tanta es tu ambición por el dinero de los West que prefieres hacerte el ciego mientras tu esposa te deja como un cornudo ante la alta sociedad de Washington?

Ese fue el límite.

La palabra flota en el aire del pasillo como una bomba de tiempo.

La mirada de Nikolai se oscurece al instante. La frialdad olímpica desaparece, reemplazada por una ráfaga de violencia pura y salvaje que hace que se me hiele la sangre en las venas.

Antes de que pueda dar un paso atrás o articular otra palabra, la mano de Nikolai sale disparada hacia adelante.

Sus dedos duros como el acero se cierran con fuerza alrededor de mi muñeca derecha.

—¡Suéltame! —ahogo un grito.

Nikolai no responde. Su agarre es una celda de hierro. Me da un tirón firme, seco y dominante que me saca de balance, obligándome a avanzar pegada a su costado. Sus pasos son largos, rápidos y decididos mientras me arrastra por el pasillo de servicio, ignorando mis intentos por zafarme.

—¡Nikolai, me estás lastimando! ¡Suéltame! —protesto, intentando clavar los tacones en la moqueta, pero la fuerza de su cuerpo es descomunal; me arrastra como si no pesara absolutamente nada.

Llegamos al final del corredor, donde una puerta de roble oscuro muestra una placa dorada: Camerino Privado - Reservado.

Nikolai gira la manija con la mano libre, empuja la puerta de golpe y me mete al interior de un tirón.

Sigo el impulso de su fuerza, tropezando un par de pasos sobre la alfombra espesa del cuarto antes de lograr recuperar el equilibrio. Escucho el sonido metálico y seco del cerrojo girando a mis espaldas, seguido por el chasquido definitivo de la llave dentro de la cerradura.

Me doy la vuelta de golpe, con el corazón martilleándome las costillas, la respiración agitada y la rabia ardiendo en mis mejillas.

Nikolai está de pie frente a la puerta cerrada. Saca la llave de oro del cerrojo, la guarda con parsimonia en el bolsillo interior de su esmoquin y se da la vuelta para encararme. Su cuerpo enorme bloquea la única salida del camerino iluminado apenas por la luz tenue de una lámpara de pie en la esquina.

Sus ojos grises, oscuros como la noche, están fijos en los míos, cargados de un peligro abrumador que me corta la respiración.