18 - Ella no me importa
18 - Ella no me importa
Barbie
No dice nada de inmediato. Se limita a mirarme desde su estampa imponente, metiendo las manos con una parsimonia irritante en los bolsillos de su pantalón de esmoquin.
—Estás loca —dice finalmente. Su voz no es un grito, es un murmullo rasposo, grave y rasgado que hace temblar la poca cordura que me queda.
—¡Tú eres el que está demente! —escupo, dando un paso al frente para encararlo, apretando los puños a los lados de mi cuerpo para que no note cómo me tiemblan las manos—. ¡Me arrastraste por un pasillo lleno de empleados! ¡Me metiste a la fuerza en este cuarto y me encerraste con llave! ¿Qué demonios te pasa, Nikolai? ¡Suéltame o voy a empezar a gritar hasta que tiren esa maldita puerta abajo!
Nikolai deja escapar una risa corta, amarga y desprovista de cualquier rasgo de humor. Da un paso lento hacia mí. Luego otro.
—Grita —reta en un susurro áspero, acortando la distancia entre los dos con la elegancia peligrosa de un depredador que acorrala a su presa en un rincón—. Adelante, Barbie. Empieza a gritar. Vamos a ver a quién le creen cuando los fotógrafos rompan la puerta y te encuentren a solas en un camerino con el esposo de tu madre. Vamos a ver cómo reacciona la prensa de Washington cuando destruyas en cinco minutos la poca reputación que te queda.
El aire se me atasca en la garganta. Mis labios se entreabren, pero las palabras se congelan antes de salir. Su lógica es cruel, implacable y perfecta. Sabe exactamente dónde golpear para desarmarme.
—Eres un monstruo —siseo, alzando la barbilla para sostenerle la mirada a pesar de que la diferencia de altura me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás.
—Soy el hombre que mantiene en pie el imperio que financia tu carrera universitaria y tu estilo de vida —revira él, deteniéndose a escasos centímetros de mí.
La cercanía es una agresión física. Puedo sentir el calor brutal que emana de su torso envuelto en la camisa blanca de pechera impecable. El aire acondicionado del camerino hace que la piel se me erie, pero estar cerca de Nikolai es como arder en un fuego invisible.
—Te lo dije el primer día y no parece que te haya quedado claro en esa cabeza caprichosa que tienes —continúa Nikolai, inclinando ligeramente su rostro sobre el mío. Su acento ruso marca cada consonante con una dureza militar—. Tú no te metes en mis asuntos. No opinas sobre mi vida, no juzgas mis decisiones y, sobre todo, no vuelves a abrir la boca sobre mi matrimonio. No sabes nada de mi.
—¡Tu matrimonio es un chiste! —exclamo, perdiendo los papeles, clavándole el índice directamente en el pecho duro de su esmoquin—. ¡Un chiste malo del que todo el mundo se está riendo a tus espaldas! Tu esposa está afuera, tocando a un idiota de treinta años frente a senadores y periodistas, ¿y tú me encierras a mí para darme un sermón? ¡Deberías tener un poco de orgullo!
La mano de Nikolai se mueve con la velocidad de un látigo.
Atrapa mi muñeca en el aire justo cuando voy a volver a golpearle el pecho. Su agarre no me rompe los huesos, pero es una celda de hierro que paraliza mi brazo en un segundo. Me tira hacia adelante con un impulso seco y dominante, eliminando la poca distancia que nos separa.
Mi vientre choca directamente contra la dureza de sus muslos. Mi hombro desnudo roza la solapa de raso de su esmoquin.
—¡Suéltame! —ahogo un jadeo, intentando forcejear, pero la fuerza de su cuerpo es una pared inamovible.
—Escúchame muy bien, mocosa —susurra él, bajando aún más el tono de su voz hasta convertirlo en un peligroso gruñido que me vibra en los oídos—. Victoria puede acostarse con el presidente de este país si le da la gana. Puede arrastrarse por los suelos con quien quiera. Me importa un carajo. Nuestro acuerdo es estrictamente financiero y legal. Ella no me pertenece, yo no le pertenezco a ella, y nada de lo que haga esa mujer afecta un solo milímetro de mi dignidad o de mis negocios.
Nuestros ojos se cruzan a una distancia ridícula. Sus pupilas grises están dilatadas, oscuras, devorando cada rasgo de mi cara con una intensidad física que me corta el pulso.
—Si te importa tan poco... —murmuro, intentando mantener la altivez aunque la voz me tiemble traidoramente—... ¿por qué te pones así conmigo? ¿Por qué te importa tanto lo que yo diga o deje de decir?
—Porque me estás sacando de quicio, Barbie —responde él entre dientes.