19 - Lo que estamos deseando
19 - Lo que estamos deseando
Barbie
Su mano libre sube por mi brazo, dejando una ráfaga de fuego sobre mi piel descubierta. Sus dedos, largos y firmes, se deslizan por la curva de mi hombro desnudo, suben por el contorno de mi cuello y se posan con una posesividad salvaje en la base de mi garganta. Puedo sentir el pulso acelerado y descontrolado de mi propia sangre latiendo rítmicamente contra la yema de su pulgar.
—Porque desde que llegaste a esa casa con el cabello mojado y la maleta rota, te has dedicado a provocarme —continúa Nikolai, bajando la cabeza un milímetro más. Su aliento cálido, con ese toque a whisky, roza mi mejilla—. Me desafías con la mirada, me gritas en el pasillo, me buscas en el gimnasio... Y luego pretendes darme lecciones de moral sobre mi esposa.
—Yo no te busco... —intento mentir, pero la palabra muere en mi boca.
Mi cuerpo traidor me traiciona de la forma más humillante. En lugar de empujarlo, en lugar de patearle la espinilla o gritar, mis dedos se cierran involuntariamente alrededor de la solapa de su saco. La seda del vestido verde esmeralda se arruga contra su cuerpo. La fricción de nuestras pieles genera una electricidad violenta, un deseo oscuro y enfermizo que se ha estado acumulando durante días a base de miradas de odio y roces prohibidos.
Lo odio. Odio su arrogancia, odio su frialdad, odio que sea el hombre de mi madre. Pero la sola idea de su toque me hace temblar las piernas.
—Mientes —sisea él, rozando con su pulgar la línea de mi mandíbula, obligándome a levantar el rostro hacia el suyo—. Mientes cada vez que abres esa boca caprichosa para decirme que me odias. Te mueres por saber qué se siente cuando te toco. Te mueres por saber si soy tan salvaje como aparento.
—Eres un engreído... —susurro, y el insulto sale de mis labios como una súplica ahogada. Mi respiración es errática, entrecortada, chocando directamente contra la suya.
—Dilo otra vez —pide él, y su voz baja una octava, volviéndose un mandato íntimo, erótico y peligroso que me recorre la espina dorsal como una descarga de alto voltaje—. Dime otra vez que soy un parásito, Barbie. Dime que no te provoco nada.
Nuestras miradas se enganchan en una lucha silenciosa. La rabia y el deseo se han mezclado en una bomba de tiempo que está a punto de explotar en este espacio reducido. Mi pecho sube y baja con violencia, haciendo que el escote de seda roce la tela de su camisa blanca. Puedo sentir la firmeza de su pecho, la dureza de su abdomen esculpido y el calor abrasador que emana de su cuerpo.
Nikolai afloja el agarre de mi muñeca, pero no para liberarme. Desliza su mano hacia la parte posterior de mi cintura, ciñéndose a la seda del vestido, y me pega aún más a su cuerpo hasta que no queda un solo milímetro de aire entre nuestras caderas. Un jadeo se me escapa de los labios ante el impacto de su anatomía contra la mía.
—No tienes la menor idea del fuego con el que estás jugando, niña —murmura él, e inclina la cabeza un poco más.
Su otra mano abandona mi cuello y sube hasta mi rostro. Sus dedos duros y masculinos se cierran con fuerza alrededor de mi barbilla, sujetándome con una firmeza implacable que me impide mover la cabeza hacia los lados.
Siento la textura áspera de su piel contra la mía, el peso de su dominio y la promesa implícita de una posesión absoluta.
Sus ojos grises bajan lentamente hacia mis labios. Se quedan ahí fijados, oscuros, hambrientos, despojados de cualquier filtro o barrera social. Sus labios, finos y tensos, se acercan a los míos. Un centímetro. Medio centímetro. Puedo sentir el calor directo de su boca a milímetros de la mía, el roce sutil de su aliento quemándome la piel, el temblor involuntario de mis propios labios abriéndose para recibir un beso que sé que destruirá mi vida para siempre.
Cierro los ojos, rindiéndome por completo a la locura, esperando el impacto inevitable de su boca contra la mía.
De pronto, un sonido agudo y estridente rompe la penumbra del camerino con la violencia de un cristal estrellándose contra el suelo.
—¿Nikolai? —la voz de Victoria, pulida, impaciente y nítida, resuena al otro lado de la puerta, a apenas un par de metros en el pasillo—. ¿Nikolai, estás ahí dentro? El presidente del fondo está esperando para la foto oficial. ¿Alguien ha visto a Barbie?