02 - El esposo de mi madre
02 - El esposo de mi madre
Barbie
La corriente de aire frío que entra a través de la puerta abierta me eriza los vellos del cuello, pero la rabia que empieza a arder en mi pecho es lo único que me mantiene firme. Sostengo la manija de mi maleta desgastada con tanta fuerza que mis nudillos se vuelven blancos.
Nikolai Sweell no se mueve ni un solo centímetro del umbral. Su presencia física es abrumadora, una masa sólida de músculos duros y sastrería impecable que bloquea el paso hacia el calor del recibidor. Huele a una mezcla peligrosa de lluvia reciente, tabaco fino y un perfume amaderado, caro y seco que se me mete por los poros sin pedir permiso.
—Déjame pasar —exijo, esforzándome por mantener la voz firme y que no me tiemble por el frío ni por el impacto de su mirada.
Una leve mueca de burla, casi imperceptible, se dibuja en la esquina de sus labios finos. Sus ojos grises, fríos como la escarcha que se forma en las ventanas en pleno invierno de Washington, recorren mi figura una vez más. Se detienen en mis botas cubiertas de barro, en mis jeans empapados que se pegan a mis piernas y en mi chaqueta barata que chorrea agua sobre el mármol reluciente.
—Este suelo es de mármol de Carrara traído de Italia, niña —dice con una voz grave, rasposa, en la que el acento ruso arrastra cada sílaba con una autoridad dominante que me eriza la piel—. Y tú estás arruinándolo en tus primeros tres segundos dentro de la casa.
—Me llamo Barbie —escupo, dando un paso al frente sin pedir su permiso, forzándolo a retroceder apenas un milímetro para no chocar de lleno contra mí—. Y no me importa un carajo tu mármol italiano. Vine a ver a mi madre, no a recibir un sermón de la servidumbre.
Una chispa peligrosa cruza por sus ojos grises. No se aparta. Al contrario, se endereza aún más, sacando a relucir una estatura que me obliga a inclinar la cabeza hacia atrás de forma humillante para sostenerle la vista. Sus hombros son grotescamente anchos bajo la tela de la camisa gris, y puedo notar la tensión de sus pectorales marcados con cada respiración pausada que toma.
—Soy el esposo de Victoria. Tu padrastro, si quieres ponerle una etiqueta romántica a la desgracia de tu llegada —suelta con una frialdad, como si estuviera leyendo las cláusulas de una sentencia de muerte—. Mi nombre es Nikolai. Y en esta casa, el único que da órdenes o juzga quién es servidumbre y quién no, soy yo.
Siento el golpe de sus palabras directamente en el orgullo. Sabía que se había casado con mi madre, conocía la foto arrugada que Victoria me mostró hace años como si presumiera un trofeo de caza, pero tenerlo frente a mí, respirando mi mismo aire, es una historia completamente distinta. Es más joven que Victoria. Bastante más joven. Debe rondar los treinta y tantos o cuarenta muy bien llevados, con una complexión física atlética que delata horas de disciplina rígida, mientras que mi madre ya sobrepasa los cincuenta y intenta ocultarlo bajo capas de maquillaje y cirugías caras.
—El esposo de mi madre —repito con sarcasmo, dejando escapar una risa amarga y corta que resuena en el vestíbulo monumental—. Claro. El joven trofeo que Victoria se compró para sentirse viva. Debería habérmelo imaginado.
Nikolai ni siquiera pestañea ante mi dardo. Su rostro permanece esculpido en una piedra inexpresiva, aunque el músculo de su mandíbula, sombreada por una barba oscura de dos días, se contrae con violencia.
—Eres exactamente lo que me temía —comenta en un susurro áspero, cruzándose de brazos. La maniobra hace que los bíceps de sus brazos amenacen con reventar las costuras de las mangas de su camisa—. Una cría malcriada, caprichosa y sin un solo centavo en la bolsa que regresa arrastrándose en cuanto se le acaba el dinero del papá.
—¡Yo no me estoy arrastrando! —exclamo, elevando la voz mientras la rabia me nubla el juicio. Suelto la maleta con un golpe seco que retumba en las paredes altas del vestíbulo—. ¡Victoria me chantajeó! ¡Yo tenía una vida, tenía planes, y ella amenazó con quitarme la universidad si no venía a posar como su hijita perfecta para sus estúpidos socios de negocios!
—No me venga con discursos dramáticos, Barbie —interrumpe, usando mi nombre como si fuera un insulto barato—. Sé perfectamente cómo funcionan las cosas con las niñas como tú. Vi tu expediente académico antes de que llegarás. Vi las cuentas sin pagar, la falta de fondos, la incapacidad de sostener tu propio estilo de vida. Viniste por la herencia. Viniste porque sabes que la cuenta bancaria de tu madre es la única forma en que vas a llegar a ser alguien en esta vida. Eres una parásita con pretensiones de independiente.
El aire se me atasca en la garganta. Sus palabras duelen porque tocan mi punto más vulnerable, la herida sangrante de mi orgullo golpeado por no haber podido resolver mis problemas sola. Me doy un paso más hacia él, acortando la distancia hasta que puedo sentir el calor que emana de su cuerpo, un contraste abrasador contra mi piel helada por la lluvia.