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20 - Un intruso

A Escondidas En La Cama De Mi Padrastro 18+ — booknet.com · All chapters

20 - Un intruso

Barbie

El eco de los grillos allá afuera es lo único que debería romper la quietud de la madrugada en esta ala de la mansión. Estoy sentada en el borde de la cama, con una bata ligera sobre el pijama, tratando de concentrarme en la pantalla de mi ordenador portátil, cuando un crujido suave en la esquina de la habitación me hace congelar el aliento.

Levanto la vista de golpe.

La cortina pesada que cubre el acceso al pequeño balcón privado se estremece. De entre las sombras, una silueta masculina se desliza hacia el interior con torpeza antes de cerrar el ventanal de un golpe casi imperceptible.

—¿Qué demonios...? —musito, poniéndome de pie de un salto y retrocediendo hasta chocar con el respaldo de la cama.

La luz de la lámpara de noche ilumina el rostro pálido y tenso de Tyler. Viene con la chaqueta de cuero mal abrochada, el cabello revuelto y una expresión de desesperación arrogante que me revuelve el estómago.

—Baja la voz, Barbie —suelta él en un siseo, acercándose a grandes zancadas con los brazos extendidos—. Tenía que verte. No me contestabas las llamadas y necesitaba asegurarme de que este maldito ruso no te ha lavado el cerebro.

—¿Estás loco? —le espeto, sintiendo que el pánico me sube por la garganta mientras lo empujo con las palmas de las manos para mantenerlo a distancia—. ¡Tyler, vete de aquí ahora mismo! Nikolai te prohibió la entrada a la propiedad. Si te descubre en mi habitación, te juro que te matará. No tienes idea de la clase de hombre que es.

Tyler suelta una risita cínica, sacudiendo la cabeza mientras echa un vistazo al lujo ostentoso de mi recámara.

—¿Y qué va a hacer? ¿Mandarme a sus matones? Por favor, nena. Sé cuidar de mí mismo —presume, cruzándose de brazos con suficiencia—. Además, entrar aquí fue ridículamente fácil. Solo pasé por la garita principal y le dije al vigilante de turno que venía a revisar un sistema de climatización que dejó pendiente la empresa de mantenimiento. El idiota me creyó y me dejó pasar directo. Nadie vigila tanto como creen.

—¿Estás sordo o eres idiota? —le recrimino, con la voz temblando de rabia y terror a partes iguales—. ¡Vete ya! No pintas nada aquí. Nuestra relación terminó en el momento en que pisaste esta casa a hacer un espectáculo. Sal por donde entraste antes de que…

Las palabras mueren de golpe en mis labios.

Un sonido seco y pausado resuena en el pasillo exterior. El inconfundible crujir de los zapatos de vestir de Nikolai sobre la madera de nogal.

Paso. Pausa. Paso.

Se acerca a nuestra dirección con la precisión de un reloj de muerte.

Tyler se congela, y su arrogancia se desvanece de inmediato al ver la pálida realidad reflejada en mis ojos. Antes de que pueda inventar algo, la perilla de la puerta de mi habitación gira con un chasquido metálico.

La puerta se abre de par en par.

Nikolai está de pie en el umbral. Lleva los primeros botones de la camisa negra desabrochados, las mangas arremangadas y el rostro completamente esculpido en piedra. Pero en el instante en que sus ojos grises, fríos como la escarcha más profunda, barren la estancia y se posan en Tyler plantado junto a mi cama, la atmósfera de la habitación se vuelve letal.

No hay gritos. No hay exclamaciones de sorpresa. Solo una calma absoluta, oscura y aterrorizadora que emana de su cuerpo fornido mientras da un paso hacia el interior del cuarto, cerrando la puerta a sus espaldas con una lentitud deliberada.