03 - Él
03 - Él
Barbie
—Tú no sabes nada sobre mí —siseo, alzando el dedo índice para apuntar directamente a su pecho duro—. ¡Nada! No hables de parásitos ni de buscar dinero fácil cuando tú eres el que duerme en la cama de una mujer mayor para mantener este estilo de vida. Te casaste con mi madre por su imperio inmobiliario. Eres un mantenido con traje de diseñador, Nikolai. Un sirviente de lujo con anillo de boda.
El silencio que sigue a mi acusación es tan denso que casi se puede cortar con un cuchillo.
Por un segundo, temo haber ido demasiado lejos. La mirada de Nikolai cambia por completo. Ya no hay desdén helado; ahora hay una llama oscura, dominante y brutal que se enciende en el fondo de sus pupilas grises. Su aura se vuelve tan amenazante que mi instinto de supervivencia me grita que dé un paso atrás, que pida disculpas, que corra hacia la tormenta que ruge afuera.
Pero mi maldito orgullo me mantiene paralizada en mi sitio, con la barbilla en alto y el pecho agitado por la respiración.
Nikolai descruza los brazos lentamente. No dice nada. Se mueve con la gracia peligrosa de un depredador que ha decidido dejar de jugar con su presa. Da un paso hacia adelante. Luego otro.
Intento retroceder, pero la mesa recibidora de madera de caoba y sobre de mármol que adorna el centro del vestíbulo choca contra mi cadera, bloqueando mi retirada. Mi espalda se arquea hacia atrás mientras me apoyo con las palmas de las manos sobre la superficie fría de la madera.
Él no se detiene. Avanza hasta que su cuerpo casi aplasta el mío contra el mueble.
Apoya su mano derecha en la mesa, justo al lado de mi cadera, e inclina su enorme torso sobre mi figura baja. Mido un metro sesenta y nueve, pero al lado de él me siento absurdamente pequeña, atrapada en la sombra de su musculatura. Apoya su otra mano al otro lado de mi cuerpo, dejándome completamente acorralada entre el mueble duro y el muro impenetrable de su pecho.
El olor a su perfume me envuelve de golpe, denso, masculino, adictivo. Mi corazón empieza a martillear contra mis costillas con una fuerza salvaje, una mezcla confusa de terror, rabia y una corriente eléctrica desconocida que se me instala directamente en el vientre.
—Escúchame muy bien, mocosa —susurra él.
Su voz baja una octava, volviéndose un murmullo rasposo y peligroso que choca directamente contra mi oreja. Su aliento cálido me quema la piel del cuello, haciéndome dar un respingo involuntario.
—No tienes la menor idea de quién soy yo, ni de cómo funciona esta casa, ni de los negocios que manejo —continúa, acercando su rostro al mío hasta que apenas unos centímetros de aire nos separan.
Involuntariamente, bajo la vista por una fracción de segundo hacia sus labios finos, masculinos, apretados con dureza, antes de obligarme a volver a mirar sus ojos grises. Ése es mi error. Nikolai nota el movimiento de mis ojos. Su mirada se oscurece aún más, clavándose con una intensidad magnética y abrasadora en mi boca.
—Te vas a quedar aquí porque tu madre lo quiere —continúa él, bajando aún más el tono, volviéndolo un mandato íntimo—. Vas a ir a la universidad que yo apruebe, vas a vestir como se te ordene y vas a comportarte como una dama ante las cámaras. Y si piensas que vas a venir a montar tus escenitas de niña caprichosa, a gritarme o a faltarme el respeto en mi propia casa... estás muy equivocada.
—Suéltame... —intento decir, pero la palabra sale como un hilo de voz ahogado. Mi cuerpo traidor se tensa ante la proximidad de su anatomía. Puedo sentir el calor de sus muslos a milímetros de los míos, la dureza de su abdomen a través de las capas de ropa.
Nikolai inclina la cabeza un poco más. Su barbilla sombreada casi roza la mía. Sus ojos grises, fijos sin parpadear en mis labios que tiemblan ligeramente, parecen devorarme antes de volver a chocar contra mi mirada asustada y desafiante.
—En esta casa las pataletas no funcionan, Barbie —susurra con una frialdad implacable que me corta la respiración—. Y a mí no me vuelves a llamar mantenido en tu puta vida. ¿Entendido?