05 - Los West-Sweell
05 - Los West-Sweell
Barbie
Al lado de Nikolai hay otro hombre, un par de años más joven que él, con los mismos rasgos eslavos marcados, pero con el cabello un poco más claro y una expresión abiertamente sarcástica.
—Y él es Dimitri, el hermano de Nikolai —añade Victoria con un gesto despectivo—. Pasa demasiado tiempo en esta casa para mi gusto, pero supongo que los negocios familiares los mantienen unidos.
Dimitri me dedica una sonrisa afilada, apoyando los codos sobre la mesa mientras me observa con atención.
—Un placer, Barbie —dice Dimitri con un acento ruso similar al de su hermano, pero más ligero—. Nikolai nos contó que tu llegada anoche fue un poco... turbulenta. Una tormenta dentro y fuera de la casa, por lo que entiendo.
Siento que la cara me arde. Miro a Nikolai, pero él sigue cortando su fruta con precisión, ignorando el comentario provocador de su hermano.
—Anoche solo estaba cansada —respondo, alzando la barbilla y clavando la mirada en Dimitri—. Y el recibimiento no fue precisamente el más cálido.
—En esta casa nos gusta la disciplina, querida —interviene Victoria, tomando un sorbo de su té—. Algo a lo que tendrás que acostumbrarte rápido. Mañana tenemos la primera entrevista para la revista Washington Life. Quiero que estés lista a las ocho de la mañana. Vendrá un equipo de estilistas a prepararte.
—Aún no me has dicho en qué universidad me matricularás —digo, cambiando de tema y encarando a mi madre con tono caprichoso—. Ese fue el trato.
—Te matricularás en Georgetown, en la facultad de derecho y ciencias sociales —responde Nikolai antes de que mi madre pueda hablar. Su voz profunda llena el comedor, silenciando a todos—. Yo mismo gestioné tu papeleo esta mañana. Las clases empiezan el lunes. Si mantienes un promedio sobresaliente, tu madre pagará cada semestre. Si bajas tus notas o causas un solo escándalo mediático, te cortaré los fondos de inmediato.
—¿Tú? —dejo escapar una risa corta y amarga—. Tú no eres mi padre, Nikolai. No tienes ningún derecho a condicionar mi educación.
—Tengo todo el derecho porque soy quien administra la estructura financiera de esta familia y de las empresas West-Sweell —revira él con absoluta serenidad, sosteniéndome la mirada—. Victoria pone el apellido; yo pongo el orden y el dinero. Así que harás exactamente lo que yo diga.
—Vaya, qué linda reunión familiar —interrumpe Leo, riéndose con la boca llena mientras revisa su teléfono—. Parece que la nueva hermana vino peleonera. Esto va a estar divertido.
Dimitri deja escapar una risita baja, mirando alternativamente entre Nikolai y yo como si estuviera presenciando un espectáculo fascinante.
—Aprende a moderar ese tono, Barbie —dice Victoria con frialdad, ajustándose las pulseras de oro—. Nikolai tiene toda mi autoridad. La prensa debe ver una familia unida, próspera y perfecta. La historia que venderemos es que siempre estuvimos en contacto y que decidiste venir a la capital para completar tus estudios cerca de tu madre. Los fotógrafos estarán en el evento benéfico del viernes. Nikolai y yo posaremos en el centro, tú estarás a mi lado y Leo a la derecha.
Victoria sigue hablando, detallando la falsa narrativa que ha construido para los medios, enumerando nombres de diseñadores, fotógrafos y periodistas que asistirán a la gala. Su voz se convierte en un zumbido monótono mientras la rabia y la impotencia vuelven a acumularse en mi pecho. Me siento como un adorno, una pieza de ajedrez en un juego de poder que ni siquiera entiendo del todo.
Miro hacia abajo, fijando la vista en mi plato intacto, tratando de no responder y no arruinarlo todo en el primer día.
De pronto, un movimiento firme bajo la mesa me toma por sorpresa.
Un zapato pesado de vestir se posa sobre el mío. Siento la presión directa, firme y deliberada de la suela de Nikolai aplastando la punta de mi bota.
Doy un pequeño respingo en la silla, ahogando un jadeo. Levanto la cabeza de golpe.
Nikolai no ha cambiado de postura. Sigue sosteniendo su taza de café con la mano derecha, escuchando en aparente calma el monólogo de Victoria sobre la portada de la revista. Pero bajo la mesa, su pie sigue presionando el mío con una fuerza dominante que no me deja moverme.
Nuestros ojos se cruzan.
Sus pupilas grises están fijas en mí, oscuras, desafiantes y cargadas de una promesa implacable. No me quita la mirada de encima mientras sostiene el peso de su pie sobre el mío, retándome en silencio a armar un espectáculo, a protestar o a quebrarme frente a mi madre y el resto de la familia.