06 - Curiosidad oscura
06 - Curiosidad oscura
Barbie
El silencio de la biblioteca de la mansión es denso, casi asfixiante. La estancia está revestida de paneles de caoba oscura, con estanterías que se elevan hasta el techo de doble altura y ventanales victorianos que ofrecen una vista panorámica de las colinas de Washington, envueltas en una niebla constante y una llovizna fina que no cesa.
Tengo un libro de Derecho Constitucional abierto de par en par frente a mí, sobre una mesa de lectura de madera maciza. Llevo casi dos horas leyendo la misma maldita página. Las líneas impresas se mezclan ante mis ojos sin cobrar el menor sentido. Mi mente está completamente saturada, atrapada en un bucle constante de rabia, impotencia y la inquietante electricidad que no me abandona desde el desayuno.
Aún puedo sentir la huella imaginaria de la suela de Nikolai sobre mi pie. Sostenerle la mirada bajo la cháchara vacía de Victoria requirió cada gramo de mi autocontrol. Me niego a dejarme doblegar por un hombre que cree ser el dueño de mi vida solo porque administra el dinero de mi madre.
Paso la página con brusquedad, haciendo un ruido seco que retumba en la soledad de la biblioteca. Intento concentrarme en las notas del margen, pero un sonido metálico al fondo del pasillo rompe la calma.
Al lado de la biblioteca hay un gimnasio privado, separado únicamente por una estructura de cristales ahumados y una puerta corredera de madera que, en este momento, ha quedado entreabierta unos veinte centímetros.
El impacto rítmico de un saco de boxeo recibiendo golpes secos comienza a resonar a través de la rendija.
Thump. Thump. Thump.
Cierro el libro de golpe. Apoyo la frente sobre las palmas de mis manos y respiro hondo. Intento ignorarlo, pero el sonido es persistente, metálico, lleno de una fuerza bruta que retumba en el suelo de parqué. Me acomodo el suéter, tomo mi bolígrafo y vuelvo a fijar la vista en el papel, pero mi atención traidora ya se ha desviado por completo.
Me levanto de la silla en silencio, movida por una mezcla involuntaria de irritación y una curiosidad oscura que me quema por dentro. Camino despacio sobre la alfombra persa, ahogando mis pasos hasta detenerme justo al lado del marco de la puerta entreabierta.
Me pego a la pared, escondida en la sombra de la biblioteca, y me asomo apenas un par de centímetros para mirar a través del cristal.
Ahí está él.
Nikolai ha cambiado el traje impecable de la mañana por unos pantalones deportivos grises, holgados en las caderas pero ajustados a unas piernas largas y musculosas, y una camiseta negra de tirantes que deja al descubierto sus brazos y hombros.
El espectáculo es abrumador. Tiene una complexión física esculpida con una disciplina militar, rígida y feroz. Sus hombros son increíblemente anchos, y los músculos de su espalda se contraen y se expanden con una precisión aterradora cada vez que suelta una combinación de puñetazos contra el saco de cuero. Su piel está cubierta por una fina capa de sudor que brilla bajo la luz tenue del gimnasio, haciendo que las venas marcadas en sus antebrazos y el contorno de sus bíceps se destaquen con nitidez.
Un mechón de su cabello pelinegro, completamente mojado por el esfuerzo, le cae sobre la frente mientras esquiva e impacta la superficie dura con una furia contenida que parece no tener fin.
Me quedo paralizada en mi sitio. El aire se me atasca en la garganta.
