07 - Atrapada
07 - Atrapada
Barbie
Debería darme la vuelta. Debería regresar a mi mesa, tomar mis cuadernos e irme a mi habitación a cerrar la puerta con seguro. Pero no puedo moverme. Mi cuerpo traidor no responde a las órdenes de mi cerebro. Mis ojos marrones recorren la curva de su cuello, el descenso del sudor por el centro de su columna y la forma en que su camiseta pegada al torso revela la estructura de su abdomen de piedra.
El desprecio que le tengo choca violentamente contra la atracción física y primaria que me provoca su presencia. Odio su arrogancia, odio su acento ruso dominante, odio la forma en que me mira como si fuera una molestia barata que tuvo que comprar para complacer a mi madre. Y sin embargo, la sola visión de su cuerpo fornido trabajando en la penumbra me genera un nudo ardiente en la parte baja del vientre.
Nikolai detiene el movimiento de golpe. Apoya ambos puños vendados sobre el saco, dejando caer la cabeza hacia adelante mientras su pecho se eleva y desciende con una respiración pesada y profunda.
El silencio vuelve a apoderarse del espacio, roto únicamente por el sonido de su jadeo controlado.
Trago saliva con dificultad, sintiendo que la cara me arde. Decido que ha sido suficiente. Doy un paso cauto hacia atrás para regresar a la mesa de lectura, intentando no hacer el menor ruido.
Pero justo en ese instante, en el fondo del gimnasio, la luz se refleja en el enorme espejo de pared a pared que cubre el lateral de la estancia.
En el reflejo del cristal, Nikolai ha levantado la mirada.
Nuestros ojos se cruzan a través del espejo. Sus pupilas grises, heladas y completamente despiertas, están fijas exactamente en el punto donde estoy de pie detrás de la rendija de la puerta.
Él sabía que yo estaba ahí. Sabía perfectamente que lo estaba observando.
Un escalofrío helado y abrasador recorre mi columna vertebral, dejándome clavada al suelo como si me hubieran petrificado.
Nikolai no se apura. Con una parsimonia calculadora, desabrocha las vendas de sus manos y las deja caer al suelo. Luego, sin quitarme los ojos de encima a través del reflejo, se toma el borde inferior de su camiseta negra impregnada de sudor y se la quita de un solo tiron sobre la cabeza.
Mi respiración se corta por completo.
Su torso desnudo es una masa de músculos definidos, con el tono bronceado de su piel resaltando bajo la luz tenue y varias cicatrices finas marcando el costado de sus costillas. Se pasa una mano por el cabello húmedo para echárselo hacia atrás, revelando su rostro esculpido, donde la barba de un par de días y sus pómulos afilados le dan un aspecto salvaje, peligroso e indomable.
Deja caer la camiseta al suelo.
Se da la vuelta lentamente, encarando la puerta entreabierta donde me encuentro atrapada.
Sus ojos grises, fijos en los míos con un desafío brutal y una intensidad magnética que me paraliza las piernas, no pestañean. Con pasos lentos, pesados y descalzos sobre el piso de goma del gimnasio, Nikolai camina directo hacia la rendija, directo hacia mí.