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1.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

1.

|Elena|

La música del club retumbaba en mis sienes como un martillo constante, rítmico y despiadado. El aire estaba saturado de perfumes caros, sudor y el aroma metálico del alcohol de alta gama. Me aferré al borde de la barra, sintiendo la frialdad del mármol bajo mis dedos, mientras observaba cómo el bartender terminaba de preparar mi cuarto… ¿o era el quinto? Manhattan.

—Señorita, con todo respeto, creo que ya ha tenido suficiente por hoy —murmuró el hombre, deteniendo su mano antes de deslizar la copa hacia mí.

Le dediqué una sonrisa cínica y levanté la barbilla, tratando de enfocar mis ojos en los suyos.

—No te pago para que seas mi niñera —espeté, y mi voz sonó más pastosa de lo que hubiera deseado—. Te pago para que llenes el vaso. Así que termina tu trabajo y guarda tus consejos para alguien que los necesite.

Él suspiró, empujando la copa con resignación. La tomé toda, sintiendo el líquido quemar mi garganta, un fuego bendito que borraba, por un segundo, la imagen de mi padre en el despacho esta tarde.

"Tienes veintidós años, Elena. Ya no eres una niña caprichosa, eres un activo de esta familia", me había dicho, mientras deslizaba sobre el escritorio el dossier de un hombre que le doblaba la edad, un tipo con apellido influyente y ojos de tiburón. "Él ha mostrado interés. Si cerramos este trato, nuestra posición en la ciudad será intocable. Prepárate para la cena del viernes".

Vendida. Como una yegua de carreras. Como un trozo de propiedad.

Me reí sola, una carcajada amarga que se perdió entre el estruendo de la música electrónica. Mi padre quería venderme al mejor postor para salvar su imperio, sin saber que mi corazón ya tenía dueño. Un dueño que nunca me reclamaría.

Orson Bottomer.

Solo pronunciar su nombre en mi mente me hacía temblar. Él era el abismo al que mi padre temía, el enemigo que estaba desmantelando los negocios de mi familia pieza por pieza. Era frío, letal y malditamente hermoso. Lo había amado en secreto desde los dieciocho, observándolo desde las sombras en eventos de gala, devorando cada noticia sobre él, soñando con el día en que sus ojos de hielo se posaran sobre mí y vieran algo más que a "la hija de su rival".

Pero para Orson, yo no era más que un mosquito molesto, una extensión del apellido que él juró destruir.

—Otro —le exigí al bartender, golpeando la barra.

—Señorita, de verdad…

—¡Otro!

El alcohol empezó a hacer su magia, esa distorsión maravillosa donde el dolor se vuelve difuso. Me sentía ligera, flotando en una neblina dorada. El mundo empezó a dar vueltas de una forma casi divertida. Sentí una presión incómoda en la vejiga y me puse de pie, tambaleándome.

Mis tacones de aguja parecían tener vida propia mientras intentaba caminar hacia la zona de los baños, sorteando cuerpos que bailaban como sombras borrosas.

Empujé una puerta pesada y me metí en un cubículo. Cuando me senté, algo se sintió diferente. El mecanismo de la descarga estaba en otro lado y la decoración era de un gris oscuro, casi negro, en lugar del mármol rosa del baño de mujeres. Solté una risita tonta, tapándome la boca con la mano.

—Te equivocaste de nuevo, Elena… —susurré para mí misma, divertida por mi propia torpeza—. Estás en el de hombres. Qué escándalo.

Me levanté con cuidado, apoyándome en las paredes para no caer. Salí al área de los lavabos, arrastrando los pies. Me detuve al ver una figura recortada contra los espejos iluminados por una luz tenue y azulada. Era un hombre alto, de hombros anchos, vestido con un traje oscuro que le quedaba impecable.

Estaba apoyado con ambas manos sobre el borde del lavabo, con la cabeza gacha, respirando de forma agitada.

Me froté los ojos, tratando de enfocar. El corazón me dio un vuelco tan violento que casi pierdo el equilibrio.

—¿Orson? —mi voz fue un hilo de voz, cargada de una esperanza infantil.

Él no se movió de inmediato, pero sus nudillos se pusieron blancos sobre el mármol. Lentamente, giró la cabeza. Su rostro, generalmente una máscara de hierro, estaba ligeramente sudado. Tenía el ceño fruncido y sus ojos… Dios, sus ojos estaban dilatados, oscuros como dos pozos de petróleo.

—Vete de aquí —gruñó. Su voz no era la habitual; sonaba rasposa, torpe, como si le costara articular cada sílaba—. No se te ocurra… acercarte.

Me acerqué, ignorando su advertencia. El alcohol había borrado el miedo, dejando solo el anhelo puro que llevaba años quemándome por dentro.

—¿De verdad eres tú? —balbuceé, estirando una mano hacia él—. ¿O es que el whisky finalmente me ha dado lo que quería? Estás en mis sueños de nuevo… siempre vienes a mis sueños.

Él soltó un jadeo corto, una especie de risa amarga que terminó en un quejido.

—Elena… vete… maldita sea —su cuerpo dio un espasmo, pero no se alejó.

Me acerqué más, rompiendo esa distancia prohibida que nos había separado toda la vida. Me pegué a su espalda, rodeando su cintura con mis brazos. Olía a él: a colonia de sándalo, a tabaco de lujo y a ese aroma masculino e intenso que me volvía loca. Apoyé mi mejilla en su espalda, cerrando los ojos.

—Hueles tan real —susurré, hundiendo mi nariz en la tela de su saco—. Mi amor, has venido de nuevo. Por favor, no te vayas esta vez. No me dejes sola con ese tipo al que mi padre me quiere vender.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba bajo mis manos. Su respiración se volvió errática, pesada.

—Suéltame… —dijo, pero no hizo ningún movimiento para apartarme. Sus manos seguían aferradas al lavabo como si fueran su único ancla a la realidad.

Me moví hasta quedar frente a él, atrapada entre su cuerpo y el mármol. Lo miré a los ojos, mis manos subiendo por su pecho, sintiendo el latido desbocado de su corazón. Él me miraba con odio puro y algo más… un hambre primitiva que nunca había visto en él.

—Mírame, Orson —le pedí, acariciando su mandíbula perfecta—. Solo una vez, mírame como si no me odiaras. Solo en este sueño, déjame ser tuya.

Él soltó un gruñido gutural. De repente, su mano se disparó hacia mi cabello, enredando sus dedos en mis rizos y tirando de mi cabeza hacia atrás con una fuerza que me hizo soltar un gemido de sorpresa. Sus ojos recorrían mis labios con una fijeza aterradora.

—Tú no sabes… en lo que te estás metiendo —susurró contra mi boca, su aliento caliente quemándome la piel.

—No me importa —respondí, y en ese momento era la verdad más absoluta de mi vida—. Prefiero morir en este sueño que vivir sin ti.

Sus labios chocaron contra los míos antes de que pudiera decir una palabra más. No fue un beso tierno; fue un asalto. Sus dientes rozaron mi labio inferior y su lengua invadió mi boca con una urgencia desesperada, casi violenta. El mundo desapareció.

Ya no había música, ni club, nada. Solo estaba el sabor de Orson, el calor de su cuerpo presionándome contra el lavabo y la sensación de sus manos recorriendo mis curvas con una posesividad que me hizo arder.

Él me separó bruscamente, pero solo para tomarme del brazo y arrastrarme fuera del baño. Sus movimientos eran algo erráticos, pero su fuerza era incontestable. Subimos por una escalera lateral que llevaba a las suites privadas del club, un área exclusiva.

En cuanto entramos a la habitación, la puerta se cerró con un golpe. Orson me lanzó contra la cama de seda negra. No hubo preámbulos, no hubo palabras de amor. Él se deshizo de su saco y su corbata con movimientos torpes pero cargados de agresividad.

Se abalanzó sobre mí, sus manos desgarrando la delicada tela de mi vestido. Cuando su piel entró en contacto con la mía, solté un grito de puro placer. Sus labios bajaron por mi cuello, dejando marcas que mañana serían mi vergüenza, pero que hoy eran mis trofeos.

Sus manos eran grandes, rudas, apretando mis muslos, subiendo por mi vientre, reclamando cada centímetro de mi cuerpo como si estuviera tomando posesión de una tierra conquistada.

—Dime que lo quieres —rugió él sobre mi oído, su voz tuvo una vibración profunda que me hizo vibrar hasta los huesos—. Dime que quieres que el enemigo de tu padre te destruya.

—Sí —gemí, arqueando mi espalda hacia él, buscando más de su contacto—. Sí, Orson. Hazlo. Destrúyeme.

Él se deshizo de sus pantalones y se posicionó entre mis piernas de forma salvaje. Cuando entró en mí, la realidad y el sueño se fundieron en un estallido de sensaciones intensas. Era grande, era demasiado, era perfecto. Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su espalda mientras él empezaba a moverse con un ritmo frenético, casi animal.

No había rastro del hombre calculador de las noticias; en esta cama, Orson era pura fuerza bruta, impulsada por un hambre que parecía no tener fin.

Cada embestida me hacía perder un poco más la razón. Lo llamaba por su nombre, le decía que lo amaba, le suplicaba que no parara nunca. Él no respondía con palabras, solo con gemidos roncos y un sudor que nos unía en la penumbra. En ese momento, en esa habitación saturada de deseo y alcohol, no me importaba el odio ni el mañana.

Por fin, después de años de soñarlo, Orson Bottomer me estaba haciendo suya, y yo estaba dispuesta a pagar cualquier precio por ello.

Me perdí en el abismo de su cuerpo, entregándome a la oscuridad de un encuentro que, aunque yo no lo sabía entonces, iba a cambiar el curso de nuestras vidas para siempre.