10.
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Elena|El dolor físico no se comparó en absoluto con el vacío que se me abrió en el pecho. Me quedé inmóvil, con una mano aferrada a mi vientre, sintiendo que el aire se me escapaba de los pulmones. Mis ojos iban de la mano de esa mujer, fuertemente unida al brazo de Orson, a la mirada fría de mi esposo. Parecían la estampa perfecta de un matrimonio feliz, una pareja real que compartía una tarde cualquiera haciendo las compras del hogar.
Mientras tanto, yo me desvanecía en la soledad de esa casa inmensa, contando los minutos y esperando una llegada que nunca se producía. Ahora todo cobraba un sentido doloroso. Él no volvía porque su tiempo, su atención y sus ganas le pertenecían a ella. Estaba muy ocupado atendiendo a su verdadera mujer.
Había salido de mi encierro precisamente para huir de la nostalgia. Me sentía tan sola que el silencio de las paredes me estaba volviendo loca, así que decidí tomar las llaves, salir al supermercado y buscar ingredientes para preparar nuevas recetas. Quería mantenerme ocupada, cuidar la alimentación de mi bebé y sentirme útil por unas horas.
Jamás imaginé que el destino me jugaría una broma tan macabra en el pasillo de los lácteos.
Orson fue el primero en reaccionar, saliendo de la sorpresa que le causó mi aparición. Su rostro recuperó de inmediato esa máscara de piedra que tanto le conocía.
—¿Qué haces aquí? —me preguntó, con una voz dura que resonó en el pasillo.
Me tragué el nudo de lágrimas que amenazaba con cerrarme la garganta. Enderecé la espalda lo más que pude, tratando de juntar los pedazos de mi dignidad rota.
—Comprando algunas cosas para la casa —respondí, intentando que no me temblara la voz—. ¿Y tú?
Antes de que él pudiera articular palabra, la mujer rubia dio un paso al frente, mirándome de arriba abajo con una superioridad que me revolvió el estómago.
—¿Es que no lo ves? —soltó ella, con una sonrisa ladina—. Me está acompañando a hacer mis compras.
La propiedad con la que hablaba me caló hondo. Tenía derechos sobre él, derechos que la ley me había dado a mí en un papel, pero que en la realidad le pertenecían a ella desde hacía mucho tiempo. Ignoré su presencia y fijé mis ojos directamente en Orson. Necesitaba una explicación, aunque supiera que me dolería.
—¿Por qué? —le pregunté en un susurro cargado de reproche—. ¿Por qué haces esto, Orson? ¿Por qué te muestras así con ella?
—No me vengas con escenas baratas, Elena —me cortó él con fastidio—. Tú no tienes ningún derecho a hacerme reclamos de nada. Sabes perfectamente cómo terminamos en esto. Eres solo una esposa impuesta por un chantaje, no significas absolutamente nada para mí. Chloe es la mujer que amo, así que ve sabiéndolo de una vez para que no te hagas ideas falsas.
La crudeza de sus palabras me perforó el alma. Vi de reojo cómo Chloe sonreía con un triunfo evidente y se pegaba todavía más al cuerpo de Orson, buscando marcar su territorio. Pero lo que terminó de romperme por completo fue el destello en su cuello. Un hermoso collar de oro blanco con un dije de diamante brillaba bajo las luces del supermercado. No hacía falta ser adivina para saber quién se lo había comprado.
Él gastaba su dinero y su tiempo en llenarla de detalles, mientras que a mí me había arrojado en una casa vacía con una orden de indiferencia.
—Al menos merezco respeto, Orson —le dije, sintiendo que las primeras lágrimas rebeldes se me escapaban por las mejillas—. Aunque esto haya sido un matrimonio no deseado por ti, soy tu esposa ante la ley. Yo no te he faltado al respeto en ningún momento, y esto que estás haciendo está mal. Mostrarte con tu amante en un lugar público, sabiendo que nos acabamos de casar, es una humillación.
Chloe abrió los ojos con indignación y soltó el brazo de Orson, caminando hacia mí con el rostro rojo de rabia.
—¿Cómo me dijiste? ¿Cómo te atreves a llamarme así? —me gritó, llamando la atención de un par de personas que pasaban por el pasillo—. Yo soy la mujer de Orson desde mucho antes de que tú aparecieras con tus mañas. No soy ninguna amante. La única que sobra aquí, la única que está de más entre nosotros, eres tú.
—Sea como sea, la realidad es una sola —le respondí, plantándole cara a pesar del temblor de mi cuerpo—. En este matrimonio, la que ocupa el segundo lugar eres tú. Yo soy su esposa, yo llevo su anillo.
Chloe soltó una carcajada llena de desprecio y veneno.
—Sigue soñando, infeliz. Solo porque tu padre es un bastardo aprovechado que usó el cuerpo de su hija para meterse a la fuerza en la familia de Orson, no te hace su esposa real. Eso deja mucho que decir de la clase de gente que son ustedes. No se me hace raro que ahora vengas de mustia a hacerte la digna y la víctima cuando todos sabemos lo que hiciste.
—A mí no me insultes —le advertí, apretando los puños—. No tengo nada de lo que avergonzarme.
—¿Ah, no? Es muy descarado de tu parte decir eso cuando drogaste a un hombre para poder meterte en su cama porque no tenías otra forma de llamar su atención —escupió Chloe, acercándose tanto que podía ver la maldad en sus ojos—. Me pregunto… ¿acaso tu mamá te enseñó esas mañas antes de morirse? ¿De ella aprendiste a usar esas bajezas?
El piso pareció desaparecer bajo mis pies. El nombre de mi madre en su boca, usado como un insulto y una burla hacia mi dolor más grande, hizo que algo dentro de mi cabeza estallara por completo. La paciencia, el miedo y la sumisión que había guardado durante semanas se transformaron en una furia ciega, incontrolable.
No lo pensé. Me abalancé sobre ella con todas mis fuerzas y le asenté una bofetada en la mejilla que resonó en todo el pasillo. El impacto la hizo tambalear, pero no me detuve ahí. Entre el llanto, la rabia acumulada y el dolor insoportable de saber que ella tenía el amor de Orson, la sujeté por el cabello rubio con ambas manos y la empujé, jalándola hacia abajo.
—¡Cállate! ¡No te atrevas a hablar de mi madre! ¡Nunca más lo hagas! —le grité fuera de mí, tirando de sus mechones con toda la fuerza que me quedaba en los brazos.
—¡Ah! ¡Orson, ayúdame! ¡Quítamela de encima! ¡Me está lastimando! —comenzó a chillarle Chloe, llorando y tratando de soltarse de mi agarre sin éxito, cubriéndose el rostro con las manos.
—¡Elena, estás loca! ¿Qué demonios te pasa? ¡Suéltala ahora mismo! —rugió la voz de Orson detrás de mí.
Sentí sus manos grandes intentar agarrarme de las muñecas para frenarme, pero la adrenalina me tenía bloqueada. No quería soltarla. Quería borrarle esa sonrisa de superioridad, quería que sintiera aunque fuera una milésima parte del dolor que me estaban causando entre los dos. Seguí jalándole el cabello, ignorando los gritos de la gente que empezaba a amontonarse a nuestro alrededor.
—¡Suéltala! —volvió a rugir Orson.
De un momento a otro, sentí un empujón seco y violento en mis hombros. La fuerza del impacto me obligó a soltar a Chloe y me mandó directo hacia atrás. Perdí el equilibrio por completo debido a los zapatos planos y caí de espaldas contra el suelo de porcelanato brillante, impactando con dureza.
Un chillido de dolor agudo se me escapó de la garganta al sentir el golpe.
Me quedé tendida en el piso, respirando con dificultad. Lo primero que vi al levantar la vista fue a Orson. Estaba arrodillado al lado de Chloe, rodeándola con sus brazos de manera protectora, revisándole el rostro y el cabello con una angustia genuina que jamás usaría conmigo. Chloe se aferraba a su pecho, sollozando con fuerza, haciéndose la víctima desamparada ante las miradas de los curiosos.
Orson levantó la cabeza y me clavó una mirada llena de odio, de un asco tan profundo que me caló hasta los huesos. Me miraba como si yo fuera la peor cosa del mundo, un monstruo salvaje que acababa de atacar a su preciado tesoro. El dolor de ver esa escena me desgarró por dentro, pero duró muy poco.
De repente, una puntada violenta, como un cuchillo ardiente, me atravesó el bajo vientre.
El aire se me cortó por completo y me encogí sobre el suelo frío, llevando mis dos manos hacia mi abdomen. Un sudor helado me cubrió la frente de inmediato. Intenté moverme para incorporarme, pero el dolor era tan intenso que me impidió levantar el torso.
Pasé una mano por debajo de mi playera, rozando la tela de mi pantalón de mezclilla en la zona de la entrepierna. Sentí una humedad tibia que no correspondía al sudor. Cuando regresé la mano hacia mi rostro para verla, mis dedos estaban completamente manchados de un color rojo vivo.
Estaba sangrando.
—Orson… —alcancé a articular en un hilo de voz, muerta de terror, mirando la sangre en mis dedos—. El bebé… Orson, ayuda…
El pánico me inundó. Lo único que importaba era la vida de mi hijo, el pequeño latido que me mantenía en pie, y que ahora mismo corría un peligro mortal sobre el suelo de ese supermercado.