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11.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

11.

|Orson|

El cerebro se me quedó en blanco por unos segundos que se sintieron eternos. Los sollozos de Chloe en mi pecho y los murmullos de la gente alrededor pasaron a un segundo plano. Me tomó un momento procesar la escena exacta que tenía enfrente. Elena seguía tirada boca arriba, encogida, sujetándose el vientre con las dos manos mientras soltaba unos quejidos apagados que me erizaron la piel.

Entonces lo vi. Un líquido rojo vivo comenzó a filtrarse por la tela de su ropa, manchando la baldosa blanca y brillante del pasillo. El contraste del color de la sangre contra el piso me dio un golpe de realidad tremendo. Caí en cuenta de la gravedad del asunto. El bebé. Estaba teniendo una hemorragia y perdiendo al bebé en ese mismo instante.

Hice el amago de levantarme para ir hacia ella, pero Chloe me sujetó del brazo con fuerza, impidiéndome el movimiento.

—Orson… por favor, no me dejes sola. Me duele la cabeza, esa loca me lastimó —pidió con la voz temblorosa, aferrándose a mi camisa.

La miré por un breve segundo. No tenía ninguna herida visible, ni sangre, ni golpes; solo traía el cabello rubio un poco alborotado por el altercado y el rostro rojo por el llanto. La situación de Elena era una emergencia real de vida o muerte. Me solté de su agarre aplicando más fuerza de la que pretendía, apartando su mano de un tirón.

—Tengo que ir con ella, Chloe. El bebé está en peligro —le dije en un tono cortante—. Regresa a tu casa en un taxi. Luego te llamo.

No esperé a ver su reacción. Me impulsé hacia adelante y corrí los dos metros que me separaban de mi esposa. Me arrodillé a su lado en el piso manchado, ignorando por completo que mi pantalón se ensuciaba de rojo.

—Elena, mírame —le ordené, pasándole un brazo por debajo de las piernas y el otro por la espalda.

Ella ni siquiera pudo responderme; tenía los ojos entornados y la frente empapada de un sudor frío. La levanté en brazos de un solo movimiento.

Pesaba mucho menos de lo que imaginaba. Empecé a correr a toda prisa por el pasillo principal del supermercado, esquivando los carritos de compras y abriéndome paso entre la multitud de curiosos que se quedaban mirando el rastro de sangre. No me importaron sus murmullos ni sus miradas de juzgamiento; lo único que tenía en la mente era llegar al estacionamiento.

Crucé las puertas automáticas de la salida y caminé rápido hasta mi auto. Logré abrir la puerta trasera como pude con una mano libre, acomodé a Elena en el asiento de piel y cerré de inmediato. Me subí al puesto del conductor, encendí el motor y arranqué a toda velocidad, haciendo rechinar las llantas sobre el pavimento del sótano.

En el asiento de atrás, Elena no dejaba de llorar y quejarse, gimiendo de dolor mientras se encogía sobre su costado.

—Lo voy a perder, Orson… Dios mío, estoy perdiendo a mi bebé, me duele mucho —repetía una y otra vez entre sollozos desesperados que me taladraban los oídos.

—¡Cállate ya, Elena! ¡Eso no va a pasar, maldita sea! —le grité desde adelante, preso de la frustración y el pánico que empezaban a apoderarse de mí—. Solo mantente quieta y respira. Ya vamos al hospital.

Le metí la pata a fondo al acelerador, metiéndome entre los carriles de la avenida principal sin importarme los claxon de los otros conductores. Me sentía extrañamente nervioso, con el corazón golpeándome las costillas a un ritmo frenético. Tenía las manos pegajosas sobre el volante. Yo no quería empujarla de esa manera en el pasillo; mi única intención era separarlas porque ella se había vuelto loca gritando y jalándole el cabello a Chloe sin control. Jamás busqué causarle este daño, solo reaccioné para frenar la pelea.

Miraba a cada rato por el espejo retrovisor para vigilarla. Elena se veía cada vez más pálida, con el rostro cubierto de sudor pegajoso, y la mancha roja en sus jeans seguía expandiéndose. Ver eso me hizo sudar más frío todavía. El miedo a que la situación empeorara me obligó a acelerar aún más, saltándome el siguiente semáforo en rojo para ganar minutos valiosos.

Cinco minutos después, frené de golpe frente a la zona de urgencias del hospital central. Apagué el motor, bajé del auto en un segundo y abrí la puerta trasera. Volví a tomar a Elena en brazos, sintiendo que su cuerpo estaba más débil que antes.

Entré al vestíbulo del hospital a patadas.

—¡Un médico aquí ahora mismo! ¡Es una emergencia, mi esposa está sangrando! —voceé, avanzando por el pasillo de la recepción.

Al escuchar los gritos, dos paramédicos y una enfermera salieron corriendo de una de las salas con una camilla de metal.

—Colóquela aquí, señor. Rápido —me indicó uno de ellos.

Acomodé el cuerpo de Elena sobre la superficie acolchada. Ella emitió otro gemido de dolor, estirando una mano débil hacia mí, pero los enfermeros la sujetaron de inmediato para revisarle los signos vitales y canalizarle una vena. Comenzaron a empujar la camilla a toda velocidad hacia el pasillo de los quirófanos y salas de trauma. Intenté caminar detrás de ellos, pero el paramédico me puso una mano en el pecho, deteniéndome.

—Usted no puede pasar de esta línea, señor. Espere en la sala de la entrada, el doctor saldrá a informarle en cuanto logren estabilizarla —me dijo antes de cruzar las puertas dobles que se cerraron.

Me quedé estático en medio del pasillo gris, solo. Me pasé las dos manos por la cabeza, enterrando los dedos en mi cabello, sintiendo una preocupación real que me apretaba el pecho. Aunque no sentía un apego profundo hacia ese bebé porque representaba la cadena que me ataba a este matrimonio forzado, la verdad era que no quería que muriera. Era mi hijo después de todo, llevaba mi propia sangre, y la idea de que su vida terminara por un accidente así me revolvía el estómago.

Caminé lentamente hacia la sala de espera y me dejé caer en una de las sillas de plástico azul. Me apoyé en las rodillas y miré mis palmas. Tenía las manos llenas de sangre seca, con manchas rojas que cubrían mis puños y los puños de mi camisa fina.

—Maldita sea —maldije por lo bajo, apretando los dientes con rabia.

El enojo comenzó a desplazar al miedo. Mañana, lo más seguro, era que este tremendo escándalo saldría en la primera plana de las secciones de espectáculos y finanzas. El apellido Bottomer arrastrado en un pleito de supermercado entre la esposa y la amante, terminando en una sala de urgencias. Ese tipo de humillaciones públicas eran precisamente las que quería evitar a toda costa cuando acepté el trato con el padre de Elena.

Ahora estaba metido en el peor escenario posible y solo me quedaba esperar.

No supe cuánto tiempo me quedé sentado en esa maldita silla de plástico. Las agujas del reloj de la pared avanzaban con una lentitud insoportable, la suficiente para hacerme querer volver loco del desespero. El olor a desinfectante y el silencio del hospital solo lograban ponerme más tenso. Me limpié las manos con unos pañuelos que encontré, pero la sensación pegajosa seguía ahí, recordándome la sangre en el piso del supermercado.

Después de lo que parecieron horas, las puertas se abrieron. Un doctor de mediana edad salió caminando hacia la sala de espera mientras se quitaba la mascarilla quirúrgica del rostro. Me levanté de la silla inmediatamente.

—¿Cómo está ella? ¿Cómo está el bebé? —le pregunté acelerado, sin rodeos.

El médico exhaló un suspiro cansado, pero me miró con calma, lo que me devolvió un poco el alma al cuerpo.

—Por suerte la trajo a tiempo, señor —explicó el hombre, guardando la mascarilla en el bolsillo de su bata—. De no haberlo hecho, habría perdido a la criatura. El desprendimiento era severo.

—¿Eso significa que mi hijo entonces está vivo? —quise asegurar, sintiendo que la presión en mi pecho disminuía un poco.

—Sí, así es. Logramos estabilizarla a tiempo y frenar el sangrado. El ritmo cardíaco del feto volvió a la normalidad —asintió el doctor, adoptando una postura más seria—. Sin embargo, la paciente debe evitar a toda costa el estrés y las emociones fuertes. Por el estado en el que llegó, se nota que ha estado bajo una presión constante. Ese ambiente debe disminuir y evitarse si quieren que el embarazo llegue a término.

Me quedé callado, tragándome el peso de sus palabras.

—Además —continuó el médico—, le sugiero que se alimente lo mejor posible. Está bastante delgada para el tiempo de gestación que tiene. Necesita ganar peso y nutrientes.

Me pasé la mano por el cabello, asimilando el regaño. Con razón se sintió tan liviana cuando la cargué; no pesaba casi nada para ser una mujer embarazada.

—Entiendo, doctor. Gracias —le dije, tragándome el orgullo—. ¿Ya puedo pasar a verla?

—Sí, ya la trasladaron a una habitación de observación. Lo más recomendable es que le den de alta mañana por la mañana para vigilar que no regrese el sangrado. Una de las enfermeras le entregará en un momento algunas recetas de medicamentos y vitaminas específicas para ayudarla a recuperarse.

Asentí en silencio, agradeciéndole con un ademán antes de que el médico se diera la vuelta para retirarse por el pasillo.

Caminé hacia el área de habitaciones y busqué el número que me habían indicado en la recepción. Empujé la puerta de madera con suavidad, tratando de no hacer ruido, y me adentré en la estancia iluminada por una luz tenue.

Elena estaba acostada en la camilla, apoyada contra un par de almohadas rígidas. Tenía una vía intravenosa conectada al dorso de la mano y se notaba a simple vista que no tenía buen color; su piel lucía pálida, casi transparente, y arrastraba unas ojeras marcadas. Apenas escuchó el sonido de mis pasos, giró el rostro hacia mí, pero en cuanto nuestras miradas se cruzaron, apartó la vista de inmediato hacia la ventana, ignorando mi presencia.

Me quedé de pie junto a la cama, sin saber muy bien qué decir. Me guardé los reclamos por el escándalo que había armado con Chloe; no quería discutir ahora porque el doctor fue muy claro en que debía evitar las emociones fuertes si no quería que el sangrado regresara.

—Si hubiera muerto, habría sido mejor para ti, para librarte de mí e irte con esa mujer, ¿verdad? —murmuró repentinamente Elena en un hilo de voz.

Esas palabras me cayeron como un balde de agua fría, haciéndome apretar los puños a los costados con una rabia contenida que me costó dominar.