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12.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

12.

|Elena|

Miré a Orson y noté de inmediato cómo sus facciones se endurecían. Se veía realmente enojado por el comentario que acababa de hacerle, pero en el fondo ambos sabíamos que mis palabras eran totalmente ciertas. Esa era la realidad que más me dolía en el alma: yo sabía que si yo desaparecía de la ecuación, su camino quedaría libre.

—Deja de decir estupideces y solo concéntrate en descansar —me respondió él, con un tono seco, intentando cortar el tema—. El doctor ya dijo que el bebé está fuera de peligro por ahora.

—Tú y tu amante casi lo matan —solté, ignorando el pinchazo que sentí en el vientre.

Orson soltó un suspiro de fastidio.

—Tú no debiste cometer la imprudencia de ponerte a pelear en medio de un pasillo, Elena. Sabías perfectamente que estás embarazada, debiste medir las consecuencias en lugar de actuar sin pensar.

Una risa amarga e irónica salió de mí.

—¿Ah, sí? ¿Entonces tu amante no tuvo la culpa de nada? Ella insultó la memoria de mi madre, me insultó a mí en mi propia cara y tú nada más te quedaste parado viendo cómo me humillaba. Permitiste todo eso sin mover un dedo y ahora resulta que la culpa es únicamente mía. ¿Acaso soy yo la que anda paseándose con otro hombre en público?

Él se pasó una mano por el cabello, visiblemente frustrado, y desvió la mirada hacia la puerta de la habitación.

—No voy a ponerme a discutir ahora contigo, Elena. El médico dejó muy claro abajo que no debes tener emociones fuertes si quieres conservar ese embarazo. Así que guarda silencio.

Aparté la mirada hacia la ventana, sintiendo una rabia impotente. Ahí estaba otra vez, evitando el tema porque no quería reconocer el daño que él y su amante me habían hecho. Sabía que a esa mujer no le diría absolutamente nada; para Orson, toda la culpa del universo siempre recaería sobre mis hombros.

—Si de verdad no quieres causarme otro intento de aborto, tienes que dejar a esa mujer —le sentencié, mirándolo fijamente a los ojos de nuevo.

Orson arqueó las cejas, indignado por mi exigencia.

—¿Qué? A mí no me vas a venir a amenazar con chantajes baratos usando la salud del niño, Elena. No te lo voy a permitir.

—No es ningún chantaje, es la verdad —repliqué, sintiendo que la voz se me quebraba—. Todas las emociones negativas, esta maldita zozobra y la angustia que tengo encima vienen por tu culpa. Saber que estás con ella, viéndola a mis espaldas mientras yo estoy encerrada, me va a hacer daño. No me va a dejar tranquila en ningún momento. Tienes que dejarla mientras estemos casados.

—Estás loca si crees que voy a hacer eso —espetó, endureciendo la voz—. No voy a dejar a Chloe. Ya te dejé claro desde el primer día que ella es la mujer que amo, así que en mi relación con ella no te metas. No tienes voz ni voto ahí.

—¡Merezco respeto, Orson! —le grité, sin poderme contener más, sintiendo las lágrimas calientes resbalar por mis mejillas—. Aunque me odies con todas tus fuerzas, aunque este sea un matrimonio indeseado para ti, debes darme mi lugar. No tienes por qué tener una amante ni pasármela por las narices en la calle como si yo no valiera nada. Espera al menos a que este maldito año termine y nos divorciemos, ahí sí podrás hacer lo que te dé la gana, pero mientras tanto no. No voy a quedarme de brazos cruzados aceptando que me trates como una cornuda frente a todo el mundo.

Orson caminó rápido hacia la camilla, acortando la distancia entre los dos en un segundo. Me agarró del mentón con los dedos, apretando con una fuerza que me obligó a mirarlo fijamente, deteniendo mi llanto.

—Tus estúpidas amenazas no van a funcionar conmigo, Elena, así que no te esfuerces más —me susurró, destilando un desprecio que me heló la sangre—. Chloe tuvo toda la razón del mundo al decirte que la única que sobra en esta historia eres tú. Metiste a la fuerza tu presencia en mi vida y ahora atente a lo que hay.

Las lágrimas se me acumularon en los ojos, nublándome la vista mientras lo miraba tan cerca.

—Entonces… ¿todos los insultos que salieron de la boca de esa mujer contra mí y contra mi madre también tuvieron razón? ¿Tú apoyas eso?

—Sí, cada palabra —afirmó él, sin un ápice de remordimiento en el rostro—. Ella no dijo ninguna mentira, y aunque te duela aceptarlo, es tu realidad. Así que olvídate de una vez de la idea de que la voy a dejar. Nosotros vamos a seguir juntos. A ti lo único que te corresponde es hacer lo que te ordené: quedarte en la casa tranquila, actuar como si estuvieras muerta y no joderme la maldita existencia. Eso es todo lo que tienes que hacer hasta que el bebé nazca y por fin desaparezcas de mi vida para siempre.

Me soltó el rostro con brusquedad, dándome la espalda. Caminó hacia la salida de la habitación, abrió la puerta y salió sin mirar atrás, cerrando con un golpe estruendoso.

Me quedé sola en el cuarto de hospital. Me encogí sobre el colchón, hundiéndome en las sábanas blancas mientras el llanto me sacudía todo el cuerpo. Sentía que el corazón se me había terminado de esmigajar por completo, hecho pedacitos imposibles de volver a unir. Esas palabras tan crueles y directas de Orson eran tan dolorosas que dolían mucho más que el propio malestar del abdomen que estaba teniendo.

Me abracé el vientre, llorando en silencio en esa habitación vacía, dándome cuenta de que ese hombre jamás me miraría como a un ser humano siquiera.

***

Esperé hasta la tarde del día siguiente para que por fin me firmaran el alta médica. Todo ese tiempo lo pasé en completa soledad, mirando el techo de la habitación o vigilando el goteo del suero. Orson nunca regresó, ni para preguntar si el peligro había pasado ni para firmar los papeles de salida. Tuve que arrastrar mis pasos hasta la acera del hospital, estirar la mano y tomar un taxi de la calle para volver por mi cuenta a esa casa helada.

Al cruzar la puerta principal, el silencio del vestíbulo me dio la bienvenida, pero al avanzar un poco más me quedé sin aire. En el centro de la sala, sentado cómodamente en el sillón individual, estaba mi padre. Sostenía una taza de café que todavía soltaba hilos de humo y me miraba con una fijeza que me dio escalofríos.

—Papá… —dejé escapar, dando un paso atrás por la sorpresa—. ¿Qué haces aquí?

Él dejó la taza sobre la mesa con una parsimonia aterradora, se acomodó el saco del traje y se puso de pie despacio.

—Ya casi me iba, de hecho. Llegué a pensar que no vendrías hoy —comentó, con una calma que conocía perfectamente y que siempre precedía a sus peores arranques.

—Es que yo estaba en…

—Sé perfectamente dónde estabas, Elena —me interrumpió, acortando la distancia entre los dos.

Su mano derecha se estrelló contra mi mejilla con un golpe que me giró la cara de lado. El impacto me hizo tambalear y el ardor me encendió la piel.

—¡Eres una estúpida, una maldita inútil que no sirve para nada! —bramó, perdiendo toda la compostura y mostrando los dientes por la rabia.

Me llevé la mano al rostro, acariciando la zona afectada, y lo volteé a ver totalmente confundida, con los ojos llenos de lágrimas que no comprendían el motivo de su agresión.

—No me mires así con esa cara de idiota —escupió, señalándome con el dedo índice—. ¿Qué pensaste? ¿Que no me iba a enterar de tus payasadas? ¡El escándalo que armaste está por todos lados, en cada red social y en cada portal de noticias!

—¿Qué...?

—Esta mañana amanecimos con un bombardeo de artículos que abren con fotos tuyas agarrando de los cabellos a la amante de tu esposo en medio de un pasillo, y para colmo, luego sales tirada en el suelo llena de sangre. ¿Te das cuenta del desastre que ocasionas? ¿Tienes una mínima idea de cómo esto afecta mis movimientos en la bolsa?

—¿Es lo único que te importa? —reproché—. Casi pierdo a mi bebé, papá. Solo salí a caminar para distraerme y me encontré a Orson paseándose con su amante. Esa mujer insultó la memoria de mi madre, se burló de nuestra familia en mi propia cara y yo simplemente... no me pude contener. La culpa es de ellos, son ellos quienes están haciendo todo mal, no yo.

—¡Si serás tonta! ¿Qué carajos importa lo que haga ese hombre con esa mujer? ¡Pórtate a la altura de las circunstancias, tú eres la esposa legal! —exclamó. Me sujetó de los hombros con un agarre rígido que me lastimó—. ¿Qué clase de respeto pretendes exigir en un matrimonio meramente político? Abre los ojos de una buena vez, Elena. Esto no se trata de amor ni de sentimientos estúpidos. Él te odia, nos odia a los dos, y nuestra única tarea es aprovechar esta alianza al máximo antes de que todo se acabe.

Sus palabras cayeron como un mazo, estrujando con saña los pocos pedazos que quedaban enteros de mi corazón. En ese instante experimenté el desamparo más absoluto; no tenía a nadie de mi lado, ni siquiera al hombre que me dio la vida. Estaba completamente sola en el mundo.

—Mira, Elena, no hagas las cosas más difíciles de lo que ya son y quédate encerrada en esta casa cuidando de ese mocoso que llevas en el vientre —añadió, soltándome con un ademán de asco mientras caminaba hacia la salida—. Esto también es responsabilidad tuya, te lo has buscado por impulsiva, así que no intentes culpar a nadie más por tus fracasos.

Se detuvo junto al marco de la puerta, girándose para darme una última mirada llena de advertencia.

—Más te vale no volver a armar otro escándalo semejante por culpa de tus arranques de celos, o me vas a arruinar definitivamente los negocios con los Bottomer. Tómalo como una advertencia seria.

Escuché sus pasos alejarse seguidos del portazo principal. Me quedé estática en medio de la sala espaciosa, sumergida en una marea de humillación y desprecio. Estaba atrapada en un matrimonio del que no podía escapar debido a las cláusulas de un contrato, obligada a proteger a un bebé en un ambiente hostil, condenada a una existencia infeliz.

Quizás... ambos tenían toda la razón. Orson y mi padre querían lo mismo. Debía aprender a vivir como si estuviera muerta, y los muertos no sienten, no reclaman, no reaccionan ante los golpes. Si me convertía en una sombra inerte, el dolor por fin dejaría de quemarme viva.