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14.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

14.

|Elena|

Cuatro meses transcurrieron en una rutina idéntica. Mi vientre creció de forma evidente, transformándose en la única prueba real de que el tiempo avanzaba fuera de estas cuatro paredes. El encierro se volvió absoluto. Orson mantuvo su promesa de indiferencia; apenas cruzábamos palabras si coincidíamos en el pasillo, y sus regresos de madrugada continuaban siendo la norma.

Yo aprendí a volverme invisible, a respirar bajo su mismo techo sin causar un solo ruido para no alterar la paz de la casa.

Esa mañana marcaba una fecha importante en el calendario médico. Tocaba la revisión mensual en la clínica privada que Victoria me sugirió, la cita donde finalmente descubriría el estado de la criatura.

Saqué el celular, busqué el número de Orson y redacté un texto corto: Hoy es la ecografía importante a las dos de la tarde. Por si deseas asistir.

Esperé una respuesta mientras pasaban las horas. El indicador de lectura nunca cambió de color; él ni siquiera se tomó la molestia de abrir el chat. La pantalla permaneció apagada. Una punzada de amargura me presionó el pecho, pero respiré hondo para disipar el malestar.

No valía la pena derramar lágrimas por lo mismo de siempre. Me arreglé un vestido holgado de maternidad, tomé mi bolso y salí a buscar un transporte que me trasladara al centro médico.

El consultorio del doctor Riva lucía impecable, decorado en tonos claros que transmitían una calma necesaria. La sala de espera albergaba a varias parejas que conversaban en voz baja, compartiendo sonrisas y caricias sobre los vientres prominentes.

Me acomodé en una esquina, apartando la vista para evitar que la envidia me dominara. Ahí estaba yo, rodeada de afecto ajeno, afrontando el proceso sin un hombro en el cual apoyarme.

—Elena Carvajal, pase por aquí —anunció la enfermera desde el umbral de la puerta.

Me puse en pie, acomodándome la ropa, y caminé hacia el interior del consultorio. El especialista me recibió con un ademán cordial, revisando el historial clínico en su computadora.

—Buenas tardes, Elena. Veo que los niveles de presión se han estabilizado desde aquel susto en el primer trimestre. Eso es una excelente noticia —comentó el médico, señalando la camilla—. Acuéstate aquí y descubre tu abdomen, vamos a revisar cómo marcha todo.

Hice caso a sus indicaciones, subiéndome al mueble acolchado. El contacto del gel frío sobre la piel me provocó un leve escalofrío. El doctor Riva tomó el transductor y comenzó a moverlo despacio, fijando sus ojos en el monitor que permanecía girado hacia mí.

Al principio solo se distinguían manchas grises y sombras borrosas, pero el aparato emitió un sonido rítmico, acelerado y fuerte que llenó el silencio de la sala. El latido de su corazón.

—El corazón se escucha fuerte y sano —explicó el doctor, presionando unos botones para congelar una imagen en la pantalla—. Mira, aquí están las extremidades. Ha crecido bastante en estas semanas. Y a ver… se deja ver perfectamente. ¿Deseas saber el sexo?

—Sí, por favor —respondí, apretando la sábana médica con los dedos.

—Bien.

Movió de nuevo el aparato un largo rato más, y después me miró.

—Felicidades, Elena. Es una hermosa niña. Se encuentra en una posición perfecta.

El llanto me brotó de forma imprevista, desbordándose por mis mejillas sin que pudiera detenerlo. Una mezcla intensa de felicidad y una profunda tristeza me sacudió por dentro. Contemplé esa pequeña silueta en el monitor, sus manitas esbozadas en la imagen digital, sabiendo que esa criatura venía a un mundo donde su padre la rechazaba de antemano.

A Orson no le importaba su existencia; para él, este embarazo solo representaba la soga que lo amarraba a un negocio indeseado.

—¿Te encuentras bien? —preguntó el doctor Riva, ofreciéndome un pañuelo desechable con un gesto amable.

—Sí, disculpe. Es la emoción —mentí, secándome el rostro rápido.

—Es normal, no te preocupes. Te imprimiré las capturas para que se las muestres a tu esposo. Sé que la familia Bottomer aguarda con ansias la llegada del bebé.

Asentí en silencio, guardándome la verdad. No quería destruir las apariencias frente al médico de la familia. Me limpié el gel del vientre, me incorporé de la camilla y esperé a que me entregara las hojas térmicas con las fotografías en blanco y negro.

Al salir de la clínica, me detuve en la acera bajo el sol de la tarde. Observé la pequeña imagen de mi hija entre mis manos, acariciando el papel con el pulgar. El vacío de la soledad continuaba presente, pero algo cambió en mi interior. Ya no me importaban los desplantes de Orson, ni los insultos de su entorno, ni el abandono de mi propio padre.

Mirando esa fotografía comprendí nuestra realidad: a partir de ahora, solo nos teníamos las dos para salir adelante.

Cuando llegué a casa, entré y la encontré tan silenciosa como de costumbre. Caminé hacia la sala y coloqué una de las copias de la ecografía en el centro de la mesa de cristal. La dejé justo ahí, en un lugar visible, para que Orson pudiera verla al menos cuando regresara de madrugada. Lo que él pudiera sentir al descubrir la imagen de su hija no me importaba en absoluto; mi único objetivo era cumplir con informarle, sin esperar ninguna reacción de su parte.

Ya no tenía expectativas.

Después, me dirigí a la cocina. El hambre del embarazo comenzaba a notarse, de modo que busqué unos ingredientes sencillos y me preparé algo de comer sin apuro. Llevé el plato a la barra, disfrutando del silencio que ahora me resultaba pacífico en lugar de aterrador.

Al terminar, decidí sentarme en el sofá para ver la televisión un rato. Sintonicé un programa cualquiera, fijando la vista en las imágenes de la pantalla para mantener la mente ocupada. Más tarde, apagué el aparato, encendí la lámpara de lectura y pasé un par de horas sumergida en las páginas de una novela, perdiendo la noción del tiempo entre los capítulos.

Cuando la noche se asentó por completo y el cansancio me pesó en los párpados, apagué las luces de la planta baja. Subí las escaleras despacio, entré a mi habitación y me metí en la cama, cobijándome con suavidad para dar por terminado el día.

|Orson|

El reloj del tablero marcaba la medianoche cuando apagué el motor del auto. Había pasado la jornada entera encerrado en el despacho, revisando los balances del trimestre hasta que los números me borraron la vista. El cansancio me pesaba en los hombros y el estómago me protestaba con fuerza; ni siquiera había tenido oportunidad de cenar debido a las juntas de última hora.

Crucé el umbral de la residencia y me topé con la oscuridad habitual. Solté un bufido, colgué el saco en el perchero de la entrada y me aflojó la corbata para respirar mejor. Como siempre, me tocó ir encendiendo las luces a mi paso. El lugar lucía pulcro y completamente solitario, sin un solo ruido que delatara la presencia de Elena en la planta alta.

Caminé rumbo a la cocina con la intención de buscar cualquier sobra en el refrigerador, pero me detuve al divisar un papel extraño sobre la mesa de centro de cristal. Me acerqué, me agaché un poco y lo tomé entre los dedos, frunciendo el ceño. Al analizar el material bajo la luz de la lámpara, identifiqué las manchas grises y la silueta difusa.

Elena se había realizado una ecografía.

Giré la hoja térmica y descubrí una anotación manuscrita en la parte posterior. La caligrafía era clara, pequeña, y constaba de dos palabras: Es niña.

El aire se me atoró en la garganta por un instante. Mi mente tardó un segundo en procesar el dato. El bebé que ella esperaba, la criatura que crecía en su vientre, era una niña. Esa pequeña figura borrosa que sostenía era mi hija.

Me senté en el sofá, no podía apartar los ojos del papel. Recorrí con la yema del pulgar la mancha central que dibujaba la cabeza y las diminutas extremidades del feto. ¿Iba a tener una hija? Sin mi permiso, los pensamientos volaron lejos del resentimiento.

Me imaginé por un segundo sosteniendo a una criatura frágil en mis brazos, cuidando sus pasos o escuchando una voz pequeña llamándome papá.

Una sonrisa involuntaria se me dibujó en los labios. En cuanto me percaté del gesto, borré la expresión de inmediato y regresé la fotografía a la mesa, dejándola exactamente en el mismo sitio. Me pasé una mano por el rostro, frotándome los ojos con fuerza para espantar esas ideas.

Saqué el teléfono del bolsillo del pantalón para revisar las notificaciones pendientes. Al desbloquear la pantalla, encontré el mensaje que Elena me había enviado al mediodía y que ignoré en su momento, asumiendo que sería algún reclamo o una tontería para fastidiarme el día. Al leer el texto, descubrí que solo pretendía avisarme sobre la hora de la cita médica.

Cumplió con informarme, sin insistir ni llamarme.

Bloqueé el celular de nuevo y contemplé el papel sobre la mesa. Por una extraña razón que me costaba admitir, una oleada de decepción me llegó al comprender que me había perdido el examen; me habría gustado ver los movimientos de esa silueta en tiempo real o escuchar el sonido de sus latidos en el monitor.