15.
|Elena|El amanecer trajo una fuerte oleada de náuseas. Corrí al cuarto de baño a vaciar el estómago, sujetándome de los bordes del retrete mientras el malestar me sacudía el cuerpo. Al terminar, me enjuagué la boca, me di una ducha tibia para espantar el cansancio y me vestí con ropa cómoda. Bajé al comedor dispuesta a tomar algo ligero, pero me detuve en seco al entrar a la estancia.
Orson ocupaba la cabecera de la mesa, concentrado en la lectura del periódico matutino. Su presencia a esa hora rompía cualquier esquema habitual; él jamás permanecía en la vivienda por las mañanas ni compartía alimentos en mi compañía.
La empleada del servicio doméstico terminó de colocar los platos con frutas, pan y jugo sobre el mantel. Me acomodé en mi silla habitual, omitiendo cualquier tipo de saludo cortés. Empecé a probar la comida en silencio, manteniendo una mano protectora sobre la curvatura de mi vientre e ignorando que él se encontraba sentado a escasos metros.
El crujido del papel rompió la quietud. Orson descendió las páginas del diario, fijando sus ojos en mí.
—Vi la ecografía que dejaste anoche en la sala —comentó, rompiendo la tensión—. Pudiste haberme llamado por teléfono en lugar de enviar un simple texto.
—De todos modos no ibas a responder —repliqué, masticando despacio un trozo de fruta—. Preferí no perder el tiempo.
Mis palabras parecieron desconcertarlo. Sus facciones mostraron un leve gesto de contrariedad, pero decidí concentrarme en mi desayuno, continuando con el ritmo de mi comida. Orson reacomodó sus cubiertos antes de volver a hablar.
—Saca una nueva cita médica esta misma semana. Iremos juntos para que el especialista repita el estudio; quiero ver a mi hija en el monitor.
—Iremos cuando yo lo disponga o en la fecha de mi revisión programada —sentencié, bebiendo del vaso de jugo—. Te enviaré un mensaje cuando agende el día. Si pasan cinco minutos y no recibo confirmación de tu parte, iré por mi cuenta.
—¿Qué demonios te pasa ahora? —cuestionó él, entornando los ojos.
Levanté la vista del plato, sosteniendo su mirada con total neutralidad.
—¿Qué me pasa de qué? No entiendo tu pregunta.
Él amagó con dar una respuesta tajante, pero prefirió apretar la mandíbula para contener el impulso. Metió la mano en el bolsillo de su saco, extrajo una tarjeta de invitación elegante y la deslizó sobre la superficie de madera hasta que quedó cerca de mis manos.
—Este fin de semana debemos asistir a la gala anual por el aniversario de la corporación. Consigue un vestido adecuado para la ocasión y asiste —ordenó en tono imperativo.
Observé el papel satinado y asentí en silencio, guardando mis opiniones. Presentarme en un evento público de esa magnitud, rodeada de los principales directivos e inversionistas del sector, significaba adentrarme directamente en un nido de víboras.
Los medios de comunicación continuaban difundiendo notas sobre los encuentros de mi marido y Chloe; fotografías de cenas compartidas, muestras de afecto en la vía pública y salidas de fin de semana poblaban las columnas de sociedad, retratándolos como una pareja de amantes orgullosos.
La concurrencia murmuraría a mis espaldas sin piedad. El panorama lucía aterrador, pero haría el esfuerzo necesario para ignorar los comentarios, tal como venía haciéndolo durante estos meses de encierro.
El dolor persistía en mi pecho, sin embargo, transformaría ese sufrimiento en una fuente de coraje y fortaleza para resistir lo que viniera.
Percibí que Orson mantenía la atención fija en mi rostro, tal vez esperando algún reclamo, una queja o una negativa de mi parte. Al ver que permanecí callada, se puso de pie con brusquedad, haciendo chocar los cubiertos contra la porcelana del plato en un sonido estridente.
Tomó su chaqueta del respaldo del asiento y se encaminó a la salida sin despedirse.
Cuando el eco de sus pasos se extinguió en el vestíbulo, solté el aire acumulado en los pulmones, logrando relajar los músculos del cuerpo. Me tragué el nudo que amenazaba con cerrarme la garganta y continué comiendo, enfocada únicamente en el bienestar de la pequeña que crecía dentro de mí.
***
En horas de la tarde, después de tomar mi siesta habitual para recuperar energías, encendí la computadora y me dispuse a investigar en internet. Necesitaba prepararme a fondo para esa bendita fiesta. Mi padre muy pocas veces me había llevado a eventos de tanta categoría; las pocas ocasiones en que salía a bares o clubes nocturnos usando su permiso para pasar un buen rato, optaba por ropa sencilla y nada extravagante. Esta vez no quería repetir ese patrón.
Deseaba lucir completamente diferente para no convertirme en la burla de nadie.
Pasé varias horas reproduciendo videos sobre técnicas de maquillaje, tutoriales para lograr un buen peinado elegante y guías de qué tipo de accesorios encajaban con la etiqueta de gala. Tenía clarísimo que los tacones altos y el alcohol estaban descartados por completo para proteger la salud del bebé, así que enfoqué mi búsqueda en alternativas cómodas pero sofisticadas.
Revisé portales de moda y blogs especializados hasta que la noche cayó y el cansancio me obligó a cerrar la pantalla. Al repasar mentalmente toda la información recolectada, caí en cuenta de un gran problema: necesitaba una suma importante de dinero para irme de compras al día siguiente, ya que la ropa de mi armario apenas me cerraba por culpa de la barriga.
Me quedé pensando en la cama, angustiada. No sabía a quién recurrir. No poseía tarjetas de crédito propias ni efectivo guardado; en mi antigua vida, siempre debía solicitarle cada centavo a mi padre y él me entregaba estrictamente lo necesario para el diario.
Si optaba por comunicarle la situación a Orson, estaba segura de que se molestaría o aprovecharía la oportunidad para soltarme algún comentario hiriente. Tras analizarlo un rato, decidí marcar el número de mi progenitor. Era la opción menos humillante.
El teléfono sonó tres veces antes de que la línea se enlazara.
—¿Qué quieres, Elena? Habla rápido que estoy ocupado con unos clientes —respondió su voz, seca y carente de afecto.
—Hola, papá. Lamento interrumpir —empecé, tragándome los nervios—. Es que Orson me pidió que lo acompañara a la gala anual de su corporación este fin de semana. Debo ir bien presentada, pero los vestidos que tengo ya no me quedan por el avance del embarazo. ¿Podrías darme dinero para comprar un atuendo adecuado?
Al otro lado de la línea se escuchó un bufido de desaprobación.
—¿Eres tonta o qué te pasa? ¿Acaso no puedes pedirle una tarjeta a tu propio marido para cubrir tus gastos personales? —me regañó, alzando el tono.
—Papá, tú sabes perfectamente que la relación con él no funciona así —le recordé, tratando de mantener la calma—. Si le pido dinero para esto, seguramente me lo va a negar. Él me odia, es un hecho que tú conoces de sobra.
Mi padre guardó silencio un instante y exhaló un suspiro pesado, lleno de fastidio.
—Está bien, te haré una transferencia bancaria a tu cuenta en un momento. Te enviaré lo suficiente para que consigas algo decente y no me dejes en ridículo en una celebración tan importante para el sector. No quiero que el apellido Carvajal quede mal.
La llamada se cortó, sin una despedida de su parte. Miré la pantalla del celular y sonreí aliviada, ignorando su hostilidad habitual; al menos tenía asegurada la primera parte del plan. Ahora el verdadero reto sería acudir a las tiendas de la zona alta y escoger el mejor vestido disponible que lograra hacerme sentir segura.
>>>¿Listas para ese cambio de nuestra Elena? Y desde aquí empieza el dolor de cabeza para Orson ;)