16.
|Orson|El dolor de cabeza me estaba matando. Pasé la mano por mis sienes, fijando la vista en la pantalla donde los gráficos financieros mostraban números rojos. Los directivos de la junta no dejaban de llamarme para exigir explicaciones por la baja en el valor de las acciones de la compañía, y la presión me tenía de un humor de perros. Mi mente se había vuelto un caos entre los reclamos corporativos y la organización del aniversario.
Unos toques suaves en la madera de la puerta interrumpieron mis pensamientos.
—Adelante —dije, acomodándome en la silla de piel.
Mi secretaria asomó la cabeza, mostrando un rostro de disculpa.
—Señor Bottomer, la señorita Chloe está en la recepción y solicita hablar con usted.
Fruncí el ceño, molesto por la noticia. Le tenía sumamente prohibido presentarse en las oficinas corporativas, precisamente para no alimentar las habladurías de los empleados.
—Hazla pasar —ordené, soltando un suspiro de resignación.
La puerta se abrió por completo y la rubia entró al despacho luciendo un vestido entallado y una gran sonrisa. Caminó a paso rápido hasta mi escritorio, se inclinó un poco sobre la madera y me dedicó un tono cariñoso.
—Hola, mi amor.
—¿Qué haces aquí, Chloe?
—Quería verte, conversar un momento contigo —respondió, restándole importancia a mi tono frío.
—Pudiste haberme llamado por teléfono o enviar un mensaje sencillo —le recriminé—. Te he repetido muchas veces que evites venir a la compañía. No quiero más rumores en los pasillos.
Ella hizo un puchero infantil, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.
—Lo siento mucho, de verdad. Estaba tan entusiasmada por verte que no lo pensé dos veces. Solo quería saber si me vas a llevar a la gala de aniversario este fin de semana.
—Claro que no —respondí tajante—. Elena me acompañará esa noche.
—¿Por qué? —me reclamó de inmediato, perdiendo la sonrisa—. Se supone que tu pareja real soy yo, no esa mujer. No entiendo por qué debes exhibirte a su lado.
—Sé sensata por una vez y no me armes un drama en mi propia oficina —le advertí—. Elena es mi esposa ante el ojo público y no pienso darles más material a los periodistas, mucho menos en un evento tan crucial para los inversionistas. Si tu deseo es asistir a la fiesta, consíguete un acompañante de tu círculo o pídele a mi hermana que vaya contigo.
Chloe me miró con fastidio, cruzándose de brazos a su vez.
—¿Ah, sí? ¿Y no te causaría celos que otro hombre sea mi pareja en la gala?
—No tendría por qué molestarme —declaré—. Si esa es la única forma en que puedas entrar al evento, adelante. No me genera ningún inconveniente.
Su rostro se desfiguró por la molestia ante mi indiferencia, pero tras unos segundos de silencio, modificó su semblante por una mueca de resignación y se acercó a mi silla. Colocó sus manos sobre mis hombros, dándome un suave masaje para aminorar la tensión de mi cuello.
—Está bien, tienes razón. De todos modos, la asistencia de esa mujer es solo por pura apariencia social. La mujer de tu vida soy yo, así que no voy a perder la paciencia por tan poco.
—Si no tienes otro asunto pendiente, te pido que te retires —le dije, quitando sus manos de mis hombros—. El volumen de trabajo me supera hoy. Debo continuar.
Me sentía sumamente agotado, agobiado por las llamadas de los socios y sin la menor energía para tolerar reclamos sentimentales. Mi cabeza era un verdadero lío de preocupaciones financieras.
Chloe se alejó un paso, tomando su bolso de diseñador.
—Entiendo. ¿Te parece si vienes a mi departamento esta noche? Así te relajas un poco y cenamos algo delicioso juntos.
—No puedo ir hoy, Chloe. Me quedaré en la oficina hasta tarde resolviendo las discrepancias de los balances —le dije, regresando la atención a los papeles del escritorio.
—¿Ahora por qué? Siempre es la misma maldita excusa contigo, Orson. Cada vez que te pido pasar la noche juntos pones un pretexto de por medio. Siempre hay un obstáculo, un pendiente o una junta. ¿Acaso me estás evitando?
—Chloe, ya basta. No es momento para esto —le advertí en voz baja, tratando de no perder los estribos.
—¡No, no me voy a callar! ¡Tienes que escucharme! —exclamó, alzando el tono sin importarle quien pudiera oírla—. ¿Crees que soy una tonta adolescente a la que puedes contentar llevándola a cenar de vez en cuando, dándole regalitos costosos para animarla y mandándole mensajitos de texto o llamadas rápidas? No, Orson. Estoy cansada de esta situación. Yo también te necesito a mi lado, necesito a mi hombre.
—¡Suficiente, Chloe! —Me harté de sus reclamos. Estampé las palmas de mis manos contra el escritorio de madera, provocando un golpe que resonó en todo el despacho mientras me ponía de pie—. ¿Acaso pretendes que mi vida gire únicamente en torno a ti y a tus caprichos todo el tiempo? Te estoy repitiendo que tengo un exceso de trabajo encima, una corporación entera que dirigir en medio de una crisis, ¡y tú vienes aquí a hacer pataletas infantiles! ¿Qué demonios te pasa? Estás demasiado intensa últimamente.
Ella retrocedió un par de pasos, impactada por la fuerza de mi voz y la crudeza de mis palabras. Sus ojos se llenaron de lágrimas al cabo de un rato. Me miró con dolor y ofensa, dio la vuelta y salió corriendo de la oficina, azotando la puerta a su paso.
Solté un suspiro largo, pasándome la mano por el rostro con pesadez, y volví a tomar asiento en el sillón de piel.
Me recosté contra el respaldo, contemplando el vacío. No pude evitar pensar en el pasado. Cuando solo éramos amigos, las cosas marchaban infinitamente mejor; ella se enfocaba en sus asuntos, yo me dedicaba por entero a mis proyectos laborales, y no existían este tipo de reclamos ni responsabilidades asfixiantes.
Sin embargo, desde el instante en que nos confesamos nuestros sentimientos y formalizamos las citas, su actitud se había vuelto sumamente irritable, intensa y demandante.
Quizás cometí el error de apresurar las cosas. Debí esperar con paciencia a que transcurriera este año de matrimonio forzado para verificar con calma si mis sentimientos hacia ella eran reales o si simplemente se trataba de una confusión momentánea.
***
El día de la gala finalmente llegó. Al terminar la jornada de oficina, regresé a la residencia con el tiempo justo para ducharme, vestirme y recoger a Elena. Subí directo a mi habitación, me di un baño rápido y me dediqué a prepararme con esmero.
Me coloqué un traje de etiqueta negro, ajusté la pajarita frente al espejo y me aseguré de que cada detalle luciera perfecto. Esta noche la junta directiva y los inversionistas estarían vigilando cada uno de mis movimientos, por lo que causar una excelente impresión resultaba vital.
Una vez listo, bajé a la planta principal. El silencio de la casa me recibió de nuevo, alterando mis nervios. Comencé a caminar de un lado a otro en el vestíbulo, consultando la hora en mi reloj de pulsera de manera constante. Los minutos avanzaban y la impaciencia se apoderaba de mí.
Estuve a punto de enfilar mis pasos hacia la escalera para ir a buscarla a su dormitorio, molesto por el retraso. Por fortuna, mi madre ya se encontraba en el salón de eventos encargándose de recibir a los primeros invitados, lo que me otorgaba un pequeño margen de espera.
Apoyé el pie en el primer escalón, dispuesto a subir a reclamarle, pero me detuve paralizado. Elena acababa de asomar en el descanso de la planta alta.
Por un instante, las palabras se me atoraron en la garganta y me quedé quieto, observándola descender los peldaños despacio. Lucía irreconocible. Llevaba un peinado recogido alto, muy pulcro, que dejaba al descubierto la delicadeza de su cuello y destacaba sus facciones con un maquillaje sutil pero sumamente elegante. El vestido, de un tono azul profundo que contrastaba con su piel, caía con una caída suave sobre su figura, evidenciando de forma hermosa la redondez de su vientre de embarazada.
No había rastro de la mujer pálida y desaliñada de los meses anteriores; la elegancia y la sobriedad con la que se presentaba la hacían ver realmente hermosa.