17.
|Elena|Mi corazón latía deprisa ante la fijeza de sus ojos. Orson me observaba de un modo inusual, desprovisto de la dureza habitual que caracterizaba sus gestos cotidianos; parecía verdaderamente asombrado de descubrir mi aspecto. Sin embargo, ese brillo repentino en su mirada ya no me generaba ninguna ilusión. Entendí que esos atisbos de suavidad carecían de significado real y que no me hacía falta captar su atención para validar mi existencia.
Terminé de descender los últimos peldaños de la escalera, deteniéndome a un paso de distancia.
—Se está haciendo tarde —mencioné, acomodando el pequeño bolso de mano—. Deberíamos irnos ya.
Él reaccionó estirando el brazo, ofreciéndome la mano en un ademán de cortesía que nunca antes había tenido. Lo ignoré de largo, pasando por su lado sin rozar sus dedos. Caminé directo hacia el vestíbulo, crucé el umbral de la residencia y caminé hasta el vehículo estacionado en la entrada. Abrí la puerta trasera por mi cuenta y subí, prescindiendo de que actuara de manera caballerosa.
Suficiente tiempo pasé esperando sus migajas de afecto, derramando lágrimas en la soledad de mi habitación y arrastrándome en el fango de la humillación por culpa de su desprecio constante. Esa etapa de vulnerabilidad había quedado atrás.
Orson subió al asiento del conductor, encendió el motor y arrancó sin pronunciar palabra. A través del espejo retrovisor, distinguí la tensión acumulada en sus facciones y su mandíbula apretada. Recorrimos varias avenidas en un mutismo denso, hasta que él rompió el hielo.
—¿Fuiste de compras o algo así? —preguntó, manteniendo la vista en el asfalto.
—Sí —respondí, contemplando el paisaje nocturno de la ciudad.
—¿Y de dónde sacaste el dinero?
—Mi padre me lo facilitó.
Orson apretó el volante, mostrando su descontento.
—¿Por qué no me lo pediste a mí? Debiste informarme.
—Una esposa no tiene que perseguir al marido rogándole dinero cuando se asume que él conoce perfectamente sus obligaciones como cabeza del hogar —le aclaré, sosteniendo un tono firme y pausado—. Suplir las necesidades básicas de su familia forma parte de tu deber, no de mis ruegos.
Escuché el sonido de sus dientes al rechinar debido a la molestia.
—¿Qué te pasa últimamente, Elena? Te estás comportando de una manera sumamente altanera.
—No comprendo a qué te refieres.
—¿Cómo que no entiendes? Mírate nada más —replicó él, acelerando un poco—. Hace unos meses ni siquiera te atrevías a responderme una palabra sin temblar de miedo.
—¿Qué? ¿Acaso te decepciona que ya no me la pase llorando detrás de ti, implorando una consideración que jamás va a llegar? —contraataqué, esbozando una leve sonrisa de desdén—. No te preocupes más por eso; asimilé la lección de la peor manera posible.
Él guardó silencio, concentrándose en el trayecto, pero noté cómo sus nudillos se tornaban blancos por la fuerza ejercida sobre el timón.
Su enfado no me causaba el menor interés, ya nada de lo que él hiciera me afectaba. Mi alma sufrió demasiado, sangrando por un afecto que nunca fue correspondido; un anhelo que arrastraba desde hacía años y que solo me generó dolor porque en su mente siempre habitó otra mujer. Comprendí, a base de golpes emocionales, que resulta inútil desgastarse por quien no vale la pena ni esperar gestos nobles de alguien que jamás prometió nada. La única ilusa de esta historia fui yo, pero ese ciclo terminó.
Ahora mi bebé, mi pequeña niña, representaba mi único motor. Encontraría la fortaleza necesaria para construir un entorno feliz para ella; seríamos nosotras dos contra el mundo entero. En cuanto se cumpliera el plazo de este matrimonio forzado, tramitaría el divorcio por mis propios medios y me marcharía muy lejos a edificar una vida tranquila al lado de mi hija.
Más tarde, el auto se detuvo frente a un enorme edificio de cristal. Esta vez me adelanté; antes de que Orson pudiera bajarse para simular la cortesía de abrirme la portezuela, destrabé el seguro, empujé la puerta y salí por mis propios medios. El aire helado de la noche me golpeó el rostro mientras me sostenía el vientre con una mano.
Empecé a caminar hacia la entrada principal para ingresar sola, pero Orson apresuró el paso, me alcanzó y me sujetó del brazo de manera firme, atrayéndome hacia su costado.
—Deja tu rebeldía de lado por esta noche, Elena. Debemos entrar juntos —me susurró al oído con tono severo.
No me molesté en responderle. Quizás tenía razón en que debíamos cuidar las apariencias, pero no pensaba gastar mi saliva discutiendo. Sabía de sobra lo que pasaría: en cuanto cruzáramos el umbral y saludara a tres personas, me dejaría plantada en cualquier esquina para marcharse a atender sus asuntos.
Al entrar al inmenso salón, el murmullo de la música de fondo y el choque de las copas nos envolvieron. De inmediato, varias conversaciones se interrumpieron a nuestro paso y decenas de miradas se clavaron en nosotros. Contuve la respiración, dándome ánimos en silencio. Tenía que soportar todo lo que se me viniera encima esa noche.
El recinto estaba abarrotado de empresarios de alto nivel. Era imposible ignorar la atención insistente de muchos hombres que me seguían con la vista, así como a las mujeres que murmuraban a espaldas de sus abanicos. En ese momento, Victoria se abrió paso entre la multitud y caminó en nuestra dirección con su elegancia característica.
—Llegan tarde, Orson. ¿Qué contratiempo tuvieron? —le reclamó a su hijo, ignorándome en un principio.
—Elena se demoró más de lo previsto en arreglarse —respondió él.
La mirada de mi suegra se posó sobre mí. Me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en la redondez de mi vientre bajo el vestido azul.
—Bienvenida, Elena. ¿Cómo se encuentra mi nieto? —preguntó.
—Es nieta, en realidad —la corregí con suavidad, esbozando una sonrisa tranquila—. Y gracias a Dios está sumamente saludable.
La mujer abrió un poco los ojos, sorprendida por el dato.
—¿Es una niña? ¿De verdad?
—Sí. Creí que Orson ya le había dado la noticia, pero parece que un detalle así carece de importancia para él —solté, sintiendo al instante cómo el cuerpo de mi esposo se tensaba junto al mío.
Victoria frunció el ceño y giró el rostro hacia su hijo con indignación.
—¿Por qué no me habías dicho nada de esto, Orson? ¿Cómo es posible que me entere de esta manera?
—Mamá, este no es el lugar ni el momento para hablar del tema —replicó él, incómodo—. Debo ir a atender a los miembros de la junta directiva. Quédate con ella un momento, por favor.
Y tal como lo había anticipado, me soltó el brazo y se alejó entre la multitud, dejándome atrás sin el menor reparo. Mi suegra suspiró, acomodándose sus joyas antes de volver a dirigirse a mí.
—¿Has estado asistiendo a tus revisiones mensuales de manera constante?
—Sí, por supuesto. De hecho, quiero agradecerle por la recomendación del doctor Riva. Ha sido sumamente amable y profesional en cada consulta.
—Es mi deber asegurar el bienestar de mi futura nieta —respondió, adoptando una postura más rígida—. Continúa cuidándote de esa manera. Con permiso, debo ir a saludar a un grupo de conocidas de la asociación.
Se dio la vuelta y se marchó, integrándose a un círculo de mujeres que conversaban cerca de la barra. Me quedé sola en medio del salón, sin saber a qué rincón dirigirme ni con quién entablar una conversación. El peso de las miradas ajenas se volvió insoportable; percibía ojos cargados de una lástima hipócrita debido a los recientes escándalos de Orson con Chloe, mezclados con los gestos de desprecio de aquellos que disfrutaban juzgándome en silencio.
Tenía la boca seca, así que decidí avanzar hacia la mesa de los bocadillos para tomar algo de tomar y distraerme. Sin embargo, alguien se me plantó justo en el medio del camino, cortándome el paso. Al levantar la mirada, me topé con Chloe y con la hermana de Orson. Lo que me faltaba para coronar la noche.
—Así que viniste —soltó la amante de mi esposo, cruzándose de brazos—. La verdad, no esperaba que tuvieras la cara de presentarte en un evento así.
—No tengo absolutamente nada de qué avergonzarme como para no asistir a una gala corporativa con mi marido, Chloe —respondí.
—Sigues creyendo que estás subida en un gran pedestal solo por llevar un anillo y estar casada con el hombre que le pertenece a otra —dijo mi cuñada, tajante—. ¿De verdad te sientes orgullosa de eso?
—Hasta donde yo sé —comencé—, Orson y Chloe no estaban juntos cuando nos casamos, y si lo estuvieron, no lo sabía. Así que la que está sirviendo de plato de segunda mesa, y la tercera en discordia en esta historia, es otra, no yo. Si me disculpan, tengo mejores lugares en los cuales estar.
Hice el intento de rodearlas, pero Chloe estiró la mano, me agarró del brazo con fuerza y me detuvo. Se inclinó un poco hacia mí y, en voz muy baja para que nadie alrededor se percatara, me escupió sus palabras llenas de veneno.
—Está más que claro a quién prefiere Orson, Elena. A la que ama es a mí, por quien muere es por mí. Si está amarrado a una basura como tú es únicamente porque se vio acorralado por tus sucios jueguitos de seducción. No te acomodes tanto en tu papel de esposa, porque pienso recuperarlo apenas se cumpla el plazo de ese bendito contrato.
Me zanjé de su agarre de un tirón brusco, dándole un leve empujón hacia atrás que la obligó a dar un paso para no perder el equilibrio. La miré fija, dibujando una sonrisa de lado en mis labios, sintiendo una extraña oleada de paz al darme cuenta de lo poco que ya me afectaban sus ataques.
—No te preocupes, Chloe —le dije con calma—. No pienso caer tan bajo como para ponerme a pelear por la atención de un hombre. Yo misma voy a solicitar el divorcio en cuanto se cumpla el plazo de ese documento. Te puedes quedar con el puesto de esposa si es lo que tanto deseas.
Me acerqué un poco más, deteniéndome justo al lado de su oído para susurrarle:
—Buen provecho con mis sobras.
Seguí caminando sin esperar a ver la reacción en su rostro ni escuchar las quejas de mi cuñada, y caminé con paso seguro directamente hacia la mesa de aperitivos, ignorando olímpicamente las miradas y el murmullo de la gente a mi alrededor.
Tomé una copa con jugo de frutas y me dediqué a disfrutar de la bebida, saboreándola junto a unas fresas frescas cubiertas de chocolate que encontré en la bandeja de postres. Estaba concentrada en el sabor dulce cuando, al girar la vista hacia la pista, mi tranquilidad se esfumó.
Chloe se había deslizado entre la multitud hasta alcanzar a Orson. Se encontraba aferrada a su brazo con total naturalidad, sonriéndole. Al instante, un ardor amargo me recorrió el estómago, subiendo directo por mi garganta y oprimiendo mi pecho. Sin embargo, apreté los dientes y desvié la mirada de inmediato.
«No te duele, Elena. Recuérdalo, ya no te duele», me repetí mentalmente a modo de mantra.
Aunque mi corazón sangrara un poco por el remanente de ese viejo amor, sabía que era capaz de superarlo. Me obligué a enfocar la atención en otro extremo del salón. A lo lejos, divisé a mi padre, impecable y alardeando con un grupo de empresarios de su misma edad; seguramente compartiendo sus típicas historias de grandeza, que era lo único que sabía hacer bien.
No tenía la menor intención de acercarme a saludarlo; conocía de sobra que lo único que recibiría de su parte sería una reprimenda o algún comentario despectivo sobre mi estado.
Me giré otra vez, dándole la espalda a toda esa gente hipócrita. Dejé la copa de jugo a medio terminar sobre el mantel, temiendo que la mezcla de emociones terminara por caerme mal al estómago. Decidí que lo mejor para calmar la agitación sería tomar un vaso de agua simple.
Estiré la mano hacia la bandeja de cristalería, pero en el mismo instante en que mis dedos rozaron el vidrio, otra mano mucho más grande y firme sujetó el mismo vaso.
Sorprendida, levanté la mirada con rapidez. Me topé de frente con unos ojos de un verde sumamente intenso que me observaban fijamente. Pertenecían a un hombre de aspecto imponente que me doblaba el tamaño y que sostenía una sonrisa de príncipe encantador en los labios.