19.
|Elena|Retiré los dedos del cristal para romper el contacto con el recién llegado. Le dediqué un gesto de disculpa, indicándole el recipiente.
—Lo siento, puedes tomar el vaso de agua —le ofrecí, disimulando la sorpresa.
—De ninguna manera, adelante —respondió él, manteniendo una actitud sumamente atenta—. ¿Cómo podría considerarme un caballero si le quito el turno a una dama embarazada?
Me toqué la curvatura del vientre de manera inconsciente, esbozando una sonrisa un tanto incómoda ante su amabilidad. El hombre dio un paso corto, acortando la distancia.
—¿Qué hace tan sola en esta barra una mujer tan bella como tú? ¿Dónde se metió tu acompañante? —me cuestionó, intrigado.
Abrí la boca para formular una respuesta evasiva, pero un movimiento a la distancia captó mi atención. De reojo, vislumbré la silueta de Orson alejándose del salón central; marchaba tomado de la mano de Chloe, desapareciendo entre los invitados hacia los pasillos laterales. Un nudo doloroso se me formó en el estómago. Aparté la mirada con rapidez, tragándome el malestar, y me obligué a sonreírle suavemente al desconocido.
—Mi esposo parece tener otros asuntos urgentes que atender esta noche —comenté, intentando que mi voz sonara ligera.
—¿Más importantes que su propia esposa? Qué difícil de creer —opinó el sujeto, arqueando una ceja.
Desvié los ojos hacia las bandejas de bocadillos, incapaz de sostener la réplica. El hombre tomó finalmente otro vaso de la barra y le dio un sorbo antes de añadir:
—Vaya tipo más desconsiderado resulta ser Orson Bottomer.
—¿Se conocen? —le pregunté, extrañada por la familiaridad con la que se refería a él.
—Para nada —aclaró—. Nunca nos hemos saludado formalmente. Solo sé de su existencia por lo que publican las revistas de chismes de la ciudad.
—Ah... ya veo.
Una vergüenza repentina subió por mis mejillas. Me sentí sumamente incómoda al comprender que este extraño, al igual que el resto de los asistentes, estaba al tanto de las humillaciones públicas que Orson me hacía pasar, dejándome expuesta ante la sociedad como la esposa burlada.
El desconocido extendió su mano derecha hacia mí, rompiendo la tensión del momento.
—Me presento, soy Julian Sterling. Es un verdadero gusto conocerla.
Acepté el saludo, estrechando sus dedos con suavidad.
—El gusto es mío, señor Sterling. Mi nombre es...
—Lo sé perfectamente, sé quién eres —me interrumpió, mostrando una hilera de dientes blancos.
—¿Ah, sí? —solté, parpadeando con sorpresa.
Julian sonrió de una manera afable, transmitiendo una calidez que me tranquilizó un poco.
—¿Cómo no saberlo? Bueno, no es mi intención hacerte pasar un mal rato, pero en este círculo empresarial todos sabemos quiénes son ustedes.
—Me imagino perfectamente las razones —admití, soltando un suspiro de resignación—. Hay demasiadas habladurías rondando por ahí.
—La gente va a hablar de todos modos, hagas o no hagas algo, así que no le prestes el menor caso a los comentarios —me aconsejó Julian, restándole importancia al asunto con un gesto de la mano. Luego, me miró fijamente—. ¿Por qué no bailamos una pieza? Fuiste abandonada por tu acompañante esta noche y yo, por mi parte, vine completamente solo.
Levanté una ceja, observándolo con desconfianza.
—¿Y por qué tendría que bailar con un completo desconocido? Ni siquiera sé quién eres en realidad.
—¿Cómo que no sabes? Me acabo de presentar hace un momento —bromeó.
—Sabes perfectamente que no me refiero a eso —repliqué, conteniendo una sonrisa.
—Para llegar a conocer a las personas, primero tienen que ser desconocidas, ¿no crees? Así de extraño funciona el mundo —añadió, guiñándome un ojo.
Una risa espontánea se me escapó de los labios. El tipo poseía una chispa sumamente pícara y divertida que lograba aligerar el ambiente tenso a mi alrededor. Julian extendió su mano de nuevo, aguardando con paciencia.
—¿Me concedes esta pieza, Elena?
Contemplé sus dedos un instante, tomé aire y coloqué mi palma sobre la suya, aceptando la invitación sin pensarlo más.
Me guió hacia el centro de la pista. Por primera vez me importó un bledo que los invitados murmuraran a mis espaldas o que me juzgaran con la mirada como si estuviera cometiendo un acto impropio. Solo deseaba distraerme y pasar un buen rato. Julian colocó una de sus manos en mi cintura con total respeto, amoldándose al espacio necesario por mi embarazo, y comenzamos a movernos al compás de la melodía.
Al reducir la distancia, percibí el aroma de su colonia, un perfume fresco que evocaba el olor a bosque y madera.
Disfrutaba del vaivén de la música cuando la tranquilidad se rompió. Un tirón brusco me sacudió la muñeca, obligándome a soltar a Julian de golpe. Alguien me apartó de su lado con fuerza, interponiéndose en medio de los dos.
Lo único que alcancé a ver fue la espalda tensa de mi esposo.
—Disculpa —le dijo con un tono de voz gélido que no tenía nada de amabilidad—, pero esta mujer ya tiene acompañante esta noche. Soy su esposo.
Me froté la muñeca, indignada. ¿Qué demonios le pasaba ahora? ¿Qué derecho se creía que tenía para venir a interrumpir mi baile de esa manera tan grosera?
Julian no se amedrentó ante la brusquedad de mi esposo.
—La dama se encontraba sola en una esquina del salón, caballero —le respondió a Orson, empleando un tono calmado pero sumamente tajante—. Daba la impresión de que no tenía un marido que se preocupara por ella.
—Pues sí lo tiene —le espetó Orson, dándole una mirada letal—. Así que búscate a otra mujer para tus bailes y déjanos en paz.
—Lamento contradecirte, pero considero que el que debe buscar otra pareja eres tú —contraatacó Julian—. Elena ha aceptado ser mi acompañante por el resto de la pieza. Es ella quien posee el derecho de elegir si desea continuar en la pista o retirarse, teniendo en cuenta que su esposo la abandonó a su suerte para marcharse del brazo de otra mujer.
El cuerpo se me tensó al escuchar las palabras de Julian. ¿Él también se había percatado de la huida de Orson y Chloe?. Apreté los bordes de la tela de mi vestido, extendí la mano y toqué el brazo de mi marido, apartándolo ligeramente de nuestra trayectoria.
—Ya tengo un compañero para esta noche, Orson —le comuniqué, sosteniendo su mirada con total firmeza—. Seguiré bailando con Julian, así que te pido que por favor no vuelvas a interrumpir de esta manera tan vergonzosa.
—¿Julian? ¿Se conocen ustedes? —cuestionó Orson, entornando los ojos con molestia.
—Nos acabamos de conocer hace unos minutos —intervino el aludido, mostrando una sonrisa tranquila.
La ira de Orson pareció incrementarse notablemente.
—No voy a permitir que te exhibas bailando con un desconocido en medio de la gala anual —me advirtió en un susurro cargado de rabia—. Soy tu esposo, ni siquiera has compartido la primera pieza de la noche conmigo. Hay demasiados ojos vigilando nuestros movimientos en este salón, ¿de verdad piensas actuar de esa forma?
Una profunda oleada de indignación me recorrió las venas. Me enfurecía que intentara señalarme y hacerme quedar mal ante los invitados, como si no fuera él quien me arrastraba constantemente al ridículo con sus decisiones. Sin pensarlo dos veces, di un paso lateral para apegarme al brazo de Julian, buscando su respaldo aunque fuera una locura.
—A ti nunca te ha importado en lo más mínimo la opinión pública, Orson —le recordé, alzando un poco la barbilla—. Eso queda demostrado con los innumerables escándalos que protagonizas diariamente en las revistas debido a tus salidas clandestinas. Ve e invita a Chloe a la pista. ¿No se habían marchado juntos a un rincón apartado hace un momento?
—Elena —pronunció mi nombre con un tono áspero, a modo de advertencia directa.
—Tú me dejaste sola en cuanto entramos a este edificio, así que yo simplemente busqué la forma de pasar un buen rato —le aclaré, decidida a no ceder—. Permíteme continuar con mi noche y vete en busca de la mujer que de verdad te interesa. Recuerda muy bien que el especialista me prohibió pasar por alteraciones emocionales de cualquier tipo. ¿O es que pretendes armar una escena trágica en medio de la pista y provocarme un segundo intento de aborto por tus arranques?
Orson se estremeció visiblemente al escuchar la mención del peligro que corría la bebé. Apretó los puños a los costados del cuerpo, luciendo más colérico que nunca, pero guardó un silencio tenso, dándose cuenta de que no le convenía armar un escándalo mayor ante las miradas de los socios.
Julian aprovechó ese instante de debilidad, tomándome de la mano con delicadeza.
—¿Continuamos con nuestra pieza, Elena?
—Por supuesto que sí —le respondí, regalándole una sonrisa amable.
Nos giramos, dándole la espalda a mi esposo, y regresamos al vaivén de la música en el centro del salón, dejándolo solo con su amargura.