2.
|Elena|La luz del día se coló por las rendijas de las cortinas como agujas afiladas, clavándose directamente en mis sienes. Abrí los ojos con dificultad, y el primer golpe de realidad fue un dolor sordo que me recorría la cabeza y el cuerpo entero, como si hubiera sido arrastrada por el asfalto.
Me moví lentamente, y el contacto de las sábanas de seda contra mi piel desnuda me heló la sangre.
De repente, todo volvió. No fue un sueño. No fue una alucinación del alcohol. Cada beso, cada caricia, cada palabra susurrada entre jadeos regresó con una claridad cruel y dolorosa. Me incorporé bruscamente, cubriéndome con la sábana, y miré a mi alrededor. La habitación era lujosa, oscura y ajena, pero mi atención se fijó en la figura que estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí.
Orson.
Llevaba de nuevo el traje, aunque desaliñado, el cabello revuelto y la mandíbula marcada por una sombra de barba. Se giró despacio, y cuando vi su rostro, sentí que el corazón se me encogía en el pecho. No quedaba nada de la urgencia o la pasión de la noche anterior. Solo había frialdad absoluta, una mirada de hielo que me recorrió de arriba abajo como si fuera algo sucio que acababa de encontrar en el suelo.
—Así que ya despiertas —dijo, y su voz sonó seca, cortante, sin rastro de calor—. Supongo que ahora vendrán las explicaciones, o quizás ya estás esperando que te felicite por tu trabajo.
Parpadeé, confundida.
—¿De qué hablas? —susurré, sintiendo cómo el miedo empezaba a sustituir al recuerdo dulce.
Él dio un paso hacia mí, y su expresión se volvió desdeñosa.
—No te hagas la inocente. Anoche me sentí mareado en cuanto entré a los baños, la vista se me nubló y perdí el control de mi cuerpo. ¿Crees que soy estúpido? Alguien me puso algo en la bebida, o en el aire… y apareciste tú, justo en el momento exacto, dispuesta a todo.
Se acercó más, inclinándose sobre mí con una furia contenida.
—¿Fue tu padre? ¿Le pareció la mejor forma de arruinar mi reputación, de obligarme a hacer un trato o de chantajearme con un escándalo? O peor aún… ¿fuiste tú quien lo planeó todo? ¿Te ofreciste voluntaria para drogarme y arrastrarme a esta cama?
Sentí cómo me ardían las mejillas, primero por la sorpresa y luego por la rabia y la humillación.
—¡Estás loco! —grité, aunque mi voz temblaba—. Yo no sabía que estabas ahí. Yo estaba borracha, desorientada, entré al baño por error… ¡fui yo quien creyó que estaba soñando contigo! ¿Por qué haría algo así?
—Porque eres igual que él —escupió, y cada palabra era un golpe—. Manipuladora, interesada, dispuesta a usar cualquier cosa para conseguir lo que quieren. Esta noche… lo único que demuestra es que no hay límites para los Carvajal.
Se enderezó.
—Vístete y vete. De una vez te digo que no quiero volver a verte. Si crees que esto te da algún derecho sobre mí, te equivocas. No fue deseo, ni elección. Fue un error… y un error que pienso arreglar antes de que intentes sacar provecho.
No esperó respuesta. Salió de la habitación dando un portazo que retumbó en las paredes. Me quedé sola, abrazada a mis rodillas, sintiendo cómo el orgullo se me deshacía en lágrimas silenciosas. Él creía que era una trampa. Creía que yo lo había drogado para atraparlo. Y lo peor: no podía negarle del todo que yo había ido a sus brazos por voluntad propia, pero nunca habría imaginado que lo vería como un ataque.
Me vestí a toda prisa, con el vestido roto y arrugado, el maquillaje corrido y el alma hecha pedazos. Salí del club evitando las miradas, tomé un taxi y regresé a casa, deseando que el camino fuera eterno para no tener que enfrentar lo que me esperaba.
***
Al cruzar la puerta principal, el silencio de la mansión se sentía pesado, opresivo. No había pasado ni un minuto cuando la voz de mi padre resonó desde el salón principal.
—Elena. Aquí. Ahora.
Su tono helado me hizo caminar con pasos inseguros. Estaba de pie frente a la gran mesa de caoba, con una carpeta en la mano y una expresión de furia. Cuando me acerqué, me lanzó el contenido sobre la mesa.
Fotografías. Muchas.
En ellas se veía claramente: yo tambaleándome entre los brazos de Orson, saliendo del baño apoyada en él, y finalmente los dos subiendo la escalera privada hacia las suites. Las imágenes eran nítidas, tomadas desde lejos pero lo suficientemente claras para no dejar dudas.
No me extrañaba que tuviera eso en sus manos, él siempre sabía a dónde salía y con quién. Me cuidaba, pero como su mercancía.
—¿Puedes explicarme esto? —preguntó, bajando la voz, lo que lo hacía aún más aterrador—. ¿Acaso perdiste el juicio por completo? ¿Te has entregado a ese hombre, al enemigo que nos quiere destruir, justo cuando tenía todo listo para cerrar el trato con el señor Montes?
Me quedé inmóvil, sin saber qué decir. ¿Cómo explicar que lo amaba en secreto, que había sido un impulso ciego y que ahora él mismo me trataba como una tramposa?
—No fue lo que parece… —empecé, pero él me interrumpió con un golpe en la mesa.
—¡Es exactamente lo que parece! —gritó—. Eres una niña malcriada e irresponsable. ¿Sabes lo que significa esto? ¡Eres una tonta sin neuronas!
Me miró con ojos fríos, iguales a los de Orson hacía unos minutos.
—Tú has convertido lo que era un error en un problema que nos costará muy caro. Ya no habrá cena, ni trato con Montes. Ahora tendremos que negociar con el hombre que más odiamos, y tú serás la moneda de cambio. Te quedarás en esta casa, no saldrás, y harás exactamente lo que yo diga para intentar arreglar el desastre que has provocado.
Me dio la espalda, despidiéndome con un gesto de la mano.
—Vete a tu habitación. Y piensa bien en lo que has hecho. Porque anoche no solo te has perdido a ti misma… has puesto en juego el futuro de todos nosotros.
Caminé hacia mi cuarto como si estuviera en una pesadilla. Me encerré, me desplomé en la cama y, por primera vez, comprendí con claridad: entre el desprecio de Orson y la furia de mi padre, ya no había escapatoria. La noche que creí que me daría lo que deseaba, en realidad me había atado a una cadena mucho más pesada y oscura.
«Eres una estúpida» me dije a mí misma mentalmente. Estaba borracha ayer, pero aún así me entregué a ese hombre sin pensar, por estar pensando siempre en él, por siempre estar teniendo fantasías. Estas eran las consecuencias. No sabía qué vendría a partir de ahora.