20.
|Orson|Vergüenza. Eso era lo único que experimentaba mientras me veía obligado a retirarme hacia una esquina oscura del gran salón. Me crucé de brazos, pegando la espalda a una columna de mármol, obligado a observar desde la distancia cómo mi propia esposa se movía al compás de la música, riendo y conversando de lo más relajada al lado de ese tipo, como si tuvieran una amistad de toda la vida.
Varios socios de la firma y algunos conocidos intentaron acercarse a mi posición para entablar conversación, pero rechacé cada intento con un ademán frío y cortante. No deseaba hablar de negocios.
Tomé una copa de whisky de la bandeja de un mesero y me concentré en vigilar cada uno de sus movimientos. Se suponía que el destino de Elena no debía generarme el menor interés, nuestro matrimonio poseía fecha de caducidad, pero verla en brazos de otro provocaba que la garganta me ardiera de una forma insoportable.
—Vaya, qué espectáculo —comentó una voz familiar a mi lado.
Giré la cabeza y me encontré a Mateo, mi mejor amigo, quien observaba la pista de baile sosteniendo un vaso de cristal.
—No empieces, Mateo. No estoy de humor para tus comentarios sarcásticos —le advertí, dando un trago largo a mi bebida.
—Yo no estoy diciendo nada, eres tú quien luce como si deseara asesinar a ese sujeto con la mirada —replicó él, encogiéndose de hombros—. Sinceramente, te lo buscaste tú solo. No entiendo por qué te afecta tanto la situación ahora.
—Es mi esposa, está exhibiéndose frente a todos los directivos de la corporación —mascullé entre dientes, apretando el vaso.
Mateo soltó una pequeña risa burlona, volteando a verme de frente.
—Por favor, Orson, no me vengas con discursos moralistas a estas alturas. ¿Por qué te importa tanto lo que haga? Recuerdo perfectamente tus palabras cuando firmaron ese maldito acuerdo. Dijiste que Elena era un cero a la izquierda, una molestia necesaria por doce meses y que te importaba un bledo su vida. ¿No eras tú el que repetía que apenas terminara el plazo serías libre para correr a los brazos de Chloe?
Me guardé la respuesta, desviando los ojos de nuevo hacia la pareja.
—Mírate nada más —continuó, analizando mi postura—. Ella solo está aplicando las mismas reglas del juego que tú impusiste desde el primer día. La dejaste sola por ir a buscar a tu amante, y ahora que ella decide divertirse, te pones verde de rabia. Es un tanto hipócrita de tu parte, ¿no crees?
—No es lo mismo —gruñí, sintiendo que la paciencia se me agotaba.
—Es exactamente lo mismo. La diferencia es que Elena se cansó de ser la sombra sumisa que lloraba en los rincones de tu casa. El cambio se nota.
Guardé silencio, devorando el resto del líquido de mi copa. Las palabras de Mateo calaban hondo porque contenían una verdad incómoda que me rehusaba a aceptar. No le quité la vista de encima a Elena, quien seguía girando en la pista, totalmente ajena a mi tormento.
La música por fin terminó. Le dejé la copa a Mateo en la mano y caminé directo a la pista para buscarla, sin importarme nada más. Llegué hasta ellos, tomé a Elena de la mano con firmeza y la alejé de ese sujeto.
—Ya fue suficiente —le dije mirándolo a él y luego a ella—. Ahora es mi turno de bailar.
Elena me miró con frialdad.
—Creo que no se va a poder, Orson. Terminé bastante cansada y los pies se me hincharon. Volveré a casa ahora mismo.
—Bien, entonces yo te llevo —sentencié, dispuesto a caminar hacia la salida.
—Eso tampoco se va a poder —me frenó ella—. Justamente Julian se ofreció a llevarme de vuelta y acepté su invitación.
La sangre comenzó a hervir.
—¿Acaso estás loca? ¿Piensas irte con un hombre que ni siquiera conoces?
—Con todo respeto, Bottomer, si estás insinuando que podría hacerle algo malo a tu esposa, sácate esa idea de la cabeza —me dijo Julian—. Los caballeros decentes sabemos perfectamente cómo tratar a una dama... a diferencia de otros.
Apreté los puños, sintiendo una furia ciega. Me moría por darle un golpe y borrarle esa sonrisita, pero el salón estaba lleno de invitados importantes mirando en nuestra dirección. Tuve que contenerme a la fuerza.
—No te preocupes por mí, Orson —intervino Elena, colocándose al lado de Julian—. Quédate aquí. Tú eres el anfitrión de esta fiesta y no debes retirarte; tu obligación es despedir a los invitados cuando esto acabe.
Ni siquiera esperó mi respuesta. Caminó hacia la salida junto con ese bastardo, dejándome atrás. Vi cómo se alejaban del salón y no pude hacer nada para detenerlos; mi propio maldito orgullo me impidió ir detrás de ella para prohibirle que cruzara esa puerta.
***
|Elena|Me dediqué a observar las luces de la ciudad a través de la ventanilla del vehículo de Julian. En el fondo, sabía perfectamente la razón por la cual acepté su ofrecimiento: deseaba darle un escarmiento a Orson.
Quería obligarlo a experimentar esa misma impotencia y esa rabia sorda que me devoraban las entrañas cada vez que él me abandonaba para irse del brazo de Chloe. Sin embargo, un ligero nerviosismo comenzó a instalarse en mi pecho. Estaba metida en el auto de alguien que acababa de cruzarse en mi vida esa misma noche. ¿Realmente resultaba un hombre de confianza?
Carecía de amistades cercanas en el pasado, no tenía confidentes de ningún género, por lo que su inesperada presencia en la gala se transformó en mi única salvación.
Julian redujo la velocidad, deteniendo la marcha justo frente a la entrada de la residencia.
—¿Es aquí, Elena? —preguntó, apagando el motor.
—Sí, aquí es —respondí, girándome hacia su asiento—. Muchísimas gracias por todo lo que hiciste esta noche.
—No fue nada, de verdad —contestó, metiendo la mano en su chaqueta para extraer una pequeña tarjeta—. Ten, si en algún momento deseas conversar, desahogarte o salir a distraerte un rato, solo llámame.
Tomé el pedazo de papel, mirándolo con el ceño un poco fruncido debido al desconcierto.
—¿Por qué eres tan confianzudo? —cuestioné, no podía guardarme la duda.
Julian soltó una carcajada, apoyando los brazos en el volante.
—¿Lo soy? Bueno, tal vez se deba a que suelo ser bastante directo, no me agradan los rodeos. ¿Eso representa algo bueno o malo para ti?
—No, no es malo —le aseguré, suavizando el gesto—. Las personas sinceras y directas resultan mil veces mejores.
—Excelente, entonces asumo que poseo una gran cualidad a mi favor —replicó, regalándome otra de sus sonrisas amables.
—Buenas noches, Julian —añadí, dibujando una leve mueca de alegría.
Abrí la portezuela por mi cuenta, bajé del auto y caminé directo a la entrada principal. Crucé el umbral de la casa y cerré de prisa, apoyando la espalda contra la madera pesada de la puerta. Exhalé el aire que retenía en los pulmones, procesando la locura que acababa de cometer hoy.
Subí a mi habitación arrastrando los pies por el cansancio. Me di un baño largo con agua tibia, despojándome de la tensión de la gala, y me cambié por un pijama de algodón holgado y cómodo. Al salir del baño, me percaté de que el estómago me rugía; me había quedado con un antojo terrible de volver a probar esas fresas que comí en la fiesta.
Bajé los escalones descalza hacia la cocina para saciar el hambre, pero al abrir la nevera me llevé una desilusión: no quedaba ni una sola fresa. El antojo de mi embarazo se quedó flotando en el aire.
En ese momento, el eco de la puerta principal abriéndose me hizo estremecer.
Me quedé estática en medio de la cocina. ¿Orson ya estaba de regreso tan pronto? Pasaron apenas unos segundos cuando su silueta apareció bajo el marco de la entrada. Tenía un semblante sombrío, como si cargara con las ganas de matar a alguien.
—¿Ese bastardo ya se largó o también tuviste la desfachatez de meterlo a mi casa? —me escupió sin rodeos.
Rodé los ojos, ignorando su intento de intimidarme, y cerré la puerta de la nevera.
—Deja de insinuar tonterías, Orson. Julian me dejó en la entrada y se marchó hace rato.
—Es que todavía no me cabe en la cabeza que hayas permitido que un don nadie te trajera —replicó—. Te rebajaste a subirte al auto de un extraño.
—Tú no tienes que entender absolutamente nada de lo que yo haga, tampoco espero que lo hagas —le respondí—. Al menos ese desconocido me dio un trato digno y me respetó como a un ser humano, algo que mi propio marido no sabe hacer.
Intenté pasar por su lado para dar por terminada la discusión y subir a mi cuarto, pero Orson me sujetó del brazo, impidiéndome avanzar. Su agarre no era doloroso, pero sí lo bastante firme como para obligarme a mirarlo.
—Ya estoy al tanto de lo que le dijiste a Chloe sobre el divorcio —soltó.
—Ah, ¿ya te fue con el chisme? —respondí, soltando una risa amarga—. Qué bueno que sacas el tema. Y sí, tengo pensado solicitar el divorcio apenas acabe lo que resta del contrato. Es lo que querías desde el principio, ¿no? Podrás irte libremente con esa mujer, ya no me importa lo que hagas con tu vida.
Orson se rio, aunque sus ojos desprendían rabia.
—No te creo absolutamente nada, Elena. Sé perfectamente lo que sientes por mí. Solo te andas tomando valentías que no tienes para intentar llamar mi atención.
—Te equivocas —le aseguré, sosteniéndole la mirada con una serenidad que pareció desconcertarlo—. Puede que los sentimientos no desaparezcan de un día para otro, no soy de piedra, pero no esperes que te siga rogando o demostrándote que me duele tu desprecio. Ya no, Orson. Me cansé de todo esto. Me cansé de ti, de mi padre y de todos los que me pisotean como si mi dignidad no valiera nada. Yo también soy un ser humano que siente. De ahora en adelante no buscaré que nadie me dé mi lugar, me lo daré yo misma. Lo único que me importa en este mundo es mi hija, así que puedes estar tranquilo: lo que le dije a tu amante es completamente en serio.
Pude notar cómo su mandíbula se apretaba al máximo, provocando que una pequeña vena se marcara en su cuello. Se seguía viendo furioso, frustrado por alguna extraña razón, en lugar de mostrarse aliviado ahora que por fin obtenía la libertad que tanto había estado reclamando.
Intenté tirar de mi brazo para zafarme de su agarre, pero Orson no me liberó; mantuvo los dedos fijos en mi piel.
—Suéltame —le exigí—. Tengo que salir.
—¿Se puede saber a dónde carajos vas a estas horas? —me reclamó.
—Que te dé exactamente igual a dónde vaya, Orson. Ya no es problema tuyo lo que yo haga con mi tiempo.
—Si no me dices a dónde vas, de aquí no sales —sentenció.
Rodé los ojos, exhausta de sus ridículos ataques de control, y exhalé un suspiro de frustración.
—Voy a buscar una tienda que esté abierta para conseguir fresas. Tu hija tiene antojos, ¿ya estás conforme?
Al escuchar la mención de la bebé, la tensión en sus dedos disminuyó y por fin me soltó.
—Es demasiado tarde y es peligroso que andes deambulando por la calle sola en tu estado —me dijo, suavizando un poco el tono áspero de su voz—. Vete a dormir mejor.
No quería hacerle caso en lo absoluto, me molestaba que pretendiera darme órdenes, pero la realidad era que tenía razón. La noche estaba muy avanzada, los comercios cercanos ya debían estar cerrados y no valía la pena arriesgarme por un capricho. Quizás mañana por la mañana podría salir a comprarlas. Así que le di la espalda sin añadir nada más y regresé a mi habitación.
Me metí en la cama y busqué un libro en la mesa de noche, abriéndolo por la mitad para intentar concentrarme en la lectura y lograr que el sueño me llegara. Pasó cerca de media hora en la que solo se escuchaba el tic-tac del reloj y el pasar de las páginas, hasta que unos toques suaves en la madera me sobresaltaron.
Me levanté de la cama, sumamente extrañada. Orson jamás me buscaba por iniciativa propia, mucho menos después de la discusión que acabábamos de tener. Caminé descalza y abrí la puerta con cautela, pero me topé con el pasillo completamente vacío y en penumbras.
Fruncí el ceño y quería volver a entrar, pero al bajar la mirada hacia el suelo, me quedé sorprendida. Justo enfrente reposaba un tazón lleno de fresas.
>>>Todavía nos falta un tercer capítulo, no lo he olvidado, lo subo en breve, espero les esté gustando :)