21.
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Elena |
Inhalé profundamente, expandiendo mis pulmones mientras mantenía el equilibrio sobre la enorme esfera de pilates de color gris. Apoyé las plantas de los pies firmemente en el suelo, separando las piernas para darle espacio a mi vientre, y comencé a realizar suaves movimientos circulares con la pelvis. Sentía una presión que nacía en la parte baja de la columna y se extendía hacia los lados; ese dolor lumbar se había transformado en mi sombra desde que amaneció.
El yoga prenatal y estos ejercicios focalizados se convirtieron en mi única alternativa para preparar los músculos de la pelvis, aliviando la tensión acumulada en las vértebras que cargaban con el peso de mi pequeña.
Además del beneficio físico, esta rutina funcionaba como un escape mental. Las horas en esta enorme residencia transcurrían con una lentitud exasperante cuando no había obligaciones pendientes ni proyectos en los cuales ocupar la mente. Orson se había marchado temprano a las oficinas de la corporación, borrando cualquier rastro de la discusión nocturna sobre el divorcio y el misterioso tazón de fresas que encontré en mi puerta.
Cambié de postura, colocándome en cuatro puntos de apoyo sobre la esterilla de yoga. Arqueé la espalda hacia arriba en la posición del gato, liberando la compresión de los nervios de la rabadilla, y luego regresé a la posición neutral de manera lenta, controlando la respiración.
Cuando consideré que mis articulaciones habían recibido suficiente trabajo, me incorporé despacio para evitar mareos. Caminé hacia la cocina percibiendo las piernas mucho más ligeras. Me serví un vaso grande de agua fresca, bebiéndolo con avidez para recuperar la hidratación perdida.
El ejercicio me había despertado el apetito. Abrí el refrigerador, encontrando una bandeja repleta de fresas frescas. Saqué un tazón de cerámica, tomé un cuchillo y me dediqué a picar las frutas en cubos pequeños, mezclándolas en un recipiente hondo junto a unas cucharadas de yogur natural griego.
Era una merienda saludable, ligera y perfecta para calmar la ansiedad. Me senté junto a la barra de la cocina, disfrutando de cada bocado en absoluta tranquilidad.
Hasta que unos golpes insistentes resonaron en la puerta principal de la casa, interrumpiendo mi merienda.
Dejé la cuchara a un lado, extrañada por la brusquedad del llamado. En cuanto giré el picaporte y abrí la madera, la figura de mi padre se materializó frente a mí. Su rostro lucía desencajado, con las facciones tensas por la indignación y el ceño hundido. Entró a la propiedad sin pedir permiso, obligándome a dar un paso hacia atrás para no tropezar.
—¿Se puede saber qué demonios estabas pensando anoche, Elena? —me reclamó sin molestarse en saludar, alzando la voz en medio del pasillo—. ¿Por qué tenías que comportarte de esa manera tan baja, exhibiéndote como una cualquiera en la pista junto a un desconocido?
Cerré la puerta, sintiendo que la calma que obtuve con el ejercicio se evaporaba en un segundo.
—No sé de qué te sorprendes tanto —le respondí, manteniendo un tono de voz gélido—. Tampoco entiendo qué te da el derecho de venir a pedirme explicaciones a mi propia casa.
—¡Me da el derecho el hecho de que llevas mi apellido! —exclamó él, dando un paso intimidante en mi dirección—. Los directivos de las empresas aliadas andan murmurando en los desayunos de negocios sobre lo que hiciste. Te marchaste de la celebración del brazo de un tipo al que nadie conoce en nuestro círculo, dejando en ridículo a tu esposo y arruinando la reputación de nuestra familia.
Una risa irónica brotó de mi garganta, cargada de desprecio hacia su doble moral.
—Qué curioso que te preocupe tanto la reputación familiar cuando se trata de mí —le eché en cara, fijando mis ojos en los suyos—. Orson pasa las noches enteras saliendo en las portadas de los diarios de chismes junto a su amante, exhibiéndose sin el menor pudor, y a él jamás le dices una sola palabra. A él no vienes a gritarle ni a reclamarle nada.
Mi padre soltó un bufido desdeñoso, restándole importancia al argumento.
—Eso es totalmente diferente, Elena. Él es un hombre, un Bottomer; la sociedad olvida esas cosas rápidamente en el mundo corporativo. Tú, en cambio, eres una mujer casada que lleva un embarazo, deberías darte tu lugar y comportarte con la dignidad que se espera de una dama de tu posición en lugar de andar buscando atención en los rincones.
—¿Una dama de mi posición? —repetí, sintiendo que la rabia me encendía la sangre—. Lo único que a ti te interesa es que mantenga las apariencias para que Orson no te corte el financiamiento de tus empresas quebradas. Te importa un bledo mi dignidad, papá. Me usaste como moneda de cambio para salvar tu pellejo y ahora vienes a exigir que soporte las humillaciones en silencio.
El rostro de mi progenitor pasó de la indignación a una furia descontrolada. Sus ojos se inyectaron en sangre al verse descubierto en sus verdaderas intenciones.
—¡A mí no me hablas en ese tono, malagradecida! —rugió.
Antes de que pudiera prever el movimiento, alzó la mano derecha con velocidad, descargándola en el aire con la clara intención de cruzarme la cara de un bofetón.
El instinto de protección hacia mi hija se activó en mis reflejos. Como pude, levanté ambos brazos y logré frenar el impacto, sujetando su muñeca a escasos centímetros de mi rostro con una fuerza que ni yo misma sabía que poseía. El esfuerzo me hizo jadear, pero no di un solo paso atrás. Lo sostuve firmemente, obligándolo a mantener la extremidad suspendida en el aire mientras lo miraba con un odio profundo.
—Si me vuelves a poner una sola mano encima, te juro por la vida de mi hija que te vas a arrepentir el resto de tus días —le advertí en un susurro gélido, apretando mis dedos en su piel—. Iré directamente a las oficinas de la prensa nacional a mostrarles las marcas, te dejaré en evidencia. Le contaré a todos que el gran empresario Carvajal maltrata físicamente a su propia hija embarazada.
Mi padre parpadeó, desconcertado por mi reacción y por la firmeza de mis palabras. El miedo a perder el estatus comenzó a reflejarse en su mirada.
—Elena, tú no te atreverías a armar semejante escándalo... —titubeó, intentando recuperar el control.
—Pruébame y verás si no lo hago —sentencié, empujando su brazo lejos de mí con desprecio—. Te pondré una denuncia formal ante las autoridades si vuelves a tocarme. Voy a arruinar lo poco que te queda de reputación y cada uno de los negocios que estás intentando construir a costa del apellido Bottomer. No me queda nada que perder, papá. Así que lárgate de mi casa ahora mismo.
Él guardó un silencio tenso, acomodándose el saco de la solapa mientras tragaba saliva. Se dio cuenta de que el control que tenía sobre mí había desaparecido. Sin añadir una palabra más, dio la vuelta y cruzó el umbral de la salida a pasos apresurados.
Cerré la puerta con llave, apoyando la frente contra la superficie de madera mientras intentaba normalizar los latidos de mi corazón. Estaba temblando por la adrenalina, pero por primera vez en mi vida, experimenté una profunda sensación de victoria. Ya nadie volvería a pisotearme, y se sentía tan bien.