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22.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

22.

|Orson|

Mis dedos volaban sobre el teclado mientras estructuraba cada cláusula de la propuesta financiera. Redactaba los últimos detalles del proyecto que debía presentarle a Arthur Vance; de la aprobación de ese sujeto dependía que la firma cerrara una alianza multimillonaria capaz de salvar nuestra liquidez en el mercado. Si Vance quedaba satisfecho con los números que estaba plasmando en la pantalla, la estabilidad de la empresa quedaría asegurada.

Un par de notificaciones resonaron sobre el escritorio de cristal. Pausé la escritura y estiré el brazo para tomar el teléfono móvil, echándole un vistazo rápido a la pantalla iluminada.

El nombre «Esposa» apareció en la bandeja de entrada. Presioné la pantalla para abrir la conversación y leí el texto breve que me envió:

«En media hora tengo la cita con la ginecóloga para el ultrasonido. Si deseas venir, te esperaré abajo en la clínica únicamente hasta la hora exacta. Si no apareces, entraré sola».

Las pulsaciones de mi corazón se aceleraron al asimilar la idea de ver por primera vez la figura de mi hija en la pantalla del consultorio. Un cosquilleo desconocido me recorrió la espalda. Tecleé una respuesta rápida sin dudarlo demasiado:

«Ahí estaré. Espera por mí».

Consulté el reloj de pulsera: el tiempo jugaba en mi contra. La carga de trabajo sobre mi escritorio era astronómica y la propuesta para Vance requería revisión, pero esta vez tenía bien claras mis prioridades. Tenía que hacerme el espacio sí o sí. Cerré la Laptop, tomé el saco de la silla y salí a toda prisa de la oficina.

Apenas transcurrieron diez minutos cuando detuve el vehículo frente al edificio médico. Salí, crucé las puertas giratorias del vestíbulo y recorrí el área de espera buscando la figura de Elena entre la gente. La ubiqué al fondo del pasillo, sentada sola en una hilera de sillas plásticas azules, hojeando una revista sin prestarle verdadera atención a las páginas.

Ajusté la solapa de mi saco mientras caminaba hacia su posición. Al notar mi presencia, ella alzó el rostro y volvió a dejar la revista sobre las piernas.

—Te dije que la cita era en media hora, Orson —comentó con tono plano—. No resultaba necesario que vinieras con tanta prisa.

—Tengo un sinfín de pendientes en la oficina. Preferí adelantar el trayecto a riesgo de quedar atrapado en alguna reunión más tarde y no llegar a tiempo.

—Como quieras —murmuró ella, desviando los ojos hacia el ventanal del fondo.

Ocupé el asiento vacío a su lado, acomodándome en el respaldo. El espacio entre los dos se llenó de un silencio incómodo. Guardé las manos en los bolsillos del pantalón, observando el movimiento de enfermeras y pacientes a nuestro alrededor.

—¿Por qué no llegaste a la hora exacta en lugar de venir a hacer fila tan temprano? —le pregunté.

Elena no volteó a verme. Mantuvo la vista fija en la pared blanca del pasillo.

—Estar encerrada en esa enorme casa se vuelve aburrido. El hospital ofrece un mejor ambiente para distraer la mente.

Guardé silencio ante su réplica. Una punzada de molestia intentó asomarse en mi pecho, pero la sofoqué rápido. Al final del día, el estado de ánimo de Elena no debía significar nada para mí; ella podía disponer de su tiempo libre a su antojo sin que yo tuviera que meterme en sus asuntos.

No pasaron muchos minutos cuando la puerta del consultorio se abrió y la especialista asomó la cabeza, llamando a Elena por su nombre completo. Nos pusimos de pie al mismo tiempo. Entramos al recinto iluminado, donde el olor a desinfectante y el murmullo de los equipos médicos llenaban el espacio. La doctora nos saludó de forma profesional y le indicó a Elena que se acomodara en la camilla de exploración.

Ella se recostó sobre la superficie acolchada y se subió la blusa hasta la parte baja del pecho, dejando al descubierto la curva prominente de su vientre. La ginecóloga aplicó una porción de gel frío sobre la piel clara de mi esposa, provocando que ella soltara un leve respingo por la baja temperatura del líquido.

—Muy bien, vamos a revisar cómo va el crecimiento de esta pequeña —anunció la médica, tomando el transductor para deslizarlo sobre la zona.

La pantalla del ecógrafo, que hasta ese momento mostraba únicamente estática, se encendió con tonos de gris, blanco y negro. La especialista movió el aparato con destreza, ajustando los mandos del panel hasta que la imagen cobró forma clara.

Un vuelco violento sacudió mi tórax.

Ahí estaba. Una silueta diminuta pero perfectamente definida se dibujaba en el monitor. Pude distinguir el perfil de su cabeza, la curvatura de sus brazos y sus pequeñas piernas cruzadas. El sonido del latido cardíaco retumbó por los altavoces de la habitación: un ritmo acelerado, constante y lleno de vida que acalló cualquier pensamiento en mi mente.

—Todo marcha en excelentes condiciones. El desarrollo del bebé va acorde a las semanas de gestación —explicó la doctora, sonriendo al notar mi concentración fija en la pantalla—. Si gusta acercarse, puede interactuar un poco.

Caminé dos pasos hacia la camilla, atraído por una fuerza que no pude controlar. Extendí la mano derecha, dudando por una fracción de segundo, hasta que posé las yemas de mis dedos sobre la piel tibia y marcada de Elena. Fue la primera vez que tocaba su vientre abultado. En ese mismo instante, sentí cómo el cuerpo de mi esposa se ponía rígido debajo de mi palma; cada músculo de su abdomen se contrajo por la tensión de mi cercanía.

Una emoción absolutamente ajena me recorrió el cuerpo, una calidez que nunca había experimentado. Repentinamente, justo debajo de la zona donde presionaba la mano, percibí un pequeño empujón interno. La bebé dio una patada suave pero firme, haciéndose notar.

Retiré la mano casi por instinto, sorprendido por la fuerza de ese toque. Volteé a mirar la cara de Elena; ella tenía los ojos entreabiertos, respirando con cierta dificultad mientras mantenía la vista clavada en el techo.

Un impulso extraño me llevó a buscar su mano libre, esa que descansaba a un lado de la camilla. La tomé entre mis dedos, apretándola con delicadeza. Elena no me apartó, aunque tampoco correspondió el gesto; simplemente dejó que su piel permaneciera junto a la mía mientras la especialista terminaba de limpiar el gel de su abdomen.

—Les daré un par de minutos para que se alisten y revisemos la impresión de las imágenes —dijo la ginecóloga, limpiándose las manos antes de salir hacia el área de recepción.

El consultorio quedó sumergido en una calma pacífica. Elena se incorporó despacio en la camilla, acomodándose la ropa con movimientos minuciosos para no mirarme directamente.

—¿Has pensado en algún nombre para ella? —le pregunté, rompiendo el hielo mientras la ayudaba a bajar los pies hacia el suelo.

Elena negó levemente con la cabeza, acomodándose el cabello detrás de la oreja.

—No realmente. Tenía un par de opciones en la mente, pero ninguna termina de convencerme. Tampoco quería decidir algo así apresuradamente.

Me crucé de brazos, repasando mentalmente los nombres que alguna vez escuché en las lecturas de mi madre o en las listas de la familia. Quería una opción que sonara elegante, fuerte y con carácter.

—¿Qué te parece Valeria? —propuse.

Elena se detuvo en medio del gesto de arreglar su bolso. Murmuró el nombre en voz baja, probando el sonido en sus propios labios.

—Valeria Bottomer... —repitió, sopesando cada sílaba—. Significa fuerte, saludable y valerosa.

—Exacto. Me parece que posee bastante fuerza.

Ella alzó la mirada, conectando sus ojos con los míos sin la frialdad habitual de los últimos días. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en la comisura de sus labios.

—Me gusta. Se llamará Valeria.

El acuerdo quedó sellado. La doctora reingresó al espacio entregándonos las fotografías térmicas del ultrasonido. Tomé la tira de papel entre mis dedos, observando la pequeña figura de Valeria una vez más.

Avanzábamos hacia la salida de la clínica cuando el celular le sonó en el bolso. Elena sacó el teléfono, miró la pantalla y se le escapó una pequeña sonrisa que me dejó descolocado.

—Ya puedes regresar a tu trabajo —me dijo al pisar la calle—. Yo tomaré un taxi.

—Te puedo llevar de paso —le ofrecí, abriéndole la puerta del auto.

—No voy a ir a la casa ahora, me dirijo a otro lugar, así que no te molestes —rechazó ella, acomodándose el bolso en el hombro.

—¿A dónde vas? —le pregunté, frunciendo el ceño.

—Eso no te importa, es un asunto personal —respondió cortante.

Alzó la mano en la avenida y un taxi se detuvo a los pocos metros. Se subió sin darme ni una segunda mirada. Apreté los dientes de pura rabia. ¿A dónde demonios iba y con quién se iba a ver? Me subí al auto con la idea de regresar a la empresa, pero no pude aguantarme y terminé siguiendo al taxi a una distancia prudente. Me dije a mí mismo que solo era por curiosidad, nada más, no es que pretendiera otra cosa.

Poco después, vi que el auto se detuvo. Elena bajó, le pagó al chofer y entró a una cafetería. Me estacioné cerca y, desde afuera, vi por el ventanal cómo ella se acercaba a una mesa del fondo donde la esperaba un tipo. Se saludaron con un beso en la mejilla.

Apreté el volante con tanta fuerza que me dolieron los nudillos cuando me di cuenta de quién era: ese maldito de Julian, el bastardo de la gala.

¿Se mantuvieron en contacto? ¿Desde cuándo? ¿Qué clase de relación tenían para verse a solas?

Sentí un impulso enorme de bajarme del auto para ir a buscarla y sacarla de ahí, pero en ese preciso momento mi secretaria me mandó un mensaje avisándome que tenía una reunión importante que no podía aplazar. Maldije para mis adentros porque tenía que irme sí o sí. Conduje de vuelta a la empresa hecho un demonio. Traté de no darle vueltas al asunto, pero en toda la tarde no me pude concentrar en nada; solo pensaba en ella con ese tipo, riéndose juntos... ¿Y después a dónde irían?

Intenté calmarme diciéndome a mí mismo que eso no me importaba, que solo era una molestia pasajera. Sin embargo, llegó la noche. Cuando por fin volví a la casa creyendo que la encontraría ahí como siempre, me topé con el silencio sepulcral: ella aún no había llegado.