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23.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

23.

|Elena|

El camino hasta la cafetería me sirvió para poner mis ideas en orden. Había dejado pasar semanas para buscarlo simplemente porque Julián era un desconocido. Pero al final, la soledad pudo más. Esa tarde en la que de verdad sentí que la casa se me caía encima, le escribí a ver si alguien me respondía; él me contestó al instante. Desde ahí, nos la pasamos hablando por mensaje: cosas sencillas, detalles de nuestro día a día, nada del otro mundo.

Todo cambió cuando me invitó a vernos en este sitio. ¿Por qué le iba a decir que no? Ya nadie tenía por qué controlarme. Quería una compañía real, alguien con quien hablar un rato y salir de mi encierro.

Me senté frente a él sin ponerme a pensar en cómo reaccionaría Orson. Al fin y al cabo, él hacía lo que le daba la gana con su vida.

—Vaya, pensé que al final me ibas a cancelar —me dijo Julián apenas me acomodé en la silla.

—Vengo saliendo del médico. Orson estaba conmigo.

Él alzó una ceja, sorprendido.

—¿En serio? Y aun así te apareciste por aquí.

Me encogí de hombros, quitándole importancia.

—No le vi ningún problema.

Julián sonrió y empujó un plato de galletas hacia el centro de la mesa para que tomara una. El olor a café recién hecho llenaba el lugar, acompañado por el murmullo de la gente alrededor.

—Y bueno, ¿para qué me citaste aquí exactamente? —le pregunté mientras hojeaba la carta de bebidas.

—Para conocernos mejor —contestó, apoyando los codos sobre la mesa—. Y también porque había algo que quería decirte.

Le eché un vistazo por encima del menú al notar su cambio de tono.

—¿Es algo malo o por qué pones esa cara?

Él soltó una carcajada suave y se echó hacia atrás en la silla.

—La sinceridad a veces cuesta, pero siempre es necesaria.

—¿Y eso qué se supone que significa? —insistí, frunciendo el ceño.

—Primero pidamos algo de comer, que me estoy muriendo de hambre —dijo, esquivando la pregunta por el momento.

Alzó la mano para hacerle una seña al mesero, quien se acercó a la mesa enseguida. Pedimos un par de cafés, croissant recién horneados y un postre dulce con fresas que me llamó la atención en la vitrina.

Mientras esperábamos la comida, Julián me miró con curiosidad.

—Oye, ¿y por qué estabas en el médico? ¿Te sientes mal o algo?

—Para nada, era una ecografía de rutina —le aclaré, tocándome la panza por encima de la blusa—. Una revisión para confirmar que mi bebé viene creciendo sana.

—Oh, ya veo —asintió él, guardando un momento de silencio.

Poco después, el mesero regresó con la bandeja y acomodó las tazas y los platos frente a nosotros. El olor a pan caliente y a café invadió el espacio. Sin pensarlo dos veces, tomé la cucharita y le di el primer bocado a mi postre de fresas, disfrutando del sabor dulce mientras esperaba que por fin me soltara lo que tenía para decirme.

—¿Y bien?

Julián bajó la taza de café a la mesa, se pasó una mano por el cabello y soltó un suspiro largo.

—Hay una razón por la que me acerqué a ti, Elena.

Dejé de comer en el acto. La tranquilidad que sentía hace un segundo se esfumó y me puse seria.

—Explícate —le exigí.

—Las cosas nunca pasan por casualidad, siempre hay un motivo detrás —dijo él, mirándome directo a los ojos—. Sé que no debería estar aquí diciéndote esto, pero la verdad es que no me sentiría bien si sigo adelante con una mentira.

—¿Qué mentira? —quise saber, sintiendo cómo se me apretaba el estómago—. ¿Me estás diciendo que lo de la gala y el que te acercaras a mí no fue casualidad?

Él asintió lentamente y sonrió irónico, sin pizca de gracia.

—Me acerqué a ti con motivos ocultos.

—¿Y se puede saber cuáles son esos motivos?.

—Claro, justamente por eso te cité hoy aquí —contestó—. Mi nombre es Julián. Julián Maddox. Sterling es el apellido de mi mamá, y es el que casi siempre uso para presentarme.

Me quedé pensando unos segundos. Ese apellido me retumbó en la cabeza hasta que encajé las piezas: Maddox. Era la misma familia de empresarios que llevaba años compitiendo contra mi papá y su empresa. Uno de los tantos enemigos comerciales de mi familia.

—¿Eres de esos Maddox? —pregunté, entre molesta y sorprendida.

—Los mismos —admitió él.

—No entiendo nada... —dije, sintiendo la cabeza hecha un lío—. ¿Por qué te acercaste? ¿Por qué harías algo así?

El sujeto miró su taza de café por un instante antes de volver a hablar.

—Llegué a la ciudad hace como tres meses. Estoy aquí de forma temporal, vine desde Nueva York. Volví para pedirle ayuda financiera a mi padre porque estoy montando mi propia empresa y necesitaba capital. Pero el viejo me puso condiciones para soltar el dinero. Claro, como soy el hijo bastardo al que aborrece, obviamente no me iba a dar nada gratis ni a manos llenas.

—¿Hijo bastardo? —pregunté, sorprendida por lo directo que era.

—Sí —asintió él—. Mi papá me tuvo fuera del matrimonio porque su esposa no podía tener hijos. ¿Pero qué crees? La señora lo terminó corriendo de la casa en cuanto se enteró de que yo existía. Y el muy infeliz creyó que la mejor salida era culparme a mí de sus propios cagasos. Pero en fin...

Julián se encogió de hombros con desinterés y siguió hablando.

—El punto es que ese tipo me puso una condición para soltar los fondos: tenía que conseguir la firma de un contrato millonario con Arthur Vance, un inversionista pesadísimo. Y resulta que tu esposo le va a entregar una propuesta muy pronto.

Un escalofrío me recorrió el cuerpo al atar los cabos.

—Entonces... te acercaste porque...

—Porque eres la esposa de Orson —completó él sin rodeos—. A ver, no te lo tomes a mal, yo no tengo nada personal contra ese hombre; al final esto es solo una competencia de negocios donde todo el mundo quiere ganar. Mi padre me dijo que tenía que derribar a Orson como fuera y que asegurara ese contrato usando cualquier método, incluso acercándome a ti para sacarte información. Por eso investigué quién eras y me enteré de cómo estaba tu vida. Que por cierto, bastante fea. Tienes un esposo al que pareces no importarle, que anda paseando a la amante por todas partes sin vergüenza y te toca aguantarte un matrimonio de pesadilla.

Me quedé callada, atónita y arrugando la cara por todo lo que estaba escuchando. Lo curioso era que no me sentía tan molesta como debería. Tal vez era porque el tipo estaba siendo completamente sincero y no esperó a verme la cara de tonta hasta el final.

—Pues apuntaste súper mal a tu objetivo —le dije, apoyando los brazos en la mesa—. Yo no tengo ni la más mínima idea de los negocios de mi papá, y mucho menos de los de Orson.

—Podrías averiguar —sugirió—. Eres la persona más cercana a él ahora mismo, ¿no?

—Chloe, su amante, es la persona más cercana a él —le solté con sarcasmo—. Así que si quieres datos, ve a buscarla a ella. Perdiste tu tiempo conmigo.

Julián sonrió y negó despacio.

—No lo perdí, para nada. Desde que te conocí en esa gala mandé a volar el plan estúpido de mi padre. Tampoco es que me dieran muchas ganas de usar a una pobre mujer embarazada. Al final solo me seguí acercando a ti por pura curiosidad, pero igual quería contarte la verdad de cómo empezó todo.

Alcé ambas cejas, mirándolo con ironía.

—¿Y se supone que debo agradecerte por ser tan considerado?

Él se rio y movió la cabeza.

—Pues un poquito sí, la verdad, porque no usé todo mi encanto contigo.

Me reí de verdad y tomé otro bocado de mi postre de fresas.

—¿Y ahora qué vas a hacer? —le pregunté—. Ya no tienes plan, me confesaste todo y te vas a quedar sin contrato y sin dinero.

—Ya encontraré alguna otra forma —respondió, dándole un sorbo a su café—. El veinte por ciento que me ofrecía mi padre era bastante tentador, pero ya qué.

Me quedé pensativa un buen rato mientras daba giros a la cuchara en el plato. Yo sabía perfectamente que Orson andaba apretado con los números de la firma. Ese contrato con Arthur Vance era el salvavidas que necesitaba para levantar la cabeza, y seguro mi papá también iba a meter la cuchara para sacar su tajada. Los dos eran igual de buitres.

¿Pero y si yo le echaba una mano a Julián para que él se quedara con el trato? La verdad, me importaba un carajo que Orson y mi padre se fueran a la quiebra. Se lo tenían bien merecido. Por culpa de ese cochino dinero mi papá me había vendido como si fuera ganado, y Orson no se merecía absolutamente nada de mi parte.

—Si buscara la forma de ayudarte... ¿qué gano yo con eso? —le pregunté al cabo de un rato.

Me miró con bastante interés.

—Eso depende —dijo—. ¿A qué te refieres?

—Si te ayudo a conseguir la información y logras firmar ese contrato con Vance... ¿qué ganaría yo a tu lado?

Una sonrisa amplia se le dibujó en la cara.

—Te daría un alto porcentaje de las ganancias —dijo sin dudarlo—. Una suma más que suficiente para que vivas tranquila. Los dos saldríamos ganando.

Aquello me llamó la atención de verdad. Necesitaba mi propio dinero, una buena suma para mantener a mi hija cuando por fin le pidiera el divorcio a Orson y empezara de cero. Con ese capital podría montar mi propio negocio sin depender de nadie.

—¿Y podrías darme trabajo en tu empresa también? —le solté.

Julián abrió más los ojos, sorprendido.

—A ver... mi compañía va a estar ubicada en Nueva York. ¿Acaso piensas dejar a tu marido?

—Mi matrimonio es algo temporal —le aclaré—. Solo va a durar hasta que nazca mi bebé. Después de eso, cada quien agarrará por su lado. Si me prometes que me vas a dar una mano cuando todo esto termine, yo te ayudo a conseguir lo que necesitas.

La verdad era que yo no tenía a nadie a quien acudir. Cuando me separara de Orson, mi papá no me iba a recibir con los brazos abiertos; al contrario, seguro buscaría venderle mi vida al mejor postor otra vez. Volver a esa casa no era una opción jamás. Y Orson, por su parte, saldría corriendo a refugiarse en los brazos de Chloe.

Estaba completamente sola, así que me tocaba buscar una salida por mi propia cuenta, aunque fuera a costa de ellos dos. Al fin y al cabo, ambos me habían pisoteado. Devolverles la misma crueldad era lo mínimo que se merecían.

—Cuenta conmigo —me aseguró Julián, mirándome con firmeza—. Te voy a ayudar en todo lo que necesites, lo prometo.

—Gracias —le respondí, regalándole una sonrisa sincera—. Yo también voy a hacer todo lo posible por conseguirte lo que buscas.

Bajé la mirada hacia lo que quedaba de mi postre de fresas. Tenía que lograrlo a como diera lugar; algo se me tendría que ocurrir para acceder a la oficina o a la computadora de Orson y sacar esos datos. Mi futuro y el de mi hija dependían de esto, y me daba exactamente igual si era correcto o no. Nada en mi vida lo había sido desde el principio.

—Oye, ¿y tienes planes para el resto del día o te toca volver a casa ya? —me preguntó Julián, rompiendo mis pensamientos.

—La verdad no quiero regresar —admití, soltando un suspiro de solo pensarlo—. Me voy a morir de aburrimiento allá encerrada.

—Pues estás de suerte, porque hoy tengo el día libre —sonrió él, echándose hacia atrás—. ¿Qué tal si damos un paseo?

—Me encantaría —contesté, sintiendo un toque de emoción que no experimentaba hace tiempo.

En cuanto terminamos, salimos de la cafetería juntos. La primera parada fue un museo histórico que estaba a pocas cuadras. Nos la pasamos un buen rato caminando por los pasillos, hablando de historia, riéndonos y compartiendo anécdotas de nuestras vidas. Se sentía increíblemente fácil conversar con él.

De ahí nos fuimos a un parque a comer helado mientras veíamos a los niños jugar en los columpios. Luego caminamos hasta un lago cercano repleto de peces de colores y patos; compramos un poco de comida para alimentarlos y hasta nos tomamos varias fotos con el teléfono.

Para la hora del almuerzo, fuimos a un restaurante precioso. Julián pagó absolutamente todo y yo comí bastante; mi bebé andaba hambrienta y no me privé de nada.

Así se nos fue la tarde entera, entre risas y pláticas, hasta que cayó la noche. Terminamos metidos en el cine comiendo palomitas. Vimos dos películas seguidas: la primera fue de pura acción y la segunda una de terror que me hizo saltar del asiento un par de veces.

Cuando por fin salimos de la sala ya eran las diez de la noche. La verdad no me preocupó la hora en lo absoluto; al fin y al cabo, Orson siempre llegaba a la casa de madrugada.

Julián parqueó el auto justo frente a la entrada de la residencia. Me volteé a mirarlo antes de bajar.

—Muchas gracias por hoy, Julián. De verdad la pasé increíble.

—Cuando quieras repetirlo o hacer otra escapada igual, solo llámame —me dijo, guiñándome un ojo simpático—. Buenas noches, Elena.

—Buenas noches, Julián.

Bajé del carro y me encaminé a la puerta. Entré y fui encendiendo las luces que estaban todas apagadas. Dejé salir un largo suspiro de cansancio, aflojándome los zapatos, y puse el bolso sobre la mesa del recibidor.

Sin embargo, el aire se me congeló en la garganta al dar dos pasos más hacia la sala.

Ahí estaba la silueta de Orson, sentado en el sofá en medio de la penumbra, esperándome. Tenía una botella de whisky por la mitad sobre la mesa de centro y el rostro envuelto en una sombra oscura y tensa.

Se levantó despacio y me miró severo.

—¿De dónde vienes a esta hora?