24.
|Orson|Había perdido la cuenta de cuántas veces llamé a su celular en el transcurso de la tarde. El tono ni siquiera entraba; la grabadora me mandaba directo al buzón porque el teléfono estaba apagado. Traté de pensar en opciones lógicas, como que tal vez andaba con su papá resolviendo algún problema, pero la verdad no podía engañarme. Mi mente no salía de esa maldita cafetería donde la vi sentada.
Sabía que se había ido a la calle a andar de arriba abajo junto a ese sujeto.
Serví otro trago en el vaso y me lo bebí. El licor bajó raspándome la garganta, quemándome por dentro debido a lo fuerte que estaba. Pero ni el alcohol me quitaba la rabia; al contrario, cada trago me encendía más la sangre. La impotencia terminó dominándome y tiré el vaso de cristal al suelo, haciéndolo pedazos contra el piso.
Estaba a punto de servirme directo de la botella cuando escuché el ruido de un motor frenando al frente. Ni siquiera tuve que asomarme a la ventana para saber de quiénes se trataba: eran ellos. Instantes después, Elena abrió la puerta y cruzó el umbral tan campante, con una tranquilidad que me pudrió las entrañas aún más.
—¿De dónde vienes a esta hora? —reclamé, poniéndome de pie.
Al dar un par de pasos tambaleé ligeramente; las piernas me pesaban bastante por todo lo que había tomado.
Vi el susto inicial en el rostro de mi esposa, pero ese gesto le duró poco. Rápidamente arrugó la cara, mirándome con frialdad.
—Eso no te importa —contestó tajante.
En dos zancadas estuve frente a ella. La agarré fuerte de los hombros.
—¡Respóndeme! —le exigí fuera de mí—. ¿Estabas con ese parásito? ¿Te fuiste todo el santo día con él?
Elena dejó salir un aire pesado, mirándome directo a los ojos sin mostrar un solo rasgo de miedo.
—Sí —admitió con una frescura que me descolocó—. Estuve el día entero recorriendo la ciudad con Julián. ¿Tienes algún problema?
Apreté las mandíbulas hasta sentir que los dientes me iban a tronar.
—¿Lo dices así de fácil? —pregunté con rabia.
—Claro que sí, no estoy haciendo nada malo —replicó ella—. Tú haces exactamente lo mismo. Te la pasas exhibiéndote a plena luz del día al lado de tu amante por todas partes, y hasta te pierdes a altas horas de la noche. ¿Acaso existe alguna diferencia entre lo que haces tú y lo que hago yo?
—¡Es completamente diferente! —le grité en la cara, apretando el agarre—. ¡Y yo no me pierdo tarde por la noche con ella, me la paso trabajando! ¡Y para colmo, a diferencia de mí, tú llevas una criatura en el vientre!
—¡Estar embarazada no me hace una inválida! —me contestó alzando la voz al mismo nivel—. Tampoco tengo absolutamente nada de qué avergonzarme. Tú fuiste quien puso las condiciones de este matrimonio desde el principio, pidiéndome que viviera aquí como si estuviera muerta para ti. Así que no entiendo a qué vienen estos reclamos ahora.
Solté una risa irónica, un sonido amargo que me raspó la garganta.
—¿Te estás vengando de mí? —le pregunté—. ¿Quieres hacerme exactamente lo mismo?
—Pues sí —contestó—. Dijiste que no soy nadie para ti, me odias, me desprecias, todo el tiempo me escupes palabras de odio y me faltas al respeto saliendo con esa mujer. Yo también puedo hacer lo mismo: disfrutar, tener amigos, salir en citas y rehacer mi vida. Y no te sientas tan importante, Orson, nada de esto es por ti. Lo hago por mí, porque ya es hora de sentirme valorada.
La rabia me apretó el pecho como un torniquete.
—¿Y tiene que ser precisamente con ese imbécil? —le reclamé—. ¿Te vas a ir con él apenas nos divorciemos?
—Sí —soltó—. De todos modos tú tienes a tu amante y te vas a ir con ella, ¿no? Supongo que deberías sentirte aliviado.
—¿Aliviado de verte largarte con otro? —rugí—. ¿De verdad crees que eso me da alivio?
Elena me puso las manos en el pecho y me empujó hacia atrás con rabia.
—¡Tus acciones han demostrado que sí! —me gritó—. A ver si refrescas la memoria y recuerdas cada una de las idioteces que me has dicho desde que nos casamos.
Pasó por mi lado a toda prisa, esquivándome, y caminó directo a su habitación. Pero al moverse, el aire me trajo un rastro leve de perfume masculino. Ese maldito olor ajeno me volvió loco.
Fui detrás de ella hecho una fiera. Llegué a la puerta del dormitorio justo cuando intentaba cerrarla de un portazo; metí el cuerpo para impedirlo y empujé la madera.
—¿Te acostaste con él? —le solté sin tapujos.
Elena se me quedó viendo con una cara de ofensa y asco puro.
—¿Qué?
En dos segundos la volví a agarrar de los hombros, fuera de mí, apretando la tela de su ropa.
—¡Dime si te acostaste con ese tal Julián! —le grité—. ¡Dimelo ya!
El impacto de su mano azotando mi rostro me hizo girar la cabeza. El chasquido resonó en todo el cuarto.
—¿Acaso crees que soy como tú? —me escupió con los ojos llenos de rabia y lágrimas—. ¿Una cualquiera que anda por ahí acostándose con cualquier desconocido?
—¡Tienes el jodido olor de ese tipo encima! —siseé entre dientes, sobándome la mejilla caliente.
—¿Y eso fue lo mejor que se te ocurrió? —se rio enojada—. ¿Que nos acostamos? ¡No seas cínico, Orson! Al menos en ese aspecto sí le tengo respeto a mi matrimonio, ¡no como tú, que te follas a esa zorra y todavía tienes la gran cara de venir a hacerme reclamos!
No lo pensé. La empujé hacia la cama, sin brusquedad y midiendo mi fuerza para no lastimarla, simplemente dejándola caer sobre el colchón. Me subí encima, apoyando todo mi peso en los brazos a los lados de su cuerpo para no aplastar su estómago abultado, quedando a milímetros de sus labios.
—¡Yo no me he follado a nadie! —le solté cerca de la boca, agitado—. ¡Deja de inventarte mierdas que no son!
Elena soltó una risa amarga, dolida desde el fondo del alma.
—¿Y pretendes que te crea? —me desafió, mirándome a los ojos a centímetros de distancia—. ¿De verdad crees que me voy a tragar la historia de que solo se agarran de la mano? Llegas de madrugada, te vas de cita con ella a todas partes y hasta les han tomado fotos en la puerta de su apartamento. ¿Me quieres ver la cara de estúpida? ¡Sé perfectamente lo que pasa entre ustedes!
—¡No sabes una puta mierda! —exclamé sintiendo que la cabeza me iba a estallar—. ¡Una cosa es salir a citas y otra muy diferente es follar!
Por dentro, ni yo mismo entendía por qué me enfurecía tanto que ella pensara eso de mí. La realidad era que jamás me había acostado con Chloe, ni una sola vez. Y me parecía una injusticia maldita que Elena estuviera dispuesta a entregarse a ese desgraciado solo para cobrármelo.
—Quítate, Orson. Estás borracho y yo estoy cansada. Quiero dormir.
Su voz me enfureció. Me incliné más cerca, casi rozando su cara.
—Claro… cansada por estar con ese idiota, ¿verdad?
Ella apretó los labios.
—Si ya lo sabes, no sé para qué te ardes. ¡Quítate!
No pude contenerme más. El impulso me dominó. Bajé la cabeza y la besé con fuerza, sin delicadeza. Fue un asalto. Mi boca chocó contra la suya, devorándola. Elena se resistió, empujando mis hombros, intentando girar la cara. Pero yo era más fuerte. Deslicé una mano detrás de su nuca, sujetándola con firmeza, impidiéndole escapar.
Chupé su labio inferior con hambre, luego el superior, succionando hasta sentir cómo se hinchaban bajo mi boca. Solté solo un segundo para abrir más los labios y meterle la lengua dentro, invadiéndola profundo, lamiendo cada rincón caliente y húmedo de su boca. Sabía dulce, estaba caliente y tan jodidamente suave que mi polla se endureció al instante dentro de los pantalones, presionando dolorosamente contra la tela, palpitando con ganas de follarla.
Ella agitaba la cabeza, desesperada por apartar la cara y respirar. Sentía su aliento entrecortado contra mis labios, sus intentos de girarse. No la dejé. Enredé ambas manos en su cabello, tirando lo suficiente para mantenerla exactamente donde quería. La besaba con rabia y deseo crudo, comiéndomela entera, lamiendo su lengua, succionando sus labios hinchados mientras gruñía contra su boca. Estaba duro como una piedra.
Mi mano derecha bajó por su cuerpo sin permiso. Me metí bajo su falda, apretando la piel suave y caliente de su muslo, subiendo más. Sentí cómo se estremecía bajo mis dedos. Al mismo tiempo, aparté mi boca de la suya y hundí la cara en su cuello, chupando con fuerza, lamiendo la piel sensible y mordiendo justo donde latía su pulso. Quería marcarla, dejarle evidencia de que era mía.
—Suéltame, Orson… —jadeó ella.
Yo ya no escuchaba. Estaba demasiado excitado. Bajé más por su clavícula, besando y lamiendo cada centímetro. Llegué hasta sus tetas hinchadas, que subían y bajaban con su respiración agitada. Besé la curva superior, abriendo la boca para succionar más fuerte, queriendo bajar más, llegar a sus pezones, morderlos y chuparlos hasta que gritara…
Pero la bofetada que me dió me sacó de esa burbuja.
Parpadeé, agitado, respirando como un animal. Cuando levanté la mirada, la vi: Elena tenía las mejillas completamente sonrojadas, los labios rojos e hinchados por mis besos brutales, y una mirada que mezclaba molestia furiosa con vergüenza ardiente. Estaba hermosa así.
—Bájate ahora mismo, Orson Bottomer —ordenó con voz temblorosa pero firme.
Me quedé mirándola un segundo más, todavía con la polla dura y palpitante. Lentamente me aparté, rodando hacia un lado. Me pasé una mano por la cara, intentando recuperar el control, y bajé la vista al bulto enorme que marcaba mis pantalones.
Elena se hizo un ovillo en la cama, dándome la espalda, encogiéndose sobre sí misma.
—Vete —murmuró sin mirarme.
No dije nada. Me levanté en silencio, ajustándome los pantalones como pude, y salí de la habitación. Cerré la puerta detrás de mí y apoyé la espalda contra la madera fría del pasillo. Solté un suspiro largo y pesado, pasándome las manos por el pelo.
—Maldición… —gruñí entre dientes, todavía sintiendo su sabor en la boca y el pulso de mi erección latiendo sin piedad.