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25.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

25.

|Elena|

La cocina olía a canela y a mantequilla. Mis manos estaban cubiertas de una fina capa de harina y la barra era un pequeño caos de cuencos y espátulas. Terminé de sacar del horno el pastel de manzana, dejando que el aroma dulce inundara el espacio mientras servía, en un plato aparte, una torre de hotcakes dorados.

Emplaté con cuidado una porción generosa del pastel en un contenedor para llevar, decorándolo con un toque sutil para que luciera perfecto. Guardé todo dentro de una bolsa elegante, asegurándome de que nada se estropeara. Al terminar, solté un largo suspiro y me apoyé las manos en las caderas, observando el resultado.

Me tomé un breve momento para descansar antes de subir a mi habitación.

Me duché con agua caliente. Me preparé con esmero, elegí un vestido rosa ajustado, con las mangas caídas sobre los hombros y un corte elegante que se ceñía a mi figura hasta caer justo por debajo de las rodillas. Peiné mi cabello oscuro en ondas suaves, me apliqué un maquillaje que ocultara cualquier sombra bajo mis ojos y me rocié una nube de perfume.

Al ponerme de pie frente al espejo de cuerpo entero, me miré con satisfacción. Lucía radiante, suave, inofensiva.

Todo formaba parte del plan. Llevarle estos postres a la empresa de Orson era la excusa perfecta para interpretar el papel de la esposa abnegada que busca redimirse o arreglar las cosas. Sabía que levantaría sospechas, pero también conocía su orgullo: Orson asumiría que simplemente estaba intentando volver a ser la tonta sumisa de antes, buscando su perdón tras lo ocurrido.

Que pensara lo que quisiera. Lo único que me importaba era lograr entrar a su oficina y tener acceso a su computadora, porque entre los papeles de su despacho en la casa no había encontrado absolutamente nada útil.

Al llegar a la empresa, crucé la recepción sin ningún inconveniente. Las empleadas me reconocieron como la esposa de Orson, abriéndome el paso directo hacia el ascensor ejecutivo que llevaba a su oficina.

Frente a la imponente puerta de su despacho, me detuve un segundo. Inhalé profundo para serenarme y llamé con dos golpes.

—Pasa —resonó su voz desde el interior.

Giré el pomo y me adentré en el espacio cargando las bolsas. Orson estaba sumergido entre documentos en su escritorio, sin despegar la vista de lo que revisaba.

—Teresa, cambia el café, está demasiado amargo —ordenó sin levantar la cabeza.

—Hola.

Mi voz hizo que detuviera en seco lo que estaba haciendo. Levantó la mirada lentamente y sus ojos se posaron en mí. Me recorrió de pies a cabeza con detenimiento, tragando saliva antes de ponerse visiblemente rígido en su asiento.

—¿Qué haces aquí? —preguntó, con un tono tenso.

Avancé hasta detenerme justo frente a su amplio escritorio. Coloqué las dos bolsas sobre la madera pulida.

—Te traje esto. Hice un postre y también unos hotcakes para la gente de tu equipo.

Orson frunció el ceño, examinando las bolsas y luego a mí con desconfianza.

—¿Por qué hiciste algo así? ¿Qué es lo que quieres?

—Nada —contesté suavemente—. Simplemente quise hacerlo. Y también porque llevas dos días enteros sin aparecer por la casa, ni siquiera para dormir.

Sabía perfectamente la razón de su ausencia: me estaba evitando tras lo que ocurrió esa noche, cuando me besó a la fuerza. Durante dos días no le vi la cara ni por asomo. Aquella noche sentí una rabia hirviente hacia él; me parecía ridículo que un hombre que pregonaba odiarme y tenerme asco viniera a armarme escenas de celos absurdas, besándome como si tuviera el derecho de pisotearme cada vez que se le antojara.

Pero ese trago amargo ya pertenecía al pasado. No podía permitir que el enojo me distrajera de mi objetivo principal; mi prioridad en este momento era mantenerme enfocada en el presente y conseguir lo que vine a buscar.

—No era necesario que hicieras esto —dijo cortante, empujando las bolsas de vuelta hacia mi lado del escritorio.

Asentí despacio, manteniendo la serenidad.

—Está bien, entonces se lo repartiré a tus empleados... incluso la tarta de manzana que preparé para ti.

Estiré la mano para retomar las bolsas, pero Orson se me adelantó y las arrebató de un tirón.

—Yo no dije que te lo llevaras —refunfuñó, acomodándolas cerca de su sitio.

Elevé una ceja, mirándolo fijamente.

—Pensé que no lo querías.

Apartó la vista sin decir nada. Su rostro era un poema de malestar, con una expresión ensombrecida que volvía el aire entre los dos denso e insoportable. Me quedé en silencio, dudando sobre cómo romper el hielo; sacarle información a un tipo así de cerrado se perfilaba como una tarea titánica.

De repente, Orson rompió el sofocante silencio.

—Escucha... lo de esa noche...

Se rascó la nuca con pesadez, evadiendo mis ojos.

—Fue un error. Estaba ebrio y no sabía lo que hacía. No volverá a pasar.

Un nudo amargo se me formó en el estómago. Cuánto me habría gustado oír esas exactas palabras aquella primera mañana, cuando despertamos desorientados en la misma cama. En aquel momento una disculpa habría cambiado todo, evitaría tantos desprecios y malos tratos. Ahora resultaba conveniente que él tuviera justificación por estar borracho.

¿Y yo? Yo también estaba ebria aquella noche, y él bajo el efecto de sustancias. Era exasperante lo desigual de su juicio.

Me tragué la amargura.

—Está bien, no pasa nada. Estabas borracho. Solo espero que no se repitan esos arrebatos ni las escenas de celos.

Orson apretó la mandíbula.

—No fueron celos.

—¿Ah, sí? ¿Y qué fue entonces? —lo encaré—. Que te altere verme con otro hombre, ¿qué significa? Si no sintieras celos ni te inmutarías, considerando que nuestro matrimonio te da exactamente igual.

Abrió la boca para rebatir, pero las palabras se le atascaron. Antes de que pudiera articular algo, unos golpes suaves en la puerta nos interrumpieron. Teresa, su secretaria, asomó la cabeza.

—Disculpe la interrupción, señor. La reunión está por comenzar.

—Ya voy —contestó él, seco.

La mujer asintió y se retiró cerrando la puerta. Aproveché el momento justo cuando él comenzaba a ponerse de pie.

—¿Puedo esperarte aquí? —pregunté suavemente—. La verdad no quiero regresar a casa todavía, va a estar demasiado sola.

Orson entrecerró los ojos y me observó con evidente extrañeza. Sabía lo que pasaba por su cabeza: ni la Elena del pasado ni la versión distante de ahora le habría hecho una petición así, menos aún con la tirantez que arrastrábamos.

—Haz lo que quieras —dijo con frialdad antes de dar media vuelta y salir de la oficina, dejando la puerta entornada.

Esperé unos segundos en completo silencio. Me acerqué con cautela a la entrada y me asomé discretamente por la rendija, vigilando el pasillo para asegurarme de que nadie viniera en esta dirección. Al corroborar que el camino estaba despejado, regresé sobre mis pasos y me senté en el imponente sillón tras su escritorio.

Estaba lista para encender la computadora y revisar sus archivos, pero al estirar la mano, algo a un lado del monitor captó mi atención.

Había un marco pequeño sobre la madera. Me acerqué y descubrí que era la ecografía de Valeria, nuestra hija. Sorprendida, tomé el marco entre mis manos y pasé la yema del dedo sobre la imagen térmica con delicadeza. No podía dar crédito a lo que veía: Orson la conservaba allí, en su lugar de trabajo, como si fuera su tesoro más preciado.

—Parece que tu papá a ti sí te ama... no como a mí —murmuré con una punzada de amargura en la voz.

Me recliné lentamente en la silla sin soltar la foto, llevando la otra mano hacia mi barriga abultada para acariciarla. Dejé el marco exactamente donde lo encontré y dirigí la vista hacia la pantalla de la computadora. La duda y los nervios me paralizaron. Estaba ahí, a solo un par de clics de revisar lo que necesitara y extraer cualquier información útil, pero las manos no me respondían y sentía el pecho pesado, comprimido.

El conflicto interno me venció. Mis dedos quedaron inmóviles sobre el teclado; fui incapaz de tocar un solo archivo.

Solté un largo suspiro cargado de frustración y me puse de pie. ¿Qué demonios me pasaba? Me sentía como una cobarde, una tonta incapaz de cumplir su propio plan. La oportunidad perfecta estaba en mis manos y la había dejado pasar.

Mis ojos se posaron en una pintura colgada en la pared de la oficina. Al observarla, una idea torpe y arriesgada cruzó por mi mente: debía ir a la casa de mi padre, mi antiguo hogar, para recolectar la información que me hacía falta.

Al intentar salir de la oficina me di de cara directamente contra el pecho de Orson, quien iba entrando en ese mismo instante. Sus manos se movieron por instinto para sostenerme y evitar que me cayera. En ese segundo de cercanía, el aroma intenso de su colonia me envolvió.

—¿A dónde vas? —preguntó, fijando la mirada en mí.

—Tengo un asunto que atender —respondí tratando de sonar neutral.

Orson endureció la mandíbula.

—¿De qué se trata? Dijiste que te quedarías en mi oficina.

—Ya no hace falta —contesté evasiva—. Disfruta de los postres.

Intenté pasar por su lado, pero sus manos no me soltaron.

—Ya me puedes soltar —le dije, mirándolo a los ojos.

Orson aflojó el agarre y retiró las manos. Esta vez sí retomé mi marcha y abandoné las instalaciones de la empresa.

Al salir a la calle, tomé el primer taxi que vi y le di la dirección de la casa de mi padre. El trayecto se me hizo eterno, pero finalmente el auto se detuvo. Pagué el pasaje, bajé y caminé hacia la entrada principal para tocar el timbre.

A los pocos segundos me abrió una de las sirvientas, quien me saludó con una sonrisa cordial de bienvenida.

—¿Dónde está mi papá? —le pregunté sin rodeos.

—Está en su despacho, señorita —respondió la mujer.

Le di las gracias y subí las escaleras a paso rápido. Al llegar a la puerta del despacho, llamé con un par de golpes suaves.

—Siga —resonó desde el interior una voz rasposa y gastada.

Giré la manija y entré. Mi padre estaba sentado tras su escritorio, empinándose una botella de alcohol directamente de la boquilla. Al percatarse de mi presencia, bajó la botella y frunció el ceño con irritación.

—¿Tú qué rayos haces aquí? —soltó.

Me adentré y cerré la puerta despacio a mis espaldas. Caminé hacia el escritorio y me senté frente a él.

—Solo pasaba a visitar —dije—. Desde que me casé no había tenido la oportunidad de volver a casa.

Mi padre, afectado por el alcohol, soltó una carcajada burlona.

—Vaya... Ahora resulta que eres considerada con tu viejo padre.

—Supongo —respondí encogiéndome de hombros, para luego inclinarme ligeramente hacia adelante—. Papá, ¿puedo hacerte algunas preguntas?

Cuando mi padre bebía se volvía extremadamente lengua suelta, y esa era mi oportunidad para sacarle algunas curiosidades que tengo. Ya no necesitaba robarle el proyecto a nadie; construiría mi propio camino y conseguiría ese contrato por mis propios medios, con mi propio esfuerzo. Lo haría yo misma, iba a ganar.