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26.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

26.

|Elena|

Caminé hacia una pequeña mesita lateral, tomé la jarra de agua y serví un vaso para disimular la tensión en mis manos. Luego regresé frente a él.

—Papá, ya que conoces a tanta gente en el sector... ¿qué sabes sobre Arthur Vance? —pregunté casual, dejando el vaso a un lado—. Tengo curiosidad de cómo maneja sus negocios, qué busca realmente en una propuesta para aceptarla.

Mi padre entornó los ojos, clavando una mirada turbia y pesada sobre mí antes de llevarse la botella de nuevo a los labios.

—¿Y a ti desde cuándo te interesan esos tiburones? —soltó tras un trago largo, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. Vance no es un hombre cualquiera, Elena. Ese tipo no tolera rodeos ni proyectos inflados.

—Solo tengo curiosidad porque he leído las revistas, y parece que es muy difícil negociar con él —insistí, sentándome al borde de la silla para proyectar interés infantil—. ¿Qué cosas le llaman la atención? ¿Tiene algún gusto en particular o alguna manía al revisar un contrato?

Mi padre soltó una ronca risa llena de arrogancia, reclinándose en su sillón.

—¡Esas revistas no saben nada! —exclamó con la voz arrastrada, golpeando la mesa con la palma de la mano—. Nadie lo conoce como yo. En mis mejores tiempos, si yo hubiera querido, habríamos sido grandes socios. Arthur Vance le teme a la incompetencia; le fascinan los diseños con arquitectura limpia, sin intermediarios robando comisiones. Si le presentas un proyecto donde él no tenga el control de la visión, te tira los papeles a la cara.

—¿Así que prefiere tratos directos y estructuras modernas? —lo guié con suavidad, memorizando cada concepto.

—¡Exacto! Y odia la adulación —continuó parloteando, moviendo las manos en el aire mientras se regodeaba de influencias que jamás tuvo—. A ese hombre le llegas con números fríos, garantías de entrega rápida y un toque de exclusividad. Yo se lo habría demostrado si esos idiotas de la junta no me hubieran bloqueado...

Siguió hablando sin parar, soltando detalles valiosos entre inventos y presunciones sobre la personalidad de Vance, hasta que el hilo de sus palabras se volvió inentendible. A los pocos minutos, la cabeza le pesó demasiado y cayó sobre el desorden de papeles del escritorio, quedando profundamente dormido.

Me puse de pie cuidando que el roce de la silla sobre la alfombra fuera imperceptible para no alterar su sueño. Observé su figura sobre la madera, oyendo únicamente el compás pesado de sus ronquidos, antes de dar la vuelta y abandonar la despacho. Aunque sus confesiones resultaron escasas y fragmentadas por el alcohol, fueron suficientes para delinear la personalidad de aquel magnate.

Durante el trayecto de regreso, acomodada en el asiento trasero del taxi mientras el paisaje urbano se desdibujaba a través de la ventanilla, saqué el teléfono móvil. Mis dedos avanzaron con agilidad sobre la pantalla para desplegar una búsqueda minuciosa sobre ese inversor. Tras recorrer varias notas financieras y perfiles de negocios, hallé datos de gran valor: sus preferencias por el diseño funcional, sus apuestas recientes en el sector y la postura inflexible que sostiene ante las negociaciones directas.

Todo me servía. Con esa información en la cabeza, ya tenía con qué trabajar. Solo me faltaba hablar con Julián, así que le mandé un mensaje rápido para vernos al día siguiente.

Cuando entré a la casa, me topé directo con mi suegra en la sala y, para variar, ahí estaba Olivia.

—¿Qué se les ofrece? —cuestioné al caminar hacia el centro del salón, manteniendo la postura erguida.

—¿De dónde vienes a estas horas? —inquirió Olivia cruzándose de brazos.

—Estaba haciendo un mandado —respondí, proyectando calma—. ¿Hay algún problema?

—Eres la esposa de mi hermano y llevas una criatura en el vientre —soltó con tono altanero—. Deberías permanecer aquí guardando reposo. ¿O acaso fuiste a encontrarte con tu amante?

Permanecí serena ante la provocación.

—No proyectes la conducta de tu hermano en mí. No somos iguales.

El rostro de Olivia mudó de color. La tensión en la sala ascendió.

—¡Basta, Olivia! —ordenó mi suegra, fijando sus ojos en ella—. No vinimos a armar un pleito. Guarda silencio o la próxima vez te quedas en casa.

Mi cuñada apretó los labios tras el regaño de su madre. La rabia se le notaba en los ojos, pero prefirió guardarse las ganas de responder.

Victoria volvió su atención en mí.

—Te trajimos unas cosas —mencionó mi suegra, haciendo un gesto hacia un par de bolsas elegantes colocadas sobre la mesa baja—. Es ropa y algunos accesorios para la niña. No tiene caso dejar que el tiempo pase sin preparar lo necesario. ¿Cómo te has sentido en estos días?

—Tranquila —respondí, caminando para sentarme en el sofá principal—. Las náuseas disminuyeron y el médico dice que todo avanza bien.

—Me alegra escuchar eso.

Me acomodé en el sillón y tomé la primera bolsa. Olivia permanecía sentada a un lado, cruzada de brazos, lanzándome miradas venenosas. Sus ojos echaban chispas cada vez que yo sacaba alguna prenda, pero la ignoré. No valía la pena gastar energía en sus numeritos.

Entre las cajas venían mamelucos de tela suave, pequeñas cobijas tejidas, zapatitos de tono crema y un par de sonajeros de madera. Victoria había seleccionado todo minuciosamente. Mientras observaba a mi suegra señalar los detalles del bordado, entendí que ella no albergaba la misma hostilidad que Orson o su hermana. A diferencia del rechazo constante que recibía por parte de ellos, la idea de convertirse en abuela realmente la entusiasmaba. Quería a esa bebé en camino y estaba dispuesta a involucrarse.

—Este conjunto es de algodón orgánico —explicó, tocando la tela de un vestido en miniatura—. Recuerda lavar todo con detergente neutro cuando organices el armario.

—Así lo haré —asentí, guardando el vestido en su empaque—. Gracias por el detalle.

—No hay de qué.

Olivia resopló en voz baja, volteando la cara hacia el ventanal. Mi suegra la observó de reojo, desaprobando su actitud, aunque prefirió no armar otro lío por eso.

Permanecieron un rato más en la casa. La conversación se mantuvo centrada en los cuidados del embarazo, las fechas probables del parto y los preparativos para la habitación. Yo respondí a cada inquietud luciendo calmada, manteniendo la distancia justa para evitar roces innecesarios.

Finalmente, Victoria revisó la hora en su reloj de pulsera y se puso de pie.

—Es hora de irnos —anunció, alisando el pliegue de su abrigo—. Recuerda asistir a tu cita médica de la próxima semana. No quiero que olvides ningún chequeo.

—La tengo anotada en el calendario, descuide.

Acompañé a ambas hasta la puerta principal. Olivia salió directo hacia el vehículo sin despedirse. Victoria hizo un gesto de despedida y siguió los pasos de su hija.

Una vez que el portón exterior se cerró, dejándome sola en la tranquilidad de la residencia, tomé las cajas de la mesa y subí hacia la planta alta. Entré en la habitación destinada a la bebé, un espacio amplio bañado por la luz del atardecer.

En una esquina descansaba un baúl grande de madera tallada. Lo abrí despacio y comencé a acomodar cada regalito en su interior. Acomodé las mantas dobladas al fondo, acomodé los juguetes pequeños a los lados y puse las prendas delicadas encima. Aún faltaban varios meses para el nacimiento de mi hija, pero tener estos objetos guardados volvía su llegada algo más real.

Cerré la tapa del baúl de madera. Con el resto de la tarde libre y la casa completamente desierta, me dirigí al escritorio del dormitorio. Encendí mi portátil, abrí un documento en blanco e inicié la redacción del borrador para mi proyecto independiente, concentrando toda mi mente en los datos sobre Arthur Vance.

***

Dieron las cinco de la tarde cuando cerré la portátil. Decidí posponer lo demás para el día siguiente, justo después de hablar con Julián. Necesitaba que me consiguiera los detalles exactos sobre la propuesta que su padre pensaba presentarle a Vance; teniendo esa información en las manos, podría estructurar mi propio proyecto.

Pasé a la ducha para quitarme la pesadez del día y me puse un camisón fresco, sin más rodeos. Con el estómago reclamando comida , bajé a la cocina a preparar algo fuerte. Traía antojo de carne roja, así que saqué un buen corte, puse a cocer papas para hacer puré y preparé un poco de jugo fresco.

En cuanto apagué el fuego y serví el jugo, escuché el eco de la puerta principal al abrirse. Luego vinieron los pasos sobre la baldosa y el tintineo característico de las llaves. Orson cruzó el pasillo sosteniendo su maletín de trabajo.

—¿Por qué tan temprano? —pregunté al verlo aparecer.

—¿Acaso ya no puedo estar en mi propia casa? —respondió fijando sus ojos en mí.

—No dije eso. Simplemente me resulta raro, sueles aparecer de madrugada.

—Estoy cansado y pienso dormir aquí —contestó seco.

Me encogí de hombros, restándole importancia a su mala cara, y le di la espalda para emplatar mi comida. De pronto escudriñé el ruido de sus zapatos acercándose. Su sombra me cubrió la espalda y después asomó la cabeza por encima de mi hombro hacia la olla.

—¿Qué hiciste de cenar? —indagó, rozando casi mi espacio.

—Carne —murmuré, tensando los hombros por la incomodidad de tenerlo tan pegado a mí.

—Sirve para dos, voy a cenar aquí —ordenó mientras daba media vuelta hacia la mesa.

Me giré despacio para observar cómo se alejaba, levantando una ceja en silencio. ¿Ahora qué bicho le habrá picado?.