27.
|Orson|Regresar temprano a la casa resultaba raro, y más teniendo que lidiar con Elena cuando el ambiente entre los dos rozaba su punto más tenso. Sin embargo, no me quedaba otra opción. Prefería soportar esa incomodidad que sufrir de nuevo el dolor de espalda provocado por el sillón del despacho. Necesitaba mantener la mente fría durante estos días decisivos, de modo que me propuse volver a esta hora en adelante.
Elena salió de la cocina llevando dos platos humeantes. Colocó uno frente a mi sitio y dejó el otro al extremo opuesto de la mesa. En cuanto dio media vuelta para regresar por el resto, me fijé en su ropa. Traía una prenda ligera, un camisón que le quedaba más corto debido al volumen de su vientre. Llevaba el cabello suelto, y estaba libre de maquillaje o joyas. ¿Así andaba cuando estaba sola en casa? Sacudí la cabeza buscando despejar pensamientos innecesarios y bajé la mirada a la mesa. La presentación del platillo lucía excelente.
Debía reconocer que tenía talento en la cocina. La tarta de manzana que me llevó al trabajo terminó entera en mi estómago porque estaba buenísima. Incluso los hotcakes me los comí a lo largo de la tarde, pasando de largo la idea de repartirlos entre el personal.
Apareció segundos después sosteniendo una jarra de cristal llena de jugo. La acomodó a mi lado. La observé de reojo sin querer: andaba descalza y demasiado cerca de mí.
—Buen provecho —dijo. Acto seguido, tomó asiento al otro lado del comedor.
Dudé un momento sobre qué hacer. Lo lógico era levantarme e irme a mi oficina para no compartir el mismo espacio, pero mis piernas no respondieron. En cambio, estiré la mano, tomé los cubiertos y corté un trozo de carne. Me lo llevé a la boca y mastiqué despacio. Costaba aceptarlo, pero el sabor resultaba espectacular; la textura prácticamente se deshacía. Probé un poco de puré y el resultado fue exactamente el mismo.
Subí la vista hacia mi esposa. Comía en silencio, concentrada en su plato. Me pregunté si se debía al embarazo, porque para su estatura y su figura delgada, esa ración parecía demasiado.
—¿A dónde fuiste hoy cuando saliste de mi oficina? —pregunté, rompiendo el silencio.
Elena levantó la mirada de su plato.
—¿Acaso yo te interrogo sobre a dónde vas o a quién ves? —respondió de forma tajante.
Apreté la mandíbula.
—Seguramente fuiste a verte otra vez con ese tipo, ¿verdad?
Dejó los cubiertos sobre la mesa, produciendo un ruido seco.
—Julián y yo somos amigos —dijo firmemente—. Y si nos vimos o no, te tiene que dar exactamente igual. No te metas en mi vida.
La rabia ascendió por mi pecho mientras apretaba el tenedor entre mis dedos. Ella no solía ser así de fría ni tan evasiva. ¿Qué le pasaba últimamente? En la mañana se apareció en la empresa trayendo postres, actuando atenta, y ahora regresaba a esa postura hostil.
—¿Por qué estás actuando así? —cuestioné frustrado.
—¿Así cómo? —me miró mal.
—Así, Elena. Tú sabes a qué me refiero. Tienes comportamientos raros.
—Esta es la Elena que querías tener cerca —dijo—. No entiendo tu sorpresa. No te molesto, hago de cuenta que no existo para ti y rehago mis asuntos sin depender de tu presencia. ¿Qué más quieres? Aquí el único que parece distinto eres tú.
Apreté el puño sobre la mesa. ¿Distinto yo? Claro que no. Simplemente me irritaba su forma de comportarse. Todavía éramos marido y mujer, no una mujer libre para hacer lo que le viniera en gana.
—¿Te incomoda mucho que sea así? —preguntó ella.
—Claro que sí —respondí de inmediato, sin dudarlo.
—De acuerdo —dijo de pronto.
Se puso de pie con tranquilidad y rodeó la mesa despacio hasta quedar justo frente a mí. Tragué saliva, sintiendo nervios de un momento a otro.
—Entonces actuaré de una forma diferente —añadió, inclinándose un poco.
—¿Qué quieres decir?
De la nada, se acomodó sobre mis piernas. Me puse todavía más rígido, en completo shock y sin saber hacia dónde moverme o dónde poner las manos. El camisón se le subió un poco con el movimiento, dejando al descubierto casi todas sus piernas. Colocó una de sus manos sobre mi pecho y me miró directo a los ojos.
—Faltan algunos meses para que la niña nazca y para que nos separemos —comenzó a decir, con una voz calmada—. En lo que resta de ese tiempo, vamos a mantener una relación en paz. Tú llegarás temprano a casa, yo te prepararé la comida, ya sea el desayuno, el almuerzo o la cena. Me dirás a dónde vas con sinceridad, y yo haré lo mismo. Si quieres darme detalles, bien. Hasta podemos dormir en la misma habitación, sin tener relaciones ni nada por el estilo, por supuesto. Todo esto aplica únicamente hasta que llegue el día del divorcio. ¿Aceptas?
Me quedé mudo por un instante, con el ceño completamente fruncido. ¿Qué demonios estaba diciendo?
—Claro que no voy a... —empecé a soltar.
—Okey, no aceptas —me interrumpió—. Entonces dejemos las cosas como están, cada quien por su lado.
Hizo el ademán de levantarse, pero reaccioné rápido y la retuve de la cintura para impedir que se moviera.
—¿Qué pretendes ahora? —la encaré—. Esto que propones es todavía más raro.
—No lo hago por ti, sino por mí —contestó sin inmutarse—. Necesito un ambiente lleno de tranquilidad para que mi bebé nazca bien. Paz, pero solo hasta que nos separemos. No te preocupes, después de eso no te voy a exigir absolutamente nada más.
Me lo pensé unos segundos. ¿Qué buscaba con todo esto? Era obvio: estaba intentando conquistarme. Claro que era eso. Seguía enamorada de mí y buscaba desesperadamente algún resquicio de mi atención, cualquier migaja. Y yo podía fingir muy bien que se la daba.
—Está bien —dije al final—. Lo haré, pero solo por mi hija.
—Es que no es por otra cosa —aseguró—. Ambos estamos de acuerdo en eso, así que no te preocupes. Independientemente de lo que pase en estos meses, debemos mantener el trato. Y entra en vigencia a partir de esta misma noche: dormiremos juntos en la misma cama.
—¿Qué? —solté—. ¿Estás loca?
—Eso entra dentro de una vida marital normal, ¿o no? —dijo con la cara más fresca del mundo—. ¿O es que tienes miedo de algo? ¿De enamorarte de mí, tal vez?
—Sigue soñando con eso —le espeté—. No va a pasar nunca.
Elena ni se inmutó ante mis palabras.
—Entonces no deberías estar tan alarmado. Sin amor, no hay riesgos de nada.
Sonrió suavemente y pasó sus dedos por mi mandíbula. Mi respiración se aceleró rápidamente, agitada por el roce de su cuerpo sobre mi regazo y el peso de sus caderas sobre mí. Se inclinó un poco hacia adelante y rozó sus labios sobre los míos en un beso breve. Me tomó por sorpresa; jamás me aparté ni dije palabra alguna, simplemente intentaba procesar lo que pasaba.
Al separarse, murmuró que de vez en cuando podíamos añadir algo así, aclarando que no era obligatorio. Luego se levantó y regresó a su silla para seguir comiendo.
Permanecí inmóvil, notando el hormigueo en mis labios y el rastro de su aroma flotando a mi alrededor. Cuando intenté tragar otro bocado, la comida apenas pasó por mi garganta. Percibía algo raro en el ambiente; esa sonrisa, esa mirada y su repentino cambio de actitud me dejaban una mala espina. ¿Buscaba algo más?
Tenía claro que jamás terminaría enamorado de ella, así que no entendía por qué demonios me afectaba tanto.
Cerré los ojos e inhalé profundo, queriendo despejar la mente. Esto era solo un acuerdo fingido en favor de Valeria. Elena seguía siendo la hija de mi enemigo, la mujer que me drogó, de modo que enamorarme de ella era algo imposible.
Ella terminó su comida y yo hice lo propio. Recogió los platos, los llevó al fregadero y comenzó a lavarlos. Aproveché ese momento para subir a mi habitación y meterme a la ducha en agua helada, sin lograr sacar de mi cabeza sus palabras. ¿Por qué me hallaba tan intranquilo?
Al terminar de bañarme, me vestí en pantalón cómodo y suéter delgado. Estaba a punto de meterme en mi cama cuando recordé el pacto de dormir juntos en el mismo cuarto. ¿Era necesario llegar a ese punto? No debía seguirle el juego; estaba seguro de que tramaba algo. Sin embargo, mis pies se movieron por su cuenta hasta detenerme justo frente a la puerta de su dormitorio.
Toqué la madera un par de veces.
—Adelante —escuché su voz desde el interior.
Giré la manija y entré. Apreté los puños a los costados en cuanto mis ojos cayeron sobre la cama: ahí estaba ella, acomodada entre las sábanas con el mismo camisón puesto.
—Apaga las luces, por favor —pidió.
Acto seguido, se giró de costado dándome la espalda sin decir más. Me quedé helado. ¿Lo hacía a propósito para provocarme? Aparté la mirada, caminé hacia el interruptor y dejé la habitación a oscuras.
Avancé al lado vacío de la cama, levanté las cobijas y me metí con cautela. Me acomodé boca arriba procurando no moverme demasiado, intentando pegar los ojos para descansar de una vez, pero fue una tarea imposible. La habitación entera estaba impregnada con su esencia, y el silencio de la noche volvía perceptible cada pequeño ruido de su respiración a pocos centímetros de mí.
¿Cómo demonios pretendía que durmiera en estas condiciones? Definitivamente me habría salido mucho mejor quedarme a pasar la noche en el sillón de la oficina.
>>>Dicen que el pez muere por la boca jajaja Orson anda en negación, Elena le hará sentir lo que siente estar enamorado y que te dejen botado.