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28.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

28.

|Elena|

Me desperté antes que él. Orson todavía dormía profundamente a mi lado, algo muy raro en él, porque siempre se levantaba tempranísimo y salía disparado a la oficina solo para no cruzarse conmigo.

Me levanté despacio, me puse una bata sobre el pijama y me acerqué a su lado de la cama. Con los ojos cerrados y la cara relajada, hasta parecía inocente. Cuesta creer que detrás de ese rostro estuviera el tipo tan desagradable del que me había enamorado.

Le pasé la mano por el cabello con suavidad y sonreí despacio. Me daba una satisfacción enorme pensar en lo mucho que iba a sufrir de ahora en adelante.

Porque no hay nada que destruya más a alguien que amar a una persona que no te corresponde. Así como me rompió el corazón a mí, le iba a pasar a él. Lo iba a hacer sentir exactamente lo mismo, esas ganas de tenerme, ese sufrimiento de todos los días. Le iba a demostrar que yo no era una mujer que le daba asco ni desprecio. Iba a lograr que me deseara, que me amara y que necesitara tenerme cerca con las mismas ganas con las que decía odiarme.

Yo me iba a encargar de eso. Iba a rogar por tener de vuelta a la mujer que tanto menospreciaba.

Salí del cuarto un momento después y bajé a la cocina a preparar el desayuno para los dos. Comí primero mi parte tranquila. Luego dejé el plato de él listo en el comedor, tapado para que no se enfriara.

Subí otra vez a la habitación y él seguía en la misma posición, dándome la espalda y tapado hasta el cuello. Traté de no hacer nada de ruido mientras sacaba ropa limpia del closet, me metí al baño y me duché con calma. Cuando salí, ni se había movido. Me arreglé frente al espejo lo más silenciosa posible hasta quedar lista para salir.

Con ese mismo cuidado agarré mis cosas, salí de la habitación y cerré la puerta despacio, dejándolo ahí metido entre las cobijas.

***

El taxi me dejó justo frente a la entrada. Bajé del auto y me quedé unos segundos observando la imponente torre de cristal que se levantaba frente a mí. Esta no era la cafetería de siempre; Julián me había enviado la dirección de su apartamento a último momento. Sentía una mezcla rara de nervios y ansiedad en el pecho mientras caminaba hacia el vestíbulo, pero no había tiempo para dudar.

Entré al edificio y fui directo al ascensor. Como ya me había dado el número del apartamento, solo marqué el piso en el panel. El trayecto fue rápido. Al llegar al pasillo indicado, busqué la puerta, respiré hondo y toqué el timbre.

Pasaron unos segundos hasta que la puerta se abrió. Julián apareció al otro lado sin camisa, vistiendo solo unos pantalones cómodos. Tenía el cabello despeinado y un tono morado bastante evidente en la mejilla izquierda.

—¿Qué te pasó ahí? —pregunté horrorizada.

—Nada grave, solo un golpe —respondió restándole importancia—. Pasa, por favor.

Entré a la residencia mientras él cerraba la puerta.

—¿Quieres tomar algo? ¿Agua, café? —me ofreció.

—No, gracias, así estoy bien —dije, sin poder quitar la vista de su rostro—. ¿Te peleaste con alguien o qué ocurrió?

—Anoche discutí feo con mi padre, eso fue todo —confesó con un resoplido. Tomó una camiseta negra del respaldo del sofá y se la ponía—. Dame un segundo.

Lo seguí con la mirada mientras caminaba hacia la cocina abierta y encendía la cafetera.

—¿Por qué me citaste aquí de repente? —inquirí, observando el lugar.

—No tenía ganas de salir a la calle —admitió, pasándose las manos por la cara—. Tengo una resaca terrible, anoche bebí más de la cuenta. ¿Te molesta haber venido hasta acá?

—No, para nada —le aclaré—. Solo me pareció raro el cambio de lugar.

Julián soltó una risita baja y negó con la cabeza.

—Tranquila, no te voy a comer.

Sirvió café negro en una taza y regresó a la sala. Se acomodó en el sillón que estaba frente al mío, apoyando los codos en las rodillas mientras le daba un sorbo a la bebida caliente.

—Ahora sí, cuéntame ¿Por qué querías verme?

Me acomodé en el asiento y me puse seria.

—Cambié de planes —comencé a explicar—. No voy a sacarle la información a Orson para que tú la uses. Yo misma voy a redactar la propuesta comercial para Arthur Vance.

Julián casi se ahoga con el café. Bajó la taza a la mesa del centro y me miró con clara duda.

—¿Tú sola? Elena, estamos hablando de Vance. No es un inversionista común que se deslumbra con palabras bonitas.

—Lo sé perfectamente —sostuve—. Confía en mí, Julián. Sé lo que hago. Necesito que trabajes conmigo y me des la base de lo que tu padre piensa presentarle. No tengo experiencia, pero sí estudios, solo debo desarrollar lo que por un tiempo mi padre me permitió aprender antes de mirarme como un pedazo de carne que podía vender.

Él se quedó en silencio, analizando la situación.

—A ver... demuéstrame que no estamos perdiendo el tiempo —pidió cruzándose de brazos—. ¿Qué sabes realmente sobre cómo opera Vance?

—Sé que odia a los intermediarios y la burocracia que infla los costos —respondí—. Odia la adulación en las reuniones y tirar el dinero en diseños ostentosos pero poco funcionales. Le fascinan las estructuras con arquitectura limpia, tratos directos y números fríos. Si le llevas un proyecto donde no tenga el control sobre la visión del desarrollo, simplemente te tira los papeles a la cara. Lo averigué de mi padre.

Julián alzó las cejas, sorprendido por la precisión de mis palabras.

—Vaya... Veo que estuviste investigando mucho —dijo con una media sonrisa—. Está bien, te creo.

—Ahora dime tú —insistí, sacando una libreta y un bolígrafo de mi bolso—. ¿De qué trata exactamente la propuesta que tu padre tiene preparada para él?

Julián suspiró, recostándose en el sillón mientras comenzaba a detallar el plan.

—Mi padre quiere venderle la idea de un complejo residencial de lujo en la zona norte. Su enfoque es el de siempre: vender estatus. Pretende inflar los presupuestos incluyendo acabados importados, firmas de diseñadores extranjeros y una red pesada de contratistas externos que, por supuesto, le dejarían comisiones a él por fuera.

—Pésima idea —intervine de inmediato, anotando los puntos clave en mi libreta—. Vance va a rechazar eso en los primeros cinco minutos. Si detecta esa red de intermediarios, sabrá que le están desviando presupuesto.

—Exacto —asintió Julián—. Además, la estructura financiera que propone mi padre depende de un apalancamiento bancario altísimo a largo plazo. Quiere que Vance ponga el sesenta por ciento del capital inicial mientras mi padre gestiona los créditos para el resto.

—Eso es demasiado riesgo para el inversor y poca garantía de retorno rápido —analicé mientras trazaba un esquema en el papel—. Si queremos que acepte mi propuesta, tenemos que reestructurar todo desde cero.

—¿Y cuál es tu plan? —preguntó, mostrándose cada vez más interesado.

—Cambiaremos el enfoque del proyecto —expliqué—. Ya no será solo residencial de lujo; lo plantearemos como un desarrollo mixto de arquitectura sostenible y diseño funcional. Reduciremos los costos eliminando a todos los contratistas externos y proponiendo una gestión directa. Eso le garantizará a Vance un margen de ganancia más limpio y el control de la obra.

Él me miraba concentrado mientras yo continuaba.

—En la parte financiera, no le pediremos que financie una estructura llena de deudas bancarias. Le presentaremos una corrida de números fríos: costos reales de materiales, tiempos de entrega reducidos un veinte por ciento mediante módulos de construcción moderna y una cláusula de exclusividad donde él mantenga la última palabra sobre los acabados.

Julián dejó escapar un silbido bajo.

—Eso le va a encantar. Es directo, eficiente y no le hace perder el tiempo. ¿Pero cómo vas a justificar la rentabilidad sin los precios inflados que quería mi padre?

—Por el volumen de retorno y la rapidez de venta —respondí mostrando mis anotaciones—. Al optimizar los costos de construcción sin intermediarios, el precio por metro cuadrado será competitivo en el mercado, lo que asegurará que el complejo se venda en la mitad del tiempo estimado. A Vance le interesa recuperar su capital rápido para moverlo a otros activos.

Julián se levantó, caminó hacia la cocina y regresó con una carpeta llena de planos y documentos técnicos, los cuales desplegó sobre la mesa.

—Aquí están las especificaciones del terreno y los permisos preliminares que mi padre ya tiene avanzados —dijo señalando los papeles—. Si vas a redactar la propuesta final, necesitas estos datos topográficos y los márgenes legales de la zona.

—Perfecto —dije tomando las hojas para revisarlas a detalle—. Con esto puedo armar la presentación ejecutiva. Redactaré el documento en mi casa y te iré mandando los avances para que revisemos los números juntos.

—Me parece excelente —sonrió—. Debo confesar que me has sorprendido, tienes una visión muy clara de los negocios. Si logramos presentarle esto a Vance antes que la competencia, nos quedaremos con el contrato.

—Así será —afirmé guardando los planos y mi libreta en el bolso—. Ya verás que todo saldrá bien, lo vamos a deslumbrar.

—Eres un cerebrito.

—¿De verdad los crees? —mis ojos brillaron.

—La pregunta ofende. Carvajal tiene un tesoro en casa y no lo sabe aprovechar —me resolvió el cabello de forma amigable—. Si sigues así, podrías llegar muy lejos, Elena. No solo busques una aprobación externa, cree en ti misma y lograrás grandes cosas, la fé mueve montañas.

—Gracias.

Salí de su apartamento con una sonrisa de satisfacción que no podía ocultar. Me sentía llena de energía y con una emoción que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Todo lo que necesitaba era que alguien creyera en lo que soy capaz de hacer; que me juzgaran por mi cerebro y no como mi padre, que siempre me vio como un simple objeto para negociar.

Llegué a la casa cerca de las once de la mañana. La residencia estaba en completo silencio, señal clara de que Orson ya se había marchado a trabajar. Dejé el bolso sobre la mesa de la entrada y saqué el teléfono para revisar la pantalla. Tenía dos llamadas perdidas de él y una ráfaga de mensajes preguntando a dónde había salido tan temprano y qué demonios estaba haciendo.

Leí cada texto, dibujé una sonrisa de lado frente a la pantalla y guardé el móvil en el bolsillo sin responderle. Un poco de intriga no le vendría mal.

Me fui directo a la cocina para ponerme manos a la obra con el almuerzo. Cociné una comida completa y, para cerrar con broche de oro, le preparé un postre de limón, tan agrio como su carácter. A partir de hoy daba inicio oficial a mi plan de conquista.

Cuando dejé los platillos reposando en la barra, subí a la habitación para arreglarme. Elegí un vestido floral hermoso, lo bastante cómodo para no apretar mi vientre pero con el corte justo para lucir bonita. Me maquillé de forma sencilla, me puse unas gotas de mi perfume favorito y me dejé el cabello suelto cayendo sobre los hombros.

Ya lista, bajé a la cocina, empaqué la comida con cuidado en recipientes térmicos y pedí un taxi para que me llevara a la empresa.

Al llegar al edificio corporativo, caminé por el pasillo directo al despacho. No pedí autorización a la secretaria ni esperé a que me anunciaran; al fin y al cabo, era la esposa del dueño y no necesitaba permiso para entrar.

Giré la manija y empujé la puerta, pero la escena al otro lado me frenó en seco. Chloe estaba allí, parada muy cerca, justo frente al escritorio de mi marido.

De nuevo esa mujer.