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29.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

29.

|Orson|

No podía concentrarme en absoluto. Toda la mañana me la pasé mirando la pantalla del teléfono cada dos minutos para ver si Elena se dignaba a devolverme la llamada o a responder los mensajes, pero nada. Ni un solo aviso. ¿A dónde demonios había ido tan temprano y qué estaba haciendo? Era una mujer embarazada, ¿qué asunto tan urgente tenía como para andar en la calle?

Traté de calmarme y enfocarme en los pendientes, pero resultaba imposible. Ya hasta veía doble las letras en el monitor. Y no era por falta de comida, porque me había comido todo el desayuno que me dejó en el comedor, sino por la rabia que me daba estar tan pendiente de sus pasos. Se suponía que me debería importar un carajo su paradero, pero la realidad era otra: no podía dejar de darle vueltas al asunto.

De pronto, la puerta de mi despacho se abrió sin previo aviso. Para rematar mi mal día, quien apareció en el marco fue Chloe. Maldita sea, no estaba para nada de humor para aguantar sus escenas.

—¿Ahora qué demonios haces aquí? —solté—. ¿Es que no te queda claro lo que te digo?

—¿Así es como me recibes? —reclamó ella—. Orson, no habría venido hasta acá si tan solo me respondieras los mensajes o las llamadas. No vas a las citas que programamos, me estás evitando todo el tiempo. ¿Qué está pasando?

—Lo que pasa es que estoy tapado de trabajo y no tengo tiempo para nada, ¿de acuerdo? —respondí en tono seco—. Creo haberte dejado eso bastante claro hace rato, pero tú haces lo que quieres y te tomas las cosas como se te da la gana.

Chloe se llevó las manos al rostro y comenzó a llorar, como era de esperarse.

—Has cambiado muchísimo —dijo con la voz cortada—. Tú no eras así conmigo. ¿Qué te pasa?

Dejé salir un largo respiro de frustración, pasándome la mano por la nuca.

—Chloe, por favor, no quiero un show en mi oficina —le pedí—. No estamos para esto.

—¿Es que ya no me amas? —insistió, acercándose más al escritorio—. Dime a la cara qué es lo que pasa. ¿Acaso rompiste tu promesa y te estás enamorando de esa mujer?

Apreté la mandíbula, sintiéndome más harto que nunca. Su tono de voz, sus reclamos continuos, todo en ella me resultaba fastidioso en este momento. Me daba rabia sentirme así; quería que las cosas volvieran a ser como antes, pero no entendía en qué momento todo se había torcido de esta manera.

—¡Respóndeme! —exigió, apoyando ambas manos con fuerza sobre mi escritorio—. ¡Respóndeme o esto se acaba para siempre! Me voy a ir y no me vas a volver a ver en tu vida.

La miré directo a los ojos, sintiendo que la paciencia se me agotaba por completo.

—Lo mejor va a ser terminar las cosas por ahora —dije sin dudarlo—. Al menos hasta que me divorcie de Elena. Cuando eso pase, ya veremos si las cosas pueden volver a ser como antes.

Chloe se quedó pálida.

—¿Qué? —alcanzó a musitar, en shock.

—Así será mucho más fácil para los dos —añadí—. No puedo estar encima de ti todo el tiempo, ni complacerte en todo, ni mucho menos hacer que mi vida gire en torno a tu mundo. Es demasiado cansado. Así que lo mejor es dejar las cosas hasta aquí por un tiempo. Me enfocaré en la empresa, que es lo más importante ahora.

—¿Me estás hablando en serio? —preguntó, mirándome sin poder creérselo.

—Totalmente. Hagamos una pausa.

Chloe comenzó a negar con la cabeza lentamente.

—No... esto no puede ser... —murmuró temblorosa.

En ese preciso instante, la puerta volvió a abrirse de par en par. La figura de Elena apareció en el umbral sosteniendo un par de bolsas. Chloe se giró hacia ella, mientras Elena paseaba la mirada entre los dos.

Me puse rígido en la silla, sintiendo una punzada de tensión en la nuca. Lo único que me faltaba para terminar de arreglar mi día: un show todavía peor.

Pasaron unos segundos eternos en los que el silencio se volvió pesado. Esperaba que Elena se soltara a llorar o armara un escándalo por ver a Chloe en mi oficina, pero en lugar de eso, vi cómo se le formaba una sonrisa tranquila en los labios.

—Oh, cariño, disculpa —dijo mientras cerraba la puerta tras de sí—. No sabía que tenías una visita.

Avanzó con soltura hacia mi escritorio.

—Hola, Chloe, ¿cómo vas? —le saludó, luego dejó las bolsas sobre la madera y me miró—. Vine a traerte el almuerzo, Orson. También preparé un postre, espero que te guste mucho.

Me quedé mudo, sin saber cómo reaccionar. Chloe volviéndose insufrible y Elena actuando como la esposa perfecta... ¿Qué clase de broma pesada era esta?

—¿Qué significa esto, Orson? —reclamó Chloe, con la cara desencajada—. ¿Por qué esta mujer te habla así y te trae estas cosas?

Elena se giró despacio hacia ella, arqueando una ceja.

—¿Por qué te sorprende o te parece extraño? Soy su esposa y la madre de su hija. Es lo más normal del mundo, ¿no crees?

—¡No te hagas la tonta conmigo! ¿Es que se te olvidó cuál es tu lugar?

—¿A mí? —contestó mi esposa con inocencia—. No, para nada. ¿Por qué lo preguntas? Soy la esposa de Orson, ese es mi lugar. —Se giró hacia mí con dulzura—. ¿Verdad, cariño?

Acto seguido, rodeó mi escritorio y se acomodó directamente sobre mis piernas, pasándome los brazos alrededor del cuello. El roce de su cuerpo me volvió a tomar desprevenido.

—Lamento no haber respondido a tus llamadas insistentes y a tus mensajes de esta mañana —me dijo en tono suave, mirándome a los ojos—. Estaba ocupada, pero para compensar te cociné algo delicioso hoy.

Chloe dio un ahogo de rabia, con los ojos fuera de sus órbitas.

—¿Qué acabas de decir? —chilló, señalándome—. ¡Orson, dime que eso no es verdad! ¿La estabas llamando y mandándole mensajes?

Elena volvió a mirar a Chloe.

—Qué mujer tan rara eres —dijo, soltando una risita suave—. ¿No sabes que esos son actos comunes entre marido y mujer? ¿En qué siglo vives?

—¡Orson! —chilló, al borde del colapso.

—Vete de aquí, Chloe —ordené, la cabeza me iba a estallar—. Estás haciendo un escándalo ridículo.

—¿¡Me estás echando para quedarte con esta mujer!? —gritó más fuerte—. Me hiciste una promesa, ¿¡cómo te atreves!?

La paciencia se me terminó. Estiré el brazo, agarré el teléfono fijo del escritorio y le marqué a mi secretaria.

—Teresa, manda al personal de seguridad a mi oficina de inmediato —dije al auricular—. Es urgente.

Colgué y clavé la mirada en Chloe.

—Si no te vas en este preciso instante, vas a pasar la vergüenza de que te saquen a la fuerza.

Ella me miró con los ojos repletos de lágrimas de rabia y la cara roja.

—¡No te voy a perdonar esta humillación! —sentenció—. ¡No lo haré ni aunque vengas rogándome de rodillas!

Dio media vuelta y salió despavorida del despacho, tirando la puerta con fuerza. Me llevé la mano a la cara y me apreté el tabique de la nariz. Esto era un desastre.

Apenas se escuchó el portazo, sentí cómo Elena se levantaba con calma de mis piernas. Rodeó el mueble de madera y tomó asiento en la silla que estaba frente a mí.

—Vaya... Tu amante sí que tiene carácter —comentó en un tono casi divertido.

Apreté los dientes. ¿Por qué demonios estaba tan tranquila? ¿Por qué no mostraba ni un poco de molestia, alteración o celos?

—¿Por qué estás actuando así? —le exigí—. ¿Qué fue todo eso de hace un momento?

Elena se encogió de hombros, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja.

—Llegamos a un acuerdo de llevar un matrimonio pacífico, ¿recuerdas? —respondió fresca—. Solo estaba actuando como la esposa perfecta, poniéndome a la altura de la situación. ¿Hice algo mal?

Fruncí el ceño, mirándola de arriba abajo con profunda sospecha. ¿Qué carajos estaba tramando? De verdad actuaba extrañísima. Tenía claro que sus actitudes venían cambiando en los últimos días, pero jamás imaginé que el giro fuera de este tamaño.

—¿En dónde estuviste metida toda la mañana que no te dio la gana de responder al teléfono? —exigí saber, apoyando las manos sobre la madera.

—Ah... estaba en el apartamento de Julián —su tono fue inocente y despreocupado.

—¿¡Qué!? —exclamé, dando un golpe contra el escritorio que hizo temblar el computador. —¿A dónde estabas qué? —repetí, sintiendo cómo la sangre me hervía en las sienes—. Elena, no juegues con cosas así.

—No estoy jugando —contestó sin inmutarse—. De verdad estaba con él en su apartamento. Me retrasé un poco con el tiempo, pero afortunadamente me alcanzó el día para llegar a casa y prepararte el almuerzo. Es una suerte, ¿no? ¿Quieres que te sirva ya?

—¡Claro que no! —alcé la voz—. ¿Acaso no te estás escuchando? Me estás diciendo en la cara que vienes de la casa de otro hombre. ¿Qué carajos estabas haciendo a solas con él?

Elena me miró fijamente y ladeó un poco la cabeza.

—Esa información sí es confidencial —respondió—. Simplemente ten por seguro que estábamos haciendo... cosas productivas.

Cerré los puños sobre la superficie de la mesa, apretando la mandíbula hasta que me dolió.

—¿Te parece que esto me hace gracia? —solté iracundo.

—¿Qué cosa? —preguntó arqueando una ceja—. Solo te estoy informando exactamente en dónde estuve. En eso quedamos, ¿verdad? Estoy cumpliendo mi parte del trato. ¿O es que de nuevo piensas armarme una escena de celos?

Me quedé callado, congelado por la ira y el desconcierto.

—Ah, no, Orson —continuó ella al notar mi silencio—. Creí que las cosas entre los dos habían quedado bastante claras. Un matrimonio pacífico no significa ejercer un control absurdo el uno sobre el otro; solo se trata de hacer funcionar esto de la mejor manera dentro de lo que se pueda. Si tú quieres seguir viendo a Chloe, adelante, no hay problema. Igual yo me seguiré viendo con mi amigo.

Lo que decía sonaba sensato; al fin y al cabo, habíamos llegado a ese acuerdo. Sin embargo, algo muy dentro de mí se negaba rotundamente a aceptarlo. Saber que se estaba viendo con otro sujeto y que, además, tenía la maldita desfachatez de contármelo con semejante soltura me estaba comiendo vivo por dentro.

Elena soltó un ligero respiro y se puso de pie, arreglándose la caída del vestido.

—Noto que el ambiente por aquí no está nada sano —comentó—, y estar expuesta a esta tensión le puede hacer daño a nuestra hija. Mejor me voy.

Caminó hacia la salida y se detuvo un segundo con la mano sobre el picaporte.

—Espero que llegues temprano a casa para la cena —añadió, mirándome de reojo—. Si no estás allá a las siete, saldré a cenar por ahí. Se siente muy feo comer sola en ese comedor tan grande. Que disfrutes el almuerzo, le puse mucho empeño.

Abrió la puerta y salió, cerrando despacio tras de sí.

Quise detenerla, reclamarle o exigirle una explicación de verdad, pero las palabras simplemente se me quedaron atoradas en la garganta.