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3.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

3.

|Elena|

El tiempo dejó de tener forma y se convirtió solo en una sucesión interminable de días grises y silencio. Un mes y una semana exacta fue lo que duró mi encierro en aquella habitación que ya empezaba a sentirse como una jaula dorada. Mi padre me había quitado el teléfono, cortado cualquier acceso a internet y prohibido que saliera bajo ningún pretexto. Por si acaso, había colocado a un guardia apostado en el pasillo, con instrucciones claras de vigilar incluso las ventanas, por si se me ocurría intentar escapar.

Sin distracciones, sin noticias del mundo exterior, mis días se reducían a tres actividades: dormir hasta que el sueño ya no me servía para olvidar, comer lo que me llevaban sin probar realmente el sabor, y leer los pocos libros que había en la estantería hasta que las palabras empezaron a mezclarse y perder sentido. La depresión se me había instalado en los huesos, pesada y fría como la lluvia.

A veces, en los momentos de mayor silencio, cuando la casa se quedaba en calma absoluta, mi mente volvía inevitablemente a esa noche. Recordaba cada sensación, cada palabra, el calor de su cuerpo y, justo después, el hielo de su desprecio al despertar. ¿Qué habría hecho mi padre en todo este tiempo? ¿Había salido a la luz el escándalo? No saberlo era peor que cualquier noticia mala; la incertidumbre me carcomía por dentro.

Fue una mañana en la que el sol entraba débil por las cortinas cuando la puerta se abrió sin previo aviso. Entró mi padre, con el mismo porte rígido y la mirada inescrutable que siempre tenía. Se detuvo frente a mí, cruzado de brazos.

—Levántate —ordenó con voz seca—. Vístete con ropa sencilla y decente. Nos vamos.

Lo miré sin entender, sintiendo cómo la ansiedad me apretaba el pecho.

—¿Adónde vamos? —pregunté con voz ronca, por falta de uso.

—A la clínica —respondió como si dijera algo obvio—. Necesitamos saber algo importante.

—¿A la clínica? ¿Por qué? ¿Me pasa algo?

Él soltó un bufido de impaciencia y dio un paso más cerca, bajando el tono pero volviéndolo más cortante.

—Para verificar si estás embarazada o no, Elena. No te hagas la tonta.

Sentí que la sangre se me iba de la cara. Mis piernas flaquearon y tuve que apoyarme en el respaldo de la silla para no caer.

—¿Qué… qué dices? —balbuceé, con un nudo inmenso en la garganta—. ¿Embarazada?

—Sí, embarazada —repitió él con frialdad—. ¿Crees que soy un estúpido? Sé perfectamente lo que hiciste esa noche. La pregunta es: ¿usaste protección? Porque si lo hiciste, no tenemos de qué preocuparnos; pero si no… la cosa cambia.

Negué con la cabeza instintivamente, aunque en el fondo la respuesta ya estaba ahí, enterrada bajo la niebla del alcohol y el deseo de aquel momento.

—No… no lo sé… —susurré, el pánico empezaba a subir por mi garganta.

—Claro que no lo sabes —dijo él con amargura—. Actuaste sin pensar, como siempre. Ahora escucha bien: si el resultado es positivo, ese bastardo de Orson Bottomer tendrá que hacerse responsable de lo que hizo. Habrá dañado mis planes, pero al menos tendremos la forma de atarlo a nuestra familia y sacar ventaja de la situación. Y si no estás embarazada… entonces todo queda en un mal recuerdo. Retomaremos el trato con el señor Montes, fingiremos que nada ocurrió y nadie tendrá por qué dudar de tu reputación. Así que date prisa. El tiempo apremia.

Se dio la vuelta y salió, dejándome sola con ese pensamiento que me helaba la sangre.

Me dirigí al armario con manos temblorosas, buscando algo que ponerme, pero mi mente no podía concentrarse en la ropa. Una duda aterradora empezó a abrirse paso en mi interior: ¿Estoy embarazada?

De pronto, los detalles volvieron con claridad angustiosa. Esa noche, bajo el efecto del alcohol y la pasión descontrolada, no habíamos hablado de protección. Yo era virgen hasta ese momento, no tenía ni idea de esas cosas, y él… en medio de la urgencia y la rabia que lo dominaba, tampoco había tomado ninguna precaución. Solo habíamos sido cuerpo contra cuerpo, sin pensar en consecuencias.

¿Cómo no me había dado cuenta antes? Me llevé una mano al vientre, suavemente, como si esperara sentir algo. Pero no había dolor, ni náuseas, ni ningún síntoma claro. Sin embargo, al hacer memoria, me di cuenta de algo que me hizo estremecer: mi regla no había llegado. Llevaba ya más de dos semanas de retraso, pero en medio de la depresión y el encierro, lo había atribuido al estrés, a la ansiedad, a cualquier cosa menos a esto.

—¿Podría ser posible? —murmuré en voz baja, mirándome al espejo con los ojos muy abiertos. El reflejo que me devolvía era el de una chica pálida, cansada, con el miedo escrito en cada línea de su rostro.

El viaje hasta la clínica privada fue silencioso y tenso. Mi padre iba al volante, con la mirada fija en la carretera, sin dirigirme la palabra. Yo miraba por la ventana, pero no veía el paisaje; solo veía escenas posibles: estar embarazada de Orson, o no estarlo y ser entregada a otro hombre. Ambas opciones me parecían una condena.

Al llegar, el ambiente olía a desinfectante y a limpieza excesiva, un olor que me revolvía el estómago. Me hicieron pasar a una sala de espera, y luego me llamaron para las revisiones. Me tomaron muestras de sangre, me hicieron preguntas que respondí con voz entrecortada, y luego me dejaron en una habitación fría mientras esperaban los resultados.

Cada minuto que pasaba se sentía como una hora. Tenía las manos sudorosas, el corazón latiendo con fuerza contra mis costillas, y en mi cabeza se mezclaban mil pensamientos: ¿Qué dirá él si es cierto? ¿Me odiará más? ¿Mi padre usará esto como un arma?

Cuando la puerta se abrió de nuevo, entró el médico con una carpeta en la mano y mi padre justo detrás de él. El silencio que se formó fue más pesado que cualquier ruido.

—Bueno —dijo el médico, mirando primero los papeles y luego a mí—. Los análisis son claros. El resultado es positivo. Está embarazada, señorita. Se calcula que tiene unas cinco o seis semanas de gestación.

El mundo pareció detenerse por un instante. Sentí un zumbido en los oídos, como si todo a mi alrededor se estuviera alejando. ¿Positivo? Llevaba en mi interior una vida, fruto de esa noche que creí que era un sueño y que terminó siendo una pesadilla. Me llevé la mano a la boca, sintiendo que las lágrimas me subían a los ojos, pero no sabía si eran de miedo, de sorpresa o de algo parecido a la desesperanza.

Mi padre, en cambio, reaccionó con una sonrisa fría y calculadora.

—Perfecto —dijo, tomando los papeles con firmeza—. Esto cambia todo.

—¿Cómo que perfecto? —logré articular, con la voz quebrada—. Papá… ¿entiendes lo que significa?

—Claro que lo entiendo —respondió él, girándose hacia mí con una expresión dura y decidida—. Significa que ese hombre ya no podrá esconderse, ni fingir que fue un error. Ahora tiene una responsabilidad legal y moral. Lo obligaré a hacerse cargo. No podrá rechazar a su propio hijo sin quedar como un monstruo ante todos.

—¡Pero él me odia! —grité, rompiendo finalmente en lágrimas—. Cree que lo engañé, que todo fue una trampa. Si le digo esto, pensará que lo hice a propósito para atraparlo. ¡Me odiará todavía más!

—Que piense lo que quiera —cortó él sin misericordia—. Ya no importa lo que piense. Tiene dos opciones: aceptar la situación y casarse contigo, o asumir las consecuencias de haber dejado embarazada a la hija de su rival. Y yo me encargaré de que elija lo que más me convenga. Ya no eres tú quien decide, Elena. La naturaleza se ha encargado de atar nuestros destinos.

Me quedé sentada en aquella camilla fría, con el resultado en la mano y la sensación de que las cadenas que me aprisionaban se habían hecho más pesadas que nunca. Dentro de mí había una nueva vida, pero también una sentencia que me llevaba directo hacia el hombre que deseaba y que, al mismo tiempo, me despreciaba con toda su alma.

Mientras salíamos de la clínica, con los papeles en la cartera de mi padre y el futuro escrito en letras oscuras, solo me quedaba una certeza: la guerra entre mi familia y Orson Bottomer ya no era solo de negocios. Ahora tenía un nombre, y un latido que nos uniría para siempre, para bien o para mal.