30.
|Elena|Terminé de poner los platos sobre la mesa del comedor, di un paso atrás para verificar que todo luciera lindo y me quité el delantal de la cintura. Caminé hacia el espejo grande de la sala, me acomodé el cabello suelto con las manos y alcé la vista para mirar el reloj de pared. Las manecillas marcaban exactamente las siete en punto de la noche.
La puerta principal se abrió en ese preciso instante. Me giré despacio y lo vi entrar, tal como lo había exigido. Sabía que vendría.
Me acerqué a él, extendí las manos y le quité el portafolio pesado que traía en la mano, además de ayudarle a deslizar el saco de los hombros para dejarlo sobre el respaldo del sillón.
Orson se quedó quieto, observándome con el ceño fruncido y una expresión de total desconcierto ante mis atenciones.
—¿Qué haces? —preguntó evaluando cada uno de mis movimientos.
—Te recibo, nada más —respondí, esbozando una sonrisa amable—. ¿Cómo te fue en el trabajo hoy? Vamos a la mesa, ya tengo la cena lista.
Empecé a caminar hacia el comedor y él me siguió de cerca, todavía con esa mirada cautelosa y rígida. Tomó asiento frente a mí y lo miré fijamente mientras le servía la porción de comida en el plato.
—¿Cansado? —inquirí, dejando la fuente a un lado.
—Bastante —respondió tomando el tenedor sin apartar los ojos de mi cara—. El día estuvo pesado.
—Ah, ¿sí? —murmuré, apoyando los codos en la mesa—. Me lo imagino. Deberías considerar tomarte unas vacaciones pronto, trabajas demasiado y te estás cargando de un estrés innecesario.
Orson se quedó congelado a mitad del bocado, mirándome de una forma tan extraña que parecía que intentaba descifrar un jeroglífico. Yo le devolví una sonrisa, suave e inocente, disfrutando en silencio del efecto que causaba en él. Me divertía verlo tan a la defensiva, tan escamado por cualquier cosa que hiciera. Tenía que irse acostumbrando a mi nuevo trato, porque de ahora en adelante iba a ser sumamente intensa.
Mientras seguíamos comiendo, noté que sus ojos se desviaban hacia mí más de la cuenta, recorriendo mis movimientos con una mezcla de frustración y curiosidad mal disimulada. Alcé la barbilla y dejé los cubiertos sobre el plato.
—¿Oye, por qué me miras tanto? —le pregunté de pronto, ladeando la cabeza—. ¿Te pasa algo?
—¿Qué llevas puesto? —soltó, señalando vagamente hacia la parte superior de mi cuerpo.
Bajé la mirada un segundo y luego volví a fijarla en él, parpadeando con falsa inocencia.
—¿Esto? Me lo compré hace poco. ¿Te gusta cómo se me ve?
Me puse de pie con soltura, di un par de pasos hacia un lado y me di media vuelta para modelarle la prenda.
—Encontré este camisón de maternidad y la verdad me pareció bellísimo —comenté, girando de nuevo hacia él—. Se ve muy lindo, ¿no crees?
Orson tragó saliva con dificultad, recorriendo la tela con la mirada.
—¿Tenía que verse... tan transparente? —preguntó, y su voz sonó un poco más tensa de lo normal.
—Claro que sí —contesté con una sonrisa traviesa—. Es sumamente cómodo y fresco, ideal para la noche. ¿Se me ve mal?
Él carraspeó, apartando la vista de inmediato hacia la ventana antes de volver a clavarla en su plato.
—No... se ve bien —masculló entre dientes, mientras apretaba la mandíbula con tanta fuerza que los músculos de su rostro se marcaron.
—Gracias —le dije y me acomodé de nuevo en mi silla para terminar la cena juntos.
Cuando culminamos, me puse de pie y comencé a juntar los platos vacíos sobre la mesa.
—Me voy a bañar —anunció Orson.
—Adelante, ve —respondí desde el trayecto a la cocina—. Ah, por cierto, pasé todas tus cosas a mi habitación hoy en la tarde, así que puedes usar ese baño directamente.
Él se detuvo en seco al borde de la escalera y giró la cabeza hacia mí.
—¿Que hiciste qué?
—¿Te molesta? —arqueé una ceja—. Dijimos que íbamos a dormir en la misma cama de ahora en adelante, ¿no? Sería demasiado engorroso que anduvieras de un cuarto a otro cada vez que necesites tu ropa o tus cosas.
Orson apretó los labios en una línea fina y frunció el ceño. Parecía a punto de soltar una protesta, pero prefirió guardarse el comentario, dio media vuelta y subió los escalones.
Sonreí ampliamente en cuanto lo perdí de vista. Volví al fregadero y lavé cada traste. Al terminar, fui directo a la alacena, preparé una gran taza de palomitas de maíz y acomodé varios bocadillos dulces en una bandeja.
Caminé hacia el pie de la escalera, alcé la vista y levanté un poco la voz:
—¡Orson! Cuando termines de ducharte, ¿bajas un momento, por favor?
No recibí respuesta, pero el silencio de la planta alta me indicó que me había escuchado perfectamente. Regresé a la sala principal, acomodé varios cojines en el sillón grande para estar cómoda y coloqué la comida sobre la mesa de centro. Encendí el televisor y comencé a navegar por el menú hasta elegir una película romántica bastante cliché.
Pocos minutos después, el sonido de pasos pesados resonó en el pasillo superior. Orson venía bajando las escaleras vistiendo unos pantalones cómodos de algodón, una camiseta holgada y pasándose una toalla por el cabello húmedo.
Tragué saliva sin poder evitarlo. Verlo así de informal lo hacía lucir absurdamente atractivo. Mi corazón dio un vuelco repentino en el pecho, pero la chispa de nostalgia se apagó en cuanto recordé mi objetivo. Este hombre no merecía mis suspiros.
Se detuvo a un par de metros del sillón, observando las palomitas y la pantalla encendida.
—¿Y esto qué es?
—Vamos a ver una película —le indiqué, dándole un par de palmaditas al cojín que estaba a mi lado.
—¿Qué? No, me voy a ir a dormir.
Puse la mejor cara de suplica que pude coordinar.
—Por favor, Orson... ¿no se suponía que seríamos un matrimonio funcional?
—Eso no significa que deba complacerte en absolutamente todo lo que se te antoje —contestó tajante.
—Claro que sí, debería ser justamente de ese modo —insistí con tono meloso—. Tu esposa embarazada te está pidiendo compañía para mirar una película, no deberías ser un hombre tan cruel.
Orson entornó los ojos hacia el techo, soltando un suspiro cargado de resignación. Caminó hasta el sofá y, en lugar de sentarse junto a mí, tomó lugar en la esquina opuesta, manteniéndose rígido como una piedra y con los brazos apretados sobre el pecho.
—Solo un momento —masculló, mirando fijamente la pantalla.
Sonreí complacida y, haciendo honor a la mujer intensa en la que me había convertido, me deslicé por el sofá hasta quedar pegada a su costado. Cuando la película dio inicio, tomé el cuenco de las palomitas y lo acomodé justo entre los dos.
—Come —le dije—. Tienen bastante mantequilla y quedaron deliciosas.
Soltó un gruñido bajo pero terminó cediendo y metió la mano al tazón. Conforme los minutos avanzaban y la trama corría, fuimos acabándonos las palomitas y los demás bocadillos. Orson terminó sumergido por completo en la pantalla, con una atención tan fija que daba la impresión de llevar años sin permitirse una sola distracción así.
A mitad de la función, me acomodé en el extremo opuesto del sillón y estiré las piernas hacia su lado.
—Orson, acércate un poco más —pedí.
Él giró el rostro hacia mí, arqueando las cejas.
—¿Para qué?
—Ponte más cerca para apoyar las piernas encima de ti, las siento entumecidas.
—Pues estíralas hacia el suelo.
—Oh, vamos —insistí, abriendo los ojos con falsa aflicción—. Solo un ratito. También siento los pies muy hinchados, dame un masaje para aliviar la molestia.
Me clavó esa mirada azul e intensa que parecía querer atravesarme, pero la resistencia no le duró mucho y terminó aceptando. Se corrió más hacia mi lado y me permitió subir mis piernas sobre su regazo. De manera sutil y calculada, dejé que la tela del camisón crema se me subiera, dejando al descubierto mis muslos. No tenía idea de si una mujer embarazada podía lucir sexy ante sus ojos, pero estaba haciendo el intento.
Y el truco funcionó. Los ojos hambrientos de Orson se clavaron unos segundos de más en mi piel desnuda antes de darse cuenta de lo que hacía y desviar la vista hacia el televisor a toda prisa.
Le afectaba. Vaya si le afectaba, por más que intentara disimularlo. ¿No que le daba asco? Aún conservaba cada una de sus palabras hirientes grabadas a fuego en mi mente, y se habían convertido en el motor perfecto para llevar mi conquista hasta el final.
No le exigí amor jamás, ni él tenía una obligación real con este matrimonio, pero si al menos no me hubiera tratado con semejante desprecio, si tan solo hubiera respetado a la mujer que llevaba a su hija en el vientre... todo habría tomado un rumbo distinto. Pero ya no había marcha atrás. Este matrimonio terminaría con él destruido y sufriendo por mí.
Comenzó a masajearme los pies sin prestar demasiada atención, pero lo hacía con un cuidado tan delicado que me costaba reconocerlo. Sus manos eran grandes, frías y de un tacto suave.
Con toda la intención del mundo, deslicé la planta del pie más arriba por la parte interna de su muslo, rozando la tela de su pantalón. Abrí los ojos con sorpresa al chocar directamente contra un bulto rígido.
Por el amor de Cristo... estaba duro. Eso que presionaba bajo mi pie era su pene, no me quedaba la menor duda.
Orson se estremeció al sentir el contacto directo y se giró a mirarme con los ojos entrecerrados, lanzándome una mirada de acero. Yo fingí absoluta inocencia, mantuve la expresión neutra y continué con la vista fija en la pantalla, aunque a esas alturas ya ni siquiera sabía de qué trataba la película.
Él no dijo nada y ambos mantuvimos la atención pegada a la pantalla hasta que salieron los créditos finales. Nos pusimos de pie en silencio para recoger todo el desastre que habíamos dejado en la mesa de centro.
Mientras Orson tiraba los empaques a la basura de la cocina, me apresuré a subir a la habitación. Me lavé los dientes a toda prisa, me deslicé entre las sábanas y me acomodé en la cama para esperarlo.
Apareció pocos minutos después. Le sonreí desde las cobijas e hice una leve seña hacia el interruptor de la pared para que apagara la luz. Él obedeció, dejó el cuarto a oscuras y caminó al costado vacío para meterse en la cama.
—¿Te gustó la película? —pregunté rompiendo el silencio.
—Más o menos.
—Te vi bastante concentrado en la pantalla como para creer que solo te gustó «más o menos».
—Solo duérmete ya, Elena.
—Ah, espera, me faltó algo —murmuré.
Me deslicé de mi lado y me acerqué a su cuerpo en la penumbra.
—No te muevas —le advertí en voz baja.
—Más te vale no estar intentando algo ra...
No alcanzó a terminar porque busqué su boca a ciegas y estampé mis labios contra los suyos. El pobre quedó congelado en un shock absoluto; ni siquiera atinaba a mover la boca mientras yo profundizaba. Para romper su rigidez, le mordí ligeramente el labio inferior, exigiendo que abriera.
La sorpresa fue mía cuando, de un segundo a otro cedió y él me correspondió de una forma feroz, desmedida, como si hubiera estado conteniendo las ganas durante horas. Su mano se enredó en mi cabello con fuerza y dejé escapar un jadeo en cuanto su lengua entró a mi boca con desesperación.
El beso escaló de nivel, volviéndose tan brusco e intenso que sentí la presión en los labios; Orson literalmente me estaba devorando.
Intentó posicionarse sobre mí, inclinando su peso hacia mi cuerpo, y sentí la dureza de su pene erecto presionando directo contra mi abdomen. Estaba completamente fuera de control, desbocado como un animal.
Le seguí el juego durante unos segundos eternos. Subí las manos por su rostro, acaricié su mandíbula marcada y luego enredé los dedos en su cabello despeinado para atraerlo con más fuerza hacia mí. Deslicé una de mis manos hacia su estómago firme, rozando la pretina de su pantalón, peligrosamente cerca de la erección que lo volvía loco... pero me detuve justo a tiempo.
—Buenas noches —le susurré al oído, separándolo de mí de un empujón firme y dándole la espalda.
Lo escuché soltar una maldición entre dientes, baja y cargada de rabia. Quedó ahí, encendido, frustrado y con la respiración agitada en medio de la oscuridad. No me importaba en lo más mínimo; se lo tenía bien merecido. ¿Acaso creía que la noche iba a terminar con él entre mis piernas? Si en su momento juró que no me tocaría jamás, que se aguantara.
Hombres al fin y al cabo.
Me acomodé entre las cobijas y dormí como un ángel el resto de la noche, pero él no corrió con la misma suerte.