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31.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

31.

|Orson|

No pegué el ojo en toda la noche. Otra vez. Tenía a semejante tentación durmiendo a unos cuantos centímetros de mí y las entrañas me quemaban de la pura frustración. Me dolía hasta el alma admitirlo, pero por poco me la cojo ahí mismo. Sentir su piel, su aliento y esa maldita boca devorándome a oscuras casi me hace perder la cabeza.

Me pasé las horas mirando el techo, dándole vueltas a lo mismo. Aceptar el trato de llevar la fiesta en paz fue una pésima idea. Jamás debí acceder a sus condiciones; ahora estaba metido en un problema gigante del que no tenía la menor idea de cómo salir.

El cambio de Elena era tan drástico, tan agresivo, que me pasaba los días en una negación absurda, tratando de convencerme de que las cosas seguían bajo mi control cuando claramente era ella quien llevaba las riendas de todo.

A eso de las diez de la mañana bajé a la cafetería de la empresa. Necesitaba litros de café negro para ver si lograba espantar el cansancio. Me senté en una mesa del fondo, mirando hacia la nada, hasta que una sombra se atravesó frente a mí.

—¿Y esa cara? —preguntó Mateo, mi amigo y socio, dejando su taza sobre la mesa antes de tomar asiento frente a mí—. Traes unas ojeras que te llegan al cuello, hermano. ¿Acaso no duermes?

—Poco —mascullé, pasándome las manos por la cara con pesadez.

—¿Problemas en la casa o en la oficina? —insistió, mirándome con curiosidad.

Solté un suspiro largo, recostándome en el respaldo de la silla. No aguantaba más la presión, necesitaba desahogarme con alguien de confianza.

—En todas partes —confesé, bajando la voz—. Elena cambió. Ya no es la mujer tonta de antes. Ahora me reta, hace lo que quiere, viene a mi oficina cuando se le da la gana, me prepara la comida y me maneja como le da la gana. Y para rematar le puse un alto a Chloe. Terminé con ella porque de verdad ya no me la aguanto.

Mateo parpadeó despacio mientras procesaba lo que acababa de escuchar. Luego, una sonrisa de lado se le fue formando en la cara.

—A ver si entendí bien... —dijo pícaro—. Mandaste a volar a Chloe y ahora andas desvelado porque tu esposa no se deja pisotear.

—No te rías, carajo, esto es en serio —reclamé apretando los puños—. No entiendo qué me pasa. Se supone que yo quería que Elena fuera diferente, pero ahora me tiene contra la pared y me la paso pensando en ella todo el día.

Mateo soltó una risita baja y negó con la cabeza.

—Es obvio lo que te pasa, Orson. Solo que eres demasiado terco para verlo.

—¿Ah, sí? A ver, según tú, ¿qué me pasa?

—Que te estás dando cuenta de que fuiste un reverendo imbécil —soltó sin anestesia—. Lo que sentías por Chloe nunca fue amor, hermano. Fue una calentura temporal, una atracción de momento que se apagó en cuanto empezaron a estar juntos y ella te llenó de reclamos. Y ahora que Elena dejó de ser la tonta que esperabas que fuera en este matrimonio, resulta que este lado de ella te fascina. Te encanta que tenga carácter, te vuelve loco que te desafíe, y como no sabes cómo manejarlo, estás muerto de miedo.

Me quedé helado, con la mirada fija en mi taza de café, sintiendo cómo sus palabras me caían como un balde de agua fría.

—Estás completamente equivocado —dije, entrando en negación—. A mí no me gusta Elena. ¿Se te olvida que es la mujer que me drogó y se embarazó solo para atarme a las deudas de su padre? Esos dos son igual de calculadores, no me puede gustar alguien así.

—Pero te gusta —insistió Mateo.

—¡Que no, carajo! ¡No me gusta!

Mateo entornó los ojos y se inclinó hacia adelante sobre la mesa.

—A ver... ¿se han besado?

Me quedé en silencio, apretando la mandíbula y apretando el puño debajo de la mesa. El recuerdo del beso de anoche, salvaje y caliente, me vino a la mente.

—¿La deseas como mujer? —volvió a atacar.

Tuve que apartar la vista. El calor me subió al cuello al recordar el roce de sus muslos descubiertos sobre mi pantalón y lo cerca que estuve de perder el control.

—¿Te acostaste con Chloe en todo este tiempo? —lanzó la siguiente pregunta.

—¡Claro que no! —respondí con molestia—. ¿Cómo carajos se te ocurre?

—Ahí lo tienes, amigo mío —concluyó Mateo, soltando una risita cargada de ironía—. Estás confundido. Si no fuiste capaz de acostarte con Chloe cuando decías que te gustaba tanto, pero andas babeando y muriéndote de ganas por la esposa a la que supuestamente odias... ¿no está clarísimo que te estás enamorando?

Golpeé la mesa con el puño, haciendo sonar las tazas.

—¡Que no es así! —siseé entre dientes—. Es imposible, ¿es que no lo ves?

—Porque lo veo te lo digo —contestó—. Estás cegado por el resentimiento, pero eso no evita que ella te atraiga. Ya se acostaron una vez. Sí, estaban drogados, pero lo hicieron. Es obvio que sentiste una atracción brutal por ella desde esa misma noche y ni siquiera te diste cuenta. Tu cuerpo simplemente está respondiendo a lo que ya probó.

Ese punto me caló hondo.

Tengo recuerdos vagos y borrosos de esa noche, pero sí recuerdo habérmela cogido con una intensidad rabiosa, como jamás lo había hecho con nadie. Pero eso fue por el maldito afrodisíaco que me metieron en la bebida, ¿verdad? No podía haber sido por otra cosa. ¿Yo deseando a Elena por voluntad propia desde aquel momento? No, no... ni de chiste.

—Nada de eso —dije poniéndome de pie y arreglándome la chaqueta—. Estás muy equivocado, Mateo.

—Ya te darás cuenta —me advirtió mirándome desde abajo con lástima—. Solo espero que no sea demasiado tarde cuando te caiga el veinte.

Giré sobre mis talones y me largué de la cafetería con el pulso acelerado. Caminé a paso rápido hacia los ascensores repitiéndome a mí mismo que eso jamás iba a pasar. No podía haber arrepentimiento de mi parte, no había forma. ¿Por qué tendría que arrepentirme de nada si era ella la que me había usado desde el principio?

***

A la hora del almuerzo ya no aguantaba más. Necesitaba salir de esas cuatro paredes que me estaban asfixiando. Dejé los papeles sobre la mesa, tomé las llaves del auto y salí del edificio.

De camino a casa, las palabras que Elena me soltó el otro día sobre tener detalles y regalos no dejaban de darme vueltas en la cabeza. En un impulso absurdo, me detuve en una floristería y compré un ramo de tulipanes frescos. Subí de nuevo al vehículo y conduje directo a la residencia.

Al cruzar la puerta principal, el aroma a comida recién hecha inundaba toda la planta baja. Tenía que admitirlo: cocinaba delicioso. Dejé las llaves en la entrada y di un par de pasos hacia la sala, pero un detalle sobre la mesa de cristal me frenó.

Ahí, justo en el centro, descansaba un ramo enorme y elegante de rosas blancas. Al lado había una cajita negra de terciopelo. Me acerqué con el ceño fruncido, estiré la mano y la abrí. En el interior brillaba un collar precioso con un dije de rubí.

Yo no le había comprado eso. ¿Quién carajos se lo había mandado?

—Oh, eras tú —la voz de Elena me sacó de mis pensamientos. Asomó la cabeza por la puerta de la cocina con una sonrisa tranquila—. Qué sorpresa tenerte aquí a la hora del almuerzo; justamente estaba preparando todo para llevártelo a la oficina. Bienvenido.

Caminé hacia ella a pasos rápidos, apretando la cajita abierta entre mis dedos.

—¿Quién te mandó esto? —exigí saber, mostrándosela—. Explícame.

Elena me miró calmada y se encogió de hombros.

—Fue un regalo.

—¿De quién? —insistí, sintiendo cómo la molestia me apretaba el cuello—. Eres mi esposa, Elena. Nadie tiene por qué andarte regalando joyas ni flores.

—Julián tuvo el detalle —respondió—. ¿Acaso no sabes que hoy es el Día de la Mujer? Fue por eso. Somos amigos, después de todo, y quiso hacerme este obsequio. ¿A poco no está lindo?

Me congelé. ¿Día de la Mujer? No tenía la menor idea. Jamás estaba al pendiente de esas fechas comerciales ni me interesaban en lo absoluto.

—Me da igual la fecha que sea —solté enojado—. Ese tipo no tiene por qué estar dándote regalos de ese valor.

—Lo siento, querido, pero eso no lo decides tú —replicó ella, dando un paso al frente para quitarme la cajita de las manos con delicadeza—. No tenemos una relación tan real ni un matrimonio de verdad como para que vengas a hacerme esas exigencias. Recuerda nuestro trato.

Guardó el collar en el estuche y continuó:

—Al menos tengo a alguien que me tiene en cuenta en estas fechas.

Apreté la mandíbula con fuerza, agarré el ramo de tulipanes que traía escondido detrás de mi espalda y se lo tendí.

—Yo también te compré flores —mascullé, señalando las rosas blancas de la mesa—. Tira esa porquería a la basura.

Elena miró el ramo que le tendía y puso una mueca de desagrado.

—No son de mi gusto —soltó—. A ver, los tulipanes son lindos, pero no me fascinan. Si quieres puedes dárselos a tu madre, a tu hermana o hasta a tu amante. Yo prefiero quedarme con las rosas y el collar.

—¿Qué? —exclamé, el aire se me atascó en la garganta—. ¿No te gustan? ¿Y yo qué carajos iba a saber?

—Bueno... si al menos tuvieras la delicadeza de preguntarme qué cosas me gustan, tal como lo hace Julián, la historia sería completamente diferente —contestó, encogiéndose de hombros—. Pero en fin, supongo que no puedo exigirte tanto a ti.

Bajé la mirada hacia las flores en mis manos y luego la desvié hacia el arreglo imponente que ese idiota le había enviado. Me sentí humillado, pequeño, con una rabia amarga quemándome el pecho. Desde que ese tipo apareció toda la atención de mi esposa parecía girar en torno a él.

Elena dio media vuelta, tomó las rosas junto con la caja de terciopelo y comenzó a subir las escaleras.

—Lávate las manos y acomódate en la mesa —me dijo desde los primeros escalones sin volverse a mirar—. Ya voy a servir la comida.

En cuanto la perdí de vista en el piso superior, caminé hacia el bote de basura de la cocina, arrojé el ramo de tulipanes dentro del contenedor y solté una maldición entre dientes.

Ese tal Julián no me iba a ganar en nada.

A los pocos días, llamé a la mejor floristería de la ciudad y mandé a llenar el jardín entero de la casa con rosales de todos los tipos y colores posibles. Si Elena quería rosas, las tendría por miles, pero vendrían de mi parte. Ningún otro tipo iba a lucirse dentro de mi matrimonio.