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32.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

32.

|Elena|

No sabía qué cara poner mientras contemplaba las cuatro cajas de terciopelo desplegadas sobre la mesa frente a mí. Diamantes, rubíes, una esmeralda deslumbrante... Eran piezas ridículamente costosas, cada collar venía en juego con su respectiva pulsera.

Alcé la vista hacia Orson, que me observaba con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, esperando mi reacción.

—¿Acaso vendiste la empresa para comprar todo esto? —pregunté, señalando las joyas.

—¿¡Qué!? —soltó él bruscamente—. ¿No te gustan? Claro, por supuesto que no. Prefieres la baratija que te dio ese sujeto, ¿verdad?

—Yo no he dicho eso —respondí con calma, conteniendo una sonrisa—. Solo digo que... ¿no te parece que es demasiado? O a lo mejor los collares son falsos.

Orson se ofendió visiblemente.

—¿Crees que yo compro baratijas falsas? ¡Por favor! Mejor di la verdad: di que no te gustan mis regalos y que prefieres el collar insípido que te dio ese imbécil. Ni siquiera era bonito.

—Orson...

—No —me atajó, alzando la voz—, sé perfectamente lo que estás pensando. Estás menospreciando mis detalles porque crees que él es mucho mejor que yo. Me lo puedes decir en la cara si quieres, no tengo ningún problema.

Solté un suspiro pesado. Se estaba comportando como un niño caprichoso que no soporta perder.

—Lo que trato de decirte —expliqué, tomando una de las cajas— es que se supone que estás atravesando un momento económico bastante crítico en la compañía... ¿y te gastas una fortuna en todo esto?

—No me estoy muriendo de hambre, Elena —contestó tajante—. Que la empresa esté en una fase crítica no significa que mis cuentas personales estén en la quiebra. Así que toma esos collares, pontelos y no me cuestiones.

—Está bien, las acepto —cedí—. Me las voy a probar ahora mismo.

Junté las cajas, las cerré una por una, las apilé con cuidado sobre mis brazos y caminé rumbo a la habitación. Quería ver frente al espejo cómo lucían los conjuntos, pero al cruzar la puerta del cuarto escuché unos pasos pesados pisándome los talones. Giré la cabeza hacia atrás, encontrando a Orson en el umbral.

—¿Ahora qué haces aquí? —inquirí ladeando el rostro.

—Necesito ver cómo te quedan —respondió cruzándose de brazos, manteniéndose recostado en el marco.

Blanqueé los ojos ante su insistencia, caminé hacia el tocador y acomodé la torre de estuches sobre la peinadora.

Abrí el primer estuche, el de diamantes. El collar era una pieza fina, preciosa, capaz de combinar a la perfección con cualquier prenda elegante. Estiré las manos para desengancharlo y probarme el siguiente, pero la figura de Orson se cruzó en el reflejo.

—Déjame a mí, te demoras demasiado haciéndolo sola —dijo arrebatándome la joya de los dedos.

Lo dejé actuar sin poner resistencia, sabiendo de antemano la rabieta que armaría si me negaba. Con total parsimonia, se encargó de colocarme los tres collares restantes, uno a uno, ajustando los cierres metálicos detrás de mi nuca. Sus dedos fríos rozaban la piel de mi cuello en cada movimiento.

—Cuando tengamos un evento de la compañía o salgamos a algún sitio formal, quiero que los uses —ordenó observándome a través del cristal.

—Está bien, lo haré, mi amor. Gracias —murmuré regalándole una sonrisa radiante.

Me giré rápido hacia su cuerpo, alcé un poco los talones y deposité un beso corto en sus labios.

Orson gruñó, frunciendo el ceño de inmediato. Clavó sus ojos azules en los míos con una intensidad salvaje, mientras el tono rojizo invadía las puntas de sus orejas. De repente dio media vuelta y salió a paso presuroso del dormitorio, igual a alguien que intenta huir desesperadamente de un peligro inminente.

***

Durante los días siguientes, aprovechando cada momento en que Orson salía de casa, trabajé en secreto hasta el cansancio. Julián me había dado un plazo fijo para entregar la propuesta del proyecto; aunque él se ofreció a darme una mano, me negué rotundamente. Quería lograr algo grande por mis propios medios, demostrarme que era capaz de salir adelante sin depender de nadie.

A pesar de la enorme carga sobre mis hombros, jamás descuidé mi papel. Seguí al pie de la letra el rol de la esposa perfecta, ese dulce juego al que Orson empezaba a acostumbrarse peligrosamente.

Continué siendo increíblemente intensa con él: le llevaba el almuerzo calientito hasta su oficina cada vez que el trabajo le impedía regresar a comer. Me encargaba personalmente de lavar su ropa, usando un suavizante de aroma suave que a él le fascinaba; más de una vez lo atrapé disimuladamente pegando la nariz a sus camisas para respirar el perfume antes de vestirse.

Le dejaba cada prenda doblada, planchada y acomodada a la perfección. Cada mañana me levantaba a la misma hora a su lado, le arreglaba el nudo de la corbata y compartíamos el desayuno juntos.

Notaba a Orson mucho más cómodo durmiendo a mi lado en la misma cama. Le tenía las tres comidas listas a tiempo, le preparaba sus postres favoritos para consentirlo y él, a cambio, comenzó a llegar por las tardes trayendo pequeños obsequios para mí.

Aceptaba sentarse a ver películas a mi lado cuando se lo pedía e incluso se ofrecía a masajearme las piernas y los pies cada vez que se me hinchaban por el embarazo. Hasta tuvimos un par de citas románticas cenando fuera en restaurantes lindos.

Aunque él mantenía cierta cautela en su mirada, era evidente que sus defensas caían poco a poco. El ambiente entre los dos se sentía cálido, casi hogareño, mientras las semanas volaban y la fecha del parto se aproximaba cada vez más; ya solo faltaban un par de meses para verle la cara a nuestra hija.

—No puedo creer que mañana sea la reunión con el señor Vance —comenté—. De verdad te deseo toda la suerte del mundo.

Julián alzó la mirada del expediente que acababa de entregarle y volvió a cerrar el folio despacio.

—Hiciste un trabajo excelente, Elena —admitió—. Acepte o no la propuesta, estoy sumamente orgulloso de ti y te daré la recompensa que te mereces por todo este esfuerzo.

—Gracias —respondí, regalándole una sonrisa.

—¿Estás bien? —inquirió observándome de arriba abajo con cierta preocupación—. ¿No fue demasiado esfuerzo para ti en ese estado?

—Un poco cansada, sí —confesé—. El tiempo era apretado, pero me siento con bastante energía y feliz con los resultados.

—Gracias de verdad, por todo esto —suspiró él, apoyando los codos en la mesa—. Aunque te soy sincero... me da un poco de rabia saber que mi padre también terminará beneficiándose de todo tu trabajo.

—Vamos, eso es lo de menos —lo tranquilicé con un ademán de mano—. Nosotros también vamos a recibir una suma bastante considerable si el señor Vance decide firmar.

Julián sonrió de lado y se reclinó en la silla.

—Te propongo algo.

—¿Qué cosa? —pregunté arqueando las cejas.

—¿Qué tal si vamos juntos a la reunión?

Abrí los ojos de par en par, sorprendida por la sugerencia.

—¿Yo? ¿En serio? No lo sé...

—Puedes hacerte pasar por mi asistente —explicó con entusiasmo—. Y si te animas, tú misma le presentas el proyecto al señor Vance.

El corazón me dio un vuelco repentino en el pecho.

—¿De verdad me dejarías hacer eso? —inquirí incrédula—. Pero... ni siquiera soy tu empleada oficial y tú eres el representante legal de la empresa de tu padre.

—Eso no importa en absoluto. Yo estaré ahí apoyándote. Mereces ganarte los méritos por esto; al fin y al cabo fue tu esfuerzo.

Me quedé en silencio procesando la idea. La sola oportunidad de exponer mi propio trabajo ante un empresario de semejante calibre me llenaba de adrenalina. Podía demostrarme a mí misma de lo que era capaz.

—Acepto, me encantaría —dije al fin, aunque una pequeña duda me asaltó al mirarme el vientre—. Pero... ¿no importa que vaya así? Con esta barriga tan avanzada.

Julián enarcó una ceja, mirándome con desaprobación por el comentario.

—Estar embarazada no te hace una inútil ni te incapacita para trabajar. Además, dudo mucho que el señor Vance tenga prejuicios de ese tipo, así que ni te preocupes por eso.

—Está bien, entonces trato hecho —asentí sonriendo—. Mándame un mensaje con la hora exacta y la dirección del lugar mañana.

—Lo haré.

Salí de la cafetería y tomé un taxi a pesar de que Julián insistió en llevarme. Quería un momento a solas para procesar la emoción de la reunión. Mientras el vehículo avanzaba por las calles, me dediqué a disfrutar del paisaje a través del cristal, hasta que el tráfico se detuvo en un embotellamiento.

Solté un leve suspiro y volví la cara hacia la ventana para distraerme. De pronto, el ceño se me frunció profundamente.

Mi padre salía de un establecimiento elegante en compañía de una mujer. Alcé la mirada hacia el letrero del local y vi que se trataba de un spa exclusivo. Ambos caminaban despacio, conversando de forma tan animada y cercana que parecían dos verdaderos enamorados.

Apreté los ojos un segundo y los abrí, tratando de enfocar mejor. La silueta de la mujer se me hacía extrañamente familiar. Había visto ese rostro antes, en algún evento o reunión social, pero no lograba ubicarlo del todo. Cuando mi padre se hizo a un lado, la luz dio de lleno sobre la cara de ella y mi respiración se detuvo.

Era la madre de Chloe.

¿Qué demonios hacía mi padre con esa mujer?

Intenté razonar rápido, pensando que tal vez solo coincidieron dentro del recinto para algún tratamiento o masaje. Pero toda duda se disipó cuando ella se inclinó hacia él, le tomó el rostro con delicadeza y le plantó un beso apasionado en los labios.

Se me heló la sangre. ¿Eran pareja?

Clavé los dedos con fuerza en la tela de mi vestido, sintiendo cómo el corazón se me disparaba a mil por hora. No podía dar crédito a lo que presenciaban mis ojos. Mi padre, el hombre que juraba destruir a la familia de mi esposo, andaba de la mano con la madre de la amante de Orson.

¿Una simple coincidencia? Ni de chiste. Todo esto olía demasiado mal. Era absolutamente imposible que Chloe ignorara una relación de semejante magnitud. Se suponía que tanto ella como su madre estaban del lado de Orson, apoyándolo en su rencor, mientras que mi padre figuraba como el enemigo público número uno.

El semáforo cambió a verde y el taxi arrancó, dejándolos atrás. La oportunidad de sacar el teléfono y tomar una fotografía se me esfumó en un segundo, dejándome atrapada en un estado de shock absoluto.

Si llegaba a contarle esto a Orson ahora mismo, ¿me creería? Lo dudaba. Lo más probable era que me acusara de inventar chismes baratos para perjudicar a Chloe, arruinando por completo la estrategia que me había costado semanas construir.

Sin embargo, las cosas tomaban un giro brillante. Podía ponerme a investigar, seguir los pasos de mi padre en secreto, capturar pruebas irrefutables de sus encuentros con esa mujer y servírselas en bandeja de plata a Orson. Demostrarle una verdad amarga que se negaba rotundamente a ver.

Las piezas empezaban a encajar de forma macabra. ¿Y si ellos tres estaban involucrados en aquella trampa del club? ¿Y si mi padre fue el cerebro detrás de la bebida adulterada y Chloe la cómplice silenciosa? Las posibilidades eran infinitas.

Si lograba desentrañar toda esa podredumbre y sacar la verdad a la luz, Orson por fin entendería que yo jamás lo drogué. Comprendería que no me metí en su cama a la fuerza ni planifiqué su ruina para amarrarlo. Le demostraría que mi propio padre estuvo detrás de todo y... entonces, la culpa y el arrepentimiento lo terminarían de consumir.

Entré a la casa tratando de mantener la cabeza fría y el pulso firme, aunque por dentro la mente era un remolino. En cuanto crucé el umbral del recibidor, me topé de frente con Orson. Estaba de pie junto a los escalones, esperándome con los brazos cruzados, el saco desabrochado y una expresión de impaciencia en el rostro.

—¿Dónde estabas? —preguntó sin rodeos, clavándome esa mirada azul y penetrante que buscaba acorralarme.

—Estaba con Julián —respondí simplemente.

Orson apretó la mandíbula y la vena del cuello se le marcó. Dio un paso hacia mí, recortando la distancia.

—¿Con Julián? ¿A estas horas? —soltó tajante y la voz un poco más baja, llena de un celo mal disimulado—. Se puede saber qué carajos hacías con él otra vez.

—Estábamos terminando de revisar algunos asuntos pendientes, nada más —contesté regalándole una sonrisa tranquila, disfrutando en silencio de cómo la sola mención de ese hombre lo ponía a dar vueltas.

—¿Qué asuntos? Tú no debes tener asuntos con ese tipo.

—Eso no te lo voy a decir. Con solo informarte dónde estuve, estoy cumpliendo mi parte.

—No entiendo por qué carajos te tienes que ver tanto con ese hombre. ¿Acaso son amantes o qué?

—¿Y si así fuera, qué? —le pregunté de vuelta.

—Elena... no me provoques —advirtió, con la mandíbula rígida y los ojos ardiendo en rabia.

Solté una risita suave y me acerqué a él para envolverlo en un abrazo tranquilo, rodeándole el torso con los brazos.

—Deja de hacerte ideas raras en la cabeza, Orson. Solo somos amigos —le dije, pegando la mejilla a su pecho—. Y no nos vamos a dejar de ver solo por tus arranques de celos, ¿de acuerdo?

—No puedo soportar esto —masculló él, sin corresponder el abrazo pero sin apartarme tampoco.

—Pues vas a tener que soportarlo —murmuré, alzando la cara para mirarlo—. Al menos hasta que ambos nos divorciemos.

Sentí cómo su cuerpo entero se puso rígido como una piedra al escuchar la palabra «divorcio». Parecía a punto de soltar una réplica amarga o decir algo impulsivo, pero al final apretó los labios y se quedó quieto, en silencio.

—¿Tienes hambre? —pregunté rompiendo la tensión, dándole un par de palmaditas suaves en los brazos—. Te haré de comer algo rico.

Lo liberé de mis brazos y, sin esperar su respuesta, pasé por su lado en dirección a las escaleras para ir a la habitación a cambiarme de ropa.

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Hola, lectoras. Tuve una semana difícil llena de trabajo y responsabilidades que me impidió seguir el ritmo de la actualización, pero bueno, estoy de vuelta y lista para seguir. Gracias por la paciencia, y espero que les esté gustando el desarrollo de la historia. Nos vemos :)