33.
|Elena|Estaba hecha un manojo de nervios por esa reunión. Me había preparado con un esmero obsesivo, ensayando mi postura, el tono de voz y cada respuesta frente al espejo de la habitación. Por suerte, toda esa tensión previa terminó disipándose en cuanto tomamos asiento: la sesión resultó ser muchísimo más amena y menos opresiva de lo que imaginaba.
El señor Vance era un hombre de avanzada edad, de unos cincuenta años más o menos. A primera vista imponía respeto por su porte severo y serio, pero en el trato directo demostró ser sumamente amable. En ningún momento puso trabas por mi avanzado estado de embarazo, ni cuestionó que figurara como la secretaria de Julián, ni mucho menos que fuera yo la encargada de exponer el proyecto principal.
Así que di mi máximo esfuerzo. Cuando llegó mi turno de hablar, desplegué los planos y la carpeta sobre la mesa. La propuesta consistía en un modelo de reestructuración logística para la distribución de suministros, diseñado para recortar a la mitad los tiempos de entrega mediante rutas intermedias y optimizar los costos de inventario retenido.
El señor Vance escuchó cada palabra con una atención minuciosa, intentando acorralarme con preguntas complejas y buscando cualquier atajo o falla en los números para poner a prueba la rentabilidad. Sin embargo, logré esquivar cada una de sus trampas con agilidad, presentándole soluciones claras, presupuestos realistas y las innegables ventajas financieras que obtendría al cerrar aquel negocio con nosotros.
Cuando la reunión llegó a su fin y los acuerdos quedaron formalizados, por fin pude respirar con tranquilidad.
Poco después, Julián y yo nos trasladamos a una cafetería tranquila a pocas cuadras del lugar. Nos acomodamos en una mesa junto a la ventana para comer algo sabroso y beber algo fresco, buscando tragarme los últimos residuos de nerviosismo que todavía me rondaban el cuerpo después de semejante logro.
—Y... ¿cómo estuve? —pregunté, mirándolo fijamente tras darle un sorbo a mi bebida.
—Eso fue grandioso, Elena —respondió Julián, dedicándome una amplia sonrisa llena de orgullo—. De verdad, impecable.
—¿Crees que sí acepte la propuesta?
—Tenemos que esperar unos días para que analice a fondo cada detalle —explicó—. Sabes que no somos los únicos compitiendo por esa firma. Aparte de la empresa de tu marido, hay varios más en la lista. El señor Vance elegirá la opción que más le convenga, claro está.
—Ojalá seamos los ganadores —suspiré, cruzando los dedos por debajo de la mesa.
Julián me observó durante unos segundos en silencio antes de lanzar la pregunta:
—¿Siempre vas a querer irte a Nueva York conmigo cuando todo esto termine?
Dejé de comer el panecillo que tenía en la mano y bajé la mirada hacia la mesa, sintiendo un leve peso en el pecho.
—No lo creo —admití en voz baja.
—¿Por qué? —inquirió, frunciendo ligeramente el ceño.
—No puedo simplemente empacar e irme tan lejos llevándome a Valeria —expliqué levantando los ojos—. Orson tiene derecho a ver a la bebé, es su padre a fin de cuentas.
—Oh... no había pensado en eso —murmuró Julián, sorprendido—. La verdad, por el modo en que te trataba, de humillación en humillación, creí que ni le iba a importar la niña.
—En realidad es todo lo contrario —corregí con suavidad—. La ama desde ya. Puede llegar a odiarme a mí todo lo que quiera, pero a su hija no. Por eso debo quedarme en la ciudad, para permitir que esté cerca de ella.
—¿Y piensas divorciarte de todos modos? —preguntó Julián, buscando confirmación en mi rostro.
—Sí, con toda seguridad —afirmé sin vacilar un solo segundo—. Quiero hacerlo. Necesito independizarme y ser libre de todo este enredo. Vivir así me asfixia y me trae demasiados malos recuerdos.
—Bueno... entonces deberías ir pensando en qué vas a trabajar si no te vas a ir conmigo a Nueva York.
—Con el dinero que obtenga del proyecto pienso montar algún negocio propio mientras tanto —dije, recobrando el ánimo—. Algo que me permita salir adelante sola.
—Ten fe en que podemos ganar esta propuesta —me animó él, extendiendo la mano para darle un apretón suave a la mía—. Si lo logramos, te ayudaré a impulsar lo que quieras antes de irme del país.
—Es una pena que no te vaya a ver más... —suspiré con cierta nostalgia.
—Podemos seguir en contacto —sonrió él tranquilamente—. Hasta puedo venir a visitarte de vez en cuando, no pienses que me voy a desaparecer de tu vida.
Le devolví la sonrisa con sincero agradecimiento.
—Gracias, Julián. De verdad... eres el único amigo real que tengo.
—Lo sé —me guiñó el ojo, bromista.
Terminamos de comer y esta vez acepté el aventón de Julián hasta la casa. El vehículo se detuvo frente a la entrada principal y justo cuando me disponía a bajar, la puerta de la residencia se abrió de par en par. Ahí estaban de pie mi suegra, Victoria, y mi cuñada, Olivia, mirándome con fijación.
—Nos vemos en otro momento, Julián. Adiós —le dije despidiéndome con rapidez.
Él asintió con la cabeza y aceleró, dejando el camino despejado. Me acomodé la correa del bolso sobre el hombro, coloqué una mano sobre mi barriga para protegerme y me encaminé a pasos firmes hacia la entrada.
—Elena... ¿quién era ese hombre? —preguntó Victoria en cuanto estuve a un par de metros, cruzándose de brazos.
—Hola, suegra. Él era un amigo —respondí con frialdad.
—¿Un amigo? —replicó la mujer enarcando las cejas—. Elena, eres una mujer casada.
—Que esté casada no significa que no pueda tener amigos —contesté—. Orson es un hombre casado y tiene una amante... dígame usted, en una balanza, ¿cuál de las dos cosas es peor?
Victoria apretó los labios con fuerza, visiblemente incomodada por la mención.
—Mi hijo ya no está con esa mujer —aseguró.
—Lo felicito —dije con una sonrisa falsa—, pero eso no significa nada ni cambia las cosas en lo absoluto.
—¿Y estás completamente segura de que solo es tu amigo? —intervino Olivia,—. De seguro es el follamigo con el que le pegas los cuernos a mi hermano por pura venganza.
La miré de arriba abajo con total tranquilidad.
—La gente puede pensar lo que se le dé la gana, no me importa en lo más mínimo —respondí pausadamente—. Si ves reflejado a tu hermano en mí, es porque en el fondo reconoces su propia inmoralidad. Y si me disculpan...
Intenté pasar por un lado para entrar a la casa, pero la voz de mi cuñada me frenó en seco.
—¡Eres una arrogante! —gritó—. ¡Por tu culpa, mosquita muerta, Chloe está sufriendo!
—¡Olivia! —reprendió Victoria de inmediato, tomándola del brazo.
—No sé de qué estás hablando —le dije a mi cuñada.
—¡Claro que lo sabes! —insistió Olivia con rabia—. Andas de zorra metiéndote en la relación de ellos dos. ¿Acaso no te bastó tenderle una trampa a mi hermano para atraparlo en un matrimonio? ¡Qué desgraciada eres!
Solté un suspiro largo y cansado. Desvié los ojos hacia Victoria, ignorando por completo la rabieta de su hija.
—¿A qué vinieron exactamente? —pregunté con tono directo—. Si vinieron únicamente a cuestionar mi vida y a lanzarme insultos, les pido que se vayan. Mientras Orson no se encuentre en esta casa, no se aparezcan por aquí; no tienen ningún motivo para verme a mí.
—Sabes perfectamente que vengo cada cierto tiempo para verificar el estado de salud de mi nieta —mencionó Victoria.
—Entonces hágale una llamada a su hijo para preguntarle, o directamente al doctor que me asignó, quien lleva todo mi expediente —sugerí—. De ahora en adelante no quiero que me visiten. Cada vez que vienen tengo que aguantar insultos y cuestionamientos, y no estoy para tolerar estas cosas en mi estado.
—¡Ah, pero sí estás para salir a la calle con otros hombres! —soltó Olivia de nuevo.
—¡Olivia, basta ya! —ordenó su madre, elevando la voz para callarla definitivamente.
—Fuera de mi casa —las miré a las dos con severidad—. O llamaré a Orson en este mismo instante para informarle que me están incomodando y haciéndome pasar un mal rato.
Madre e hija se quedaron en silencio un segundo, midiendo la seriedad de mi amenaza. Sabiendo perfectamente cómo reaccionaría Orson si las descubría alterándome, a ambas no les quedó más opción que dar media vuelta e irse.
En cuanto se marcharon, solté un aire pesado por la boca y al fin pude respirar con tranquilidad. Esas dos eran de un descaro impresionante al pretender cuestionar mis actos; nadie tenía el más mínimo derecho a juzgarme y no pensaba permitir que se metieran en mi vida a decirme qué hacer o qué dejar de hacer.
El resto de la tarde transcurrió sin grandes contratiempos. Me dediqué a regar el enorme jardín repleto de rosas que Orson me había regalado y corté algunas de las mejores ramas para armar arreglos florales decorativos en la sala. Más tarde me metí a la cocina a preparar la cena para esperarlo.
Para mi sorpresa, la puerta principal se abrió mucho antes de la hora habitual. Apareció Orson, cruzando el umbral con el saco en la mano y un rostro de pocos amigos que presagiaba problemas.
—Bienvenido —dije acercándome—. ¿Pasa algo?
—¿Estuviste con Julián otra vez? —soltó, mirándome con ojos cargados de furia retenida.
—Ah... tu madre o Olivia te fueron con el chisme, ¿verdad? —deduje.
—¡Respóndeme! —exigió elevando el tono.
—Sí, estuve con él —contesté—. Tampoco es como si fuera a ocultártelo. Sabes de sobra que siempre te digo a dónde voy y con quién me reúno; eso forma parte de nuestro acuerdo.
—¿Qué tanto te ves con ese tipo? —reclamó, dando un paso intimidante hacia mí—. ¡Dime de una buena vez qué demonios tienes con él!
—Somos amigos. Creo que ya te lo he repetido como mil veces, Orson —repliqué—. Y hazme el favor de bajar la voz.
—¡No! ¡Algo más pasa entre ustedes! —insistió fuera de sí, pasando una mano por su cabello—. No es normal que te veas con él a cada rato, ¡simplemente no lo es!
—¿Por qué me haces esta clase de escenas absurdas? —lo cuestioné—. Ya te lo dejé claro: no tienes ningún derecho a hacerme reclamos de este tipo. Las pautas de nuestro matrimonio quedaron bien establecidas desde el primer día. Yo ya no te reprocho con quién sales ni lo que haces con tu vida; te di vía libre para hacer tu voluntad. Permíteme hacer exactamente lo mismo. No es justo que ahora pretendas venir a controlar cada paso que doy.
Orson guardó silencio. Apretó los puños y respiraba de forma acelerada mientras procesaba mis palabras.
—Yo no me he vuelto a ver con Chloe —dijo en un murmullo denso, casi como una defensa desesperada.
—Eso no tiene absolutamente nada que ver conmigo. De todos modos te veías con ella antes, incluso cuando salían juntos en las primeras planas de los periódicos de chismes. Así que no intentes marcar una diferencia ahora porque eso no justifica tus celos. Además... por tu propio bien, deberías mantenerte muy alejado de esa mujer. Es una mosca muerta.
Orson me miró con el ceño profundamente fruncido por la sorpresa.
—¿Qué quieres decir con eso?
—Nada —respondí dando media vuelta hacia la cocina—. Tampoco es como si fueras a creerme algo.
Orson me sujetó del brazo, deteniéndome.
—No. Dime qué es —exigió.
—Suéltame —le pedí, señalando su agarre—. No es nada importante.
—Seguro que sí lo es —insistió sin liberarme, apretando un poco más—. Puedo verlo perfectamente en tu cara. Habla.
Lo miré fijamente. Después suspiré.
—¿Estás completamente seguro de que vas a creerme? —inquirí—. ¿Podrás creer por una sola vez en mi palabra sin que te presente una prueba en la mano? No te estoy exigiendo que lo hagas, pero no pienso tolerar que me trates otra vez como una loca mentirosa que inventa cosas.
Orson apretó la mandíbula, dudando un instante, pero la intriga lo superaba.
—Habla de una vez —dijo, aflojando los dedos de mi brazo pero manteniéndose pegado a mí—. Dependerá de lo que sea, pero no me vas a dejar con esta duda atravesada.
—La madre de Chloe y mi padre son amantes —declaré sin rodeos—. Los vi ayer por la tarde, juntos y besándose muy agusto frente a un spa.