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34.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

34.

|Orson|

La madre de Chloe era una mujer impecable, una dama respetada, cariñosa y siempre atenta. Las incontables ocasiones en que visité su hogar, me recibió con los brazos abiertos, tratándome casi como a un hijo más. Era incapaz de concebir una bajeza semejante viniendo de ella. ¿Involucrarse sentimentalmente con Carvajal, el hombre que intentaba destruirme? Resultaba un absurdo total. No tenía pies ni cabeza, carecía de todo sentido.

—No te creo ni una sola palabra —solté, esbozando una risa amarga mientras negaba con la cabeza—. Estás inventando chismes baratos únicamente para desviar mi atención de las porquerías que haces con ese tal Julián.

—¿De verdad, Orson? —replicó Elena, abriendo los ojos con indignación—. ¡Date cuenta de una buena vez! Lo que te estoy diciendo es cierto, ¡yo misma los vi!

—¡Por favor! —la atajé, alzando la voz y recortando la distancia entre los dos—. ¿Crees que soy imbécil? Pretendes que caiga en una mentira tan burda. No confío en ti, Elena. No confío en ti ni en la alimaña de tu padre después de la trampa que me tendieron para encadenarme a esta farsa.

—Yo no te estoy mintiendo —aseguró con la voz firme, sosteniéndome la mirada sin dar un paso atrás—. Si te lo digo es porque me pareció sospechoso. Sé muy bien lo que vi en esa calle.

—¿Y esperas que te crea así nada más? —cuestioné con ironía, dejando salir todo el veneno reprimido—. Con todas estas atenciones ridículas que has tenido últimamente, haciéndote la esposa perfecta, lavándome la ropa, llevándome comida... Seguro todo este teatrito es para ganarte mi confianza y meterme otra puñalada por la espalda. ¡Dime qué otra mierda estás planeando con tu padre!

Elena soltó un suspiro pesado, y por un segundo vi cruzar por sus ojos una mezcla de decepción y cansancio absoluto.

—Pensé que al menos por una vez ibas a escucharme con objetividad —dijo, bajando el tono de voz a una frialdad que me caló los huesos—. Pero veo que tu ceguera no tiene remedio. Quédate con tu ingenuidad, Orson. Sigue defendiendo a las personas equivocadas mientras te ven la cara.

—¡No metas a la familia de Chloe en esto! —exigí, sintiendo una punzada de rabia en el centro del pecho—. Ella y su madre han sido leales conmigo, a diferencia de ti.

—Está bien —asintió ella despacio, dando media vuelta hacia la cocina—. Cree lo que te dé la gana. El tiempo se encargará de poner a cada quien en su lugar, y ese día me vas a pedir perdón de rodillas. Ah, y no esperes pruebas ni nada de mi parte, no me voy a molestar en demostrar mi inocencia, solo esperaré a que el plazo termine y se acabó.

Se alejó dejándome solo en mitad del pasillo. Me quedé parado en silencio, apretando los puños hasta que me dolió la piel, con el corazón latiéndome con fuerza desmedida y una horrible sensación de sofoco ardiéndome en las entrañas.

***

Durante la cena, Elena ni siquiera bajó al comedor. Se quedó encerrada en la habitación. Tampoco hubo películas en la sala, ni conversaciones casuales, ni ninguno de esos pequeños gestos a los que, sin darme cuenta, me había ido acostumbrando.

Dormimos en la misma cama, pero la distancia entre los dos se sentía kilométrica. La frialdad llenaba cada rincón del cuarto; no hubo el menor atisbo de cercanía.

Habíamos regresado exactamente al punto de partida. Un retroceso absurdo. ¿No se suponía que ella misma había asegurado que, pasara lo que pasara, todo seguiría igual entre nosotros? ¿De verdad pretendía que me tragara semejante acusación sin pestañear?

Lo único que Chloe tenía en esta vida era a su madre, y viceversa. Esa mujer quedó viuda siendo bastante joven y tuvo que salir adelante completamente sola, cargando con todo sobre sus hombros. Además, Chloe detestaba a la familia Carvajal con toda su alma; no encajaba por ningún lado que tuvieran el más mínimo vínculo con ese hombre.

Los únicos culpables de toda esta desgracia eran ese infeliz de Carvajal y su hija. Que Elena llevara semanas comportándose como la esposa abnegada y dedicada ya me resultaba bastante sospechoso desde el principio. Ahora todo cuadraba: seguro buscaba algo, tanteando el terreno para dar su próximo golpe.

Dormí pésimo toda la noche, dando vueltas en la cama sin hallar postura. A la mañana siguiente, Elena ya se había levantado antes que yo.

Bajé al comedor como de costumbre, esperando encontrar la mesa puesta y el desayuno caliente listo sobre el plato, pero la imagen que me recibió fue totalmente distinta. Elena estaba de pie, apoyada despreocupadamente contra el mesón de la cocina, comiendo un simple tazón de cereal con leche.

—¿Y el desayuno? —pregunté, deteniéndome en seco al ver la mesa vacía.

Elena masticó con parsimonia, tragó despacio y me miró a los ojos con una serenidad desarmante.

—Orson, nuestro trato de intentar ser una pareja funcional se termina aquí —declaró con voz tranquila pero firme—. No voy a seguir jugando a ser tu esposa perfecta ni tu títere. Claramente ese experimento no funcionó para nada. Ayer dejaste bastante claro que cada una de mis atenciones hacia ti eran parte de una jugada para traicionarte, así que no tiene ningún sentido que mantenga una rutina que solo te genera desconfianza y que a mí me resulta completamente incómoda sabiendo lo que piensas sobre mí.

Apreté la mandíbula.

—Tú dijiste que no importaba lo que pasara, que seguiríamos adelante con esto —le recordé con dureza.

—Sí, lo dije —admitió, dejando la cuchara dentro del plato sin perder la calma—. Pero ¿sabes qué? Me di cuenta de que no me creo capaz de cumplirlo. Entendí que no puedo seguir gastando mi preciosa atención en alguien que siempre piensa lo peor de mí. Es un desperdicio total, igual a intentar llenar un barril sin fondo. Ya no quiero perder mi tiempo en cosas inutiles, yo valgo más que esto.

—De todos modos, atender esta casa y asegurarte de que las cosas funcionen es tu deber como mi esposa —dije, intentando recuperar el control de la conversación con tono imperioso.

Elena esbozó una sonrisa helada, casi burlona, que me descolocó por completo.

—Soy una mujer embarazada, Orson —replicó, acariciándose el vientre con lentitud—. Mi barriga avanza rápido cada día y el esfuerzo físico se me dificulta. Así que tendrás que contratar a una sirvienta a tiempo completo para que se encargue de todo esto... o decirle a Chloe que venga a atenderte en su tiempo libre. Tu esposa perfecta acaba de morir hoy, y todo es gracias a ti. Porque eres ciego y un completo tonto.

Me quedé congelado en el sitio, sintiendo cómo sus palabras golpeaban mi orgullo con la precisión de un dardo.

—Me das lástima, de verdad —añadió en un susurro cargado de desdén—. Es increíble cómo te dejas engañar tan fácilmente.

Sin agregar una sola palabra más, tomó su tazón de cereal, pasó por mi lado manteniendo la vista al frente y subió las escaleras a paso firme rumbo a la habitación.

Escuché el eco distante de la puerta al cerrarse y me quedé solo en la inmensidad de la cocina. Un silencio denso y opresivo se apoderó del espacio. De repente, una punzada extraña me sacudió; no era la rabia ciega a la que estaba acostumbrado, sino algo completamente distinto. ¿Amargura? ¿Desolación? Maldita sea, no tenía la menor idea de qué se trataba, pero me oprimía el aire en los pulmones.

Se suponía que debía sentirme aliviado, ¿no? Al fin y al cabo, cada una de sus atenciones me causaba una profunda desconfianza. Siempre lo interpreté como una táctica estudiada para seducirme, para ablandar mis defensas y hacerme caer en sus redes otra vez. Estaba perfecto que dejara de fingir, era lo más lógico.

Sin embargo, al repasar los recuerdos de las últimas semanas —los desayunos compartidos, el aroma dulce de la ropa limpia, las tardes viendo películas a su lado en el sillón y la calidez de su cuerpo descansando junto al mío en la cama—, una presión sofocante me atenazó la garganta.

Apreté los puños contra el mesón de la cocina hasta que los nudillos se me pusieron blancos. No. No podía permitir que esto me afectara. Era absurdo. Tenía que mantener la cabeza fría y la mente despejada a toda costa; esto era exactamente lo que ella buscaba, un juego psicológico para hacerme sentir miserable y ceder terreno. Pero no le iba a dar el gusto.

Subí las escaleras a paso presuroso, esquivando la puerta de la habitación principal para no tener que cruzarme con ella. Me bañé y me vestí en el cuarto de huéspedes, ajustándome el nudo de la corbata frente a un espejo ajeno mientras intentaba borrar de mi mente la frialdad de sus palabras. Salí de la residencia sin despedirme y me fui directo a la empresa, donde pedí algo de comer en la oficina para tragarme la frustración en soledad.

Cuando llegó la hora pactada, me trasladé al lugar del encuentro con el señor Vance. Tenía la mente enfocada en un solo objetivo: cerrar el negocio a como diera lugar. Desplegué mi mejor esfuerzo durante la exposición, presentando una propuesta sólida, rentable y sumamente conveniente para ambas partes. Debía asegurarme la firma de ese importante inversor a toda costa para consolidar el dominio de la compañía.

Sin embargo, la respuesta no tardó en llegar. Al día siguiente por la tarde, mientras revisaba los pendientes en mi escritorio, un correo electrónico encendió la pantalla de mi ordenador. Era una carta formal de rechazo enviada por el equipo del señor Vance.

Apreté los puños, pero el verdadero golpe vino apenas un par de horas después.

Las cadenas de noticias y los portales de finanzas hicieron estallar la red con un comunicado exclusivo: la empresa competidora había cerrado formalmente la alianza con Vance, arrebatándome el contrato multimillonario de las manos.

Mi humor se volvió francamente infernal, pero la pesadilla estaba lejos de terminar. Al indagar en la letra pequeña del reportaje, descubrí el secreto mejor guardado de la transacción: aquel hombre con el que Elena se frecuentaba, Julián, no era un simple profesional independiente. En realidad era el hijo y representante legal de mi mayor rival financiero, Enrique Maddox.

El aire se me congeló en los pulmones al desplazar la pantalla hacia abajo. La estocada final, la que me terminó de aplastarme, fue la fotografía principal de la primicia. Ahí estaba Julián Maddox, sonriendo, y a su lado, resplandeciente y elegante, figuraba Elena.