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35.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

35.

|Elena|

—¡Salud por eso! —exclamó Julián, haciendo chocar suavemente su copa con la mía.

El sonido del cristal resonó en el ambiente de su elegante apartamento. Me recosté contra el respaldo del sofá, contemplando las burbujas de la bebida con gas mientras la pantalla de mi teléfono no paraba de vibrar con notificaciones.

En la mesa ratona reposaba una pila de revistas financieras y varias pestañas abiertas en la tableta, todas mostrando la misma fotografía de la portada: Julián estrechando la mano del señor Vance y, justo a su lado, luciendo impecable y radiante, yo.

Sinceramente, pensé que mi trabajo se quedaría sumido en las sombras. Estaba convencida de que actuaría únicamente como la mano invisible tras el proyecto, la estratega anónima cuya labor solo sería reconocida en un contrato privado o mediante un cheque. Jamás imaginé que Julián me pondría al frente de los reflectores, dándome todo el crédito públicamente frente a los medios de comunicación y ante los ojos de todo el mundo empresarial.

—Aún no me lo creo —admití, deslizando los dedos por la pantalla para ver el titular en mayúsculas donde mencionaban mi nombre como la pieza clave en la reestructuración logística de la firma Maddox.

—Te lo dijiste tú misma, Elena: era tu esfuerzo —respondió Julián con una sonrisa llena de orgullo, tomándose un sorbo de su copa—. Te mereces cada una de las palabras de admiración que están escribiendo. Lograste derrotar a las firmas más pesadas del país.

Una sensación indescriptible de triunfo y satisfacción me llenó el pecho. Ver mi rostro impreso en los portales más importantes del sector no solo era un logro profesional gigante que me aseguraba la independencia económica que tanto anhelaba para mí y para Valeria. Era, además, la prueba irrefutable de que yo no era la mujer inútil, vulnerable o manejable que muchos creían.

Sabía perfectamente que estas noticias ya habrían llegado a oídos de Orson. Imaginármelo viendo esa misma fotografía, descubriendo que la mujer a la que acusó de tramar traiciones acaba de arrebatarle el contrato más codiciado del año de la mano de la competencia, me provocó una sonrisa inevitable. Por fin estaba tomando el control total de mi vida.

—Pásame tu cuenta bancaria —pidió Julián de pronto, dejando su copa sobre la mesa ratona y sacando su propio teléfono del bolsillo.

Parpadeé un par de veces, sorprendida por la brusquedad del cambio de tema. Desbloqueé la pantalla de mi celular, busqué la aplicación del banco y le mostré los dígitos de mi cuenta corriente.

Julián tecleó rápido durante un par de segundos, deslizó el dedo para confirmar la transacción y me devolvió una mirada cómplice.

Instantes después, una notificación bancaria hizo vibrar mi teléfono. Al mirar el saldo en la pantalla, abrí los ojos de par en par, perdiendo el aliento.

—¿Era tanto lo acordado? —inquirí con la voz entrecortada, leyendo una y otra vez la cifra astronómica escrita en números negros.

—Te dije que recibirías la recompensa justa por tu esfuerzo —sonrió él, reclinándose en el sillón con total frescura—. Te corresponde cada centavo de ese porcentaje. Con la firma del señor Vance, la empresa de mi padre se aseguró un flujo de capital gigantesco para los próximos cinco años, así que considéralo el pago formal por tu ingenio estratégico. Ahora tienes el respaldo financiero absoluto para comenzar de cero cuando nazca la bebé.

Apreté el teléfono contra mi pecho, sintiendo un nudo de alivio en la garganta. La suma era más que suficiente para comprar una propiedad propia, establecer el negocio que tenía en mente y brindarle a Valeria la vida cómoda y segura que merecía, sin depender jamás de un solo centavo de Orson ni de mi padre.

—No sé cómo agradecerte esto, Julián —murmuré con sinceridad.

—Ya me lo agradeciste entregando la mejor propuesta de la industria —respondió restándole importancia—. Ahora dime, ¿en qué piensas?

—Estaba pensando en tu padre —confesé—. ¿Cómo se tomó todo esto? Saber que la propuesta ganadora fue redactada por mí.

—Todavía no termina de procesarlo. Al principio estaba furioso por el hecho de que dejara entrar a una persona ajena a la compañía en el núcleo del proyecto, pero en cuanto el señor Vance estampó su firma en el contrato y se oficializó el traspaso de los fondos, se le olvidaron los reclamos. Quedó impresionado con tu capacidad, aunque por supuesto su orgullo de empresario maduro le impide admitirlo abiertamente.

—Me alegra que al menos haya servido para consolidar la firma —sonreí levemente—. Y tú... ¿cuándo te vas exactamente a Nueva York?

—Mi vuelo sale el viernes por la noche —contestó, perdiendo un poco de la soltura para mirarme con cierta nostalgia—. Tengo que estar allá a primera hora del lunes para tomar la dirección de la nueva sede. Los trámites legales y la transición van a exigir mi presencia a tiempo completo.

—Tan pronto... —suspiré, sintiendo un vacío repentino al recordar que perdería a mi único aliado en la ciudad.

—Sí, la agenda no da tregua —asintió él, extendiendo la mano para apretar la mía con afecto—. Pero el acuerdo sigue en pie, Elena. En cuanto te instales sola con Valeria, quiero que me avises. Nueva York no está al otro lado del mundo y pienso venir a visitarte cada vez que los viajes de negocios me lo permitan.

—Gracias por todo —expresé mirándolo a los ojos con genuino cariño—. Por esta oportunidad, por confiar en mí... Aunque la forma en que apareciste en mi vida no fue la más idónea, estoy sumamente agradecida de haberte conocido.

—Yo también estoy profundamente agradecido por haber coincidido contigo —respondió él, apretándome los dedos con suavidad—. Solo espero que mantengamos el contacto. Prométeme que no te vas a olvidar de mí.

—Eso jamás va a pasar —sonreí con certeza.

—¿Te llevo a casa? —ofreció levantándose del asiento—. Tengo que pasar de nuevo por la empresa de mi padre a cerrar unos asuntos, así que me queda de paso.

—Está bien, vámonos —asentí aceptando su ayuda para ponerme de pie.

Durante el trayecto en el vehículo, saqué el teléfono del bolso y la pantalla se iluminó de inmediato mostrando un torrente de llamadas perdidas y mensajes acumulados. Todos pertenecían a Orson. Solté un suspiro largo y cansado, anticipando la tormenta de reproches que se avecinaba en cuanto pusiera un pie dentro de la residencia.

—¿Estás bien? —inquirió Julián al notar mi gesto pesado, echándole un vistazo rápido al espejo retrovisor.

—Todo en orden —mentí con serenidad, desviando la mirada hacia las calles para no preocuparlo.

Al llegar a la entrada de la casa, el auto se detuvo. Julián bajó a toda prisa, rodeó la carrocería y me abrió la puerta para ayudarme a salir con sumo cuidado, sujetándome del brazo para evitar que perdiera el equilibrio.

—Muchas gracias de nuevo —le repetí regalándole una sonrisa franca.

Él asintió con un gesto encantador, a punto de despedirse, pero antes de que pudiera articular palabra, una voz bramó con furia desde el porche de la casa:

—¡Elena!

Me giré consternada en el sitio, encontrando a Orson avanzando a pasos agigantados hacia nosotros. Venía hecho un demonio, con el saco desabrochado, la corbata floja y los ojos inyectados en sangre.

—¿Se puede saber qué carajos haces llegando otra vez en el auto de este sujeto? —reclamó acortando la distancia de forma agresiva, deteniéndose a solo unos centímetros de Julián—. ¿Tuviste el descaro de irte a festejar con la competencia el haber hundido mi empresa?

—Buenas tardes para ti también, Orson —intervino Julián manteniendo la compostura—. Te sugiero que moderes tu lenguaje. Estamos en la vía pública y Elena se encuentra en un estado de gestación avanzado como para tolerar gritos.

—¡Tú no te metas en esto, Maddox! —escupió Orson—. ¡Sé perfectamente quién eres y la clase de juego sucio que jugaron a mis espaldas! Te usó a ti y usó la información de mi compañía para entregarle el contrato a tu padre.

—A mí nadie me usó, Orson —lo corté tajante—. Si la propuesta de la empresa Maddox ganó el contrato del señor Vance fue por puro mérito, capacidad y estrategia profesional. Cosas que evidentemente le faltaron a tu equipo.

—¡Tú redactaste esa propuesta! —gritó Orson mirándome con despecho—. Te paseabas por mi casa fingiendo ser la esposa devota mientras me apuñalabas por la espalda entregándole mi trabajo al hijo de mi rival. ¡Eres una traidora!

—Te repito que no voy a permitir que le faltes al respeto —sentenció Julián con voz firme y educada, sosteniéndole la mirada con absoluta entereza—. Elena trabajó de forma independiente y merecía ganar. Si tú no fuiste capaz de valorar el talento de tu propia esposa, ese es un problema estrictamente tuyo.

—Nadie te traicionó porque yo jamás te prometí lealtad comercial, Orson —dije mirando a mi esposo—. Te dije miles de veces que estaba trabajando en mis propios proyectos. Tú fuiste el ciego que prefirió pensar que yo estaba perdiendo el tiempo en tramas absurdas. Ahora asume tu derrota como el hombre de negocios que dices ser y deja de hacer el ridículo en la puerta de la casa.

Me giré hacia Julián, ignorando por completo la furia que emanaba de Orson a mi lado.

—Por favor vete, Julián —le pedí—. Hablamos en otro momento.

—Está bien, te mandaré un mensaje más tarde —asintió él, dedicándome una mirada tranquila.

Dio media vuelta para dirigirse a su auto, pero la voz tajante de Orson lo detuvo a los pocos pasos.

—¡Aléjate de mi esposa! —bramó a sus espaldas—. No te quiero ver nunca más cerca de ella.

Julián se detuvo un instante sin volverse a mirarlo.

—Esa es una decisión que tú no tomas, Bottomer. La única que elige aquí es Elena, no yo.

Sin agregar una palabra más, abordó su vehículo, encendió el motor y se alejó por la calle.

En cuanto el auto desapareció de nuestra vista, Orson me sujetó de la mano sin miramientos y me arrastró hacia el interior de la casa. Cerró la puerta de un portazo retumbante que hizo vibrar los cristales del recibidor.

—¡Quiero una explicación ahora mismo! —exigió fuera de sí, acorralándome con la mirada—. ¡Me robaste la propuesta! ¡Usaste la información de mi empresa para entregársela en bandeja de plata a la competencia!

—¡No tiene ningún sentido lo que estás diciendo! —repliqué soltándome de su agarre de un tirón—. Yo no te robé absolutamente nada. Tengo cada boceto, cada cálculo y las pruebas digitales en mi ordenador que corroboran que redacté ese proyecto desde cero. Lo hice completamente sola, sin la ayuda de nadie. Soy una mujer capacitada, Orson, aunque mi padre jamás me haya permitido trabajar ni demostrar mi potencial.

—¡Si querías demostrar de qué eras capaz, no tenías por qué irte a arrastrar con la competencia! —reclamó apretando los dientes, con la vena del cuello a punto de estallar—. ¿Por qué carajos tuviste que trabajar justamente para los Maddox?

—¡Porque fue una oportunidad! —le grité—. Julián tuvo fe en mí. Creyó en mi talento, vio de lo que era capaz y me dio la mano para salir adelante. A ver, dime... ¿tú hubieras permitido que yo trabajara para tu empresa? ¿Me habrías dado la oportunidad si te lo hubiera pedido? ¡No! ¡Ni en tus sueños! Jamás me habrías dejado hacer nada porque me odias y desconfías de mí en cada segundo. Exactamente igual a como lo hacía mi padre. ¡No te atrevas a negarlo!

Orson guardó silencio. Se quedó parado frente a mí, respirando de forma agitada, con la mandíbula encajada y el rostro rojo de pura rabia. Quiso articular alguna réplica, pero no encontró un solo argumento para desmentir la realidad de mis palabras.

—No me arrepiento de nada de lo que hice —sentencié—. No hice trampa en ningún momento, todo fue un proceso limpio y transparente. Había decenas de empresas compitiendo por esa firma, la tuya incluida, y el señor Vance simplemente escogió la mejor opción para sus intereses. Eso es todo.

—Al menos hubieras tenido la decencia de decírmelo.

—¿Decírtelo? ¿Para qué? —reí con amargura,—. ¿Para que me impidieras salir adelante y me robaras la oportunidad de brillar por mí misma? Bastante tuve ya con el eclipse de mi padre toda la vida como para permitir que tú hicieras lo mismo. Olvídate, Orson. Puedes enojarte todo lo que quieras, patalear y gritar si se te da la gana; me da exactamente igual. Hice lo que era mejor para mi hija y para mí. Lo que tú o los demás piensen me tiene sin cuidado, así que ahora te aguantas.

Sin esperar a que articulara una réplica, le di la espalda y caminé hacia las escaleras. Subí directo a la habitación y cerré la puerta tras de mí, dejando afuera el peso opresivo de sus reclamos.

Me senté sobre el borde de la cama, soltando un largo suspiro para intentar aplacar el cansancio acumulado. En ese preciso instante, el teléfono dentro de mi bolso comenzó a vibrar de forma frenética. Deslicé la pantalla para ver de qué se trataba: un torrente ininterrumpido de llamadas perdidas y mensajes urgentes iluminaba la pantalla.

Todos pertenecían a mi padre.

Apreté el aparato entre mis manos mientras los avisos no paraban de sonar. La noticia de la victoria de la firma Maddox ya había corrido como pólvora en los círculos financieros, y el apellido Carvajal había quedado relegado a un segundo plano por mi propia mano.

Sabía que el choque contra él era inevitable, pero esta vez, con el dinero en mi cuenta y la libertad al alcance de la mano, ya no tenía ningún motivo para temblarle.