36.
|Orson|Barrí con el brazo todo lo que descansaba sobre mi escritorio. Documentos, carpetas, la lámpara de bronce y el vaso de cristal salieron volando por los aires, estrellándose contra la pared y haciéndose pedazos sobre la alfombra. El estruendo resonó por las paredes de la oficina, pero no sirvió de nada para apagar la furia ardiente que me quemaba las entrañas.
Apenas había recuperado un poco el aliento cuando la puerta del despacho se abrió. Mi madre y Olivia irrumpieron con los rostros desencajados, frenando en seco al ver el desastre regado por el suelo.
—¡Orson! —exclamó mamá llevándose una mano al pecho, mirando los cristales rotos antes de clavarme los ojos—. ¿Qué significa todo este escándalo? Dime por favor que lo que está saliendo en los canales de finanzas es una completa mentira.
—¡Obvio que es verdad! —bramé, rodeando el escritorio con el pecho agitado—. ¿O acaso creen que los portales de noticias inventarían una firma de contrato de semejante nivel?
—¡Dios mío! —gimió, ahogando un grito mientras se tomaba la cabeza con ambas manos—. ¿Cómo pudo esa mujer hacernos algo semejante? ¿Cómo tuvo el descaro?
—¡Te lo dije, Orson! —intervino mi hermana—. Te advertí hasta el cansancio sobre esa mujer. ¡Esa arpía solo entró a esta familia para terminar de hundirte! ¡Es como su padre!
—¡Cállense las dos! —ordené, apretando los puños sobre el escritorio hasta que los nudillos se me pusieron blancos.
—¡No, no me voy a callar! —replicó mi hermana, furiosa—. ¡Mírate nada más! Te quitó el contrato más importante del año de las manos y se lo entregó en bandeja de plata a la competencia. ¿Y para qué? ¡Para pavonearse en las revistas al lado del hijo de Maddox! Seguro hasta son amantes, ¿no te das cuenta?
—¡Que se callen les dije! —grité de nuevo, haciendo retumbar las paredes—. ¡Lárguense de mi oficina ahora mismo!
—¡No nos pidas que nos mantengamos al margen, Orson! —me dijo mi madre tajantemente, mirándome con desesperación e indignación—. ¿Tienes idea de la gravedad de lo que acaba de pasar? El contrato con la firma Vance era nuestra única oportunidad real para recuperar todo el capital que perdimos. ¡La única! ¿Qué se supone que vamos a hacer ahora?
—¡Ya pensaré en algo! ¡No necesito que vengan a recordarme la ruina en la que estamos!
—¿Pensar en algo? —se burló Olivia—. ¿Qué vas a pensar, Orson? Tu propia esposa te destruyó por completo. Esa mosquita muerta se burló de ti en tu propia casa, nos pisoteó a todos y tú sigues aquí parado sin saber qué hacer.
—Vance no es el único inversor en este país —declaré tratando de recuperar un mínimo de postura, aunque por dentro me estaba desmoronando—. Buscaré otras opciones, moveré los contactos que sean necesarios, pero no voy a permitir que me vengan a dar órdenes en mi propio despacho. ¡Así que háganme el favor de largarse y déjenme en paz de una buena vez!
Las dos me miraron en silencio durante un segundo eterno. Mi hermana apretó la mandíbula con rabia, mientras que mi madre soltó un largo suspiro cargado de amargura y decepción.
—Espero que tengas un plan de verdad —sentenció, tomando a Olivia firmemente del brazo—. Porque la imagen de la empresa está por los suelos y esta vez no habrá nadie que te salve de esta vergüenza.
Sin agregar más, ambas dieron media vuelta y salieron del despacho, azotando la puerta tras de sí.
Me dejé caer pesadamente en el sillón tras el escritorio. Apoyé los codos sobre la madera y me pasé ambas manos por el rostro y el cabello, apretándolo con fuerza en un intento vano de amortiguar el dolor sordo que me retumbaba en las sienes.
Aún no podía asimilar la magnitud de lo que estaba sucediendo.
Todo este maldito tiempo estuvo ocurriendo bajo mi propio techo. Frente a mis narices. En la tranquilidad de nuestra casa, mientras yo salía a trabajar creyendo que ella descansaba por su estado, Elena se dedicaba a redactar meticulosamente un proyecto destinado a hundirme.
Recordé las tardes en que la vi sentada en la sala con su ordenador sobre las piernas, concentrada, tecleando con paciencia. Me vino a la mente la imagen de sus cuadernos abiertos, las carpetas llenas de notas y los borradores que dejó sobre la mesa de centro y que yo jamás me molesté en revisar, asumiendo de forma estúpida que se trataba de pasatiempos o tonterías sin importancia.
Me había visto la cara de la manera más humillante posible. Mientras me preparaba la cena, mientras me sonreía con esa calma desarmante y aceptaba mis atenciones, en su mente estaba ejecutando una maniobra impecable para despojarme del contrato más importante de mi carrera y entregárselo en bandeja de plata a la competencia.
Una risa seca y amarga se me escapó del pecho, extinguiéndose de inmediato en la soledad del despacho. No solo me había ganado en el terreno financiero, dejándome en ridículo ante los medios y los inversores; me había destruido por completo la poca confianza que comenzaba a depositar en ella, demostrándome que, después de todo, llevaba la misma sangre fría y calculadora de su padre.
***
Me pasé el resto de la mañana y toda la tarde intentando trabajar, pero fue inútil. La cabeza me retumbaba con un dolor punzante y no podía concentrarme. No tenía cabeza para revisar balances ni para evaluar ningún documento.
Mi amigo Mateo me llamó un par de veces al teléfono móvil, pero dejé sonar la pantalla hasta que se apagó; no estaba de humor para darle explicaciones a nadie ni para aguantar sus preguntas inquisitivas.
Cuando la pesadez en el cuerpo se volvió insoportable, recogí mis pertenencias de la mesa. Estaba agotado hasta los huesos. Sabía perfectamente que volver a casa significaba encontrarme de frente con Elena y que la rabia volvería a revolverme las entrañas, pero no me quedaba energía para seguir encerrado en la oficina. Le avisé a mi secretaria que me retiraba por el resto del día, abordé el auto y conduje de regreso.
Al detener el vehículo frente a la residencia, fruncí el ceño. Un automóvil desconocido estaba estacionado a metros de la entrada. Era el auto de Carvajal. ¿Qué demonios hacía ese viejo podrido en mi casa?
Bajé del vehículo a pasos rápidos y encajé la llave en la cerradura principal, pero me congelé sin girar el pomo al escuchar un torrente de gritos destemplados filtrándose desde el recibidor.
—¡No tienes derecho a hacerme reclamos, papá! ¡Ninguno! —resonó la voz de Elena—. Solo me has usado toda la vida. Me obligaste a este matrimonio lleno de odio, me empujaste a esto únicamente por tus ambiciones sin pensar en mí un solo segundo, ¡y cuando intento salir adelante por mi cuenta también te parece mal! ¡No seas hipócrita!
—¡Todo lo que he hecho en esta vida ha sido por nuestro futuro, por nuestro bien! —le bramó Carvajal—. ¡No seas una ingrata, Elena! ¡Al menos deberías tener la decencia de pagar por todos los años de crianza que te di! ¡Y esta porquería que hiciste aliándote con esos malditos de Maddox es algo completamente imperdonable!
—¿Hablas de cosas imperdonables? —reclamó mi esposa, soltando una risa ahogada y llena de veneno—. ¿Tú, papá? ¡No creas que no te vi con esa mujer afuera del spa! ¡Te estabas besando a escondidas con la madre de Chloe! Tienes una relación oculta con la madre de la amante de mi esposo, ¡¿y te atreves a venir a mi casa a hablarme de cosas imperdonables?! ¡De verdad eres un maldito!
Me quedé helado en el umbral, petrificado. Las palabras de Elena sobre el spa rebotaron en mi cabeza con la fuerza de un impacto real.
Antes de que pudiera asimilar el golpe, el sonido seco de una bofetada resonó al otro lado de la madera, seguido por un jadeo de dolor de Elena.
—¡Cállate! —gritó Carvajal—. ¡¿Cómo te atreves a cuestionarme?! ¡¿Acaso me estabas siguiendo, maldita mocosa?! ¡Eso no es asunto tuyo! ¡Tú solo encárgate de sostener este matrimonio como te corresponde y deja de meterte en mi vida privada!
—Ah... no lo niegas —jadeó Elena con la voz entrecortada por el dolor—. Te metes con esa tipa... ¡Ni siquiera tienes códigos, papá! ¿Acaso ustedes dos planearon todo esto desde el principio? ¡Estoy casi segura!
No lo pensé más. Empujé la puerta de un golpe violento, haciéndola estrellar contra la pared.
La escena en el recibidor me congeló la sangre: Carvajal tenía la mano derecha alzada en el aire, listo para volver a golpear a Elena, mientras ella se sostenía la mejilla, roja por el impacto, con los ojos anegados en lágrimas pero ardiendo en rabia.
>>>Bueno, ya Orson supo parte de la verdad, ¿Qué creen que pase ahora? Llegan los días de arrepentimiento, de sacar máscaras y culpables a la luz :) espero les haya gustado estos dos capítulos.