37.
|Elena|Estaba en la cocina sirviéndome un vaso de agua, intentando digerir el agotamiento mental que me había dejado la discusión con Orson y la marea de llamadas perdidas que aún abarrotaban mi teléfono, cuando el timbre de la casa resonó con una insistencia agresiva.
Apenas abrí la puerta, mi padre irrumpió en el recibidor como una tromba. Ni siquiera esperó a que lo saludara; venía fuera de sí mismo, con los ojos desencajados y los puños apretados a los lados.
—¡Eres una imbécil, Elena! —bramó sin siquiera darme un saludo—. ¡¿Qué carajos tenías en la cabeza al entregarle ese proyecto a los Maddox?! ¡Pusiste el apellido de la familia en la boca de todos los diarios financieros!
—A mí no me levantes la voz en esta casa —le respondí helada, dando un paso atrás para marcar distancia—. Hice lo que cualquier persona sensata haría para asegurar su propio futuro.
—¡¿Tu propio futuro?! —se burló con desprecio—. ¡Te di todo! Te casé con la familia Bottomer para que tuviéramos el control total de sus activos, ¡y tú vas y les regalas la victoria a nuestros peores enemigos! Me dejas en ridículo frente a toda la junta directiva. ¿Acaso no piensas en el trabajo de años que tiraste a la basura en una sola tarde?
Fue en ese momento cuando la discusión escaló sin retorno, entre reclamos, verdades podridas y el choque del secreto que le descubrí frente al spa, hasta que la rabia lo cegó por completo y me cruzó la cara con la palma de la mano.
Y ahora, aquí estábamos los tres reunidos en la sala.
El dolor seco aún me ardía en el pómulo y las lágrimas de pura rabia me quemaban los ojos, pero no me moví. A escasos metros, Orson permanecía de pie bajo el marco de la puerta recién abierta, petrificado, con el rostro pálido y la mirada desencajada, exactamente como si acabara de ver al diablo.
Antes de que mi padre pudiera bajar el brazo, Orson se lanzó contra él como una bestia desatada.
Lo agarró por el cuello de la camisa y lo estampó brutalmente contra el suelo del recibidor. El sonido del impacto fue seco y ensordecedor. Sin darle tiempo a reaccionar, Orson se le montó encima y comenzó a descargarle un puñetazo tras otro directamente en el rostro, fuera de control.
—¡¿Cómo te atreves?! —bramaba con la voz desgarrada por la rabia, golpeándolo una y otra vez—. ¡¿Cómo carajos te atreves a levantarle la mano en mi propia casa?! ¡Maldito viejo podrido! ¡Es una mujer embarazada! ¡Es tu propia hija, infeliz!
El sonido de los puños chocando contra la piel y los huesos me congeló la sangre. La nariz de mi padre cedió y un hilo espeso de sangre comenzó a manchar el suelo y las manos de Orson, pero él no se detenía. Parecía un demonio poseído por años de odio acumulado.
—¡Orson, basta! —le grité al ver la sangre salpicar la alfombra, dando un paso vacilante hacia ellos—. ¡Basta, lo vas a matar! ¡Detente ya!
Mis gritos no le sirvieron de nada. Orson no escuchaba. Le asestó dos golpes más en la pómulo y la mandíbula, haciendo que la cabeza de mi padre rebotara contra el piso con violencia.
Finalmente, cuando pareció haber descargado la primera marea de furia y tuvo suficiente, Orson se detuvo, respirando de forma agitada y descontrolada. Se levantó de encima de él con parsimonia, limpiándose el dorso de la mano llena de sangre sobre el pantalón.
Mi padre se quedó tirado en el suelo, retorciéndose de dolor, ahogándose ligeramente con su propia sangre antes de escupir un chorro hacia un lado.
—¡¿Qué carajos te pasa, Bottomer?! —articuló mi progenitor con la voz traposa y deformada por la hinchazón, mirándolo con odio mientras intentaba incorporarse apoyando los codos.
Orson se plantó frente a él como una sombra imponente.
—Vas a responderte una sola cosa ahora mismo —sentenció—. ¡Dime si esa mierda que acabo de escuchar es cierta! ¿Te estás acostando con la madre de Chloe? ¡De aquí no te vas a largar hasta que me digas la maldita verdad!
Mi padre apoyó la palma de la mano en el piso, incorporándose torpemente mientras limpiaba el rastro de saliva y sangre que le corría por la barbilla. Mantuvo la cabeza gacha un instante, tomando aire, antes de erguirse por completo y ajustar su saco arruinado.
—Lo que escuchaste detrás de esa puerta es una absoluta estupidez —escupió, lanzándome una mirada cargada de recelo—. Es mentira. Esta mocosa solo inventa historias tontas, no sabe lo que dice.
Apreté los labios, bajando la vista al suelo un segundo. Por un instante temí que la historia se repitiera, que Orson cayera otra vez en las artimañas de terceros, dudara de mis palabras y le diera la razón al verdadero culpable.
Pero no fue así.
Orson echó el brazo hacia adelante, sujetándolo del cuello de la camisa para pegarlo contra el muro de la entrada.
—¿Acaso crees que soy imbécil? —le soltó a milímetros de su rostro, respirando agitadamente—. Los acabo de escuchar discutir. Tú mismo lo confirmaste hace un segundo. De verdad estás con esa mujer... ¿Desde cuándo? ¡Dime desde cuándo carajos me ven la cara de idiota!
Mi padre soltó una risa, ahogada por la hinchazón de sus labios, y negó lentamente.
—Te estás dejando llevar por la rabia, Bottomer —murmuró sin perder del todo la postura, el ojo izquierdo comenzaba a cerrarse por el golpe—. Nada de esto es verdad. Mejor hablemos de la burrada que acaba de hacer tu esposa. Vine a darle una lección porque arruinó el negocio de nuestras vidas...
—En tu maldita vida le vuelves a levantar la mano a Elena —lo interrumpió Orson, sacudiéndolo del cuello—. Y no, no vamos a hablar de Vance. Ese asunto ya lo discutí con ella y no me vas a desviar la atención. Responde lo que te pregunté.
Mi padre clavó sus ojos en los de él, perdiendo la escasa paciencia que le quedaba.
—No tengo nada que explicarte —dijo, usando ambas manos para golpear las muñecas de Orson y soltarse de su agarre—. Ni a ti ni a nadie. Mi vida privada no es asunto tuyo. No vas a ganar nada metiendo las narices donde no te llaman, así que desiste de esto.
Se acomodó la solapa de la chaqueta, nos dedicó un último gesto de desprecio y caminó hacia la salida, cruzando la puerta.
El silencio se estancó en el recibidor, denso y pesado, solo roto por el sonido de nuestra respiración agitada. El ardor en mi mejilla palpitaba, un recordatorio constante del golpe. Orson, con los hombros tensos y la mandíbula apretada, se acercó. Sus dedos rozaron apenas mi piel antes de retirarse, como si temiera que el contacto me hiciera más daño.
—Quédate quieta —masculló. Su tono, despojado de la agresividad de hace unos minutos, sonó extraño, casi frágil.
Me fui a sentar en un sofá.
Escuché el tintineo del hielo contra el cristal y el sonido del agua al cerrar el grifo en la cocina. Regresó poco después, envolviendo varios cubos en un paño limpio. Se puso en cuclillas frente a mí; su mirada, antes llena de llamas, se tornó oscura y analítica al estudiar la marca roja que se extendía sobre mi pómulo.
Presionó el frío contra mi cara. El alivio llegó, entumeciendo el dolor. Mientras él mantenía el paño en su lugar, mis ojos se clavaron en los suyos.
—Te lo dije —susurré, aprovechando que el frío calmaba el fuego en mi rostro—. Te decía la verdad. Esos dos tienen una relación. Mi padre y la madre de esa mujer... han estado juntos todo este tiempo.
Orson evitó responder. Apartó la vista hacia la puerta, como si esperara que Carvajal regresara para terminar la pelea. Sus dedos temblaron ligeramente al sostener el hielo. En lugar de confirmar lo que le acababa de soltar, su atención se desvió hacia mis ojos, recorriendo cada detalle de mi rostro.
—¿Desde cuándo? —preguntó. No era sobre la relación. Su voz era un hilo fino. —¿Desde cuándo te pega?
La ironía me quemó la garganta. Solté una risa corta, sin alegría.
—¿Ahora te preocupas por mí? Qué curioso.
—¡Responde! —exigió él. El paño se hundió un poco más en mi mejilla, no por agresividad, sino porque sus manos perdieron la estabilidad.
—Desde que tengo memoria —revelé, porque quería que se sintiera más miserable—. Para él, siempre he sido inútil, un activo que debía pulirse para venderse mejor. Nunca tuve valor propio ante sus ojos. ¿Sabes lo peor? Si no me hubiera casado contigo, estaría con un viejo que me triplicaba la edad. Era su plan, Orson. Para él, soy una moneda de cambio, alguien en quien solo piensa para sacarle provecho.
El tiempo pareció detenerse.
El hielo en su mano se detuvo, presionando el punto exacto del golpe. Observé cómo sus rasgos se endurecieron, transformándose. No era solo rabia lo que emanaba de él; era algo más profundo, una grieta que se abría en su expresión. Sus ojos, vidriosos y distantes, recorrían mis cicatrices internas como si fuera la primera vez que entendía el daño que yo cargaba a cuestas.
La culpa lo carcomía. Una mezcla de ira contenida hacia el hombre que acababa de irse y una comprensión repentina, casi dolorosa, sobre la vida que yo había llevado.
Me miraba como si se diera cuenta de que él, durante todo este tiempo, solo había sido otro eslabón en mi cadena, otro hombre que me veía como un trofeo o una posesión. Por primera vez, no vi al hombre altivo que me exigía resultados. Vi a alguien que acababa de despertar frente a un abismo que él mismo había ayudado a cavar.