38.
|Orson|Retiré la mano de su rostro despacio, bajando la mirada hacia el paño mojado y la compresa de hielo. Di un par de pasos hacia atrás, sintiendo que la garganta se me cerraba. El arrepentimiento me cayó encima como un bloque de cemento.
Las imágenes de los últimos meses empezaron a cruzarse en mi mente en una secuencia implacable. Todas las acusaciones que le arrojé, el desprecio con el que la traté, la firme convicción de que ella era solo una pieza ejecutando las órdenes de Carvajal. Recordé la dureza con la que le hablé cuando intentó contarme lo que vio afuera del spa sobre la madre de Chloe; mi primera reacción fue cerrarle la puerta en la cara, acusarla de inventar historias para desacreditar a otros.
Había sido ciego.
—¿Ya lo ves? —su voz irrumpió en el silencio del recibidor, quebrada pero firme, obligándome a mirarla—. Todo este tiempo... desde el inicio de nuestro matrimonio. No, desde esa mañana en que nos despertamos solos en esa suite, te estuve diciendo la verdad. No tuve nada que ver con lo que pasó.
Elena se pasó la mano por la frente, tomando aire mientras la frustración acumulada de meses enteros salía en cada palabra.
—Esa noche fui a beber al club porque mi padre ya tenía todo planeado para venderme a un viejo asqueroso —continuó, fijando sus ojos en los míos—. Fue un maldito error entrar al baño de hombres. Te encontré ahí y yo también estaba ebria. Piénsalo, Orson: ¿por qué habría de embriagarme de esa forma si mi objetivo fuera meterme en tu cama para tenderte una trampa? Mi padre se aprovechó del accidente. Esperó un mes entero para comprobar si estaba embarazada y usó esa prueba para acorralarnos. ¿Cómo podía negarme? ¿Cómo se suponía que acudiera a ti a contarte la verdad si desde el primer segundo me trataste como a la peor escoria?
Sus palabras me golpeaban el pecho una a una, dejándome sin aire.
—E incluso cuando creí que las cosas estaban cambiando entre nosotros, cuando pensé que nos estábamos acercando... volviste a llamarme mentirosa y a desconfiar de mí.
Me quedé helado, incapaz de articular palabra. El dolor y la culpa me aplastaban, haciéndome sentir completamente miserable. La peor parte de todo esto era la crudeza de la realidad: si no hubiera llegado en ese preciso instante, si no los hubiera escuchado discutir a gritos ni hubiera visto con mis propios ojos la violencia de Carvajal sobre ella, seguiría caminando con una venda en los ojos.
Ya no me quedaba espacio para la duda. Carvajal había armado toda esa red por su cuenta, usando a su propia hija como un escudo y un peón intercambiable.
La culpa me pesaba tanto que fui incapaz de sostenerle la mirada un segundo más. Apoyé el paño con hielo sobre la mesa del recibidor, me di media vuelta sin articular palabra y crucé el umbral a pasos apresurados. Abordé el auto, puse el motor en marcha y pise el acelerador a fondo, dejando atrás la casa mientras las ruedas chirriaban contra el pavimento.
Durante el trayecto, marqué el número de Mateo a través del sistema del vehículo.
—Mateo —solté en cuanto descolgó—. Ve de inmediato a mi oficina. Necesito verte ahí en veinte minutos.
—¿Sucedió algo con las noticias del contrato? —preguntó del otro lado, extrañado—. Te estuve llamando todo el día...
—No es eso. Solo ven ahora mismo.
Colgué sin esperar una réplica. A mitad del camino, la pantalla de la consola central comenzó a parpadear con una llamada entrante: Chloe. El simple nombre en la pantalla me produjo un acceso de náuseas y furia. Seguramente Carvajal ya la había puesto al tanto a ella y a su madre de todo. Presioné el botón rojo, cortando la comunicación, y apagué la recepción del teléfono. Si esa mujer o su familia tenían la más mínima relación con la trampa de aquella noche en el club, lo iban a pagar muy caro.
Llegué al edificio corporativo antes que mi amigo. Subí directo a mi despacho, caminando de un lado a otro en la penumbra de la sala destruida hasta que la puerta se abrió y Mateo apareció en el marco, respirando con cierta agitación.
—¿Qué ocurre, Orson? —preguntó, mirando los restos de cristal en la alfombra—. Me llamaste como si la empresa se estuviera quemando.
—Metí la pata, Mateo —confesé, llevándome las manos a la nuca mientras me apoyaba contra el borde del escritorio—. La metí hasta el fondo. Me acabo de enterar de la verdad. Elena no tuvo nada que ver con lo que ocurrió esa noche. No me drogó.
Mateo frunció el ceño, atónito.
—¿De qué estás hablando?
—Su padre la maltrata física y verbalmente —continué con amargura—. Ella intentó advertirme sobre un amorío entre su padre y la madre de Chloe. No le creí una sola palabra, asumí que era una treta para limpiar su nombre, pero hoy vi a Carvajal en mi propia casa. Los escuché discutir. Lo confirmó todo, Elena decía la verdad.
Mateo enmudeció, pasándose una mano por la barbilla mientras asimilaba la situación.
—Vaya... —suspiró—. Sí que metiste la pata bien hondo, amigo.
—Necesito que me ayudes a arreglar esto —le exigí—. El jefe de seguridad del club me juró en su momento que no existían grabaciones de las cámaras esa noche. Con todo lo que acaba de salir a la luz, estoy convencido de que me mintió. Alguien le pagó para borrar o esconder ese material.
—¿Y qué propones hacer? —cuestionó Mateo.
—Le voy a sacar la verdad a la fuerza —sentencié—. Y tú me vas a acompañar. Necesito llegar al fondo de todo esto.
***
El trayecto hacia el club transcurrió en un silencio tenso. Para cuando estacionamos frente a la entrada principal, la noche ya estaba avanzada y el lugar hervía de gente, con las luces de neón parpadeando sobre la fachada y la música retumbando desde el interior.
Avanzamos entre la multitud. Me dirigí directo hacia la zona de oficinas en la parte trasera, apartando de un empujón la cortina pesada que separaba el pasillo privado. No tardamos en dar con el hombre que buscaba: Ernesto, el jefe de seguridad, conversaba con dos empleados cerca de las cámaras de monitoreo.
En cuanto se giró y nos vio parados ahí, la poca palidez de su rostro se acentuó rápidamente.
—Señor Bottomer... —articuló el tipo, intentando esbozar una sonrisa nerviosa mientras acomodaba su postura—. ¿Qué lo trae por aquí? ¿Vino a pasar una buena noche? Puedo reservar la zona...
No le di tiempo de terminar. Di dos pasos largos, lo sujeté con fuerza del cuello de la camisa y lo estampé contra la pared de concreto. El impacto sofocó su respiración en un jadeo.
—¿Dónde está la grabación de seguridad de la noche en que me drogaron? —exigí a milímetros de su cara, con la voz cargada de una furia helada.
—Señor, por favor... ya le había dicho en su momento que esa cámara estaba averiada y no...
—¡No me mientas! —le grité, sacudiéndolo contra la pared—. ¡Ya sé la maldita verdad! Dinos dónde está el archivo original y quién te pagó para ocultarlo. ¡Habla ahora mismo!
—Le juro que no sé nada —balbuceó Ernesto con los ojos abiertos de par en par, levantando las manos en señal de defensa—. No hay ninguna grabación, se lo juro por mi vida...
Mateo me puso una mano en el hombro.
—Permíteme un segundo, Orson —pidió.
Le solté la camisa y di un paso atrás. En el instante en que Ernesto intentó tomar aire para recuperar el equilibrio, Mateo descargó un puñetazo directamente sobre su pómulo, haciendo que el hombre se estrellara contra el piso entre quejidos.
Mi amigo se inclinó despacio, tomándolo del cabello sin darle espacio para recuperarse. Lo obligó a erguirse hasta quedar cara a cara.
—A partir de este momento, tus juramentos no valen absolutamente nada —advirtió—. Te conviene refrescar la memoria antes de que pierdas los dientes que te quedan.
Ernesto jadeaba, la mirada errante entre los dos, acorralado.
—Espere... no me vuelva a pegar —gimió el empleado, levantando las manos temblorosas en un intento de frenar el siguiente golpe—. Hablaré, hablaré. Pero no fue idea mía.
Avancé un paso hasta quedar encima de él.
—Nombre —exigí—. Quien te entregó el dinero para borrar el material esa noche.
Ernesto tragó saliva con dificultad, la respiración entrecortada por el dolor.
—El señor Carvajal —confesó, soltando el aire en una exhalación rota—. Vino al día siguiente, antes de que el servidor automático sobrescribiera los respaldos. Me pagó una suma enorme por borrar las grabaciones... pero yo guardé una copia en un disco externo por si acaso.
Mateo me dedicó un rápido gesto de confirmación antes de volver a sacudir al guardia.
—¿Dónde está esa copia? —preguntó.
—En el cajón del escritorio, al fondo de la oficina —respondió el hombre, quebrantado por la intimidación—. La clave de la caja fuerte es la fecha del aniversario del club. Tomen lo que quieran, pero no me metan en esto.
Fuimos ahí directamente. Apenas Mateo terminó de tomar el dispositivo magnético del interior del compartimento, me lo extendió.
—Bingo —canturreó—. Lo tenemos.