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39.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

39.

|Orson|

La pantalla del ordenador iluminaba la penumbra del despacho. Mateo deslizó la unidad externa en el puerto USB, pasaron unos eternos segundos mientras los archivos cargaban en la pantalla. Mis ojos no se despegaban del monitor; la respiración se me atascaba en la garganta a medida que las carpetas con fecha de aquella noche se desplegaban frente a nosotros.

—Aquí está —murmuró Mateo, seleccionando la toma del salón VIP—. Cámara cuatro.

La imagen se reprodujo. Ahí estaba yo, sentado solo en una mesa de la esquina, apurando un vaso de whisky. La luz tenue del local apenas permitía distinguir los detalles, pero la nitidez del archivo original era innegable. Me vi pedir una segunda ronda.

Momentos después, un mesero se acercó a la barra, tomó la copa y, en un movimiento rápido aprovechando un descuido del barman, inclinó la mano sobre el cristal, vertiendo un líquido transparente antes de traérmela.

Mateo soltó un silbido bajo.

—Te administraron la dosis directo en la copa —comentó, deteniendo el cuadro un instante—. Ahora busquemos a Elena.

Cambió el ángulo a la cámara del área de la barra principal. La encontramos de inmediato. Elena estaba sentada en un taburete del extremo opuesto del club, ajena a mi presencia.

Se la veía ida en sus pensamientos, pidiendo un trago tras otro y cruzando apenas un par de frases cortas con el barman. No había actitud vigilante, ni señas a ningún cómplice, ni movimientos extraños. Simplemente una mujer ahogando sus penas en alcohol. Transcurridos unos minutos, la pantalla la mostró poniéndose de pie y caminando hacia el pasillo posterior, tambaleándose ligeramente hasta perderse de vista.

—Nada sospechoso por su parte —analizó Mateo, devolviendo el cursor a la cámara de mi mesa—. Pasemos al siguiente punto.

Al cambiar de toma, mi lugar ya estaba vacío. Mateo rebobinó la cinta unos minutos. La secuencia mostró el momento exacto en que terminé el trago. Casi al instante, la reacción fue inmediata: llevé la mano al cuello, desajustándome la corbata con torpeza, e intenté ponerme de pie con paso inestable antes de marcharme precipitadamente en dirección al área de baños.

La cronología no mentía. Yo había dejado la mesa mucho antes que Elena. Ella fue después. Como dijo, entró por equivocación al baño de caballeros.

—Espera —le pedí a Mateo, apoyando ambas manos sobre el escritorio—. Adelanta un poco la toma de mi mesa.

Mi amigo obedeció, acelerando la reproducción. La mesa permaneció vacía durante casi diez minutos, hasta que una figura femenina apareció en el encuadre.

Chloe.

Apareció caminando a prisa, con la mirada fija en el asiento que yo acababa de abandonar. Giró la cabeza a ambos lados, visiblemente alterada al no encontrarme. Acto seguido, sacó el teléfono de su bolso, marcó un número, habló brevemente y se retiró del lugar a toda prisa.

Apreté los puños con tal fuerza que los nudillos me quedaron blancos. Las piezas del rompecabezas comenzaron a encajar en mi mente con una claridad aterradora.

Chloe era la persona detrás de todo. Ella planeaba aparecerse en la mesa en el momento justo en que la sustancia hiciera efecto, encontrarme vulnerable y meterse en mi cama. ¿Pero por qué demonios haría eso?

Pero los tiempos fallaron. El veneno actuó demasiado rápido, obligándome a huir hacia el baño antes de su llegada. Y en medio de esa falla de cálculo, Elena entró al lugar equivocado en el momento equivocado.

Una duda punzante me recorrió la espina dorsal. Si el plan original pertenecía a Chloe, ¿por qué Carvajal intervino? Tenía fotos mías y de Elena registradas esa misma noche para chantajearme. La conexión entre la madre de Chloe y Carvajal cobraba ahora un sentido siniestro.

—Aquí tienes tus respuestas, amigo —dijo Mateo, girándose en la silla para mirarme—. Tu adorada Chloe, esa misma a la que tanto defendías, fue la que te metió la droga en el cuerpo. Felicidades, oficialmente te ganaste el premio al mayor imbécil del año.

—¿Puedes dejar de rematarme? —mascullé, pasándome las manos por la cara—. Ya tengo suficiente con esto, en serio.

—Te lo mereces y te aguantas —espetó—. Ahora dudo bastante que tu esposa te perdone. Has sido un ciego total desde siempre.

Sentía la cabeza a punto de estallar. Odiaba que Mateo tuviera razón, pero la cruda realidad era esta. Fui un estúpido. Confié a ciegas en Chloe solo porque nos conocíamos desde hacía años, porque mi madre la apreciaba y mi hermana la tenía en un altar. ¿Por qué demonios hacerme una jugarreta semejante? Toda esa fachada de víctima angustiada no era más que una actuación barata.

Se daba el lujo de escupir veneno contra la familia de Elena, de tacharlos de oportunistas, mientras su propia madre se acostaba a escondidas con ese tipo asqueroso. El único payaso en todo este circo había sido yo. Maldita sea.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó Mateo—. Te recomiendo volver a casa. Ya es tarde y deberías hablar con tu esposa. Estás demasiado alterado; mañana será otro día y podrás encarar a toda esa pandilla de tramposos con la cabeza fría.

Una ola de furia me empujaba a ir tras Chloe y su madre en ese mismo instante, pero las palabras de Mateo contenían una verdad amarga: no estaba seguro de mantener el control si las tenía enfrente, y tenía que hablar con Elena.

—Te encargo todo esto —le dije, dirigiéndome a la salida.

Subí al auto y pisé el acelerador rumbo a la residencia. El trayecto se volvió un martirio; la angustia de no saber qué decirle a Elena me carcomía por dentro. La vergüenza y el arrepentimiento me sofocaban con cada kilómetro recorrido. Viví ciego, manipulado como un títere durante meses enteros.

Al estacionar en la entrada, bajé a toda prisa dejando la puerta del vehículo abierta. Crucé el umbral de la casa y me topé únicamente con un silencio sepulcral.

—¡Elena! —llamé, subiendo los escalones de dos en dos—. ¿Elena, estás aquí?

Recorrí cada rincón a pasos agigantados. La habitación principal estaba vacía; no había rastro de ella en toda la vivienda. ¿Acaso ese desgraciado de Carvajal había vuelto a aprovechar mi ausencia? El corazón comenzó a golpearme las costillas con violencia mientras sacaba el teléfono del bolsillo para marcarle. Al encender la pantalla, descubrí tres llamadas perdidas suyas.

Presioné su contacto de inmediato, llevando el aparato a mi oído. El tono sonó un par de veces antes de cortar, desviando la señal directo al buzón de voz.

***

|Elena|

El olor a antiséptico y la luz blanca del techo me devolvieron a la realidad. El doctor Rivas ajustó el estetoscopio alrededor de su cuello, revisando la carpeta del expediente antes de dirigirme una mirada atenta, cargada de seriedad.

—Lo que experimentó fueron contracciones prematuras —explicó, aproximándose a la camilla—. Faltando solo un mes para el nacimiento de la pequeña, estos episodios suelen presentarse. Sin embargo, resulta vital mantener la calma. Evite cualquier alteración emocional o sobresalto; el riesgo para su embarazo es real.

Asentí despacio a cada una de sus recomendaciones, sintiendo un nudo opresivo atravesado en la garganta que me impedía articular sonido alguno.

En cuanto Orson se fue de casa, una punzada comenzó a recorrer mi espalda baja, extendiéndose poco a poco hacia el vientre hasta transformarse en un dolor punzante, espantoso. Tenía miedo. Marqué el número de Orson tres veces consecutivas, aferrada al teléfono entre temblores, pero el tono caía una y otra vez en el vacío sin respuesta.

Acorralada por la desesperación, tuve que recurrir a Julián, rogándole que viniera a buscarme para trasladarme de urgencia al centro médico.

—La dejaremos en observación un par de horas —concluyó el médico, dándome una pequeña palmadita en la mano antes de cruzar la puerta de la habitación.

Julián esperó a que la puerta se cerrara para acercarse al borde de la cama, sujetando una de mis manos entre las suyas.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, bajando el tono de voz.

—El dolor desapareció —suspiré, intentando acomodarme sobre el colchón—. Solo me queda una ligera incomodidad en la espalda.

Un gesto de molestia ensombreció las facciones de Julián.

—¿Dónde está tu marido? —indagó, apretando la mandíbula—. ¿Por qué demonios no se encuentra aquí a tu lado?

—Tuvimos una discusión —confesé, desviando la mirada hacia la ventana—. Después se fue y no volvió.

Julián soltó un bufido de frustración, no podía disimular el enojo que le provocaba la situación.

—Ojalá te separes cuanto antes de un tipo así —dijo, alterado por mi estado—. Lo único que hace es lastimarte. La gestación debería representar la etapa más hermosa para una mujer, pero tú solo estás acumulando amarguras y momentos horribles.

Bajé los ojos hacia las cobijas, asumiendo el peso de sus palabras.

Tenía toda la razón.

—Falta muy poco —murmuré, acariciando la curva de mi vientre—. En cuanto Valeria nazca, todo este infierno llegará a su fin.

Él se quedó en silencio un momento, pensativo, antes de romper la pausa.

—Voy a posponer mi viaje.

—¿Por qué? —lo miré, sorprendida—. ¿Ocurrió algún problema?

—No —negó con la cabeza—. Me quedaré a tu lado hasta el día del parto. Te ayudaré en todo lo que requieras. Ese inepto que tienes por esposo no te brinda el cuidado necesario, de modo que me haré cargo yo mientras tanto.

Una marea de emotividad me apretó el pecho. La fragilidad de mi estado me superó por completo.

—Muchas gracias, Julián —susurré, dejando escapar las lágrimas que contenía desde hacía horas—. Eres lo mejor que tengo en la vida ahora mismo.

Julián se inclinó hacia adelante, envolviéndome en un abrazo cálido y protector. Me aferré a su saco, rompiendo en un llanto silencioso mientras la angustia de los últimos meses se desbordaba sobre su hombro.

***

Las horas en el hospital me sirvieron para recuperar la calma. El trayecto de regreso transcurrió en un silencio apacible, envueltos por la penumbra de la madrugada. Haber desahogado toda la angustia acumulada me dejó una sensación de ligereza en el pecho; frente a Julián no existía la necesidad de levantar escudos ni guardar apariencias.

El vehículo redujo la marcha hasta detenerse frente a la entrada principal de la casa. Julián apagó el motor, bajó rápidamente y rodeó la carrocería para abrirme la portezuela. Extendió su mano, ofreciéndome un apoyo firme mientras me ayudaba a incorporarme despacio, cuidando cada uno de mis movimientos.

—Gracias otra vez —murmuré, buscando sus ojos en la penumbra—. Gracias por estar aquí siempre para mí.

—No tienes nada que agradecer —respondió, acomodándome el abrigo sobre los hombros—. Recuerda lo que te dije: cualquier cosa que necesites, la más mínima molestia o si simplemente no quieres estar sola, me llamas.

Asentí suavemente, esbozando una pequeña sonrisa de gratitud. De pronto, la expresión de Julián cambió. Su mirada se desvió por encima de mi hombro hacia la entrada de la casa y la tibieza de su rostro se apagó, reemplazada por una sombra de tensión.

El impulso natural de girarme me invadió, pero la mano de Julián se adelantó, sujetando mi mejilla con delicadeza para mantener mi rostro de frente al suyo.

Antes de que pudiera formular alguna pregunta, se inclinó y posó sus labios sobre los míos. El contacto me tomó por sorpresa, congelándome un instante en mi sitio. Comenzó como un roce tibio, pausado, pero en cuestión de segundos la presión aumentó, transformándose en un beso profundo que me erizó la piel.

Cerré los ojos de manera autoinmune. Sin comprender del todo la razón de mi propia respuesta, dejé llevar la marea de emociones y le correspondí, sintiendo la firmeza de su boca buscando la mía y su respiración cálida haciendo fusión con ambos.