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4.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

4.

|Elena|

El regreso a la mansión no trajo consigo el retorno al encierro, sino una actividad frenética que me resultó aún más violenta. Mi padre no me permitió recluirme en la autocompasión. En cuanto pisamos el vestíbulo, convocó a dos de las empleadas y les entregó órdenes precisas.

—Arréglenla —dictaminó, sin mirarme—. Nada de excesos vulgares. Que luzca decente.

El proceso se sintió como preparar a un prisionero para su ejecución. Me lavaron, me peinaron y me enfundaron en un vestido de seda verde botella que se ceñía con discreción a mis curvas, un sutil recordatorio de lo que Orson había reclamado a oscuras.

Mientras me observaba en el espejo, el contraste entre mi rostro pálido y la elegancia de la prenda me provocó una náusea amarga. En mis manos sostenía el bolso de mano donde mi padre había deslizado, como si fuera un boleto de lotería, el informe de la clínica.

El trayecto en el auto fue corto, pero el silencio en el habitáculo se estiró como una liga a punto de romperse. Mi padre conducía con una fijeza letal en los ojos. No enfilaba hacia una oficina neutral; iba directo al cuartel general de los Bottomer: el piso lujoso y blindado en el corazón financiero de la ciudad, el santuario privado de Orson.

—Vas a entrar conmigo y vas a sostenerle la mirada —habló mi progenitor mientras estacionaba en el acceso privado del edificio—. No quiero lágrimas ni vacilaciones, Elena. Esta noche recuperamos el control de la situación o hundimos a ese imbécil con nosotros. Yo hablaré; tú solo muéstrale las pruebas cuando te lo ordene.

Subimos en el ascensor privado en un silencio sepulcral. Las puertas se abrieron directamente en el recibidor del ático. El diseño era minimalista, dominado por el acero, el vidrio templado y una iluminación tenue que evocaba la misma atmósfera del club.

Apenas dimos dos pasos sobre el suelo de porcelanato negro, la imponente silueta del jefe de seguridad de Orson nos cortó el paso con una expresión severa.

—Señor Carvajal, no tienen autorización para estar aquí —declaró con voz firme—. Le sugiero que dé la vuelta con su hija antes de que ordene al personal que los desaloje por allanamiento.

—Déjalos pasar, Miller. Retírate.

La orden llegó desde el fondo del salón. Orson estaba sentado detrás de un escritorio de roble oscuro, con la camisa blanca desabotonada en el cuello y las mangas enrolladas hasta los codos. Un vaso de whisky medio vacío reposaba a su derecha. Su mirada de hielo se clavó en nosotros, despojándome de cualquier rastro de calidez.

El empleado obedeció de inmediato, dejándonos a solas en medio de ese espacio inmenso y hostil.

—Vaya —pronunció Orson, levantándose despacio. Su silueta se recortó contra los ventanales que mostraban las luces de la ciudad—. No sabía que los Carvajal tenían el descaro de invadir mi propiedad privada. Supongo que vienes a intentar salvar tu empresa moribunda con alguna propuesta desesperada, Carvajal. Sabes perfectamente que no hago tratos con tramposos.

Mi padre se acercó con una sonrisa fría y carente de cualquier atisbo de sumisión.

—No vengo a hablar de acciones ni de licitaciones, Bottomer. Vengo a solucionar la decencia de mi apellido, esa que pisoteaste en una suite de club —soltó—. Elena, dale el sobre.

Con los dedos trémulos, abrí el bolso, extraje el papel con el membrete de la clínica y lo coloqué sobre el escritorio.

Orson no lo tomó de inmediato. Sus ojos viajaron del papel a mi rostro, analizando la situación con la rapidez calculadora que lo caracterizaba en las juntas de negocios.

Finalmente, arrebató el documento con un movimiento brusco y rasgó el sello.

El silencio que siguió fue absoluto, roto únicamente por el crujido del papel mientras Orson leía las líneas impresas. Vi el preciso instante en que sus facciones se endurecieron aún más, volviéndose una réplica exacta de la roca. Sus nudillos se tornaron blancos y la mandíbula se le tensó al punto de hacer crujir sus dientes.

—Cinco semanas —leyó en voz alta, con una voz que ya no era fría, sino letal—. Un marcador positivo.

Levantó la vista, y lo que encontré en sus pupilas dilatadas fue odio puro, concentrado y destructivo. Se dirigió directo a mi padre.

—Es una excelente falsificación —siseó Orson, arrugando el papel entre sus manos—. Un truco barato de tu firma para meter las manos en mi consejo de administración. ¿Crees que voy a aceptar un heredero concebido en una cama donde me sembraron una trampa? Sabía que esto pasaría tarde o temprano. Ya se estaban tardando.

—No tientes a tu suerte, muchacho —bramó mi padre—. No es ninguna falsificación. Mi hija está embarazada de ti, y ambos sabemos perfectamente lo que hiciste en ese cuarto. Tienes dos opciones bien claras: o firmas un compromiso matrimonial inmediato y le das tu apellido a ese niño, o mañana por la mañana este mismo informe médico estará en la primera plana de cada diario económico del país. Tu impecable reputación corporativa caerá antes del cierre de la bolsa y tus inversores te abandonarán por generar un escándalo de esta magnitud con la hija de tu mayor competidor. ¿Es lo que quieres? Puedo hasta acusarte de abusador, arruinarte con esto más de lo que imaginas.

Orson ignoró a mi padre por un segundo y se aproximó a mí con andares de depredador. Se detuvo tan cerca que su aliento cálido chocó contra mi frente. Su mano derecha se deslizó hacia adelante, atrapando mi barbilla con una presión dolorosa, obligándome a mirar el abismo de sus ojos.

—¿Tú también quieres esto, Elena? —me preguntó en un susurro cargado de veneno—. ¿Tanto me deseabas que te prestaste para esta bajeza? ¿Aprovechaste que estaba indispuesto para arrastrarme a esto?

—Es tuyo, Orson —repliqué, y esta vez las lágrimas de rabia y humillación acudieron a mis ojos, aunque me negué a dejarlas caer—. Aunque te pese, aunque me odies y desees destruirnos, lo que está creciendo aquí dentro tiene tu sangre. Ya te expliqué lo que pasó esa noche, ambos estábamos vulnerables.

Él me soltó bruscamente, dándome la espalda mientras caminaba hacia el ventanal. Se quedó contemplando el paisaje durante un minuto eterno, un intervalo donde comprendí que mi vida había dejado de pertenecerme por completo. Mi padre permaneció estático, saboreando una victoria que sabía amarga para ambos.

Cuando Orson se giró, la máscara de hierro estaba de vuelta, pero reforzada por una determinación oscura. Miró a mi padre con asco, pero con la resignación de quien sabe que ha sido acorralado.

—Trae los papeles del acuerdo mañana a primera hora —sentenció, fijando la mirada en mi progenitor—. Nos casaremos. Pero adviértele algo a tu hija, Carvajal: va a entrar a esta casa con un anillo en el dedo, pero va a vivir en el infierno que ella misma provocó. Ese niño nacerá con mi apellido, pero ella va a pagar cada gota de esta humillación a diario. Prepárate, Elena, porque a partir del día de la boda, pasas a ser mi propiedad.

Notita: Hola! Espero que te esté gustando la historia, ayúdame con un comentario y un corazón, te lo agradecería ❤️ historia gratis hasta el final.