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40.

Ámame, Esposo Mío 18+ — booknet.com · All chapters

40.

|Orson|

El sonido de un motor interrumpió el silencio ahogado de la casa. Me dirigí a la puerta principal rápidamente, tirando del picaporte para salir a la terraza. La luz de los faros cortaba la oscuridad de la entrada.

Al enfocar la escena, la imagen me congeló la sangre: Elena estaba de pie junto al vehículo, y a su lado, sosteniéndola, se encontraba Julián. Una opresión feroz me atravesó el pecho. Verla allí, intacta físicamente pero acompañada por otro hombre a altas horas de la noche, encendió una hoguera de rabia e impotencia dentro de mí.

Antes de que pudiera avanzar un solo paso, la mano de Julián se posó en el rostro de Elena. Se inclinó sobre ella y le selló la boca en un beso.

La visión me cegó enteramente. Un rugido de ira me subió por la garganta mientras el aire salía de mis pulmones. No solo era el gesto audaz de ese sujeto; lo que verdaderamente me destrozó por dentro fue ver cómo Elena, mi esposa, cerraba los ojos y le correspondía, hundiéndose en ese contacto con una entrega que jamás me había regalado a mí. Una marea de celos, humillación y dolor me demolió las entrañas en cuestión de segundos.

Descendí las escaleras del acceso como un demonio fuera de control.

—¡Suéltala! —rugí, acortando la distancia.

Llegué hasta ellos, agarré a Elena del brazo para apartarla del contacto y arremetí contra Julián. Lo empujé violentamente contra la carrocería de su propio vehículo, acorralándolo con el antebrazo sobre su pecho mientras la chapa metálica resonaba por el impacto.

—¿Qué demonios te pasa, imbécil? —espeté, rozando su cara, sintiendo los nudillos temblorosos por la furia—. ¡Es mi esposa! ¡No te atrevas a tocarla de nuevo en tu maldita vida!

—¡Orson, basta! —la voz de Elena resonó a nuestras espaldas, cargada de un cansancio abrumador—. ¡Déjalo en paz!

Yo no le hice caso, quería matar a este maldito. De pronto, escuché el resoplido de ella a mis espaldas.

Elena no intentó forcejear ni montar un espectáculo. Se limitó a mirarme con una frialdad desoladora, dio la vuelta sobre sus talones y caminó a paso lento hacia el interior de la casa, dejándonos solos en medio de la penumbra, como si ya se hubiera cansado de lo mismo de siempre.

Mantuve a Julián aprisionado contra el auto, ajustando la presión sobre su saco.

—Vete de aquí antes de que pierda lo que me queda de paciencia —le advertí con un hilo de voz amenazante—. Si te vuelvo a ver cerca de ella, no lo vas a contar.

Julián, lejos de mostrar amedrentamiento, me sostuvo la mirada con absoluta templanza y desprecio.

—La vas a perder, Bottomer —soltó en un tono firme, desprovisto de miedo—. O más bien, ya la perdiste. Elena jamás te va a perdonar todo el daño que le causaste. No te la mereces en lo más mínimo. Solo espero que algún día encuentre a un hombre de verdad que la valore, no a una basura de persona como tú.

Con un movimiento seco y decidido, Julián se sacudió mi agarre de encima, abrió la portezuela de su vehículo, abordó y aceleró a fondo, dejando una nube de humo a su paso.

Me quedé solo en el patio, respirando con agitación, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies. Entré a la casa a pasos pesados, subiendo directo hacia la habitación principal.

Empujé la puerta sin contemplaciones, encontrándola a ella al borde de la cama, quitándose los zapatos con dificultad.

—¿Se puede saber qué demonios fue eso allá afuera? —le reclamé, alzando la voz mientras la rabia y el despecho pugnaban por salir—. ¿Besándote con ese tipo en la puerta de mi casa? ¿Tanto me respetas?

Elena ni siquiera se sobresaltó. Levantó la vista despacio, mostrando una calma filosa que me atravesó de lado a lado.

—¿Y qué pasa? —preguntó con ironía punzante—. Si quieres, ve y lee las revistas viejas que andan rodando por ahí, las mismas donde sales besándote en público con Chloe. Al menos a mí nadie me ha tomado fotos en la calle, querido.

Hizo una pausa, clavándome unos ojos fríos, carentes de cualquier rastro de afecto.

—¿Qué se siente, Orson? Duele, ¿verdad? Da las gracias de que no eres mujer y no estás embarazada para experimentar lo jodidamente horrible que se siente pasar por todo eso.

Sus palabras cayeron sobre mí como estocadas certeras. La culpa volvió a aplastarme, dejándome sin réplica. Las imágenes del pasado reciente inundaron mi mente: las veces que salí en portadas acompañado de Chloe, los besos expuestos sin pudor alguno, el descaro de pasearme a su lado sin importar que Elena fuera mi esposa legítima frente a la sociedad. Yo mismo había construido ese infierno. No tenía moral ni derecho alguno para juzgarla, pero la punzada de verla en brazos de otro me destrozaba internamente.

Tragué saliva, intentando apaciguar el tono de mi voz, aunque la tormenta interna continuaba.

—Elena... —murmuré, dando un paso hacia ella—. Por favor...

—Vete de aquí —me interrumpió, dándome la espalda—. Quiero descansar.

—¿En dónde estabas con ese sujeto? —exigí saber, reteniendo la desesperación—. ¿De dónde venían a estas horas? Estaba preocupado.

—En el hospital, ¿dónde más? —soltó con amargura, rozándose el vientre con ambas manos—. Me dieron unas contracciones horribles. Llamé a mi marido desesperada y no respondió el maldito teléfono. Tuve que acudir a un hombre que ni siquiera es el padre de mi bebé para no quedarme tirada en el suelo.

Un jadeo se me escapó de la garganta. El dolor del ego quedó reducido a la nada en un segundo, reemplazado por un terror absoluto que me heló el cuerpo.

—¿Qué...? —avancé torpemente hacia la cama—. ¿Estás bien? ¿Qué te dijo el médico? ¿Qué pasó con la bebé?

—Solo fueron contracciones prematuras por estrés —respondió sin mirarme, acostándose de lado sobre las sábanas—. Necesito reposo, y ver tu cara no me brinda ninguna paz. Así que hazme el favor y vete de esta habitación.

La frialdad en sus palabras me atravesó más que cualquier insulto. Sentí la necesidad desesperada de que entendiera el motivo de mi ausencia, de limpiar aunque fuera una fracción de la basura con la que la había ahogado durante todos estos meses.

—Fui a buscar la verdad, Elena —le dije, dando un paso vacilante hacia la cama—. Estaba con Mateo. Apagué la recepción del teléfono porque...

—No me importa lo que estabas haciendo —interrumpió sin girarse, con la voz apagada por una fatiga desgastante—. Ahórratelo. No quiero escucharte.

Ignoré su rechazo y me acerqué hasta el borde del colchón. Me senté a su lado, cuidando de no tocarla, sintiendo el impulso doloroso de sostenerla aunque sabía que mi contacto solo le provocaría repulsión.

—Por favor, escúchame. Tienes que saberlo —insistí, con el pecho apretado por la angustia—. Ya sé todo. Descubrí que Chloe estuvo detrás de esto desde el principio. Ella mandó a que me vertieran esa sustancia en la copa esa noche. Lo vi con mis propios ojos en las grabaciones de seguridad del club. Tu padre, Chloe y la madre de esa mujer... los tres armaron esta trampa. Tú no tuviste nada que ver, Elena. Tenías razón en todo.

Un silencio denso se instaló en la habitación. Esperaba una reacción, un gesto de alivio o incluso un arrebato de indignación al ver confirmada su inocencia, pero Elena permaneció inmóvil. Se tomó unos segundos antes de girar la cabeza despacio sobre la almohada, clavándome una mirada vacía, donde no quedaba ni el más mínimo rastro de calidez.

—¿Y qué quieres que haga ahora con eso? —preguntó suavemente, sin alterar el tono de su voz—. Todo eso ya lo presentía. Te lo repetí una y otra vez, hasta el cansancio, y prefiriste tratarme como a una mentirosa. Solo abriste los ojos cuando viste a mi propio padre matándome a golpes. Solo así, Orson.

Ese reproche cayó como un peso muerto sobre mis hombros.

—Esa investigación debiste hacerla desde el primer día —continuó—. Antes de arrastrarme a este infierno, antes de humillarme y destruirme estando embarazada de tu propia hija. Ahora me da exactamente igual si tu amante es la culpable, o si mi padre movió los hilos en las sombras. Nada de eso me importa ya. Te has dado cuenta de las cosas demasiado tarde.

—Perdóname, Elena... —el nudo en mi garganta me impidió continuar con firmeza—. Te lo ruego, perdóname. Fui un estúpido, un ciego, me dejé manipular por la gente equivocada... Déjame reparar esto, dame la oportunidad de hacerme cargo de ti y de nuestra bebé como debí hacerlo desde el principio.

Elena dejó escapar un suspiro largo, vencida por un cansancio acumulado.

—¿Reparar qué, Orson? —cuestionó, incorporándose despacio sobre el respaldo de la cama, mirándome de frente sin un solo rasguño de duda—. ¿Crees que con un "perdón" y descubriendo la verdad vas a borrar cada desprecio, cada palabra hiriente y cada noche que me dejaste sola llorando en esta habitación? Me trataste como a la peor basura. Me hiciste dudar de mi propio valor, me obligaste a suplicar por un mínimo de consideración mientras te paseabas con otra mujer frente al mundo entero.

Hizo una pausa para tomar aire, sosteniendo la firmeza de sus palabras a pesar del brillo acumulado en sus ojos.

—Nunca dudaste en juzgarme, pero jamás te detuviste a pensar en el dolor que yo estaba cargando. Me arrastraste al abismo junto a tu orgullo. Y hoy, cuando por fin abres los ojos, pretendes que caiga en tus brazos agradecida porque al fin te enteraste de que no fui yo quien te tendió una trampa. No funciona así. El daño está hecho, las marcas se quedaron aquí adentro, y no hay nada que puedas decir o hacer para cambiar el monstruo que fuiste conmigo durante todo este tiempo.

Me quedé mudo, con las manos temblorosas apoyadas sobre las rodillas, sintiéndome la criatura más miserable del planeta. La verdad había salido a la luz, pero el precio de haber llegado tarde era haberla perdido a ella para siempre.

—Por favor... vete ya —su voz se apagó en un susurro—. No me pidas más. Solo vete.

No tuve valor para rebatirle nada más. Me puse de pie despacio, sintiendo las piernas pesadas como plomos, y me fui retirando hacia atrás sin despegar los ojos de su figura encorvada en la cama.

Crucé el umbral y tiré del picaporte para cerrar la puerta entre nosotros. El chasquido de la cerradura al encajar resonó en el pasillo.

Me apoyé de espaldas contra la madera, dejándome caer un par de centímetros mientras la realidad me demolía . Miré al vacío, sintiendo cómo las paredes de la casa entera me caían encima. Me llevé ambas manos a la cabeza, hundiéndome los dedos en el cabello mientras apretaba los dientes para sofocar la marea de culpa que amenazaba con ahogarme.

—¿Qué demonios he hecho? —me repetí en silencio, en medio de la soledad absoluta de la noche—. ¿Qué demonios hice?.

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¿Han notado que estuve más activa hoy? Jajaja espero que estos dos capítulos les hayan gustado mucho, lectoras. Creo que este mes acabamos, gracias a quienes han seguido conmigo, es un honor escribir para ustedes :)