41.
|Orson|La noche fue un suplicio. No pegué un solo ojo en toda la madrugada; me la pasé dando vueltas en el sillón del despacho, escuchando el crujido del techo y el eco de las palabras de Elena retumbándome en la cabeza.
Con la salida del sol, un silencio sepulcral envolvía cada rincón de la casa. La puerta de la habitación permanecía cerrada todavía; Elena no había salido. Decidí respetarle el espacio. Era lo mínimo que podía ofrecerle en medio de este desastre, al menos mientras me encargaba de limpiar la basura que nos rodeaba y saldaba las cuentas pendientes con quienes nos arruinaron la vida.
Pasé por la ducha para quitarme el agotamiento de encima, me vestí a toda prisa y salí. Conocía demasiado bien a Chloe. A estas alturas, con el agua al cuello y sabiendo que la había descubierto, ni de chiste se encontraría en su departamento. Debía estar atrincherada en la casa de su madre.
Aceleré a fondo hasta llegar a la propiedad. Estacioné sobre el acceso, bajé del auto a pasos agigantados y aporreé la puerta de entrada con los nudillos, haciendo retumbar la madera.
Pocos segundos después, una sirvienta abrió una rendija. La mujer se volvió de hielo al tropezar con mi rostro.
—¿Dónde está la señora de la casa? —exigí saber.
—La... la señora no se encuentra, señor —balbuceó la empleada, apretando el uniforme entre sus manos temblorosas—. Salió desde temprano.
—¿Y Chloe?
—Ella tampoco está, señor Bottomer, de verdad...
—No me mientas —espeté, clavándole una mirada filosa—. Sé perfectamente que esa víbora se oculta aquí.
—Señor, por favor, le juro que...
—Hazte a un lado —interrumpí.
Aparté a la mujer de un empujón firme antes de atravesar la puerta. El eco de mis pasos amortiguó sus súplicas de que me detuviera.
—¡Chloe! —grité a pleno pulmón, avanzando por el vestíbulo principal—. ¡Sal ahora mismo y dame la cara!
La sirvienta corrió detrás de mí intentando frenar mi avance, pero ignoré sus advertencias de que no debía estar aquí. Caminé directo hacia la escalinata de mármol, subiendo los peldaños de tres en tres.
Conocía la distribución del lugar a la perfección. Recorrí el pasillo del segundo piso hasta plantarme frente a la puerta del dormitorio antiguo de Chloe.
Giré el picaporte con brusquedad, pero el seguro interno impidió la apertura. La rabia reprimida desde la noche anterior estalló en mis venas. Retrocedí un paso, levanté la pierna y propiné una patada certera justo al lado de la cerradura.
El marco de madera cedió con un chasquido seco, abriéndose de golpe contra la pared.
Dentro de la habitación, Chloe dio un brinco del susto, soltando las prendas de vestir que sostenía entre las manos. Sobre la cama había un par de maletas abiertas que recibían montones de ropa a medio doblar, joyas y documentos esparcidos. Se quedó paralizada al verme en el umbral, con el rostro pálido y los ojos desorbitados por el pánico.
—Hola, mi amor... —susurró con un hilo de voz tembloroso, tratando de forzar una sonrisa de alivio que no le llegó a los ojos.
—¿Hola, mi amor? —repetí, soltando una risa desprovista de gracia—. ¿Es en serio lo único que tienes para decirme?
Retrocedió un paso contra la cama, cruzándose de brazos en un intento torpe por aparentar serenidad.
—¿Qué te pasa, Orson? Me estás asustando... Te estuve llamando como loca desde anoche y no contestabas. Sabía lo mal que debías sentirte después de que esa mujer te robara el contrato y...
—¡Cállate! —rugí.
Acorté la distancia entre los dos, sujetándola de los hombros con fuerza y empujándola contra la pared contigua a la ventana. El impacto sofocó su discurso.
—Deja de fingir, Chloe. Ahórrate el papel de pobrecita porque se acabó el teatro —le espeté a escasos centímetros de su rostro, viendo cómo el pánico empezaba a deformar sus facciones—. Lo sé todo. Cada maldito detalle de lo que tramaste con tu madre y con Carvajal.
Se puso pálida, perdiendo el color en los labios.
—No... no sé de qué me estás hablando, Orson, te lo juro... —balbuceó, intentando zafarse de mi agarre—. Te estás volviendo loco, suéltame, me estás lastimando...
—¡Es inútil que sigas actuando! —apreté el agarre en sus hombros, sin dejarle margen de movimiento—. Escuché perfectamente a Carvajal confirmarle a su propia hija la relación que mantiene con tu madre. Los vio juntos besándose. ¿Cómo pudieron llegar a esto? ¿Cómo pudiste tú, Chloe?
Las lágrimas comenzaron a brotarle de los ojos, rodando por sus mejillas en un gesto desesperado.
—¡Yo no sabía nada de eso, te lo juro por Dios! —chilló entre sollozos—. ¡Mi mamá jamás me contó...!
—¡Claro que lo sabías! ¡Si no te le despegas ni un solo instante! —la sacudí levemente, cegado por la rabia—. Si fue el propio Carvajal quien te encubrió esa noche, así que deja de mentirme en la cara. ¿Cómo no lo ibas a saber?
—¡Es mentira! En serio no sé de dónde sacas semejante locura, mi amor... Sabes perfectamente que fue Elena la que te tendió esa trampa para...
—¡Elena es inocente! —le grité, ahogando su excusa—. Vi la grabación de seguridad, Chloe. Elena estuvo en ese club por pura casualidad, no hizo nada. Nada. Pero también vi el momento exacto en el que me vertieron esa porquería en la copa. Vi cuando llegaste tú, miraste a tu alrededor, hiciste una llamada y te marchaste al no encontrarme como lo tenías planeado, ¿verdad? ¿Por qué demonios me hiciste algo así?
Chloe tragó saliva con dificultad. Abrió la boca para articular alguna mentira, pero las palabras se le congelaron en la garganta. Sus hombros comenzaron a temblar bajo mis manos.
—Te estás preguntando cómo conseguí el video, ¿no es así? —murmuré, bajando el tono de voz a un murmullo helado—. Carvajal pagó para borrar esa grabación y cubrirte el pellejo, pero cometieron un error: quedó una copia archivada. Te descubrí, Chloe. Se te acabó el juego. Así que ahora vas a hablar. Vas a soltar cada detalle de esta porquería por tu propia cuenta, o te juro que la vas a pasar muy mal.
—No tengo nada que decirte...
—¡Claro que tienes! —la encaré, aferrándola de los brazos con indignación—. ¡Dime por qué demonios querías drogarme para meterte en mi cama! ¿Qué necesidad tenías de llegar a semejante bajeza?
Chloe apretó los puños y me sostuvo la vista, transfigurada por una rabia repentina que le borró cualquier rastro de victimismo.
—¡Todo es tu culpa! —chilló—. ¡Tú me hiciste llegar a este extremo!
—¿Qué...? —la solté un par de centímetros, atónito—. ¿Qué quieres decir con eso?
—¡Que eras un tibio, Orson! —espetó fuera de sí, respirando agitada—. Jamás me dabas el lugar que estuve esperando durante años. Parecía que te gustaba, pero no dabas un solo paso adelante. ¡No teníamos una maldita relación estable! Mientras tanto, mi madre y yo estábamos a punto de perder el spa por una deuda gigantesca. Lo mínimo que esperaba era casarme contigo, convertirme en la señora Bottomer y dejar de preocuparme por el dinero el resto de mi vida. ¿Pero qué hacías tú? ¡Nada!
Hizo un gesto de desprecio con las manos, desbordada por la histeria.
—¡Tuve que buscar la manera de acelerar las cosas! Seguirte al club que frecuentabas, pagarle a un sujeto para que te echara un afrodisíaco en la copa y esperar el momento exacto para meterme en tu cama. ¿En serio crees que me habrías tocado por iniciativa propia? ¡Ni a un beso llegabas conmigo! Lo hice para que te sintieras culpable, para quedar embarazada y obligarte a casarte conmigo sin escapatoria —de pronto dejó salir una risa enloquecida como si hubiera perdido la cordura—. El plan era perfecto: después de acostarnos, inventaría que coincidimos por casualidad en el club y una cosa llevó a la otra. ¡Pero te fuiste de ahí y terminaste acostándote con esa maldita zorra de Elena! ¡Ella me arruinó todo!
Me quedé helado en mi sitio, paralizado por una mezcla de horror y repugnancia.
Las palabras de Chloe retumbaban en las paredes del dormitorio como un eco grotesco. La mujer a la que defendí contra viento y marea, la misma por la que humillé a mi esposa y destruí mi hogar, nunca había sentido un gramo de afecto por mí. Todo este tiempo, detrás de su fachada dulce y abnegada, solo existía una ambición fría y calculadora. Solo buscaba mi dinero, mi apellido y la posición social que venía con él.
—¿Sabes lo que sentí al enterarme de tu boda? —continuó Chloe, caminando de un lado a otro, llevándose ambas manos a la cabeza—. ¡Me quería volver loca! Pero estaba atada de manos. Carvajal estaba fascinado ante la idea de infiltrarse en tus empresas. Él mismo le propuso un trato a mi madre: si esperábamos el año estipulado de ese maldito matrimonio, él saldaría la deuda del spa y luego yo ocuparía el lugar de tu esposa al terminar el plazo. Según él, todos saldríamos ganando. Poco le importaba si era Elena o yo quien lograba amarrarte; ese viejo sucio planeaba exprimirte de cualquier forma.
Se detuvo un segundo para tomar aire, desfigurada por la frustración.
—Tuve que aceptar. Él me ayudó a desaparecer las grabaciones del club y mi madre me presionó hasta el cansancio persiguiendo sus propios intereses. ¿Acaso crees que yo deseaba algo de esto? Odié desde el primer instante el romance repugnante de esos dos, ¡pero tampoco podía detenerlos!
Chloe retomó sus pasos frenéticos por la habitación, totalmente desquiciada.
Tragué saliva. Un nudo áspero me bloqueó la garganta.
—¿Cómo obtuvo Carvajal esas fotos? —pregunté en un susurro apenas audible—. Las imágenes de Elena y mías esa noche... las que usó para chantajearme.
Chloe se detuvo en seco, soltando una risa amarga.
—Ese infeliz siempre le ponía un perro guardián a su hija cada vez que salía. Quería vigilarla por si acaso perdía la virginidad. Planeaba venderla al mejor postor y no iba a correr riesgos. Pero claro, esa cualquiera tuvo que irse a meter justo en tu cama. Tuve que dar un paso atrás por su culpa, ya que de alguna manera ese viejo decrépito había logrado lo que deseaba.
El aire abandonó mis pulmones. Un mareo violento me golpeó de lleno, obligándome a retroceder hasta chocar contra algún mueble.
¿Elena era virgen esa noche?
Mi mente retrocedió a la oscuridad de aquella habitación del club. Recordé la forma en que la tomé: brusca, salvaje, tratándola igual a un animal debido al efecto de la droga hirviendo en mi sangre. Ella... maldita sea.
El suelo pareció abrirse bajo mis pies, amenazando tragarme vivo. Esto no podía estar pasando.
—¿Estás satisfecho ahora que sabes la verdad? —vociferó Chloe, riéndose—. ¡Esta es tu cruda realidad! Tu empresa se tambalea al borde de la quiebra y acabas de perder un contrato multimillonario frente a una don nadie. ¿Crees que me sirves de algo así? ¡Por mí te puedes ir directo al infierno!
Corté la distancia entre los dos en un par de pasos. La sujeté del cuello, aplicando la presión justa para ahogarla. El color abandonó su rostro en un segundo; sus ojos se abrieron desorbitados, invadidos por un pánico puro al sentir la falta de aire.
—Esto no se va a quedar así —sentencié con una voz helada—. Me voy a encargar de que pagues, Chloe. Cada infamia, cada manipulación y cada daño que me hiciste lo vas a saldar. Grábate eso en la cabeza.
La solté con un empujón seco. Chloe cayó de rodillas sobre la alfombra, tosiendo con violencia mientras se llevaba las manos a la garganta, jadeando desesperada por recuperar el aliento. Le di la espalda y abandoné el dormitorio, azotando la puerta con un impacto que hizo retumbar el pasillo.
La sangre me hervía en las venas, quemándome por dentro.
Bajé las escaleras a zancadas pesadas. Justo al llegar al vestíbulo, la puerta principal se abrió, dejando ver a la madre de Chloe. Al chocar de frente conmigo, su rostro pareció transformarse en el de alguien que contempla a un fantasma.
—¿Qué demonios haces en mi casa? —exclamó, retrocediendo con el pecho agitado—. Como le hayas tocado un solo pelo a mi hija...
—Usted —la interrumpí, acortando el tramo para hincarle los dedos sobre el hombro, apretando fuerte.
La mujer ahogó un gemido de dolor, petrificada.
—No es más que una víbora traidora, exactamente igual a la basura que crió —le murmuré al oído, transmitiéndole cada gota de mi rabia—. Me voy a encargar personalmente de que su peor pesadilla se vuelva realidad. Téngalo muy presente. Ninguna de las dos se va a salir con la suya.
Le quité la mano de encima como quien se sacude la mugre y continué mi marcha hacia la salida, dejándola paralizada, más pálida que un cadáver. Crucé la puerta y dejé atrás esa casa repugnante.