43.
|Orson|Apreté el puente de mi nariz, sintiendo una pesadez enorme en los párpados. Llevaba dos semanas completas trabajando día y noche, durmiendo apenas un par de horas sobre el sofá de mi oficina. El cansancio me carcomía por dentro, pero valió la pena.
Usé cada recurso a mi alcance para destruir a Chloe y a su madre. Las dejé en la ruina absoluta, despojadas de sus propiedades, sin un solo centavo a su nombre. Con Carvajal fui aún más despiadado: reuní las pruebas suficientes para desmantelar su red de fraude corporativo y lo envié directo a prisión.
Ahora que había barrido con esa muchedumbre de miserables, podía concentrarme en lo único importante. Iba a recuperar mi matrimonio, costara lo que costara.
Miré el reloj de mi escritorio. Todavía era temprano. Recogí mi saco, salí de la oficina y bajé al estacionamiento. Al arrancar el auto y salir a la calle, un grupo de periodistas se abalanzó sobre el vehículo buscando declaraciones. Querían saber mi opinión sobre el arresto de mi suegro.
Aceleré el paso esquivando los micrófonos. Aquel escándalo salpicaba directamente la reputación de mi firma, pero a estas alturas no me importaba perder prestigio ni dinero; hice lo necesario.
Manejé hasta una floristería cercana, compré un ramo enorme y lo coloqué en el asiento del copiloto. Tenía que volver a casa.
Estacioné el auto frente a la entrada y bajé rápido, agarrando el ramo del asiento. Entré a la casa buscando a Elena con la mirada. Un olor a comida recién hecha inundaba la sala, confirmándome que estaba allí.
Avancé hacia la cocina para hablarle. Al acercarme, la vi de espaldas, sosteniendo el teléfono en la mano mientras soltaba una risa ligera, completamente relajada.
—¿Elena? —la llamé desde el umbral.
Ella se dio la vuelta al instante. Su sonrisa luminosa se borró de golpe al cruzarse con mi mirada.
—Hablamos después, Julián —dijo rápido por el teléfono antes de cortar la llamada.
Un nudo se me formó en la garganta. Quería pedirle explicaciones, preguntarle qué hacía hablando de esa forma con él, pero me tragué el reclamo. Sabía perfectamente que solo lograría hacerla enojar.
Elena tomó un plato servido de la mesa y caminó hacia la salida, pasando por mi lado en total silencio.
—Espera, hablemos —la detuve, sujetándola suavemente del brazo.
—No quiero flores de disculpa ni nada por el estilo, Orson —soltó ella de inmediato, mirando el ramo con desprecio—. No pierdas tu tiempo.
Miré las flores en mi mano, sintiéndome ridículo, y las dejé sobre el mesón.
—¿Has visto las noticias? —le pregunté, buscando cambiar el tema.
—Todo el mundo lo ha hecho ya —respondió fría, intentando soltarse.
—Está en la cárcel, Elena. Me encargué de entregarlo a las autoridades —le expliqué, dando un paso más cerca—. Se acabó. Ya no tiene poder para chantajearte. Ahora eres libre.
—¿Libre? —repitió—. Qué considerado de tu parte, Orson.
—Elena, lo hice por ti —insistí—. Sé que cometí errores imperdonables, pero ya no hay nadie interponiéndose. Ese infeliz está encerrado, Chloe y su madre no volverán a molestar. Podemos empezar de nuevo, construir algo verdadero.
—No hay un «nosotros», Orson —me interrumpió con una frialdad que me congeló la sangre. Zafó su brazo de mi agarre con total soltura, marcando una brecha insalvable—. Que hayas decidido hacer justicia ahora no borra el infierno que me hiciste pasar. Mi padre ya no me controla, es cierto. Pero tú tampoco lo haces.
Dirigí la vista al ramo de flores abandonado sobre la barra, sintiéndome más patético.
—No te pido perdón inmediato —murmuré, apretando las manos en puños a los lados del cuerpo—. Solo pido una oportunidad para demostrar que puedo ser el hombre que mereces. Por favor, Elena... por la bebé.
Ella acomodó el plato entre sus manos y dio un paso hacia la salida.
—La bebé estará bien, nos tendrá a ambos, no necesariamente debemos estar casados —sentenció—. Mi decisión respecto al divorcio no cambiará. Guarda tus flores o tíralas a la basura, no me interesan.
Se alejó hacia el comedor sin voltear a mirarme, dejándome varado en la cocina, rodeado por un silencio pesado y aplastado por el peso de un arrepentimiento que ya no servía de nada.
***
Salí de la casa arrastrando los pies, subí al auto y me quedé varios minutos apoyado sobre el volante, incapaz de poner la llave en el encendido. La frialdad en la mirada de Elena me había dejado completamente destruido. No importaba haber destruido a Chloe, ni meter a Carvajal tras las rejas, ni limpiar cada mierda que amenazaba su tranquilidad.
Para ella, yo seguía siendo el mismo desgraciado.
Manejé en automático hasta el departamento de Mateo. Necesitaba salir de esa casa helada antes de volverme loco.
Cuando mi amigo abrió la puerta, apenas me vio la cara se hizo a un lado para dejarme pasar. No hizo preguntas imbéciles ni intentó darme una bienvenida entusiasta. Fue directo al mueble de licores, sacó una botella de whisky caro y sirvió dos vasos generosos con hielo.
—Tienes una cara de perro apaleado que no puedes con ella —soltó, entregándome el cristal antes de dejarse caer en el sofá frente a mí.
Me tomé el trago de un solo golpe. El líquido me quemó la garganta, pero no fue suficiente para calmar la presión en mi pecho.
—Se acabó, Mateo —susurré, fijando la vista en los cubos de hielo que se derretían en el fondo del vaso—. Destruí a Chloe, la dejé en la calle a ella y a su madre. Le entregué a la policía todas las pruebas del fraude de Carvajal, el tipo ya está en una celda. Le quité encima cada maldita amenaza... y ni siquiera le importó.
Mateo me escuchó en silencio, sirviéndome otro trago sin opinar todavía.
—Le llevé flores —continué, soltando una risa amarga—. ¿Puedes creerlo? Flores. Me miró como si fuera un estúpido. Me dijo claramente que no hay un «nosotros», que el divorcio va porque va. Estaba hablando muy feliz por teléfono con Julián antes de que yo entrara, ¿sabes? A él sí le sonríe. A mí solo me da desprecio.
Apoyé los codos sobre las rodillas, hundiéndome el rostro entre las manos. El cansancio de dos semanas sin dormir acumulado con el rechazo de Elena me estaba aplastando.
—Hice todo lo que estuvo en mis manos para arreglar esto. No sé qué más demonios hacer.
Mateo dio un sorbo lento a su vaso, dejó el cristal sobre la mesa de centro y me miró con seriedad.
—Lo que pasa, Orson, es que sigues pensando como un empresario que busca cerrar un trato —dijo—. Crees que el perdón de Elena es algo que puedes comprar enviando a su padre a la cárcel o resolviendo los problemas que tú mismo creaste. Quise decírtelo antes: meter a Carvajal a la prisión no borra nada de lo que hiciste.
—¡Lo hice por ella! —exclamé, levantando la cabeza.
—Sí, pero lo hiciste tarde —reprochó Mateo—. Elena no quiere un héroe que venga a resolverle la vida después de haber sido su verdugo. Ella aprendió a defenderse sola mientras tú dudabas de ella y te dejabas manipular por Chloe. ¿De verdad esperabas que cayera en tus brazos a agradecerte solo por hacer lo correcto?
Sus palabras me cayeron como agua helada. Quise replicar, buscar una excusa, pero la verdad pesaba demasiado.
—¿Entonces qué hago? —pregunté en un murmullo, sintiendo la desesperación quemándome por dentro—. ¿Simplemente me rindo y le firmo el divorcio? No puedo perderla, Mateo. No a ella, no a nuestra hija.
Mateo suspiró, recostándose contra el respaldo del sillón.
—No te estoy diciendo que te rindas, te estoy diciendo que dejes de presionarla. Si de verdad quieres demostrarle que cambiaste, vas a tener que aceptar sus decisiones, incluso si eso significa firmar ese papel. Respeta su espacio. Deja de actuar por desesperación y demuestra con hechos constantes, a largo plazo, que vas a estar ahí para ella y para la bebé sin exigir nada a cambio. Sin esperar que vuelva a tu cama solo porque te portaste bien un par de semanas. Las cosas no funcionan así, ella sufrió demasiado por tu culpa, amigo, no seas sinvergüenza y descarado.
Me quedé mirando el vaso en mi mano. La idea de separarme de ella formalmente me aterraba, pero Mateo tenía razón en algo: seguir forzando las cosas solo la alejaba más.
Volví a empinar el vaso, dejando que el alcohol durmiera un poco la culpa que me carcomía por dentro. El camino para recuperar a Elena no se iba a resolver con una jugada maestra; iba a ser largo, doloroso, y tal vez, jamás tendría un final feliz para mí.
***
Durante los días siguientes intenté aplicar el consejo de Mateo. Dejé de acorralarla y guardé la distancia que me pedía. Sin embargo, no podía alejarme del todo. Llegaba temprano a casa todas las tardes, atento a cualquier cosa que ella pudiera necesitar.
Apenas hablábamos; solo cruzábamos las palabras estrictamente necesarias para el día a día. Cuando Elena salía, me tragaba las ganas de preguntarle a dónde iba o con quién se vería, aunque por dentro me quemara la certeza de que Julián seguía estando muy presente en su vida. Tenía que aprender a quedarme en las sombras, aguantando el golpe en silencio.
A la par, me puse a investigar los restos de la fortuna de Carvajal para agilizar los trámites legales y traspasarlos a nombre de Elena, reconociéndola como la única heredera. Quería asegurarme de que recibiera hasta el último centavo que le correspondía. Sin embargo, el infeliz de su padre estaba ahogado en deudas bancarias masivas y casi todas sus propiedades estaban al borde del embargo.
Ahí entendí con total claridad la desesperación de ese viejo por emparentar con mi familia; estaba en la quiebra absoluta y por eso no dudó en intentar vender a su propia hija.
Al final, los trámites dieron igual. Jamás les faltaría nada a ella ni a nuestra hija; yo me encargaría de cubrir absolutamente todo, sin importar la cifra.
Días después, me encontraba en la sala de juntas de la empresa, dirigiendo una reunión decisiva con los directivos. En medio de la presentación, la puerta se abrió y mi secretaria caminó a paso apresurado hacia mi asiento. Se inclinó a mi lado para hablarme al oído mientras me tendía mi teléfono móvil.
—Señor, perdón por la interrupción... un hombre acaba de llamar. Dijo llamarse Julián y me pidió informarle que su esposa acaba de dar a luz.
Me quedé helado. Mi cuerpo entero se paralizó al escuchar sus palabras.
Tomé el teléfono con la mano temblando de forma incontrolable, incapaz de reaccionar de inmediato. Al desbloquear la pantalla, lo primero que vi fueron cinco llamadas perdidas de Elena.
¿Ya nació Valeria? ¿Pero cómo? ¿Era el tiempo?
Un torbellino de pánico y emoción me atravesó el pecho. Sin decir una sola palabra, sin dar explicaciones ni despedirme de los ejecutivos que me miraban desconcertados, dejé la carpeta sobre la mesa y salí corriendo de la sala de juntas a toda velocidad, marcando el número de ese hombre en el proceso.