44.
|Elena|Salí del baño ajustando la bata alrededor de mi cuerpo. Me senté en la orilla de la cama, abrí el frasco de crema e inicié mi rutina diaria, extendiendo la loción despacio por los brazos y el rostro. El ambiente en la habitación estaba tranquilo, hasta que una opresión extraña me atravesó el vientre.
Al principio la pasé por alto. Había tenido contracciones leves durante las últimas semanas, esa rigidez incómoda que van y vienen sin causar mayor problema. Volví a concentrarme en untarme la crema, pero pocos segundos después, una punzada profunda me cortó la respiración.
El dolor se intensificó en cuestión de instantes, volviéndose denso, punzante, clavándose en la parte baja de la espalda y bajando hacia la cadera. Solté el frasco, doblegué la espalda hacia adelante y se me escapó un grito que retumbó en las paredes vacías.
Me apreté el abdomen con ambas manos, respirando de forma agitada. El miedo me golpeó de lleno en el pecho.
Aquello no se parecía en nada a las molestias anteriores; esto era agresivo, continuo, como si los músculos de mi vientre se estuvieran contrayendo hasta aplastar todo por dentro. Me senté recta en la cama, intentando mantener la calma, contándole los segundos a la punzada para convencerme de que pasaría, pero la presión solo aumentaba, volviendo la piel de mi abdomen una piedra dura y dolorosa.
Necesitaba ayuda. Necesitaba a alguien allí conmigo.
Alcancé el teléfono sobre la mesa de noche con la mano temblorosa. Busqué el contacto de Orson y presioné llamar.
Escuché el primer tono retumbar en mi oído, esperando con el corazón desbocado que contestara. Nada. Saltó al buzón.
Marqué por segunda vez. La llamada volvió a sonar completa sin que nadie atendiera del otro lado.
Un nuevo espasmo me atravesó la pelvis, mucho más fuerte que el anterior. Un gemido de dolor desgarrador se me salió de la garganta mientras apretaba las sábanas con la mano libre. El estómago se me tensaba a un nivel insoportable, quemando, sofocándome.
Lágrimas de frustración y espanto comenzaron a rodar por las mejillas.
Volví a marcar. Una, otra y otra vez. Cuatro llamadas. Cinco llamadas. Todas terminaron en el mismo silencio indiferente de la contestadora.
El dolor se volvió tan agudo que los dedos perdiendo fuerza me traicionaron. El teléfono se me resbaló de las manos y cayó sobre la alfombra.
—¡Maldito seas, Orson! —grité entre sollozos, sofocada por la rabia.
Incluso en un momento como este, cuando la vida de nuestra hija estaba en juego, él no estaba. Jamás estuvo cuando lo necesité, y ahora nos fallaba de la peor manera.
Traté de moverme para recuperar el aparato, pero al agacharme desde la cama para alcanzar el suelo, una marea de dolor tremenda me desgarró el vientre. Perdí el equilibrio y caí de rodillas sobre el piso. Quedé tirada de lado, incapaz de ponerme de pie, con el rostro ardiendo, bañada en un sudor frío y con la vista nublada por las lágrimas.
La angustia me estaba devorando por dentro: sentía que algo andaba muy mal, que el parto se estaba adelantando y que iba a perder a Valeria allí sola, en el suelo de esa habitación.
Arrastré el cuerpo unos centímetros con los puños cerrados hasta tocar el plástico del teléfono. Lo pegué a mi rostro con las fuerzas que me quedaban, buscando a ciegas en la pantalla hasta presionar el único nombre que me vino a la mente.
El teléfono sonó dos veces antes de que escuchara su voz.
—¿Elena?
—Julián... —supliqué entre jadeos, ahogándome en mi propio llanto, apretando el abdomen con el codo—. Por favor... ayúdame. La bebé... creo que ya viene, no puedo moverme. Ayúdame, por favor.
—¿Dónde estás? ¿Dónde está tu marido? —la voz de Julián al otro lado de la línea sonó alterada, llena de una alarma inmediata.
—Estoy en casa... sola —logré articular entre bocanadas de aire, apretando los dientes para no volver a gritar—. Orson no responde... Julián, tengo mucho miedo, por favor. Siento que no voy a poder.
—Escúchame bien, no te muevas —ordenó, escuchándose de fondo el ruido de unas llaves y una puerta cerrándose—. Voy para allá ahora mismo. Aguanta un poco.
El teléfono se me resbaló de la mano y cayó a mi lado sobre la alfombra. Ya no tenía fuerzas para sostenerlo. Me apoyé con las dos palmas en el piso, temblando violentamente, y haciendo un esfuerzo sobrehumano me impulsé hacia arriba hasta lograr ponerme de pie.
Un nuevo espasmo me dobló por la mitad apenas me erguí. Me agarré del marco de la puerta de la habitación, sintiendo cómo las piernas me flaqueaban. Salí al pasillo arrastrando los pies, pegando la espalda a la pared para no caerme. El abdomen se me puso duro como una piedra y, de forma involuntaria, mi propio cuerpo me obligó a pujar.
Un gemido desgarrador me rasgó la garganta. ¿Por qué dolía tanto? ¿Esto era normal o realmente estaba perdiendo a mi bebé? Las dudas me martillaban la cabeza mientras el sudor frío me bajaba por las sienes y me nublaba la vista.
Avancé a ciegas por el pasillo hasta llegar al inicio de las escaleras. Miré hacia abajo y el mareo me golpeó con fuerza. Imposible. No tenía equilibrio, el cuerpo me temblaba de pies a cabeza y bajar esos peldaños sola era una condena a caerme.
Sin más opciones, me dejé resbalar de espaldas contra la pared hasta quedar sentada en el suelo. Me abracé el vientre, respirando de forma agitada, aferrándome a la única certeza que me quedaba: Julián venía en camino.
Pasaron diez minutos que se sintieron como años. De pronto, el timbre comenzó a sonar insistentemente, seguido de golpes secos contra la madera de la entrada.
—¡Elena! —se escuchó la voz de Julián desde abajo.
Intenté responder, pero de mi boca solo salió un hilo de voz inaudible. Abajo se oyó un impacto fuerte, luego otro más violento, hasta que el marco de la puerta cedió con un crujido seco. Escuché sus pasos subir la escalera de dos en dos hasta que me encontró ahí, tirada en la cima del pasillo, pálida y empapada en sudor.
—¡Dios mío, Elena! —Julián se arrodilló a mi lado al instante, pasándome un brazo por la espalda para sostenerme—. ¿Cómo estás? ¿Puedes levantarte?
—Me duele... me duele demasiado, Julián —sollocé, agarrándolo de la camisa con desesperación—. No puedo caminar. Siento que ya viene.
—Tranquila, te tengo, estoy aquí —murmuró con la respiración cortada. Me tomó en brazos con firmeza, levantándose del piso con cuidado para no lastimarme.
Apenas comenzó a bajar las escaleras conmigo en brazos, un líquido caliente corrió de pronto por mis piernas, empapando mi bata y la ropa de Julián.
Rompí fuente.
El rostro de Julián se puso completamente pálido al sentir la humedad. Su respiración se aceleró y vi en sus ojos un destello de puro pánico; él tampoco sabía exactamente qué hacer ante una situación así, pero hizo un esfuerzo enorme por mantener la compostura.
—Está bien, está bien, esto es normal —me dijo rápidamente, intentando que su voz no temblara mientras cruzaba el umbral de la casa hacia su auto—. Todo va a salir bien, Elena. Respira conmigo. Mírame a mí, no te me vayas.
Me acomodó en el asiento del copiloto con extrema delicadeza. El dolor volvió a golpear con una intensidad desmedida, haciéndome clavar las uñas en el tapizado.
—¡Julián, no aguanto! —grité fuera de mí, sintiendo una presión insoportable en la pelvis.
—Aguanta un poco más, por favor, ya casi llegamos al hospital —suplicó él, rodeando el vehículo a toda prisa para subirse al volante—. No voy a dejar que les pase nada a ti ni a la bebé. Te lo prometo, Elena. Quédate conmigo.
Julián arrancó el motor y pisó el acelerador a fondo. Las luces de la ciudad se volvieron borrones borrosos a través de la ventana mientras mi cuerpo caía en un ciclo incontrolable de espasmos.
El instinto me obligó a doblar la espalda hacia adelante y pujar con todas mis fuerzas, soltando un grito sofocado que retumbó por todo el vehículo.
—¡Elena, no intentes pujar todavía! —gritó Julián, apretando el volante con los nudillos blancos mientras esquivaba autos a toda velocidad—. ¡Respira, por favor, ya casi llegamos!
—¡No puedo controlarlo, Julián! —sollocé, con la voz rota por el esfuerzo—. ¡Siento que me desgarro por dentro, duele demasiado!
Fueron minutos interminables. Cuando los neumáticos chirriaron al frenar frente a la sala de urgencias del hospital, él saltó del auto antes de que el motor terminara de apagarse.
—¡Atención aquí! ¡Necesito una camilla de inmediato! —retumbó su voz al cruzar corriendo las puertas automáticas—. ¡Esta mujer está en trabajo de parto!
Dos enfermeros salieron a toda prisa con una camilla móvil. Julián me cargó de nuevo en sus brazos para ponerme sobre la superficie acolchada. Sentir la estructura metálica debajo de mí no calmó nada; la presión en la pelvis era una tortura insoportable que me nublaba la vista por completo.
—Estoy aquí, Elena, no te sueltes —dijo Julián, caminando rápido al lado de la camilla mientras nos adentrábamos por los pasillos iluminados por tubos de luz blanca. Su mano apretaba la mía con fuerza.
—Señor, hasta aquí puede pasar —ordenó una doctora en la entrada del área de quirófanos y partos, deteniéndolo con la palma en el pecho.
—Deje que me quede con ella, no tiene a nadie más —reclamó él con desesperación.
—No se puede, entre a la sala de espera.
Mi agarre sobre los dedos de Julián se deshizo cuando las puertas dobles se cerraron entre nosotros. Me llevaron directo a la sala de expulsión, rodeada de luces frías, monitores que pitaban velozmente y voces de médicos que daban órdenes que apenas lograba procesar.
El parto se había complicado: la bebé venía en una posición difícil y el cordón umbilical estaba tenso.
Las horas siguientes fueron un infierno en la tierra. Cada contracción era una ola de dolor ciego que me arrancaba la respiración, el sudor me empapaba el pelo y la bata, y las fuerzas se me agotaban entre pujo y pujo. Pasaron dos, tres horas de puro agotamiento físico y mental. Sentía que el cuerpo no me daba para más, que me iba a desmayar sobre la mesa de partos mientras las enfermeras me pedían un último esfuerzo.
—¡Un empujón más, ya se ve la cabeza! —gritó la médica al frente.
Reuní los últimos restos de energía que me quedaban en las entrañas, cerré los ojos y pujé con la vida misma, sintiendo una quemazón terrible en todo el cuerpo.
De pronto, la presión cedió de golpe. El silencio de la sala duró apenas dos segundos antes de ser roto por un llanto agudo, fuerte y cristalino. Un llanto de bebé que llenó la habitación.
Me dejé caer sobre la camilla, exhausta, mirando al techo con el pecho subiendo y bajando aceleradamente. Los médicos limpiaron a la criatura y la envolvieron en una manta tibia antes de acercármela a la cara.
—Es una niña hermosa y muy fuerte —dijo la enfermera, acomodándola junto a mi mejilla.
Al sentir la calidez de su piel suave y escuchar sus sollozos cerca de mi oído, rompí a llorar. No podía creerlo. Valeria estaba viva, estaba bien y estaba conmigo. Las lágrimas limpiaron el sudor de mi cara mientras le daba un beso débil en la cabeza, sabiendo que, a pesar del dolor y la soledad de esas horas, ahora lo único que importaba era ella.
Lo logré. Logré traerla al mundo.
***
Las enfermeras se llevaron a Valeria para limpiarla bien y hacerle los chequeos de rutina. Poco después de que la habitación quedara en silencio, la puerta se abrió despacio y entró Julián. Se le notaba el cansancio en el rostro, pero traía un brillo de alivio enorme en los ojos.
Se acercó a mi cama y me miró con ternura.
—¿Cómo te sientes? —preguntó en voz baja.
—Cansada... y muy adolorida —admití, esbozando una sonrisa débil mientras intentaba acomodarme en la almohada.
—Lo hiciste increíble, Elena. De verdad, felicidades —dijo, soltando un suspiro profundo mientras se pasaba una mano por la nuca—. Aunque creo que me va a costar un par de días superar el trauma. Todavía no me puedo sacar tus gritos de la cabeza.
Solté una risita ahogada al escucharlo.
—Perdóname por hacerte pasar por todo este drama.
—No tienes nada que disculpararte —respondió de inmediato, mirándome con seriedad—. Fue un honor estar contigo en el momento más importante de tu vida. Sigo un poco asustado, no te voy a mentir, pero sobreviviré.
Volví a sonreír, pero la alegría me duró poco. A los pocos segundos, el recuerdo de cómo empezó todo me golpeó de lleno. Mi expresión se apagó al recordar que la persona que debió sostener mi mano en ese quirófano no estuvo. Y Valeria ya estaba en el mundo.
Julián notó mi cambio de humor y guardó silencio un momento antes de hablar.
—Elena... sé que tal vez no me competía, o quizás tú no querías que lo hiciera, pero... llamé a Orson. Me contestó su secretaria y me aseguró que le pasaría el mensaje. Quizás... en este momento ya esté viniendo para acá.
Clavé la mirada en el techo, sintiendo un nudo amargo apretándome la garganta. Tragué saliva con dificultad para no volver a llorar.
—Hiciste bien —murmuré, intentando mantener la voz firme—. De todos modos merece saberlo. Pero... por favor, si llega y quiere ver a Valeria, dile que vaya directo a la sala donde están los recién nacidos. No quiero verlo ahora. Me siento exhausta y no voy a dejar que arruine esta felicidad tan bonita que estoy sintiendo.
Julián asintió.
—Descuida, yo me encargo de eso. Tú solo dedícate a descansar —dijo, dándole un apretón suave a mi mano antes de caminar hacia la salida—. Descansa, campeona.